GUAMBLIN: LA CACERÍA DE LOS CRÍPTIDOS




GUAMBLIN:
La cacería de los críptidos.






Randy Ravest.












ÍNDICE.


●Introducción.

●Prólogo.

1. El gran cazador.

2. Valerie.

3. Fintry.

4. Ralph Brown.

5. George Petrov.

6. El hallazgo.

7. El monstruo del lago Okanagan.

8. Basilosaurus.

9. Ethan Lark.

10. La oferta.

11. El festival de Kelowna.

12. El parque Pleistoceno.

13. El plan de Ralph.

14. Cara a cara.

15. Un plan B.

16. La promesa de Ralph.

17. El Lark Hunter.

18. Primera cacería.

19. Carl Larson.

20. Primos.

21. Maglomedov.

22. Los colmillos del Canaima.

23. Segunda cacería.

24. La prisión de Vancouver.

25. Los Stoa.

26. Los Suwas.

27. La rebelión.

28. ¡Cuidado Nikolay!

29. El caso Brown.

30. ¿Quién es mejor cazador que Charles Planc Patterson?

31. Nikolay regresa a Kelowna.

32. La opinión Michael Crichton.

33. Heather.

34. El dragón de Manaos.

35. Los errantes del Congo.

36. Ruwa: el guardián del Kilimanjaro.

37. El demonio del desierto.

38. Kinupa/El Kaiaimunu. 

39. El Chupacabras.

40. El doctor Carter.

41. El niño Neandertal.

42. El enano.

43. Burrunjor: el rey de Australia.

44. El que se humilla será ensalzado.

45. Una reunión que determinará el futuro de la humanidad.

46. Bienvenidos a Cenozoic Zoo.

47. Yo soy Charlotte Planc.




INTRODUCCIÓN.


Hola lectores, soy Randy Ravest, el autor de esta obra y no creo en la Criptozoología ni tampoco en el Creacionismo, así que no te dejes engañar por el título, porque sólo es una distracción jaja, pero solo entenderás el misterio una vez que llegues al final de esta novela, en donde te llevarás una gran sorpresa. Los dinosaurios no pueden estar viviendo hoy en día con nosotros, es científicamente imposible ya que nuestro mundo es muy distinto al de ellos, ni aunque fueras muy creyente o muy devotamente cristiano, ni siquera la Biblia podría justificar semejante fenómeno ¿cómo es posible que los dinosaurios sobrevivieran al Diluvio de Noé? ¿Los metió a todos en el arca? ¿Realmente coexistieron? ¿Qué nos dice el registro fósil? Y así podríamos sumergirnos en un mar de preguntas y respuestas que descartan todas esas posibilidades. Así que como ya dije antes, aunque soy cristiano, no hace falta recordar que no creo en la Criptozoología ni en el Creacionismo y siento una infinita tristeza por quienes sí los creen y persuaden a otros a aceptarlos sobre la base de mentiras muy descaradas, aprovechándose de su ingenuidad, ciegos guiando a otros ciegos a caer en un socavón. La Ciencia dice que los dinosaurios se extinguieron mucho antes de la aparición del hombre y la Biblia confirma aquello cada vez que dice "[Dios] todo lo ha hecho bello a su tiempo" y un Dios de amor, no obligaría a sus hijos a convivir con esas criaturas, eso responde más a un acto deliberado de irresponsabilidad, como ya veremos a lo largo de esta historia. Así que habiendo aclarado eso ¡comencemos este extraordinario viaje!

*La Biblia sí menciona a los dinosaurios, aunque de manera indirecta, no con los términos griegos "Deinós" terrible y "Sauros" lagartos, sino abarcando a toda su clase "Reptilia", Moisés usó la palabra hebrea "Remés" que se traduce como "Arrastrarse o reptar", acción habitual en los reptiles que reptan al desplazarse (Génesis 1:24. Animal Moviente). No fueron hechos por error, cuando Dios los creó, la Biblia dice que "Él vio lo que había hecho y era muy bueno", una vez que cumplieron su propósito ecológico, Dios permitió las condiciones que causaron su extinción. Vivieron mucho antes que el ser humano y no evolucionaron en aves, porque como todos los demás animales, fueron creados según sus géneros y las semejanzas que tienen con las aves, se debe a lo que los científicos llaman "Convergencias", cuando dos animales poseen el mismo rasgo adquirido de forma independiente, ejemplo: el pico del pato y el hocico del ornitorrinco, las aletas del delfín y el tiburón o las alas de los pinguinos que se asemejan a aletas, las patas con tres dedos de los canguros, las aves y algunos dinosaurios, etc. Como una vez planteó el doctor Malcolm Stephen Gordon, determinados nichos ecológicos restringen ciertos rasgos físicos para la supervivencia (Convergencia), y bajo esa explicación, los dinosaurios terópodos dromeosáuridos (raptores), lucharon con las aves por el mismo nicho ecológico y desarrollaron semejanzas (Convergencias).

Por otro lado, podría decir que la premisa de esta novela la viví en carne propia. Creo que fue el año 2014 o 2015. En aquel tiempo, tenía 20 o 21 y vivía yo en Santiago de Chile, en mi querida Maipú con mi padres. Como era costumbre, fui a comprar el pan en el supermercado más cercano a la casa. La tarde estaba oscura, anochecía, mientras caminaba tranquilamente por una vereda, vi a mi lado derecho a dos perros callejeros comiendo desesperados de una bolsa en el suelo, parecía una imagen típica, mis vecinos solían tener la mala costumbre de alimentar perros callejeros... vi el supermercado frente a mí a unos cien metros... solamente sentí un ruidito muy suave, como un collar de canicas que rebota varias veces en el pavimento, en realidad eran unas garritas de perro... en ese instante sentí el fuerte apretón detrás de la rodilla derecha, me giré para ver y la mestiza de pastor alemán estalló en un coro de ladridos, trataba de corretearme... no conseguí comprender por qué la perra me había atacado ¿a qué se debía tanta violencia? ¿Habré pasado por su territorio? Yo ni siquiera la había visto, proseguí con mi trayecto, compré pan y al regresar, pasé al negocio de un señor que vendía comida para perros y le conté lo ocurrido, él dijo que yo no era la primera víctima, fue lo único que pudo aportar. En casa, me quité el pantalón y me revisé la herida, solo tenía dos pintitas de sangre, felizmente, andaba yo con unos jeans muy gruesos que los colmillos no pudieron atravesar, por lo que me relajé, ya que no necesitaría la inyección contra la rabia. Una semana después, fui a comprar pan más temprano, para evitar la misma triste situación... para mi sorpresa, allí estaba nuevamente mi atacante, se veía relajada y sentada afuera de un negocio, un niño pequeño de unos seis años le acariciaba la cabeza, me alarmé y me asusté mucho, por lo que le pregunté al niño dónde estaba su mamá, me indicó que estaba dentro comprando, cuando la madre salió, le dije que tuviera cuidado con el niño, porque hace un rato estaba tocando al feroz animal, para evitar un nuevo accidente. Quedé boquiabierto cuando me enteré de que ella era la dueña de la perra, le conté sobre mi incidente, ella dijo que cometió el grave error de no llevarla con cadena, el niño repetía una y otra vez que su perra era violenta, porque le habían pegado mucho, mientras conversábamos, la perra corrió para atacar a un motociclista... yo como que comprendí un poco, pero le insistí a la mujer que debía o llevar al animal con correa o encerrarla, ella me prometió que lo haría y me despedí.

Días más tarde, cumplía mi rutina de compras pasando por ese lugar... y adivinen... me topé a la misma mujer, con el mismo niño y la misma perra sin correa ni bozal y corriendo libremente... cuando la mujer me vio, se escondió rápidamente en el negocio.

En otra oportunidad, una empresa inmobiliaria mandó a construir un barrio completo, de unas cien casas, en un antiguo potrero cerca de nuestra villa. Al mes siguiente, los alcantarillados de nuestra villa, se infestaron de ratones... una plaga de ratones de techo, del tamaño de una mano... nuevamente ¿Quién tiene la culpa? El hombre, por arrebatarle su territorio a esos pobres animales.

¿Moraleja? La mayoría de los ataques animales, son principal responsabilidad de los seres humanos o mejor dicho, por su irresponsabilidad. Por lo tanto, los únicos que debemos rendir cuentas ante estos infortunios, somos nosotros. Debemos respetar y cuidar a la naturaleza, pero ¿qué es la naturaleza?


LA NATURALEZA ¿QUÉ ES?


La Naturaleza no es ni buena ni mala, ni compasiva ni cruel, no es un ente personal, pensante o consciente de su propia existencia, solamente es el mecanismo o sistema que Dios ha construido para que el mundo funcione en orden... es como si tú construyeras un edificio con red de agua potable, sistemas de aire acondicionado y ventilación, plan de evacuación, etc, no es tu responsabilidad el uso que la gente le dé, si es que dejan correr el agua para que se inunde, si lo destruyen, incendian, si se ponen a jugar con las alarmas ¿se entiende? No es culpa de Dios que el hombre dé un mal uso al regalo que le dio. El amor, la justicia, la compasión y la ética son códigos morales que solo nosotros entendemos, porque solo nosotros fuimos creados con la capacidad de reflejar las cualidades de Dios, la Biblia dice que solo nosotros fuimos creados a su imagen y semejanza, no así los animales, plantas, océanos, volcanes, etc (Génesis 1:28). Los animales poseen cierto grado de inteligencia, sabiduría instintiva, cuyo principal propósito es satisfacer sus necesidades básicas, sobrevivir, permanecer y sostener el orden natural del ecosistema al que pertenecen, ese es el trabajo que Dios les ha dado, es por eso que sacar a un animal de su hábitat es una maldad tan grande, de hecho, va en contra del propósito divino. Ellos no cuentan con la capacidad para distinguir entre lo bueno o lo malo, si algo es justo o no, no fueron creados con el propósito de decidir eso, nosotros sí... por esa razón, exigirle dichos códigos éticos, principios y valores humanos y divinos a la naturaleza, repito, que es solo un mecanismo o sistema, es una ingenuidad y solo refleja inmadurez, cinismo o ignorancia absolutos, no es difícil llegar a esa conclusión, pero varios ateos se cuelgan de esa excusa para negar la existencia de un Creador... no puedes culpar a un socavón que se tragó un complejo de departamentos, sino a los arquitectos irresponsables que no les importó hacer estudio de suelo y construir encima de él y que les valió un bledo si los habitantes de ahí perdían la vida. No puedes culpar a un perro callejero que mató a un niño, sino a la gente descriteriada que lo dejó botado a su suerte, gente que pasó por el lado de él cientos de veces y les dio lo mismo, gente a la que no le importó darle un hogar y a las autoridades que nunca se preocuparon de esterilizar a los animales de la comuna y se gastaron el dinero municipal en viajes de placer. Por esa razón, debemos amar y respetar a la Naturaleza, al igual que una casa, un hogar, porque fue hecha con amor para nosotros.



PRÓLOGO.


El mundo era muy diferente veinticuatro años atrás... en la primavera de 1999, Bill Clinton era el presidente de Estados Unidos, Jean Chrétien el primer ministro de Canadá y Borís Yeltsin el presidente de Rusia. Tras la caída del Muro de Berlín, la gente temía a que el mundo se terminara en el 2000... que se estropearan las computadoras, que colapsara la economía o que se cayeran los aviones. En esos años, la tecnología era muy distinta a la de hoy en día, no existían los teléfonos celulares inteligentes o smartphones, sino teléfonos fijos con teclado giratorio y cordones, los inalámbricos se dejaban en un cargador enchufado a la corriente alterna y los portátiles eran ladrillitos de pantalla verde o azul muy pixeleados con tetris y el juego de "Snake" o "La culebrita". La Internet no era masiva, las computadoras constaban de monitores grandes y pesados, más allá de la televisión, los adolescentes se entretenían grabando canciones con la radio usando cassettes, los retrocedían con un lápiz girándolos en el aire... escuchaban música con personal stereo, leían revistas y rellenaban álbumes... y aunque el DVD había salido en el 95, la mayoría de las personas arrendaban películas en los videoclubes en cassettes de VHS. Aún no se lanzaba la consola Playstation 2, solo estaban la PS1 y el Nintendo 64.

A principios de los 80 y finales de los 90, eran muy comunes los avistamientos de animales extraños, el monstruo del Lago Ness, Pie Grande, Nahuelito de Argentina y el más conocido de América, sobre todo en Chile, el infame Chupacabras, un ser nocturno, sediento de sangre (hematófago) y que arrasaba con granjas completas, esparramando una montaña de cadáveres de gallinas, patos, gansos, gatos, cabras, ovejas, guanacos y vacas... hasta tuvo el descaro de atacar a tres seres humanos quienes le describieron como una criatura horrible, asquerosa, nauseabunda, peluda, de orejas pequeñas, alas grandes y patas largas provistas de garras, muy similar a un murciélago de gran tamaño... estas descripciones eran respaldadas por testimonios de carabineros que también lo vieron. En Calama, norte de Chile, la policía civil patrulló la zona de los ataques por un tiempo, rondaban en las noches con pistolas automáticas y hasta metralletas... pero nada ocurrió. Sin embargo, en Parral, al sur de Chile, se registró el terrible ataque a un lugareño, siendo trasladado y atendido por el personal médico y la policía de esa ciudad, la persona aún en shock, estaba repleta de arañazos por todo el cuerpo, don Juan Acuña, con su gran bigote negro, hombre de campo, jefe de hogar, firme y trabajador, terminó afectado de por vida y bajo el cuidado de su hija. Martín Salgado, médico del hospital de Parral que le curó las heridas, declaró a la policía y a la prensa que el señor Acuña llegó completamente sobrio, sin signos de haber bebido y sin ninguna dificultad del habla, según el informe del médico legista que le atendió por petición de Carabineros, don Juan Acuña fue atacado por un animal aún no descrito por la Ciencia. Y los análisis psiquiátricos y psicológicos indicaron que no padecía de ninguna enfermedad mental ni trastorno, "Absolutamente consciente y lúcido, con un nivel de pensamiento concreto descriptivo, sin detectar patología psiquiátrica asociada", evaluación expuesta por el investigador Alberto Urquiza en el famoso programa de divulgación y fauna "La Ley de la selva", con el pleno y absoluto consentimiento de la familia Acuña que estaba presente en la entrevista. El historial criminal del Chupacabras sumaba un total de 45.000 animales muertos (todos con heridas distintas a las del ataque de un perro, felino, ave, etc), 160 testimonios y tres víctimas traumatizadas. Según declaró con suma prudencia, Sebastián Jiménez, médico veterinario y conductor de "La Ley de la selva", estos ataques eran un fenómeno real, muy bien documentado y con cientos de evidencias... y que el Chupacabras era sino el mito que servía de explicación, por el momento. Sí, todo este misterio comenzó a revelarse en la primavera del 99, ya que es muy bien sabido entre nosotros, que no existe ningún misterio que no pueda revelarse y ningún secreto que no haya de saberse, porque la verdad siempre triunfará por encima de todas las mentiras que puedan inventar los hombres y nadie puede escapar de la verdad.


Capítulo 1.

El gran cazador.


Los pocos trozos de nieve que aún quedaban se derretían entre las rocas y otros eran protegidos por la sombra de los árboles, corría el viento y nacían los primeros botones de las flores, fluían tímidamente los arroyos... era un paisaje hermoso en aquel paraje tan desolado. El alce macho merodeaba de allá para acá buscando hierba fresca, su misión era recuperar calorías y grasa para resistir el próximo invierno y de paso aparearse con una hembra.

El ojo parpadeaba detrás de la mira telescópica, una inhalación profunda... Luego él detuvo su respiración... jaló del gatillo y se activó el mecanismo del percutor... el golpe dio contra la bala y encendió su pólvora y esta salió por el cañón del viejo rifle, el proyectil cortó el aire y entró en el costado izquierdo del gigante cornudo... El alce gimió, corrió... Planc salió en su persecusión y trataba de cargar su rifle en la carrera. El alce gimió otra vez y se desplomó algunos metros más allá, Planc se acercó cauteloso y precavido, apuntando por si se levantaba.

—Lamento haberte dado esta cruel bienvenida, pero tu piel me servirá para abrigarme, gracias Charles—dijo su vecino, Paul Brown, atravesando unos arbustos y Charles Planc se sentó para tomar un respiro.

—Y pensar que una manada de estos arrasó con el parque Yellowstone. —dijo Planc apoyando la cabeza en su arma.

Charles Planc Patterson era casi un ermitaño de unos 46 años, original de Kerrville, Texas y domiciliado en una región de Alaska cercana a la frontera con Canadá. De ojos grises azulados, barba tupida, cabello canoso y muy largo hasta los hombros, brazos peludos y cobrizos, sombrero de cuero de ala ancha con una pluma larga de águila, brazaletes de cuero de cocodrilo y habrá rozado el metro 87 con botas. Acostumbrado desde siempre a vivir de la salvaje naturaleza, porque desde muy pequeño, su padre le enseñó a pescar y cazar, como a muchos niños de Kerrville... matar osos, lobos, alces, venados, castores y urogallos. Despellejar, curtir y vender pieles, poner trampas y apuntar con el rifle eran tareas rutinarias para él, además de considerarlas necesarias para sobrevivir, le entretenían y mantenían su mente activa. Junto con Paul hicieron un trueque y pudo construír su cabaña. En realidad, Planc no era un hombre muy sociable, después de volver de la guerra y su ruptura matrimonial, se apartó de la civilización, él solía decir que las personas solo causaban problemas, no obstante, su vecino Paul Brown de unos 56 años, lograba sacarlo de su silencio y hacerle reír con una botella de whisky de vez en cuando.

—Gracias señor Planc por ayudarnos a cazarlo. Ahora tendré que aprovechar la estación para volver donde mis parientes en Canadá y ver cómo traer un par de chivos ¿quiere que le traiga algo?—le preguntó Germund Brown, el sobrino de Paul, Planc solo meneó la cabeza.

—Una botella de whisky, un habano y unas revistas no estarían mal—dijo de pronto echándose a reír.

—Jajaja... No hay problema, se acerca el festival de la cerveza en Kelowna, traeré combustible también—aceptó Germund revisando al alce con una vara para ver si ya había muerto.


Capítulo 2.

Valerie.


Germund, Paul y Charles volvían de la cacería con los trozos que lograron retirar del alce y los echaron en el pick up de la camioneta sobre un nylon y Germund condujo a su casa, en donde le esperaban su esposa y su bebé de diez meses.

—Es la temporada de osos, yo no quería dejar a mi mujer sola en casa... pero bueno—dijo Germund mientras conducía.

Al llegar, los hombres notaron algo extraño, la puerta principal de la cabaña estaba abierta y afuera, algunas cosas estaban esparcidas por la entrada.

—Qué raro... ¡Oh no!—gritó Germund, sacó su rifle y bajó de la camioneta preocupado.

—¡Diablos!—exclamó Paul bajando con su machete, Planc cargó el rifle y bajó igualmente.

Los tres hombres entraron en la casa desordenada, la esposa de Germund yacía en el suelo con su bebé en los brazos, el joven buscó signos vitales... ambos estaban sin vida. Germund se derrumbó, se sentía culpable, destruido desde dentro, envenenado de dolor...

—¡Dios, por favor no!—suplicaba Germund con llantos desgarrados.

—Fue un oso y debe estar cerca—advirtió Planc, del llanto a la ira, Germund cargó la escopeta y salió de la casa para buscar al animal que había perpetuado semejante atrocidad. Vio a lo lejos a un oso Grizzly y corrió, Paul y Planc intentaban seguirle el ritmo, Germund le apuntó con la escopeta y disparó, pero por la adrenalina y la agitación, no pudo controlar bien su respiración y erró el blanco.

—¡Maldición, se va a escapar!—gritó Germund.

—No, no escapará—Charles Planc respiró profundo y despejó la mente citando a Krishna "Nada me quita mi paz" y enfocó la vista en la mira... la cruz se posó en la sombra lejana del oso, estaba algo delgado por la hibernación y jadeaba un tanto cansado...

—Esta va por Valerie y el pequeño Ralph—Planc jaló del gatillo y la bala salió por el tubo del cañón, silbó cortando el aire y se clavó en el pecho del Grizzly a la distancia... el oso gimió, se sacudió y corrió asustado... segundos después... se desplomó a tierra, Germund dio un suspiro profundo de alivio. Los tres concurrieron para examinar el cuerpo del oso, Germund le quitó el machete a Paul y golpeó el cuerpo del oso un par de veces.

—¡Maldito! ¡Me quitaste a mi familia! ¡Mataste a mi hijo, a mi hijo! ¡Voy a matar a todos los osos, a toda tu familia!—juró Germund llorando, Paul sujetó a su sobrino para abrazarlo y calmarlo.





Capítulo 3.

Fintry.


Había concluido el funeral de la familia... Germund se miraba en el espejo y se quitó la corbata... todo estaba silencioso... la soledad. 

—Ger... la comida está lista—le avisó Mary, su tía, la hermana de Paul.

—No tía, no quiero comer—respondió Paul y se sentó en la cama. 

—Ger... perdón—la mujer mayor se sentó a su lado y le abrazó. 

—Hijo... no sé qué decir para subirte el ánimo... pero creo que lo mejor para ti es salir de aquí, viajar a otra parte, despejar la mente. Tu tío Paul irá a ver a nuestros parientes en Fintry, yo quiero que lo acompañes y que te consientas un poco, te lo mereces—aconsejó su tía, Germund la miró y le abrazó, ambos lloraron por un momento. 

Paul Brown llenó de combustible su camioneta 4x4 y junto a Germund, la cargó con tambores y maletas y emprendieron su viaje hacia Kelowna, a Canadá. El camino de tierra tornó a una carretera pavimentada que contrastaba con el paisaje primaveral de las montañas, las rocas y los pinos. Su sobrino Germund no quería hablar.

Brown tomó la autopista "Trans Canadá Hwy" <<¿Qué es eso que tienen las ciudades que no me gusta?>> se preguntó mientras avanzaba por una calle de Vancouver, encerrada por un tendido eléctrico y aceleró para adelantar al trolebús de color verde y luces rojas redondas. Al principio le entretuvo detenerse en una esquina y ver a tanta gente cruzando las calles, tantas mujeres bellas y encantadoras, no estaba acostumbrado a ver a tantas en la inhóspita Alaska, pero entonces se concentró en los edificios grises y cuadrados, risueño por mirar cómo intentaban disimular la frialdad y oscuridad de la ciudad con algunos árbolitos otoñales en las veredas <<No podría casarme con una mujer y quedarme aquí. No vale la pena, esta no es mi vida>> pasaban frente a él autos nuevos y viejos, furgonetas y taxis stations, el semáforo amarillo cambió la luz a verde y aceleró. Paul Brown hizo una parada en esta ciudad costera para comprar alimentos y pasar la noche en un hotel barato de la periferia Este. 

Al día siguiente, prosiguió hasta Kelowna, Columbia Británica. Sus parientes vivían en Fintry, una pequeña comunidad de unas 50 casas en la costa Oeste del lago Okanagan. Fintry estába a 24 kilómetros al norte de Kelowna y a 50 kilómetros al sur de Vernon, al final de un camino ventoso y empinado a tres kilómetros desde West Side Road. La localidad era atravesada por el río Elk o Rivière à la Biche, hoy Shorts Creeks en honor al primer navegante no nativo del lugar, el capitán de barcos de vapor Thomas Dolman Shorts, y las cascadas "Fintry Falls" están en un pequeño cañón y se puede llegar a ellas por una escalera vertical, además posee algunas playas públicas y un camping provincial.

Paul y Germund pudieron al fin reunirse con sus parientes, un joven de unos 19 años vino a recibirlos. 

—¡Tío, primo!—gritó el jovencito.

—¡Ralph! ¿Cómo estás?—le saludó Paul y se abrazaron en la entrada de la granja, Ralph también abrazó a Germund, el rebaño de cabras les evadió. 

—¿Cómo te va Paul? ¡Germund!—saludó Ema, la mamá de Ralph, abrazando a su sobrino Germund, dándole el pésame.

—¡Entren, entren! ¡Tenemos carne de chivo asada!—les instó Anthony, el papá de Ralph, hermano de Paul y Mary... y ellos agradecieron, los cinco entraron a la gran casa estilo rústico.

Los Brown se dedicaban a la crianza de cabras y salían de vez en cuando en bote para pescar algo en el lago Okanagan. 

—¿Cómo has estado sobrino? ¿Has podido encontrar empleo?—preguntó Paul a Ralph tomando asiento. 

—Estoy buscando empleo como guardabosques por acá cerca. Como sabe usted, después del incendio donde se quemaron los puentes, han estado reclutando a varios. Aunque igual me gustaría estudiar algo más adelante—contó Ralph emulando madurez para ganarse la aprobación de su tío. 

—¿Y qué quieres estudiar Ralph?—inquirió Paul recibiendo una lata de cerveza que le traía Anthony. 

—Quiero ser veterinario, estoy acostumbrado a estar con animales—respondió Ralph.

—Imagino que eso no lo dices por mí ¿verdad?—bromeó su padre Anthony y se echaron a reír.

—¿Y ya tienes novia?—preguntó Paul sacudiéndole el cabello.

—Nah Paul, no le enseñes malas costumbres al chico...—intervino Ema risueña y sirviendo los platos con su esposo.

—Tiene que haber una chica por ahí—contestó Ralph juguetón.

—¡Ese es mi muchacho!—festejó Paul y Ralph se ruborizó entre risas.

—Oye Anthony, cuando venía hacia acá, pasé por Vancouver... ¡Qué manera de ver tantas mujeres juntas de una sola vez Jesucristo!—exclamó Paul y los huéspedes reventaron en risas.

—Parece que andas bien solitario por allá en Alaska ¿bueno y?—concedió Ema tras tomar aire.

—¡No, no! Detesto las ciudades, son horribles, esos edificios grandes y grises, las luces, los autos y todo lo demás. No podría casarme con una mujer de ciudad y quedarme a vivir allí, esa no es vida—declaró Paul con toda seguridad.

—Pues llévatela a vivir a Alaska—sugirió Ema.

—¡No! No lo creo, es difícil para una mujer vivir en un lugar así, tendría que ser una persona muy especial o debería amarme mucho para aceptar esa vida tan sacrificada. Es un lugar muy frío y sucio, no cualquiera soporta el proceso del animal siendo curtido, he visto a varios vomitar por el olor—dijo Paul bebiendo su cerveza.

—Yo estoy acostumbrada, así que soy especial—dijo Ema y se largó a reír.

—Pero quédese tranquilo tío, en dos semanas iremos al festival de la cerveza en Kelowna y tendrá varias candidatas para elegir, muchas turistas también. —animó Ralph riendo y Paul le abrazó con carcajadas, Ema quedó observando a Ralph sorprendida.


Capítulo 4.

Ralph Brown.


Sí, Ralph ya tenía 19 años, era medio rubicundo, de cabello castaño claro, ojos pardos y piel clara, vestía unos jeans y una camisa tartán o escocesa roja de cuadros blancos... su madre no quería que se dejara crecer el cabello, pero él quería usarlo como Axel Roses, Kurt Cobain o Brandon Lee... y se salió con la suya, su melenita era comentada.

Estudió en el Kelowna Secondary School... su ex compañero de clase, vecino y amigo era el extrovertido Billy Larson, cuya hermana menor era Aurora Larson, el amor imposible de Ralph... Imposible era, porque le gustaba desde los 17, cuando Aurora tenía 16... debía esperar un año para que ella saliera de la secundaria... y Ralph temía perder su amistad con Billy, habían razones comprensibles para que ocultara sus sentimientos. Un día, cuando Ralph visitaba a los Larson, en la habitación de Billy, en el segundo piso, los cuatro chicos con melena, Vincent, Johny, Ralph y Billy, escuchaban un casette de Guns N' Roses, otro de Nirvana y otro de los Red Hot Chilli Peppers en la radio de Billy. Mientras que en el piso de abajo, Aurora y sus tres amigas y compañeras de clase, Heather, Sophie y Alena, veían "El club de las niñeras" de 1995, que habían arrendado en un videoclub de la esquina.

—¡Billy! ¡Baja un poco el volumen que veremos una película!—le gritó Aurora a su hermano desde la escalera.

—¡¿Cuánto dura la película?!—preguntó Billy asomándose por la puerta.

—¡Una hora y media!—respondió Aurora.

—¡Bueno!—dijo su hermano mayor y cerró la puerta—¿Cuánto falta para el partido?—preguntó Billy a sus amigos.

—En quince minutos—dijo Vincent y encendieron la tv pequeña para esperar el partido de Hockey sobre hielo. Carl Larson, el padre de Billy y Aurora, era viudo y aún no llegaba del trabajo.

—Me encanta ese actor, se nota que está más grande—apreció Heather, la mayor, que ya había cumplido 18 años, con sus gafas rojas y sus cabellos rubios... recostada boca abajo en la alfombra y apoyando el mentón sobre sus muñecas.

—¿Cuál? ¿Austin O' Brien?—preguntó Sophie a su lado en la misma posición, con sus rizos oscuros y su leve acento francés.

—Sí, antes salía en "El último héroe de acción" con Schwarzenegger, pero todavía era niño en esa película. Ahora está más alto—recordó Heather.

—Tienes razón ¿cuánto medirá?—consultó Sophie.

—No lo sé ¿como 1.80?—supuso Heather.

—Creo que más, 1.83—calculó Alena detrás de ellas, sentada en el sofá con el valde de las palomitas.

—Vamos Alena, repártelas—le exigió Heather, Alena sacó un puñado, le ofreció a Aurora y le entregó el valde a Heather.

—Pero el otro actor es más alto, me da pena que aquí haga el papel de tonto, es guapo—intervino Alena.

—Tienes razón jajaja. Aaron Metchik. Algún día me casaré con un hombre alto, como ellos—declaró Heather.

—Sí yo también—apoyó Sophie—¿y tú Aurora?—preguntó a la anfitriona.

—No lo sé, depende de si me gusta—respondió con inocencia y madurez la jovencita.

—Ah... ocurre que a ti te gusta Ralph y él no es muy alto, debe medir con suerte 1.70—acusó Heather.

—Creo que 1.75 y tiene un aire a O'Brien—le ayudó Alena.

—Mmm... sí podría ser, aunque le falta bastante para llegar a la altura de O'Brien, en fin ¿cuándo le dirás que te gusta?—prosiguió Heather, Aurora no dijo nada y permaneció con la vista baja.

Un motor se apagó afuera...

—¡Es mi papá, ordenen!—identificó Aurora y saltó a lavar algunos platos en la cocina, las chicas ordenaron y limpiaron un poco la sala de estar.

El señor Carl Larson bajó de su camioneta y su hacha y motosierra estaban en el pick up, era leñador en una empresa forestal, traía su camisa sucia colgada en el brazo izquierdo y un paquete de cervezas en la mano derecha. Cruzó el antejardín y tocó la puerta con el pie.

—¡Aurora, soy yo!—se anunció el dueño de casa. Aurora le abrió la puerta y le recibió la camisa sucia, que dejó en un canasto fuera de la cocina.

—¡Hola chicas!—saludó el señor Larson.

—¡Hola señor Larson!—saludaron ellas.

—¿Están viendo el partido?—preguntó él.

—No papá, una película, pero Billy y sus amigos están viendo el partido arriba—dijo Aurora, Carl se quedó pensando.

—Ah... yo quería verlo aquí, bien... —se resignó y subió con las cervezas al segundo piso. 

—Estúpida Pamela Anderson, cómo me gustaría estar con una mujer así—fantaseaba Vincent viendo una revista para adultos con sus amigos.

—Nah... ninguna es como Alicia Silverstone, mi batichica—dijo Billy.

—Bueno, entonces, yo me quedo con Liv Tyler—se agregó Ralph.

—A ti te gustan las morenas verdad, por mi hermana jaja—se burló Billy.

—¡Eh! A ti no se te pueden contar secretos jajaja—Ralph le dio un palmazo en la espalda a Billy que no paraba de reírse junto a los demás.

—¡Billy! ¿Ya empezó el partido?—preguntó Carl subiendo los escalones.

—¡Mi papá! ¡Guarda la revista!—avisó Billy a sus amigos y Vincent se guardó la revista en el bolsillo del polerón.

Carl Larson tocó la puerta y entró.

—¡Hola chicos, hola hijo!—saludó Carl dejando el paquete de cervezas sobre el mueble.

—¡Hola señor Larson! ¡Hola papá!—saludaron los jóvenes que le hicieron un espacio para que se sentara.

—¿Todavía no empieza?—preguntó Carl abriendo una cerveza.

—En cinco minutos—dijo Billy repartiendo las latas.

—Oye Billy ¿cuándo iremos a presentarnos para trabajar de guardabosques?—preguntó Ralph.

—¿Te dijeron cuándo papá?—consultó Billy a su padre.

—Sí, mañana a las diez. Te esperamos Ralph y nos vamos—dijo Carl Larson, Billy y Ralph asintieron y siguieron viendo la tv.

Al otro día, durante la mañana, Ralph se paró frente a la fachada de la casa de los Larson... salió a atenderlo Aurora.

—Hola Aurora ¿están Billy y tu papá?—saludó él.

—Hola Ralph, sí, ya salen—dijo la jovencita escuchando música en su personal stereo y regando las plantas.

—¿Está buena la música? Jaja—preguntó Ralph risueño, Aurora se puso nerviosa.

—¿Ah? Ah sí, era un casette de mi mamá—dijo ella y le entregó un audífono, era "Lamento boliviano" de Los Enanitos Verdes.

—Oye ¡está muy buena! ¿Son españoles?—dijo Ralph entretenido.

—Argentinos—aclaró ella.

—"Y yo estoy aquí borracho y loco" ¿así es?—pidió opinión Ralph con su acento anglo.

—Jajajaja más o menos—dijo Aurora emocionada.

—Oye Aurora ¿qué cantante te gusta?—preguntó él.

—Eh... varios, pero creo que Bon Jovi—dijo ella.

—¿Enserio? A mi mamá también ¿te gusta Always?—sugirió Ralph.

—¿De verdad? Sí, es que esa es su mejor canción para mí—se sinceró Aurora con mucha alegría.

Sonó la puerta, Carl y Billy salieron de la casa.

—Hola Ralph, sube a la camioneta, nos vamos—dijo Carl cargando unas herramientas y viendo de reojo a Aurora que se despidió de Ralph agitando la mano y entró a la casa.

—Hola señor Larson, bien—acató Ralph subiendo a la camioneta.

En el viaje, Carl sostenía el volante y veía de reojo a Ralph por el espejo retrovisor.

—¿Y cómo están tus padres Ralph?—preguntó Carl.

—Bien, los dos bien—dijo Ralph acomodándose.

—Oye Ralph... ¿qué quieres estudiar más adelante?—indagó Carl Larson con curiosidad.

—Veterinario, medicina veterinaria—soltó Ralph nervioso.

—Ah genial ¿y dónde tienes pensado trabajar?—prosiguió Carl.

—Eh... donde sea que me necesiten—afirmó Ralph tenso.

—Ah... ya veo, no eres muy exigente—supuso Carl mirando nuevamente la carretera al frente, Billy veía el paisaje.

—Quiero decir que... donde me paguen más pero... Al principio no puedes ser exigente—aclaró Ralph acomodándose en el asiento.

—¡Esa es la actitud! Cada día me caes mejor Ralph. Aprende de tu amigo Billy—felicitó Carl Larson, Ralph suspiró aliviado.

—No le queda otra que trabajar si es que quiere casarse con Aurora—escupió Billy, Ralph carraspeó asustado.

—¿Ah sí Ralph? No me habías dicho que te gustaba Aurora—dijo con algo de sorpresa Carl.

—Eh... la verdad, ella me cae muy bien, es diferente de las otras chicas, más madura—declaró con franqueza Ralph.

—Como dije, has madurado mucho Ralph. Recuerdo cuando eras niño, todo un travieso—asintió conforme Carl.

—Señor Larson, disculpe ¿su esposa era argentina?—preguntó de repente Ralph, Billy y Carl se rieron.

—Jajaja no, chilena, era chilena ¿por qué lo preguntas?—aclaró Larson.

—Ah es que Aurora me mostró una canción de una banda argentina, en el casette de su mamá—justificó Ralph.

—Ah Los Enanitos Verdes. Sí, le gustaban. Mi querido Ralph, mi esposa era chilena, exiliada—dijo Carl Larson acercándose a la forestal.

—Exiliada ¿de su país?—consultó Ralph curioso.

—Sí, huyó de la dictadura chilena de los 70. De todo lo malo se puede sacar algo bueno, aquí nos conocimos y nos casamos—finalizó Carl Larson, Ralph asintió y se estacionaron en el lugar de trabajo. Para fortuna de ambos, Billy y Ralph quedaron seleccionados para trabajar de guardabosques.

Antes de terminar la semana, ya estaban listos los preparativos para la graduación de Aurora... y Ralph tenía una sorpresa. La tarde anterior, durante la hora del almuerzo, Heather visitó la casa de Ralph.

—¿Quién será?—dijo Ema mirando por la ventana—es Heather, Ralph, sal a recibirla—le ordenó la madre, Ralph casi se atragantó con la noticia, tosió, levantó los brazos y limpiándose la boca, salió.

—Mi sobrino está arrasando con las mujeres jaja—dijo en broma Paul, Ema meneó la cabeza risueña.

—Hola Heather ¿qué necesitas?—le saludó Ralph.

—Hola Ralph ¿estará tu mamá?—consultó ella.

—Ehm... sí ¿por?—dijo Ralph.

—Ah... necesitaba hablar con ella—dijo Heather arreglándose el cabello, Ralph la dejó entrar.

—Hola Heather, pasa ¿quieres beber algo?—ofreció Ema muy amorosa.

—Hola señora Brown, bueno—aceptó Heather sentándose a la mesa con ellos.

—¿Y qué te trae por estos lados Heather? ¿Cómo está tu familia?—preguntó Anthony Brown, Ralph estaba muy tenso y no paraba de sudar.

—Sí, todos bien, gracias. En realidad, vine a preguntarle a Ralph si podía acompañarme al baile de graduación—Ralph se puso rojo como tomate y todos los presentes le quedaron viendo.

—Ay pero que linda el que te hayas dado la molestia de venir a invitar a Ralph ¿qué dices hijo, irás con ella?—encomió la madre, Ralph estaba en una pieza, ruborizado al mil y sin saber qué decir.

—Ya pues hijo, diga algo, no sea mal educado con la señorita—le presionó Ema, Ralph salió de su letargo...

—Ah es que tengo planes para ese día y no podré ir—soltó sin pensar Ralph. Paul, Germund y Anthony lo miraban aguantándose la risa.

—Hijo no mientas, tú no tienes nada que hacer ese día—le corrigió Ema.

—Ah es que... no, espera, es que ya tenía con quien ir al baile—dijo Ralph.

—¿De verdad? ¿Y con quién irás?—preguntó Ema.

—Mamá tú ya sabes quién es, por favor—suplicó Ralph muy incómodo y moviendo la pierna sin parar.

—No hijo, no lo sé, por eso te pregunto—persistió la madre.

—Iré con Aurora Larson—liberó Ralph soltando el aire con resignación.

—Ah... ella. Pero Aurora ya tiene pareja para el baile, así que no tienes otra opción Ralph—luchó Heather.

—Yo lo hablaré con ella, Heather, gracias por invitarme—dijo Ralph un tanto molesto.

—¿Entonces no irás con Heather?—exigió Ema.

—No, tal parece Ralph ya tiene a su pareja. Con permiso señora Brown, me voy. Adiós y gracias—se despidió Heather furiosa y cruzó la puerta.

—Hijo, fue muy feo lo que hiciste, no debiste mentirle—le regañó Ema.

—Mamá es verdad, quiero ir con Aurora, ya lo tengo todo planeado—argumentó Ralph.

—O sea que ni siquiera has invitado a Aurora—dedujo Ema.

—No, aún no, pero estaba por hacerlo mamá—declaró Ralph.

—Hijo, como el dicho "Más vale pájaro en mano que cien volando"—intervino Anthony su padre.

—Ah ustedes no entienden nada, a mí no me gusta Heather, ella estuvo con Billy, a mí me gusta Aurora y siempre me ha gustado Aurora, todo el mundo sabe eso... y hoy mismo iré a su casa para invitarla, se acabó—impuso su decisión Ralph y se paró para lavar su plato y salir.

—Yo no lo sabía sobrino, te deseo suerte—le felicitó Paul, Germund su primo le levantó el dedo pulgar en aprobación. Ralph salió en su moto enduro.

Aurora regaba las plantas de su mamá con una regadera, sonó el motor de Ralph.

—Hola Aurora—dijo el joven apoyándose en la cerca de madera.

—Hola Ralph, Billy fue a comprar, pero ya vuelve—le contó la jovencita.

—Ah... no importa—descartó él.

—¿Cómo? ¿Por qué?—preguntó ella confundida.

—Es que... no vengo por Billy... vine por ti—reveló Ralph. Aurora le contempló asustada y muy nerviosa.

—¿Te gustaría ir al baile conmigo?—pidió Ralph emocionado y sonriente. Aurora se sonrió muy alegre.

—Sí—dijo Aurora feliz.

—¿Sí?—quiso Ralph una confirmación. Aurora asintió y se dieron un abrazo.

Cayó la noche y ascendió la mañana... todos los profesores y apoderados estaban ajetreados cuidando los últimos detalles para la graduación en el Kelowna School. Aurora se probaba vestidos en el espejo y se maquillaba... por otra parte, Ralph se peinaba y despeinaba sin parar, no sabía si ir bien arreglado o chascón a la gala.

Eran casi las seis y el salón de eventos se llenaba poco a poco, los estudiantes se miraban entre ellos y veían los globos y adornos... a los pies de la plataforma había una fuente con ponche, la música era de estilo electrónica y tecno, a veces romántica, a veces rockera y de hip hop.

Mientras todos se saludaban, Vincent y Jonhy pasaron por el costado de la mesa del ponche, disimuladamente, Vincent sacó una petaca del bolsillo y se la mostró a Jonhy, este se puso delante de la mesa, Vincent vació la petaca en la fuente y la guardó rápidamente en sus ropas... se aguantaron la risa y siguieron su camino.

Ralph buscaba a Aurora... no aparecía, Heather se le acercó.

—Hola Ralph ¿aún no llega Aurora?—preguntó la joven arreglándose el cabello.

—No—dijo Ralph cortante.

—Ah... si ella no llega ¿bailarías conmigo?—pidió Heather con suavidad.

—Déjame en paz Heather—respondió molesto Ralph y se apartó de ella.

El salón ya estaba repleto de personas, Ralph miraba impaciente entre las cabezas de los asistentes... cuando por fin la vio, venía con un vestido blanco y el cabello amarrado, le recordó un poco a Audrey Hepburn... Ralph corrió hacia Aurora pasando entre medio de todos. Se saludaron y tomaron de la mano... avanzaron hasta la pista de baile... y Ralph le pidió al DJ que pusiera una canción... a continuación, tomó de las manos a Aurora y... sonó "Always" de John Bon Jovi. Ella sonrió y se estremeció de emoción, Ralph compartió su alegría y la besó... Los demás adolescentes se unieron a ellos en el "Lento" o baile de parejas. Ralph le susurraba la letra de la canción a su enamorada y ella solo se reía, le abrazaba la cintura y apoyaba su cabeza en el pecho de Ralph, este apoyó tiernamente su cabeza en la de Aurora y así se quedaron... hasta la última letra y la última melodía de guitarra.

Al terminar, Ralph y Aurora caminaron hacia la mesa del ponche... allí los esperaba Heather, ella le lanzó el ponche de su copa a Ralph, los presentes se quedaron mirando asustados... Heather pasó en medio de ellos y se fue... Ralph se sonrió y Aurora le secó la camisa con su cervilleta.

—¿Estás bien?—le preguntó Aurora preocupada.

—Nunca había estado mejor—dijo riéndose Ralph y soltaron una carcajada, todos los demás se estrujaron de la risa.

Billy bebió ponche... el whisky le embriagó y sucumbió ante sus efectos... se tambaleó y salió del salón... cayó sentado en la acera. Allí estaba Heather, sentada y llorando, además de otras personas.

—Heather ¿qué te pasa?—le preguntó Billy borracho.

—¡Nada, déjame!—le gritó ella.

—Heather... tú sabes que eres muy linda, no sufras por Ralph. Ven conmigo—le ofreció él.

—Aléjate de mí Billy, estás ebrio—le rechazó Heather.

—Vamos linda, salgamos. Tengo buenos panoramas. Una vez soñé que nos casábamos y teníamos hijos, fue un lindo sueño, muy lindo mientras duró—Billy apoyó su cabeza sobre Heather y ella se paró dejando caer a Billy en el suelo, este se acurrucó para dormir.

—¡Te amo Heather, dame una oportunidad! Jajaja—le gritó Billy y Heather le hizo una grosería con el dedo del medio y se fue ofuscada. Los trece estudiantes que bebían cerca de allí se echaron a reír ante la situación.

En el patio de césped, Ralph y Aurora contemplaban el cielo estrellado...

—Tu papá sabe que me gustas y dijo que yo le caigo bien jaja—reveló Ralph contento, Aurora le sonrió emocionada. Él se inclinó hacia ella y se besaron.





Capítulo 5.

George Petrov.


Pasaron las dos semanas, como ya habían mencionado antes los Brown y se iniciaba el gran festival de la cerveza y muchos turistas llegaban a Kelowna. Pasó la noche y amaneció, Paul y sus parientes viajaron de Fintry a Kelowna para asistir al festival. La productora del evento transmitía música con unos parlantes grandes y habían muchos puestos de cervezas y de comida. Los turistas venían de distintos lugares: Estados Unidos, México, Noruega, Suecia, Francia, Alemania, China, Japón... y Rusia.

—Vamos tío, vayamos a probar cervezas—invitó Ralph.

—Espera Ralph, primero debemos comer, no podemos beber con el vientre vacío—aconsejó Anthony.

—¿Por qué?—preguntó Ralph con ingenuidad.

—Porque te vas a emborrachar jaja—explicó su padre.

Algunos turistas abordaron botes para salir a dar una vuelta al lago Okanagan antes de que oscureciera. Una pareja de rusos se adentró en el lago, los dos jóvenes enamorados querían estar a solas...

—Estamos muy adentro, creo que deberíamos volver—dijo la joven.

—Pero ¿no querías que estuvieramos a solas? Ahora es cuando—respondió él apagando el motor.

—Sí, pero no así, tengo miedo de que el bote se vuelque, nadie nos escucharía desde aquí—dijo ella abrigándose.

—Pero tranquila, tenemos chalecos salvavidas y una bengala ¿no es suficiente?—quiso calmarla su novio.

—No lo sé, creo que nos estamos arriesgando sin sentido—sostuvo ella.

—¿Tienes frío? Ven, ven para abrazarte—invitó él con los brazos abiertos.

—No, tengo miedo de perder el equilibrio—confesó la muchacha.

Él poniéndose de pie para acercarse, perdió el equilibrio por accidente y cayó al agua.

—¡Ayúdame está fría!—suplicó el joven, ella se estiró para meterlo dentro del bote, pero le resultaba difícil, estuvieron tratando por unos minutos, cuando una aleta dorsal apareció unos metros más allá.

—¡Dios! ¡¿Qué es esa cosa?!—exclamó aterrada la joven y entró en desesperación.

—¡¿Qué cosa?!—el novio no entendía nada y solo se limitaba a cumplir su misión de entrar al bote nuevamente, la oscura aleta se acercaba e iba tomando velocidad, la novia del joven tomó la pistola de bengalas y comenzó a gritar sin saber qué hacer, hasta que la aleta golpeó al bote y su novio fue inmerso en las oscuras aguas... La jovencita gritaba por auxilio, pero notó que nadie la escuchaba, así que disparó una bengala al aire, los asistentes del festival vieron el brillo de la bengala al interior del lago y dieron aviso a la policía.

El primer ministro canadiense esperaba en su despacho al embajador ruso, se saludaron y tomaron asiento.

—Como sabrá, la familia de la víctima exige una explicación por lo sucedido, algo que pueda calmarlos—comenzó el embajador.

—Sí, entiendo... Es probable que el chico ya no esté con vida, el departamento de policía de Kelowna sigue enviando buzos para encontrar el cuerpo—informó el primer ministro canadiense.

—La testigo dijo que los atacó un tiburón, después dijo que fue una orca—recordó el embajador ruso.

—Sí, eso dijo, pero le aseguro que en el lago Okanagan no hay forma de que viva un animal así—afirmó el canadiense.

—Tal vez deberían contratar a un grupo de zoólogos y averiguarlo—sugirió el ruso.

—Como le digo, tal vez pudo ser una orca, aunque es muy poco probable, pero haremos todo lo que esté en nuestra mano—prometió el canadiense.

Los buzos de la policía continuaban en su extenuante labor en el Okanagan, mientras que otros policías patrullaban el lago en un pequeño barco.

Paul Brown y sus familiares veían las noticias desde la sala de estar.

—Ya han pasado dos semanas y todavía no lo encuentran—dijo Anthony Brown.

—La novia del chico dijo que fue un tiburón o una orca, pero eso sería muy extraño—citó Paul.

—Por supuesto que es extraño, nunca han habido tiburones en el Okanagan—Ralph dudó y luego reafirmó—lo de la orca es más probable, pero esos animales no comen personas—aseveró ya más seguro.

—Hasta he pensado ayudar en la búsqueda—afirmó Anthony.

—Podríamos usar el bote y los rifles—propuso Ralph entusiasmado.

—No, no, ni siquiera lo piensen, es muy peligroso. Según escuché, el animal casi dio vuelta el bote, era muy grande—intervino Ema negando con el dedo índice.

—Bueno... Tu mamá tiene razón—concordó Anthony.

—Ralph ni se te ocurra meterte al lago ¿quedó claro?—recalcó Ema abriendo grande los ojos.

—Bueno mamá. —Ralph hizo un gesto de desilusión.

Así estuvieron las cosas por casi dos semanas, sin embargo, no consiguieron dar con el paradero del joven ruso.


Capítulo 6.

El hallazgo.


Ralph había salido de paseo con la familia de Billy y Aurora en las cataratas Fintry. Almorzaron en unos roqueríos, mientras reposaban, bebían cervezas y conversaban.

—Deben tener cuidado chicos, no deben meterse al lago—aconsejó el señor Larson, el padre de Billy y Aurora.

—Pero papá, lo de la ballena pasó en Kelowna, en esta parte no pasa nada, nunca hemos visto nada—respondió Billy y bebió de su lata.

—Aún así Billy, deben ser cuidadosos—insistió Aurora, Ralph asintió.

Todo iba bien, hasta que a Billy se le ocurrió ir a bañarse y Ralph le acompañó, no obstante, Billy se encaramó en una roca saliente desde un barranco y saludó a su familia desde cierta distancia.

—¡Billy bájate de ahí, te vas a matar!—exclamó Aurora a su hermano mayor.

—Billy, está muy alto, si saltas de aquí, quedarás estéril cuando choques con el agua—advirtió Ralph tembloroso.

—Jajaja... No seas exagerado ¡Aurora grábame con la cámara!—gritó Billy y le indicó a Ralph que hiciera lo mismo. Entonces Billy Larson brincó desde la roca y cayó diez metros abajo, reventando el espejo de agua con sus pies en punta. Billy nadó hasta una pequeña cascada y se sentó en las rocas.

—¡Oh! ¡Esto es vida Ralph!—expresó Billy mirando las hermosas cataratas Fintry encerradas en una estructura de rocas semicircular, como un pequeño cañón.

—¡Estás loco Billy! Jajaja—celebró Ralph la hazaña desde el borde del murallón de piedra, pero no se atrevió a saltar, sino que bajó por la cuesta hasta las cataratas donde estaba Billy.

—¡Gallina!—le gritó Billy entre rizotadas.

—¡Soy macho, no lunático jajaja!—respondió Ralph.

Un día después, Ralph y Billy hacían ronda por un bosque del Parque Provincial Fintry, era su primer día de trabajo como guardaparques... tomaron el sendero de una ladera, se acercaban a la costa del lago y se guarecieron del sol en una caseta desde donde era visible casi todo el lago en su extensión. Las montañas rocosas regadas de árboles verdes, podían verse así mismas en el reflejo del hermoso lago y una especie de aurora boreal rodeaba una pequeña isla.

—Y pensar que nos pagan por disfrutar de este paisaje—festejó Billy secándose la frente.

—Tengo unas ganas de ir a bañarme, me tiraría al lago, pero después de lo que pasó... —negaba con la cabeza Ralph.

—Ahh... ¡Exageraciones, el ruso de seguro ni sabia nadar!—exclamó Billy.

—Oye... No seas tan indolente, ten un poco de empatía—quiso ablandarle Ralph—a nadie le gustaría estar en esa situación—concluyó desviando la mirada de Billy para contemplar el lago.

—Sí... Bueno, en realidad tienes razón, perdón—reconoció Billy—¡espera! ¡Ralph! ¿Qué es eso de allá?—indicó hacia el lago.

La dupla bajó velozmente hacia el borde del Okanagan, iban tan rápido que hasta se resbalaron con las piedrecillas de la orilla, Billy entrecerraba los párpados para agudizar su visión...

—No puedo distinguir, el brillo del agua, creo que son gaviotas—Billy cerró los ojos y se sujetó la frente, como quejándose de una leve jaqueca.

—Sí, son gaviotas, pero... Hay una camiseta, Billy... Creo que es un cadáver—supuso Ralph con el ceño fruncido.

—¿Un cadáver? ¿Crees que sea el ruso?—preguntó Billy sorprendido.

—Quién sabe, sería lo lógico, debemos avisar al jefe por la radio—respondió Ralph.

—No, no llegarán a tiempo, la corriente se lo llevará y no podrán encontrarlo otra vez—afirmó Billy con certeza.

—¿Qué? ¡¿Acaso piensas ir a recoger esa cosa?!—exclamó Ralph aterrado.

—Espera, tú me dijiste que tuviera empatía, sino recuperamos el cuerpo, la familia de ese chico nunca lo encontrará—encaró Billy a su amigo buscando una manera de entrar a las aguas.

—Estás loco Billy ¿y cómo vamos a entrar? Ni siquiera tenemos bote—respondió Ralph molesto.

—Claro que sí, tu casa está cerca, podemos usar el tuyo—propuso Billy.

—Espera, no es mi bote, es el bote de mi papá y obvio que no me dejará usarlo—enfatizó Ralph.

—Me molesta que seas tan inconsecuente... Predicas y no practicas. Podríamos resolver un crimen, pero no lo harás porque tienes miedo—Billy meneaba la cabeza en gesto de desaprobación—es en estas situaciones en que los niños se convierten en hombres ¿sabes qué? Si quieres tú puedes avisar al jefe. Yo tomaré el bote de tu papá—finalizó Billy y salió corriendo hacia la propiedad Brown.

—¡Billy, no! ¡No seas idiota! ¡Me castigarán por eso! ¡Vuelve!—gritaba y vociferaba Ralph mientras lo perseguía por el sendero y cruzando los árboles.


Capítulo 7.

El monstruo del lago Okanagan.


Billy llegó a la propiedad Brown y desamarró el bote del pequeño muelle, se sentó en él y comenzó a remar.

—¡Eres un estúpido Billy!—le insultó Ralph desde la orilla y se comunicó con su jefe por la radio walkie talkie.

—¿Si? Sí jefe, soy Ralph, Billy y yo encontramos un cuerpo en el lago Okanagan, una chaqueta. Las gaviotas se lo están comiendo, vengan rápido, tenemos miedo de que se lo lleve la corriente... Bien, bueno, gracias. Cambio—Ralph cortó.

—¡Ya le avisé al jefe!—gritó Ralph y Billy le hizo un gesto de aprobación mientras seguía remando hacia el cuerpo, Ralph le seguía desde la costa del lago de regreso hasta el banco de gaviotas.

Billy remaba con todas sus fuerzas en su ansiosa carrera por cumplir la misión. Veía las gaviotas a cierta distancia, pero no era suficiente, por eso remaba con más fuerza... se acercó con cierta dificultad hasta la bandada de gaviotas, las aves aletearon un poco y prosiguieron con su labor carroñera, frías y crueles, sin ninguna pisca de compasión, tan empedernidas en llevar a cabo su repugnante tarea. Billy las espantó enseguida aventándoles el remo de un lado al otro, entonces comprendió el horrible hallazgo... El chaleco salvavidas envolvía una figura pálida, inflamada y desfigurada, la mitad de un cuerpo joven, del cual solo quedaba del tronco para arriba, ya no parecía una persona, sino una especie de maniquí. Billy tuvo un escalofrío terrible, sufrió una repentina fiebre, náuseas y un vómito.

Billy Larson, tan joven y osado, trató de recuperar el aliento 《tal vez remé muy rápido y por eso me mareé》pensó. Después de tomar aire, aguantó la respiración y casi con los ojos cerrados, se atrevió a sujetar los restos para meterlos dentro del bote, Ralph miraba impaciente desde la orilla.

Entonces, una aleta caudal rompió el espejo de agua... Venía en dirección hacia Billy.

—¡Billy! ¡Sal de ahí!—gritaba una y otra vez Ralph. Billy se aterró frente a lo que ocurría, soltó el cuerpo y trató de remar, no obstante, el enorme animal salió del agua para agarrar a una gaviota, su cabeza medía poco más de un metro de largo, no se veían sus ojos y... emitió un fuerte chirrido metálico que rebotó en las aguas hiriéndoles los oídos a los jóvenes, el ruido era similar al rechinar de fierros. Pasó por debajo del bote y le golpeó con su cola. Billy perdió el equilibrio y cayó al agua.

—¡Nada Billy!—le animó a gritos Ralph entrando al agua con una rama para ayudarlo. Billy nadaba y trataba de tomar aire, aún sofocado por el miedo.

—¡No, ahí viene!—alcanzó a gritar Billy que no dejaba de nadar hacia la orilla, estirando la mano para agarrar la rama que le extendía su amigo, hasta que la bestia quizá de unos 18 metros de largo, agitó las aguas con su cola, avanzó veloz y sujetó a Billy por las piernas, jalándolo a la profundidad con un movimiento brusco. Ralph nadó aterrado a tierra seca... estaba en shock o catatónico, con la ropa mojada, cayó sentado, tenía la mirada perdida, no entendía lo que acababa de ocurrir, todo esto parecía una estúpida pesadilla, una historia fantasiosa. Y suponiendo que nadie le iba a creer, estalló en lágrimas teniendo su cabeza agachada.

Luego de un rato, se apartó del lago aún asustado y corrió a la granja de su familia. Atravesando el bosque, trotaba... inspiraba y exhalaba rápido, estaba agitado y transpirado.

《¿Qué le diré a la familia de mi amigo? Ellos tienen que saber qué fue lo que lo mató. Fue el mismo que atacó al joven ruso... El monstruo del Lago Okanagan, el Ogopogo, el Naitaka ¿qué era esa cosa? No era un tiburón... ¿Era otro pez? No, los peces no hacen esos ruidos tan fuertes... ¿Era una ballena? Las ballenas no cazan así, no tienen dientes... ¿Era un delfínido? ¿Habrá sido una especie de orca? Eso parece, pero las orcas no cazan personas, tiene que ser otro animal. Pero... ¿Cómo habrá entrado al lago? La única alternativa es por el mar, el océano Pacífico, pero la gente de Vancouver debió haberlo visto pasar por ahí. Nunca escuché que alguien de esos lados hablara de él. Tuvo que ser... Tuvo que hacerlo hace miles de años, antes de que existiera Vancouver... Los indígenas hablaron de él, que rondaba por el lago. Alguien tiene que matarlo o va a seguir cazando personas, está cebado, como el zorro con las gallinas. ¿Por qué no se comió el cadáver completo? ¿lo habrá usado como carnada? ¿realmente es tan inteligente? ¿Usó ese chirrido para lastimarnos los oídos y desorientarnos? ¿Le pegó un coletazo al bote sabiendo que botaría a Billy?》pensaba Ralph sujetando el aliento.


Capítulo 8.

Basilosaurus.


La policía llegó al lugar del incidente, pero no pudieron dar con el cuerpo de Billy... Ralph junto a sus padres que le abrazaban, miraba entre sollozos a los buzos entrar y salir del agua y meneando la cabeza sin ningún resultado, a excepción de unos restos humanos que no correspondían a Billy, ya que se notaban en estado de putrefacción, quizá el cuerpo del joven ruso desaparecido... la familia de Billy también se hizo presente, estaban confundidos y no entendían lo que ocurría, se abrazaron con los Brown y Ralph y Aurora se abrazaron, Ralph seguía sollozando y al verlo, Aurora se contagió de su dolor y tristeza, como deduciendo la terrible noticia. Así pasaron las horas, caía la tarde y el frío, los Brown invitaron a los Larson a pasar a su casa y beber algo caliente, una pareja de policías les acompañaba... todos miraban a Ralph, pero este aún se encontraba como en estado de shock, confundido y sin saber qué decir.

—Hijo, dime ¿qué fue lo que pasó?—le preguntó el oficial de policía Alex Crown, los Larson observaban expectantes.

—Eh... íbamos con Billy haciendo un recorrido por la costa... vimos en el río una cosa, parecía un cuerpo... Billy quería sacarlo, le dije que no lo hiciera, que le avisáramos al jefe, Billy insistió y fue corriendo y sacó nuestro bote, yo no alcancé a llegar... remó hasta el cuerpo mientras yo hablaba con el jefe... y Billy... perdón—Ralph tragó saliva y tomó aire, los Larson le miraban con ojos muy atentos.

—Una cosa salió del agua, era un animal, se parecía a una ballena, una orca, hizo un ruido muy fuerte... como un chirrido metálico... y atacó a Billy ¡Yo gritaba y le decía a Billy que saliera! Pero... esa cosa se lo llevó—Ralph silenció y miró el suelo como con impotencia.

—¿Dices que se parecía a una ballena?—preguntó el oficial Crown, su compañero tomaba notas en su libreta.

—A una orca, pero era diferente, tenía la cabeza más chica... espere—Ralph corrió hasta la biblioteca y sacó un libro sobre dinosaurios y megafauna. Lanzó el libro sobre la mesa y afanado buscaba entre las páginas.

—Ese no... ese no... ese no es... ¡este! ¡Esta es! Basilosaurus—indicó Ralph, todos se asomaron a mirar el libro.

—Basilo ¿qué? Hijo, eso es imposible—le dijo el oficial Crown.

—¡Se parecía a esa cosa, tenía la cabeza como esa cosa! ¡Estoy totalmente seguro! ¡Podría jurarlo!—alegó Ralph, todos se miraban confundidos.

Los Brown alojaron a los Larson durante esa noche. La policía no encontró ninguna señal de Billy.

A la mañana siguiente, Aurora y Ralph contemplaban el lago Okanagan, sentados bajo un árbol cubiertos con un chal rojo estilo tartán o escocés... bebían café, no hablaban... solo se limitaban a observar como los policías seguían buscando.

—Lo lamento tanto Aurora, yo quise... —Ralph no sabía qué decir.

—No Ralph... tranquilo... tú y yo sabemos que Billy siempre ha sido un imprudente, papá siempre le dijo que algún día le costaría caro... pero... no pensé que... —Aurora se quebró y Ralph le abrazó.

—Cualquier cosa que necesites, solo dímelo—le aseguró Ralph apoyando su cabeza en la de Aurora... algunos de los mechones cobrizos de su melenita cayeron sobre los cabellos oscuros de la joven.

—Espero que la policía saque a ese animal del lago—dijo Ralph.

—¿Crees que lo hagan?—preguntó Aurora.

—Tienen que hacerlo o sino atacará a más personas... es como cuando los perros se ceban con las gallinas... Los leones también se han cebado con los humanos—comparó Ralph.

—¿Crees que esa cosa se cebó con las personas?—pidió Aurora.

—Quizá... no sé cuánto tiempo lleva viviendo en el lago, tal vez miles de años—supuso Ralph.

—Los indígenas hablaban de un monstruo, el Ogopogo o Naitaka... —recordó Aurora.

—Basilosaurus... —susurró Ralph.

—¿Saurus? ¿Es un dinosaurio?—inquirió Aurora.

—¿Ah? No, no... es un error, se equivocaron con el nombre. Era una ballena muy vieja, de hace miles de años—explicó Ralph.

—Pero las ballenas no comen personas ¿o sí?—preguntó Aurora.

—No, las ballenas comen unos crustáceos muy pequeñitos llamados krill. Aunque las orcas comen focas y tiburones, pero ellas no son parientes cercanas de las ballenas, sino más de los delfines, son como delfines muy grandes—explicaba Ralph.

—Entonces esta cosa del lago debe ser como la bisabuela de las orcas y los delfines ¿o no?—dedujo Aurora.

—No lo sé... quizá... el Basilo andaba por muchos océanos, puede que se haya metido río adentro, a la altura de Vancouver y se quedó aquí—planteaba Ralph.


Capítulo 9.

Ethan Lark.


El comisario de Kelowna, Walter Craig, asistió a la cita del alcalde Robert Basran... en la oficina deliberaron sobre qué harían frente a la presente situación.

—¿Qué propones Walter?—preguntó Basran.

—Quiero organizar una búsqueda en conjunto con el departamento de caza y pesca, además de todos los que se ofrezcan como voluntarios y quiero que traigan a un especialista, alguien que sepa de estas cosas—pidió el comisario Craig.

—¿Qué clase de especialista?—preguntó el alcalde Basran.

—Alguien que sepa de animales—dijo el comisario Craig.

—¿Un biólogo quizá?—supuso el alcalde.

—Un zoólogo... y Charles Planc es el hombre perfecto para capturar a la ballena—interrumpió un joven de unos 24 años, de cabello castaño claro y corto, ojos verdes, 1.82 muy bien vestido, con ropas costosas, extrovertido y con aires de grandeza, parecía un empresario y venía acompañado con dos guardaespaldas.

—¿Quién es usted? No puede entrar aquí, primero debe pedir una cita—le corrigió el alcalde Basran.

—Por favor, dejémonos de formalidades, alcalde Basran, soy Ethan Lark, de las compañías Lark. Sé del tremendo problema en el que está, el gobierno ruso está presionando para saber qué pasó, usted quiere darle una respuesta a sus superiores y a las familias de las víctimas, que ya son dos, yo quiero destinar todos mis recursos para ese cometido—se presentó Ethan Lark.

—¿Qué pretende señor Lark?—preguntó Basran.

—Quiero ofrecer una recompensa de 900 mil dólares a quien capture a ese animal con vida y así llevármelo a mi zoológico, donde estará muy bien cuidado y no le hará daño a nadie más ¿qué le parece?—ofreció Ethan Lark.

—Lo que sea que esté en ese lago, está protegido por la ley canadiense, nadie puede llevárselo así como así—aclaró Basran.

—Reubicarlo alcalde Basran. Todo el mundo sabe eso. No quiero matarlo, solo reubicarlo nada más, para que deje de matar personas y evitar que lo maten a él también ¿o acaso quiere el lago repleto de cadáveres? Señor Basran, usted es la autoridad, debe hacerse cargo ya, el tiempo urge, muchas vidas inocentes corren peligro, yo tengo los recursos que usted necesita, por favor, piénselo—le insistió Lark, Basran suspiró.

—¿Con qué recursos cuenta?—preguntó Basran. Lark le hizo un gesto para que le acompañara afuera.

Los hombres caminaron hacia la calle y tras un gesto de Lark, los diez empleados del empresario, pescadores, jalaron de una cubierta plástica y descubrieron el cargamento de un camión enorme con acomplado... tenía montado un acuario de cristal gigante, de unos veinte metros de largo y el cristal con un grosor de 50 centímetros.

—¡¿Pero qué?! ¡Por qué un acuario tan grande!—exclamó Basran.

—Dicen que es una ballena, según los criptozoólogos, en el lago Okanagan habita una criatura muy anterior al ser humano. Al principio creían que era un lagarto marino como el monstruo del lago Ness, pero después de muchos reportes, los testigos declararon que se parecía más a una ballena, si es carnívora, una orca y muy larga, parecida a una serpiente... lo más cercano a un Basilosaurus—relató Ethan Lark.

—¿Y cómo piensa cazarla?—preguntó el comisario Craig.

—Tengo un barco, usaremos tranquilizantes, anzuelos y correas industriales para sujetarla y la llevaremos hasta la orilla del lago y la subiremos con grúas al acuario vacío, luego lo llenaremos con agua y nos largamos de aquí—afirmó Lark.

—Bien... bien... estoy de acuerdo, pero primero debo notificar al primer ministro para pedir confirmación—dijo Basran.

—Y yo iré a buscar a mi cazador estrella—concluyó Ethan Lark.


Capítulo 10.

La oferta.


Al día siguiente. Charles Planc acechaba a una bandada de patos salvajes... cuando el ruido de un Land Rover irrumpió y los patos salieron volando.

—¡¿Qué Diablos?!—reclamó Planc mirando detrás suyo. Del jeep bajó Ethan Lark con ropa térmica. Caminó hacia Charles Planc con mucha ligereza y seguido de su guardaespaldas.

—Hola señor... Planc ¿verdad?—saludó estirándole la mano.

—¡¿Qué demonios cree que está haciendo?! Me acaba de espantar el almuerzo ¡pedazo de imbécil!—regañó Planc colgándose el rifle al hombro y pasando por el lado de Lark de regreso a su casa.

—¡Espere! ¡Le ofrezco 900 mil dólares señor Planc!—gritó rápidamente Ethan Lark. Charles Planc se detuvo y suspiró...

—¡¿Qué quiere?!—demandó Planc.

—Soy Ethan Lark, dueño de las compañías Lark. Necesito a un cazador como usted—solicitó el magnate estirándole el brazo, Planc no le estrechaba la mano.

—¿Para qué?—indagó el hermitaño con mirada inquisitiva.

—Una ballena señor Planc ¿no escuchó las noticias sobre el Lago Okanagan?—preguntó Lark.

—Ah... no tengo televisión—dijo risueño Planc y siguió caminando.

—La policía de Kelowna necesita capturar a una ballena que ataca a las personas, no saben qué hacer. Yo ofrezco una suma de 900 mil dólares para quien la capture y usted es el indicado para el trabajo, usted pescó ballenas cuando joven—explicó Lark.

—El monstruo del lago Okanagan jaja... conozco la leyenda—dijo Planc sonriendo y meneando la cabeza con incredulidad.

—Señor Planc... ya han muerto dos personas, entre ellos un ciudadano ruso, el gobierno de ese país está presionando a Canadá para que saquen el cuerpo de la morgue y den una causa de muerte—corrigió Lark siguiéndolo.

—Dicen que está protegido, nadie lo puede capturar, está prohibido—respondió Planc mientras caminaban.

—Ya está arreglado, no queremos matarlo, solo reubicarlo para que deje de matar gente y evitar que lo maten, Basran, el alcalde de Kelowna me dio su permiso, tenemos todo el equipo, barco, anzuelos, tranquilizantes, correas industriales, un camión con un acuario, un helicóptero, etc. Solo necesito al cazador experto y usted es ese hombre, dicen que es el mejor—detalló Lark quedaron frente al jeep.

—Jajaja... mmm... sí claro—rió Planc incrédulo.

—Suba, lo llevo a su casa—le ofreció Lark... Planc lo pensó y subió al jeep.

—Hace un par de años que no salía a cazar. No soy tan bueno como solía serlo de joven cuando pescábamos ballenas, pero sigo siendo muy bueno. Mi padre decía que si logras distinguir dos colores, entonces está cerca de tu alcance—narraba Planc.

—Entiendo—dijo Lark mirándolo por el retrovisor mientras el guardaespaldas conducía.

—La última vez, maté a un alce y a un oso que asesinó a una joven madre y a su bebé—recordó Planc.

—Qué terrible, me imagino ¿cómo lo mató?—preguntó sorprendido Lark.

—¿Al oso? Le disparé a cien metros, la bala le atravesó los pulmones—dijo Planc, Lark asentía satisfecho.

—Señor Lark si cree que voy a aceptar el trabajo por 900 mil dólares, olvídelo—dijo Planc.

—¿Disculpe?—preguntó Lark asustado.

—Eso, que es muy poco dinero, quiero un millón—demandó Charles Planc acariciando su barba.

—Eso es mucho dinero—dijo Lark incómodo.

—Usted dijo que yo era el mejor y si no es esa cifra, entonces me largo—dijo Planc... Lark suspiró, se giró del asiento y le estiró la mano.

—Rayos... un millón y ese es el tope—dijo Lark, Planc le estrechó la mano.

Llegaron a la cabaña de Charles Planc y el cazador veterano armó su equipaje y lo colocó en la maletera del jeep de Ethan Lark y se fueron con destino a Kelowna.


Capítulo 11.

El festival de Kelowna.


Sentándose en el césped de una plaza en Kelowna, la joven pareja de amigos separó sus cabezas y se miraron a los ojos, hubo cierto nerviosismo mutuo.

—Aurora... yo sé que no es el momento, pero... hay algo que quiero decirte—dijo Ralph tenso.

—Dime... —susurró Aurora nerviosa contemplándolo con sus enormes ojos castaño oscuros.

—Yo... tú me gustas, lo sabes, te quiero mucho... es algo que llevo en mi corazón hace años y he pensado en... —Ralph fue interrumpido por un grupo de muchachos que corrían eufóricos.

—¡Vamos, vamos!—gritaba uno de ellos empujándolos.

—¡¿Qué pasa?! ¡¿Por qué corren?!—les preguntó Ralph.

—¡¿No sabes?! ¡Hay una fiesta en el centro! ¡Están regalando dinero! ¡Vamos!—le respondió emocionado el líder del grupo. Ralph y Aurora se levantaron y les siguieron.

El ayuntamiento de Kelowna estaba ornamentado con muchas flores de papel, lianas de colores y globos, la policía tenía las calles bloqueadas y sobre una plataforma llena de globos de muchos colores, un hombre hablaba por un micrófono.

—¡Su atención por favor, su atención por favor! ¡Gracias, gracias, gracias por venir! ¡Ciudadanos de Kelowna! ¡Hoy es un gran día, porque un hombre de corazón generoso ha decidido realizar una donación para Kelowna! ¡Y en su gran compasión, ha revelado que quiere protegernos de la amenaza que nos aqueja! ¡El señor Ethan Lark donará una suma de cien mil dólares a nuestra ciudad y va capturar a la ballena para llevársela a otro lugar!—anunció el animador y los cientos de asistentes gritaron extasiados y aplaudían sin cesar.

—¡Damas y caballeros, con ustedes el señor Ethan Lark!—le presentó el hombre y el magnate entró en el escenario con las manos llenas de billetes y los lanzó al público, la gente se volvió loca y se abalanzaron para agarrar los papeles verdes... gritaban, aplaudían y silbaban muy alegres. Lark tomó el micrófono.

—¡Gracias, les agradezco su amor y calidez ciudadanos de Kelowna! ¡Ahora disfruten de la fiesta!—expresó el joven millonario y le devolvió el micrófono al animador. Unas treinta chicas jóvenes y atractivas repartieron cervezas y platos de comida para las personas.

Abrazados y apoyados en un árbol, Ralph y Aurora miraban el espectáculo confundidos 《¿Quién es este sujeto? ¿De dónde salió? ¿Por qué tiene tanto dinero? ¿Por qué quiere capturar a la ballena?》pensó Ralph... a unos metros, otro joven los miraba con cautela... y se acercó a Ralph y Aurora.

—Hola, soy Nikolay Petrov ¿eres al que atacó la ballena?—saludó el joven ruso.

—Hola... eh sí ¿por qué?—preguntó Ralph intrigado, Aurora sujetaba el brazo de Ralph.

—A mi hermano también, lo mató. George Petrov—reveló Nikolay.

—Ah... comprendo—dedujo el joven Ralph.

—Tu amigo recuperó el cuerpo de mi hermano, gracias—le encomió Nikolay, Ralph y Aurora se miraron—no sé cómo expresarles mi gratitud, si quieren los invito a cenar—agregó a continuación.

—Ah eh... pero, no es necesario, nosotros—dudó Ralph viendo de reojo a Aurora.

—Tranquilo, es lo menos que puedo hacer—insistió Nikolay, así que Ralph y Aurora aceptaron y fueron a comer con él a un restaurante.

La joven garzona les trajo la comida, Ralph y Aurora estaban nerviosos, Nikolay les miró serio y empezó a comer.

—El tipo ese ¿cómo se llama? No es canadiense como ustedes ¿verdad?—preguntó Nikolay con seriedad y frialdad.

—¿Cuál tipo, el millonario?—supuso Ralph, Nikolay asintió.

—No lo sé, pero no tiene acento canadiense, debe ser estadounidense. Se llama Ethan Lark—identificó Ralph.

—Ah... ¿Te has preguntado por qué vino hasta aquí?—prosiguió Nikolay Petrov.

—Supuestamente quiere cazar a la ballena, eso creo—dijo Ralph comiendo, Aurora le acompañó masticando.

—¿Y por qué quiere cazarla?—preguntó Nikolay.

—No lo sé la verdad, imagino que es para llevársela a otro lugar—dedujo Ralph intrigado.

—¿Así nada más? ¿Y a qué lugar crees que quiere llevársela y para qué? ¿Qué beneficio obtiene él de eso?—persistió Nikolay.

—Amigo no lo sé... tendríamos que preguntarle—soltó Ralph sin pensar.

—¿Preguntarle? Jaja ¿sabes dónde hay conexión a Internet por aquí?—pidió Nikolay bebiendo soda.

—En la biblioteca municipal—dijo Aurora.

—Bien ¿podrían llevarme hasta allí?—solicitó Nikolay, Ralph y Aurora le observaron callados—si quieren les pago—ofreció Nikolay.

—No, no es necesario—respondió Ralph y terminando de almorzar, fueron a la biblioteca.

La bibliotecaria les concedió una computadora y los tres se sentaron frente a la pantalla, Nikolay digitó en el buscador.

"Ethan Lark".

Apareció una lista de resultados... entre ellos, el nombre de una sociedad: "Lark Inmobiliarias", con propiedades en Los Ángeles, California.

—Tenías razón Ralph, no es canadiense—confirmó Nikolay leyendo el titular de un periódico.

"Lark Inmobiliarias lanza proyecto para la construcción de un zoológico único en el planeta".

—Bien, tal parece, el padre de este tipo tenía una Sociedad Inmobiliaria y están construyendo un zoológico en California—citó Nikolay con severidad.

—¿Crees que quieren llevarse a la ballena para meterla allí?—preguntó Aurora, Nikolay asintió.

—Esa ballena debe morir—sentenció Nikolay.

—¿Matarla dices?—preguntó Ralph nervioso.

—De lo contrario, seguirá matando personas—aseveró Nikolay rascándose la barbilla.

—Pero... no se puede—dijo Aurora ansiosa.

—¿Por qué? ¿Por qué no se puede?—demandó Nikolay enojado.

—Porque el Ogopogo es una especie protegida, protegida por la ley canadiense—aclaró Ralph abrazando a Aurora. Nikolay meneó la cabeza muy molesto.

—¿Y qué pasa si la matan? ¿Te pueden mandar a la cárcel o algo así?—supuso el joven ruso.

—Sí, creo que son cinco años de cárcel, eso te dan por matar a una especie protegida—recordó Ralph.

—Maldita sea, eso está muy mal—regañó Nikolay golpeando la mesa, la bibliotecaria le corrigió poniéndose el dedo índice en la boca para hacerlo callar.


Capítulo 12.

El parque Pleistoceno.


《Nikolay tenía razón ¿Quién era ese sujeto que donaba dinero para Kelowna? ¿Quién era Ethan Lark? ¿De dónde salió y por qué llegó hasta allí?》se preguntaban Ralph y Aurora sin parar. Para comprenderlo, deberíamos volver a 1994.

Cierta noche, pasada la madrugada, un joven de 19 años, despertó agitado y se asomó por la ventana de su habitación.

《¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Fue esta la vida que elegí? ¿Acaso no puedo hacer algo diferente con ella? ¿Acaso quiero terminar igual que esos fósiles de Wall Street? Vivir complaciendo a otros, aduladores, guardando las apariencias, sonriéndole a quien no le quiero sonreír para conseguir algo de esa persona, cuando ni siquiera me cae bien... ¡Esto, todo esto es una estupidez! Mandaré todo al tarro de la basura y me iré a otro país, a conocer otras culturas, a nutrir la mente y el espíritu, para aprender a vivir de verdad. 》Se planteó Ethan Lark varias veces en su mente para recalcar la idea y convencerse de que era lo mejor para él.

《Ya sé, Hornaday comenzó cazando al búfalo americano. Después comprendió la urgencia de proteger a la especie y fundó un zoológico en el parque del Instituto Smithsoniano. Un conservacionista y empresario a la vez, eso me gusta, eso acallará a mi conciencia de una vez por todas. Pero no quiero fundar un zoológico nada más, yo quiero hacer algo nuevo y diferente, algo insuperable... como ese best seller de Michael Crichton donde un millonario manda a construir un zoológico de dinosaurios en el Caribe, al final todo salía mal y los animales se comían a las personas, pero esa es pura fantasía, la realidad puede ser muy distinta. El ser humano logra controlar fuerzas mucho mayores como la energía nuclear, enfrentarse a terremotos, huracanes, etc, por lo que un grupo de animales extintos no representaría mayor amenaza. 》Supuso Lark e investigó sobre el empalme de genes, los secuenciadores de genes para completar cadenas de ADN, entendió que resucitar dinosaurios era casi imposible debido a la escases de material genético, a diferencia de otros animales extintos como los mamíferos del Cenozoico y el Pleistoceno. Se encontró con la noticia del doctor ruso Alexei Ivanov y su proyecto de resucitar al mamut lanudo.

《Este es mi cheque para pasar a la historia》festejó Lark golpeando el periódico.

Ezequiel Lark su padre, hijo de inmigrantes judíos, se dedicó a los deportes, el boxeo... tras sus primeros triunfos, invirtió su dinero en todo lo que podía, primero dejaba en renta habitaciones para sus amigos, después compraba casas y las dejaba en renta, más adelante, adquirió algunos terrenos y comenzó a construír casas y villas, asesorandose con abogados y contadores, "Lark Inmobiliarias" era dueña de no pocos barrios en la ciudad de Los Ángeles, California. Ezequiel Lark se casó y tuvo dos hijos, el mayor, Evan y el menor Ethan. Evan era hábil deportista, atleta y piloto de Fórmula 1. Siguió los pasos de su padre y se ganó su favor... hasta que Evan perdió la vida en un accidente de auto. Ezequiel quedó muy afectado por la muerte de su primogénito y quería que Ethan rellenara el vacío que dejó en su corazón.

—Ethan ¿qué harás con tu vida?—demandó el padre.

—Quiero estudiar ciencias—dijo el joven.

—¿Medicina?—sugirió Ezequiel.

—Es parecido, Biología... genética—dijo Ethan.

—¿Qué?—exigió Ezequiel.

—Son científicos, estudian genética—aclaró Ethan.

—¿Y por qué no estudias negocios? Trabaja en eso primero y después te dedicas a eso como hobby—propuso el empresario.

—Pero no me gusta negocios papá—rechazó Ethan.

—¡Maryan! Habla con tu hijo, por favor. Le digo que estudie negocios, pero no quiere—persistió Ezequiel.

—¡Ethan hazle caso a tu padre!—gritó la madre distraída mientras se probaba vestidos en su habitación.

—¡¿Por qué demonios no saliste deportista como tu hermano?! ¡Maldita sea!—gritaba furioso Ezequiel Lark abandonando la casa.

—¡No necesito tu maldita aprobación!—gritó Ethan pateando un mueble.

—¡Cierra la boca Ethan!—le corrigió su madre maquillándose.

Es cierto... Ethan Lark no se llevaba para nada bien con su padre, tenían visiones muy diferentes de la vida, del éxito, Ethan no llenaba sus expectativas, sentía que no debía llenarlas tampoco... sin embargo, quería taparle la boca y decidió estudiar negocios, en la Universidad de California. Tres años después... corría el año 1997, el joven Ethan asistió a una charla de divulgación científica impartida por el geofísico Alexei Ivanov, se titulaba "¿Podríamos revivir al mamut lanudo?", naturalmente, llamó la atención del joven de 22 años, el que se aseguró un puesto en los primeros asientos de la universidad. Además de profesores y científicos, habían empresarios y la facultad de negocios con todos los compañeros de Lark.

—Silencio por favor... doctor Ivanov, adelante— otorgó el presidente de la sesión. El doctor tomó posición en el podio.

—Damas y caballeros, buenas tardes, les agradezco primero que todo el haber asistido a esta conferencia tan importante—inició el doctor Ivanov, los asistentes tenían la vista fija, algunos tosían.

—Tal vez, el título de esta conferencia despertó el interés de muchos y la pregunta que ronda en el aire es ¿podríamos revivir al mamut lanudo? Pero inmediatamente surge otra importante interrogante ¿para qué? Lo cual es muy lógico, por ello ruego por favor que presten atención a la siguiente imagen—Ivanov indicó hacia un pendón en medio de la plataforma, el proyector mostró una imagen del planeta tierra, concretamente del Polo Norte.

—Esta es una foto del Círculo Polar Ártico tomada el año 1988—dijo el doctor, el proyector cambió la foto a otra similar, pero con mucho menos hielo.

—Y esta es una foto tomada el año 1997, o sea, este año—presentó el geofísico, el proyector cambió la foto por un dibujo.

—Esta es una gráfica que muestra los niveles del Permafrost en la región de Alaska y Siberia. En caso de que algunos no lo sepan, el Permafrost es una capa de hielo muy antigua, es tan antigua, que contiene sedimentos de hace diez mil años o más... y alberga momias de animales prehistóricos, entre ellos, el mamut lanudo. A qué quiero llegar con todo esto, resulta que el Permafrost contiene grandes cantidades de gas metano, al derretirse estas capas de hielo, este gas está siendo liberado y podría causar un daño irreversible a la atmósfera. Es por esa razón que desde el año 1988, con mi hijo Luka, hemos fundado el proyecto Parques Pleistocenos, un gran de hectáreas que buscan acoger una gran cantidad de animales herbívoros, especies que pueden regenerar los pastizales de la tundra prehistórica, estos pastizales lograrán reducir la temperatura del suelo y por ende, retrasar o incluso revertir el derretimiento del Permafrost. El mamut lanudo fue el mayor propulsor de este medio ambiente durante el Pleistoceno, para ello necesitamos de fondos, desextinguir una especie así, conlleva sus gastos, pero consideramos que son necesarios para salvar nuestro hermoso planeta. Muchas gracias por su atención—concluyó su exposición el doctor Alexei Ivanov, todos aplaudieron, el presidente de la sesión retomó su lugar en el podio.

—Muchísimas gracias doctor Ivanov. Ahora nuestra ronda de preguntas ¿Quién será el primero? Usted señor em... —intentaba averiguar el presidente, Ethan Lark levantaba la mano de pie.

—Sí, gracias ¿cuánto dinero se necesita para revivir al mamut?—preguntó el joven Lark.

—Sí, gracias por su entusiasmo joven. Veamos hemos calculado que unos 15 millones de dólares—respondió Ivanov, hubo murmullos en la sala.

—¿Sí? Adelante, usted señor—concedió el presidente a un científico, el doctor Richard Carter.

—Buenas tardes. Doctor Ivanov ¿ha considerado los peligros o posibles consecuencias de desextinguir a un animal así? El daño que puede causar a la flora y fauna—criticó el doctor Carter, más murmullos. Y es que el doctor Carter ya sabía sobre este proyecto y era uno de sus más grandes críticos.

—Eh... efectivamente hemos considerado en detalle ese punto. Ocurre que el ecosistema de la tundra de Siberia, ya fue dañado por el hombre, este acabó con casi toda la fauna original, restaurarla sólo contribuiría a restablecer la región y salvar las pocas especies que quedan—refutó Ivanov, más murmullos, otro científico alzó la mano, le dieron la palabra, el doctor ruso suspiró.

—Doctor Ivanov, supongamos que resucitamos al mamut... ¿sabe cuánta distancia puede recorrer un mamut? La ciencia calculó que hasta 700 kilómetros en un mes ¿qué harán para contener a un animal así?—planteó y exigió el científico.

—Como los elefantes actuales estimado, se desplazan libremente en las reservas y parques de África sin hacerle daño a nadie—refutó nuevamente el geofísico ruso, algunos sonrieron y aplaudieron.

Al terminar la conferencia, Ethan corrió al encuentro del científico ruso, le estiró la mano y le entregó una tarjeta con su número telefónico.

—Doctor Ivanov, le dejo mi número para agendar una reunión—alcanzó a decirle apresuradamente.

Para fortuna de Ethan Lark, el doctor Ivanov le llamó, el joven contestó con su teléfono celular, estirando la antena.

—Señor Lark, un placer saludarlo—dijo Ivanov.

—Doctor Ivanov, el placer es mío ¿qué te parece que nos reunamos en el Whitestone a las 2?—invitó Ethan.

—A las 2 ¿podría ser a la una?—pidió él doctor.

—¿Una y media?—otorgó Ethan viendo la hora en su rolex.

—Sí, una y media—accedió el doctor Ivanov.

En el restorán al aire libre, les sirvieron un plato de langostas.

—Las langostas son parientes de los langostinos y camarones ¿verdad?—preguntó Lark.

—Sí, más o menos, son artrópodos marinos—felicitó el científico.

—Bien doctor, entremos en materia. Mi familia es dueña de una sociedad inmobiliaria aquí en California. Y para obtener los fondos, los 15 millones de dólares, tendríamos que presentarles el proyecto Parques Pleistocenos—planteó el joven Ethan.

—Comprendo... supongo que la empresa de su familia querría invertir en un negocio rentable—dedujo Ivanov.

—Sí, así es, esperarán resultados, ingresos—concordó Lark emocionado.

—Sí, sobre eso, deseaba informarle que tengo un convenio con "Kollozal Biotech"—avisó el científico entregándole una tarjeta.

—A ver, hábleme más sobre eso—pidió Ethan recibiendo la tarjeta y guardándola en una agenda y tomó notas.

—Kollozal comenzó como una compañía farmacéutica, fabricaban medicamentos y vacunas, usted entiende, experimentos con animales, después de expandirse, invirtieron en otras áreas... como la mía—explicó el geofísico en voz baja.

—¿Kollozal se quedó sin fondos?—supuso el joven estudiante de negocios.

—No para nada, al contrario... sí bajaron un poco sus números durante un período, pero después sus ingresos se dispararon hasta el cielo, están listos para invertir, Kollozal solo quiere asociarse con otro inversor para crecer más, salir de Europa y Asia, entrar aquí en América... a todo esto señor Lark ¿a qué se debe su interés en este tema?—quiso inquirir el señor Ivanov, Lark alzó las cejas, se quedó en silencio pensando una respuesta.

—Es una pregunta muy amplia y hay varias razones de peso, por lo menos tres grandes, la primera es que nuestro planeta está en serio peligro y alguien debe hacer algo. La segunda, debo buscar la mejor inversión para el futuro de nuestro patrimonio familiar y por último... siempre quise dedicarme a la genética, pero usted sabe, hay que cumplir las expectativas de ciertas personas —se explayó Ethan comiendo una patita de langosta.

—Comprendo... comprendo señor Lark, me agrada escuchar eso—expresó Alexei Ivanov y alzó la copa de champaña, Ethan Lark levantó la suya.

—Digamos que es un trato—aceptó Lark y chocaron las copas.

La junta directiva de "Lark Inmobiliarias", estaba reunida y a la expectativa del nuevo proyecto que presentarían Ethan y el doctor Ivanov.

—Adelante—concedió el director de la junta directiva, Ezequiel Lark, Ethan e Ivanov instalaron un televisor y un VHS sobre la mesa.

—Damas y caballeros, les expreso mi gratitud por asistir a esta reunión, imagino que tuvieron que postergar otros compromisos—comenzó el joven Ethan Lark.

—Ethan ve al grano maldita sea—le interrumpió su padre fastidiado, los otros ejecutivos le miraron tensos.

—Doctor Ivanov, por favor—pidió Ethan y el cientifico metió una cinta en el VHS. Entonces se reprodujo un video de presentación. Un hombre con delantal blanco posó ante la cámara y expuso.

《Buenas tardes, soy el profesor John Charger, el cofundador de "Kollozal Biotech". Ahora estamos en el departamento de genética y allá está el Laboratorio y este es Rómulo... una cría de Huargo o Lobo terrible. Aparentemente, el huargo se extinguió hace unos diez mil años, sin embargo, gracias al milagro de la Ciencia, concretamente de la ingeniería genética, hemos logrado desextinguirlo—el profesor acariciaba en brazos al pequeño lobezno blanco y prosiguió—aunque Kollozal inició como una compañía farmacéutica, con el transcurso de los años, descubrimos el enorme potencial tecnológico del que disponemos y decidimos darle nuevas aplicaciones para el bienestar del planeta y la humanidad ¿no es así Rómulo?—terminó la cinta, hubo carraspeos.

—¿Y eso qué? Es solo un perro—regañó Ezequiel acomodándose en su silla y tomándose una pastilla.

—Señor Ezequiel Lark, podemos revivir animales prehistóricos—dijo Ivanov.

—¡¿Y qué diablos nos importa a nosotros?! Somos una sociedad inmobiliaria, no un zoológico ni una fundación—protestó furioso Ezequiel.

—Si Lark Inmobiliarias construye un parque temático o reserva para un Tigre de Tasmania, un dientes de sable o un mamut lanudo, todo el mundo pagará por venir a conocerlos, vendrán millonarios de todo el mundo, solo piénsenlo—planteó el doctor Ivanov, los altos ejecutivos murmuraron, unos asentían y otros negaban, Ezequiel carraspeaba y tosía.

—¿Cuánto cuesta revivir a un animal así?—preguntó Jefrey Carston, el secretario de Ezequiel Lark.

—Jefrey ¿qué haces?—le criticó Ezequiel.

—Quince millones—dijo el doctor Ivanov.

—Bien... ¿será posible que esperen afuera para deliberar?—pidió Carston.

Ethan e Ivanov se contemplaban cara a cara mientras bebían agua.

—¿Crees que los convencimos?—preguntó Ivanov. Ethan meneaba la cabeza suspirando, dentro de la oficina, solo se oían murmullos, zumbidos y las quejas del señor Ezequiel Lark.

—Ezequiel, tu hijo es un visionario, dio con un negocio fuera de serie, a mí sí me convencieron—tomó su decisión Jefrey Carston.

—¡Tú todavía crees en Santa Claus, Jefrey! ¿Qué te asegura que eso es real y no un montaje? Ethan es un idiota, todavía le falta aprender—le corrigió Ezequiel, Carston clavó la cabeza en la mesa.

—¿Puedo ir por último a Kollozal para comprobar si es real?—pidió Carston.

—Es un mal negocio, por algo piden otro inversor... puedes ir en clase turista, tómalo como tus vacaciones solo porque te debo una. Se rechaza el proyecto y se cierra la sesión. Se acabó, me voy al demonio—sentenció el director de la junta directiva, Ezequiel Lark, abandonando la sala.

Los ejecutivos se levantaron de sus sillas y se retiraron. Jefrey Carston salió apesadumbrado, caminó hacia Ethan e Ivanov.

—Dijeron que no ¿verdad?—preguntó triste Ethan. Jefrey asintió de mala gana.

—Pero no todo está perdido, iré a visitar las instalaciones de Kollozal para verificar la información—ofreció Jefrey Carston entre los tres estrecharon las manos para despedirse.

Así que Jefrey Carston tomó sus vacaciones a Rusia junto a Ethan en clase turista. El avión hizo escala en Dublin, Londres, Berlín y Moscú.

—Estúpidas escalas, detesto viajar en clase turista, tantos embarques, espero que valga la pena Ethan—se quejaba sin parar Carston antes de ser recibidos por un empleado de Kollozal.

—Hola soy Dmitry Volkova, empleado de Kollozal Biotech ¿ustedes deben ser Jefrey Carston y Ethan Lark ¿no es así?—Pidió confirmación el ruso en un inglés bien eslavo.

—Sí ¿dónde vamos ahora? Estoy agotado—suplicó Lark.

—Acompáñenme, iremos en el avión privado de la compañía hasta el aeropuerto de Novosibirsk, a recargar combustible y entonces a Kollozal—informó Volkova cargando una de las maletas de Carston.

El avión cargó combustible en Novosibirsk y retomó hasta un aeródromo en la República de Sajá, al borde del río Kolymá que desemboca en el Golfo de Kolymá, parte de la costa del mar de Siberia Oriental. El Kolymá está rodeado por bosques boreales Taiga... Los que se convierten en tundra a medida que se llega al mar, vegetación compuesta por musgos, líquenes, matas y hierbas. En aquel ecosistema habitan los peces lucio, la perca, el salmón y el tímalo americano. En tierra, osos, alces, borregos cimarrones, renos salvajes, grullas blancas y grises y muchas otras especies pájaros poco comunes. El gran río permanece congelado de octubre a junio. En la República de Sajá, viven tres principales etnias: los yacutos (41,9%), los rusos (37,8%), los ucranianos (2,2%) y los pueblos originarios evenki, dolganes y yukaginos.

—Abríguense bien—les aconsejó Volkova, Carston y Lark obedecieron poniéndose abrigos impermeables, bufandas y gorros rusos con chiporros. La aeronave descendió en un gran complejo de instalaciones rodeadas por enormes rejas y cercas electrificadas de 5 metros de altura, que cubrían diez hectáreas cuadradas, con muchas cámaras de video vigilancia.

Bajaron del avión y subieron a un auto en la pista del aeródromo, otro empleado llevó las maletas de los invitados. Avanzaron hacia un cobertizo y bajaron nuevamente para entrar por un portón metálico, Volkova pasó una tarjeta de acceso por la rendija de una puerta y los tres entraron. Dentro del pasillo de concreto, la entrada era custodiada por dos guardias armados que les saludaron. Carston transpiraba profusamente y no dejaba de mirar a Ethan en la misma situación. A lo largo del pasillo oscuro y frío, muchos letreros decían "Área restringida".

—Esto parece una base militar vieja—supuso Carston mirando en ambas direcciones.

—Sí así es, fue una antigua base militar de la Era Soviética, de aquí se administraban los gulags o campos de trabajos forzados. El gobierno ruso nos la vendió. —explicó Dmitry Volkova empujando otra puerta metálica... les hizo un gesto para que se detuvieran... y dos ráfagas de vapor los empaparon.

—Eso es para esterilizar nuestras ropas. Ahora, prosigamos—invitó Volkova entregándoles dos trajes plásticos, guantes quirúrgicos, cofias y mascarillas. A los costados más letreros, "Peligro", "Precaución", "Zona Radiactiva".

—¿Zona radiactiva?—interrogó Carston asustado.

—Tranquilos... Los radioisótopos de Carbono no son peligrosos, solo los usamos para monitorear procesos como la replicación de ADN y aminoácidos. Es más que nada para ahuyentar a los curiosos—apaciguó Dmitry Volkova indicando otra puerta metálica que atravesaron. Del otro lado, una serie de ventanas de cristal gruesas que aislaban un laboratorio con incubadoras, tanques llenos de agua con embriones y mangueritas dentro.

—Incubadoras... ¿de qué son los embriones?—preguntó Ethan.

—Tigres de Tasmania y lobos. La semana pasada, murió nuestro Dodo—reveló Dmitry.

—¿Murió?—inquirió Lark preocupado.

—En cierto modo... generamos la célula, pero no se autoreplicó, no alcanzó la mitosis, quiero decir que no se formó el embrión, lo mismo pasó con el moa—detalló Dmitry girando por un pasillo a la izquierda y pasando su tarjeta de acceso por otra puerta, esta se abrió y Volkova les pidió que tomaran asiento dentro de la amplia oficina.

—Pueden quitarse los trajes y lo demás. Cheprasov, guarda sus maletas por favor—pidió Dmitry al empleado que les acompañaba y este acató.

—El profesor Charger ya viene, esperen aquí, por favor ¿desean un café?—ellos asintieron y Dmitry Volkova salió... las paredes eran adornadas por diplomas y fotos de animales prehistóricos. Chillaron las bisagras de la puerta que se abrió. Dmitry entró con dos tazas de café y dos panes, detrás de él, otro científico.

—Caballeros... soy el doctor John Charger, gracias por venir. Imagino lo extraño que debe ser todo esto para ustedes y por estoy dispuesto a resolver todas sus dudas—saludó el profesor Charger estrechándoles la mano y tomando asiento, Lark alzó las cejas.

—Buen día. Norteamericano ¿verdad?—saludó Jefrey Carston.

—Sí—respondió Charger.

—¿Hace cuánto que vive en Rusia?—preguntó Carston.

—Diez años, pero viajo de vacaciones a Estados Unidos cada vez que puedo, de lo contrario, me volvería loco encerrado aquí jaja—bromeó el profesor.

—¿Cuánto tiempo llevan en este proyecto?—pidió Lark.

—Diez años—dijo sin más Charger.

—Entiendo... entonces ¿ustedes llevan casi diez años construyendo este laboratorio, donde clonan animales prehistóricos y los sueltan en una especie de reserva o algo así?—indagó Ethan Lark.

—Sí, más o menos, extraemos el ADN de las momias animales halladas en el Permafrost—contestó el científico inclinándose en la silla y cruzando sus dedos con seriedad.

—Bien ¿y qué clase de animales? ¿Mamuts?—pidió Ethan.

—Mamuts, osos cavernarios, lobos terribles, leones de las cavernas, bisontes, etc—especificó Charger.

—Correcto ¿y cuándo iremos a verlos?—exigió Lark ansioso.

—Mañana, es un viaje largo y supongo que están cansados. Síganme, les mostraré donde pasarán la noche—invitó Charger. El profesor les guió por otro pasillo hasta unas habitaciones amuebladas y acogedoras, con calefacción, Lark y Carston hallaron sus maletas y se dejaron caer en las camas. Durante la madrugada, Ethan y Jefrey miraban el techo preocupados, les costó dormirse.

Al despertar, Ethan y Jefrey Carston pasaron a un baño dentro de las habitaciones y volvieron por el pasillo hacia la oficina del profesor John Charger, lugar donde les esperaba un empleado con el desayuno. Ellos se sirvieron y al terminar, el profesor les llevó hacia el pasillo principal. A medida que lo atravesaban, al costado derecho de este, la pared cambió a cristal grueso y detrás, muchas jaulas con animales: perros siberianos, lobos, osos, linces, palomas, etc. Alrededor de ellos, decenas de científicos tomando notas e ingresando datos en sus computadoras.

—¿Por qué tantos animales?—demandó Ethan Lark muy preocupado.

—Sujetos de prueba, una vez que estudiamos y comprendemos toda la estructura del ADN de las momias, modificamos las cadenas de ADN de las crías de estos animales para que se parezcan lo más posible a sus ancestros prehistóricos—Charger apuntó a una sala lateral a esa, con varios acuarios de 4 metros cúbicos y dentro de ellos... de derecha a izquierda: la momia de un bisonte, un lobo terrible, un cachorro de león de las cavernas, un oso cavernario y una cría de la misma especie, la cría de un mamut lanudo llamada Lyuba y el Buttercup o Mamut de los Jarkov al rincón. Lark y Carston contemplaron a las momias muy asombrados, absortos y encerrados en sus pensamientos... sonó una puerta metálica al final del pasillo de concreto.

—¿Se quedarán ahí?—preguntó el profesor Charger y ellos despavilaron y le siguieron. Salieron a un cobertizo y subieron al jeep que les esperaba. En el portón, los guardias desactivaron el seguro desde dentro y se abrió. El vehículo salió de la instalación, cruzó el gran portón de un conjunto de alambradas... y se adentró en el bosque, al costado del río Kolymá, por un camino de tierra y barro... minutos después, el bosque fue reemplazado por la tundra siberiana. Dmitry conducía y subió la calefacción, Charger iba de copiloto, Lark y Carston estaban sentados atrás.

—¿Cuántas hectáreas son?—consultó Ethan cabeceando de sueño.

—Cuarenta, aunque el gobierno ruso nos prometió cien más—dijo Charger.

Dmitry se detuvo y todos quedaron silenciosos frente a una gran alambrada y detrás de ella, un enorme rebaño de ovejas, cabras lanudas, renos, bueyes almizcleros, bisontes de llanuras y vacas calmuquianas.

—Disculpe profesor ¿qué vinimos a ver aquí?—preguntó Ethan impaciente.

—Silencio... Los resultados hablarán por sí mismos—dijo cortante Charger.

Los rebaños pasaban relajados y se desplazaban de aquí para allá buscando mejor hierba. Ethan y Jefrey se aburrieron y somnolientos por el cambio de hora, cerraron los ojos para dormitar.

—Presten atención señores, abran bien los ojos—les instó el profesor Charger molesto, algo fastidiados, Carston y Lark abrieron los ojos y se enderezaron en sus asientos.

—¿Qué pasa? ¿Qué hay que ver?—reclamó Carston.

Los animales se alarmaron y los rebaños completos desataron una estampida... antes de perderse en el horizonte de la tundra, un reno corrió en dirección contraria... detrás de él, una jauría de lobos le perseguía, pero no eran lobos cualquiera, no, estos eran más grandes y corpulentos... le acorralaron y le mordieron los tobillos para desjarretar al reno, es decir, cortarle los tendones para dejarlo cojo, le mordisquearon repetidas veces... hasta que el macho alfa saltó y le agarró del cuello con sus fauces... el desafortunado reno se desplomó sofocado y sangrante... Los depredadores comenzaron a devorarlo agitados y frenéticos, como si tuvieran mucha prisa.

—¡Vaya que agresivos!—exclamó Ethan Lark pegado a la ventana y empañándola.

—¡Silencio! Esto aún no ha terminado—corrigió el profesor.

Guardaron silencio nuevamente... mientras los lobos tragaban carne y sangre... un bramido se oyó a la distancia, los lobos muy alerta, gruñeron hacia ese lugar... unos minutos más tarde, una gran sombra se irguió entre la niebla de la tundra, habrá medido casi tres metros de altura, las visitas dentro del jeep se estremecieron. El oso cavernario irrumpió en la escena e intentaba espantar a los lobos, estos le rodearon por un buen rato y mordieron al oso un par de veces, hasta que el gran úrsido hirió a uno de un zarpazo y los otros dimitieron, el oso se tragó el resto del cadáver del reno.

—Claramente caballeros, esos depredadores no son de esta época—recalcó el profesor.

—¿Ah no?—preguntó sin pensar Ethan.

—No, ambos son de la Edad de Hielo, lobos terribles o Aenocyon dirus y el oso es un cavernario, Ursus spalaeus—remató Charger orgulloso y conmovido a la vez.

La escena que los hombres acababan de atestiguar, probablemente, se habría dado durante o incluso antes de los albores de la humanidad, en un pasado remoto... y recreada hoy, miles de años después... fósiles respirando, jadeando, sangrando, luchando, matando, comiendo y muriendo.

—Entonces ¿solo faltan los quince millones para ver al mamut entre ellos?—pidió confirmación Jefrey Carston.

—Sí... así es—confirmó Charger... y de esa forma, cerraron el trato estrechando las manos conformes.


Capítulo 13.

El plan de Ralph.


Por esa razón, Ethan Lark estaba tan obsesionado con la ballena, solo se conocía a estos animales por fósiles... pero un ejemplar vivo... un críptido del Basilosaurus isis o Zeuglodón cetoides... era ganarse la lotería... un milagro inexplicable... y si alguien debía cazarla... sí, ese sería él.

En la costa del Lago Okanagan, Lark y su comitiva compuesta por su guardaespalda, tres secretarios y Charles Planc, además de varios curiosos, impacientes, observaban el atraque del "Hunter Lark" o "La Alondra Cazadora" con el símbolo de un pájaro negro en la proa, era el barco pesquero de 90 metros de longitud, que entró por Vancouver y que avanzó por el río Fraser hasta el Similkameen, recorriendo más de 300 kilómetros hasta el muelle de Downtown Marina Kelowna. Y no... no por nada el muelle lucía la escultura de una gran serpiente marina, como testigo mudo del terror que acechaba a Kelowna. William Garden, el capitán de unos 45 años, intercambió instrucciones con el moderador de la torre y tras un gesto de gratitud, apagó el motor. Lark y su equipo subieron al barco, saludaron a la tripulación de 10 marinos y cargaron el barco con las herramientas de caza: rifles de aire comprimido con dardos tranquilizantes, redes, correas industriales, etc. Mucha gente fue al muelle para mirar lo que ocurría, la multitud murmuraba expectante y se empujaban unos a otros para ver mejor... cuchicheaban entre ellos.

《"¿Ese es el barco con el que cazarán a la ballena?", "Es una ballena ¿verdad?", "¿Es lo bastante grande para capturar a una ballena?", "¿Y qué tan grande es la ballena?", "No le dispararán arpones ¿o sí?", [uno respondió] "No, creo que usarán un anzuelo y tranquilizantes escuché"》

Nikolay, Ralph y Aurora estaban en un rincón del muelle, apartados de la gente.

—¿Conoces a alguien que tenga lancha?—preguntó Nikolay a Ralph.

—¿Para qué? ¿Por qué quieres una lancha?—indagó Ralph abrazando a Aurora.

—Esa cosa no puede salir viva de ese lago, nunca se cansará de matar personas Ralph—sentenció Nikolay.

—¿Quieres matarla?—preguntó Ralph, Nikolay solo le miró con expresión seria—adelante... iremos a la cárcel cinco años—recordó Ralph, Aurora observó a Nikolay, este bajó la vista.

—Puedo ir a la cárcel cinco años, pero aún si pasaran 40 años, mi hermano nunca volverá, él habría estado de acuerdo conmigo, él me habría apoyado—persistió Nikolay.

—Mancharías tu hoja de vida, nadie te daría empleo o quizá consigas uno, pero uno muy mal pagado, deberías pensarlo—le instó a reflexionar Ralph.

—Eso dices ahora, porque tú no tuviste que reconocer los pedazos de tu hermano en la morgue... Yo por lo menos, quiero que la muerte de mi hermano tenga un propósito más elevado, más noble—mantuvo Nikolay, Ralph meneó la cabeza y se fue con Aurora, Nikolay se quedó contemplándolos a la distancia.

Horas más tarde, la familia Larson fue notificada por la policía y citada a la morgue... Carl Larson tuvo la difícil tarea de identificar los restos de su hijo, cuyo cadáver quedó atascado en una compuerta río abajo... el señor Larson salió de la sala y fue recibido por Aurora y Ralph... el padre se desplomó en llantos y los jóvenes a muy duras penas intentaban consolarlo... Los tres terminaron abrazados y llorando de rodillas.

Para el funeral de Billy Larson, asistieron los parientes de la familia Larson, los Brown y todos sus excompañeros de clase... allí también estaba Heather... destrozada... le dejó un ramo de rosas en la lápida y se quedó sentada a su lado... se besó la mano y enseguida tocó con ella la lápida, en un gesto de amor, porque ella estaba enamorada de él, de hecho, Heather y Billy fueron novios por un tiempo, pero a escondidas... y cuando la madre de Heather les descubrió, la obligó a terminar con él, porque ella aún no cumplía los 18.

Y cuando Heather sorprendió a Billy besándose con una chica mayor que ella, le dio una crisis de angustia... y al descubrir la verdad, los padres de Heather le obligaron a terminar con él. Por esa razón Heather nunca volvió con Billy, a pesar de que él sí le había pedido perdón e intentó arreglar las cosas.

Un año después, Heather insistió en conquistar a Ralph para sanar sus heridas y vengarse de Billy, Ralph lo sabía y nunca la tomó enserio, además, Aurora ya había robado su corazón. Heather lo reconocía y sintió cierto cargo de conciencia.

Todos los dolientes se fueron... menos Heather que permaneció sentada al costado de la sepultura.

Ralph acompañó a Aurora y a su padre hasta su casa.

A la mañana siguiente, Ralph visitó a los Larson... Aurora no salía, preocupado, tocó la puerta y entró... entonces vio a Aurora atendiendo a su padre con una crisis de angustia, Carl abrazaba a su hija con fuerza y no dejaba de llorar... Ralph les asistió y les trajo un vaso con agua y una manta. Al concluir la crisis, Carl se recostó en el sofá para dormir y Aurora le pidió a Ralph salir al antejardín para hablar.

—¿Desde cuándo que está así?—preguntó Ralph.

—Desde hoy en la mañana—dijo Aurora apoyándose en la pared y sujetándose la sien con una mano, estaba muy cansada y agobiada.

—Entiendo ¿y si se van a quedar a mi casa unos días? Hablaré con mis padres—propuso Ralph.

—No lo sé, quizá... Ralph... ¿es verdad lo que dijo el ruso, que la ballena no dejará de matar personas?—preguntó Aurora, Ralph la miró en silencio.

—No me dirás que... —dedujo Ralph a continuación, Aurora le fijó la vista.

—Alguien debe hacer algo—insistió Aurora... Ralph permaneció pensativo y callado.

—Tengo un plan, buscaremos al ruso—agregó él de repente.


Capítulo 14.

Cara a cara.


En la oficina de Lark, en el remolque, el joven magnate atendía una llamada, cuando entró su secretario.

—Señor Lark, alguien quiere verlo—avisó.

—¿Quién es?—demandó Lark tapando la bocina del teléfono con la mano.

—Ralph Brown... el único testigo que ha visto a la ballena, fue cuando mató a su amigo—explicó el secretario, Lark hizo un gesto para que le dejara entrar. El secretario le mostró una silla a Ralph y este se sentó frente a Ethan Lark.

—Buen día joven ¿qué le trae por aquí?—saludó Ethan.

—Hola eh... soy Ralph Brown—dijo con modestia.

—Yo soy Ethan Lark ¿quieres tomar algo?—ofreció, Ralph negó.

—Dime Ralph ¿es cierto que viste a la ballena?—prosiguió Lark cruzando los dedos y fijando la mirada en su visitante.

—Sí—soltó Ralph.

—¿De verdad? ¿Y cómo es?—pidió Ethan.

—Horrible—escupió Ralph sin rodeos.

—Ah... entiendo—Lark bajó la mirada como desilucionado.

—¿Qué quiere hacer con ella?—inquirió Ralph Brown.

—Reubicarla, para que no mate a más personas—dijo Lark.

—¿Y no ha pensado en sacrificarla?—preguntó Ralph.

—No, no se puede, es una especie protegida—justificó Lark.

—Mátela por accidente y pague la multa o la fianza—propuso Ralph con voz tensa.

—Chist... lo dices como si fuera tan simple—reclamó Ethan Lark.

—Vale la pena... la ballena está cebada, va a matar personas donde sea que la lleven—advirtió Ralph.

—Estimado Ralph, no puedo hacer eso. Si era esa la razón de tu visita, lo lamento, no puedo ayudarte—Ethan Lark le estiró la mano para despedirse, pero Ralph se puso de pie.

—¿Y qué pretendes con la ballena... llevarla a tu zoológico y hacer una fortuna con ella?—reclamó Ralph.

—Vaya... eres muy creativo—dijo Ethan tenso...

—Eres judío ¿verdad? Mi abuelo era muy cristiano, decía que cuando un toro mataba a alguien, los judíos tenían que sacrificar al toro sí o sí, eso decía la ley... y lo sabes—recriminó Ralph sólido y firme.

—Israelitas, no judíos, hay una diferencia. Además, soy judío de raza, no de religión, por lo que no obedezco la ley... y sí, sí como cerdo—se defendió Ethan Lark, esto sacó de quicio a Ralph.

—¿Sabes cuál es el problema con los tipos como tú? Cuando los discriminan... son judíos, para hacer negocios... son judíos y para cobrar herencias son judíos... pero cuando tienen que hacer lo correcto, amar al prójimo y obedecer las sagradas escrituras, ahí resulta que ya no son judíos, por eso Dios les dio la espalda—le enrostró el joven aguantando la ira.

—Sí bueno ¿y tú quién serías... Jesús o la Virgen María?—soltó Lark desafiante y con una sonrisa soberbia.

Entonces, ya muy enardecido de cólera y con las venas de la frente hinchadas de furia, temiendo pegarle un puñetazo, Ralph abandonó la oficina sin decir nada más. Esa fue la primera y última vez que hablaron. Ethan Lark suspiró y alzó las cejas, echándose en su silla.

—Hasta luego señor Brown—se despidió el secretario, pero Ralph no lo tomó en cuenta y siguió caminando.

—Vaya, eso sí me dolió y eso que no me dijo ninguna grosería—susurró Ethan sirviéndose un whisky.

Más allá, Ralph se reencontró con Aurora, Nikolay y Heather.

—¿Y?—demandó Nikolay expectante.

—Dijo que no—contestó Ralph meneando la cabeza y se fueron.

El grupo de jóvenes se sentó a descansar en una plaza, sobre un tronco... Nikolay sacó un cigarrillo y se puso a fumar... Heather andaba con una radio y la encendió... tras algunos anuncios publicitarios sonó "Torn" de Natalie Imbruglia... de improviso, corrieron lágrimas por las mejillas de Heather, ellos se giraron para ver qué le ocurría.

—Es que... yo escuché mucho esa canción cuando terminé con Billy... me arrepiento de no haber vuelto con él, sobre todo hoy—confesó Heather, Aurora se apenó ante esto y se levantó para abrazarla y consolarla.

—¿Y qué dices Ralph... la matamos o no?—exigió Nikolay soltando humo. Ralph sostuvo la mirada hacia el horizonte y no dijo nada.

—Sí, lo imaginé, lo haré solo, no te necesito—refunfuñó furioso el joven ruso y se puso de pie para irse.

—Espera, te ayudaré... pero debo hacer algo antes—le detuvo Ralph.

—Cuando lo termines, me avisas—remató Nikolay y se largó.

Ralph regresó a casa y su papá estaba renegando y sujetando una gallina muerta de las patas.

—¿Qué pasó?—le preguntó Ralph.

—El perro del vecino cruzó la cerca y mató a todas las gallinas—se quejó Anthony. Ralph permaneció divagante un minuto...

—¿Qué te pasa?—le preguntó su padre.

—Nada, nada papá—dijo él y giró por la esquina de la casa hacia el gallinero... tenía la malla metálica rota y a su costado, diez gallinas muertas, el joven se quedó pegado viéndolas... bañadas en sangre y sus plumitas blancas esparramadas por todas partes... ahí estaban, botadas como basura, listas para ser arrojadas al tarro.

《¡Nada Billy! ¡Nada!》recordó sus propios gritos antes de ver al pobre Billy morir como un animal, igual que una simple gallina en el hocico de un perro. Sintió un dolor en el pecho, una profunda impotencia y deseos insaciables de venganza, Ralph juró en silencio dentro de su corazón, que acabaría con la ballena y que mandaría a la ruina a Lark.

Salió de su letargo y ayudó a su padre a meter a las gallinas en una bolsa plástica.


Capítulo 15.

Un plan B.


En la casa de los Larson. Ralph, Aurora, Nikolay y Heather acompañaban a Carl Larson que les servía cerveza.

—No hubo caso, el tipo quiere llevársela para su zoológico—reveló Ralph suspirando y tomando un sorbo.

—Ah entonces no se trata de evitar más muertes, quiere ganar dinero con ella—recalcó Carl.

—Sí, le dije que la ballena está cebada y que seguirá matando personas, eso a Lark no le interesa—concordó Ralph.

—¿Y cómo la matamos?—preguntó Heather.

—Se supone que van a remolcarla hasta tierra firme y de ahí la subirán a un tanque en un camión—dedujo Carl refregándose la barba.

—Cuando la tengan en tierra firme, podríamos envenenarla, inyectarle algo—propuso Ralph.

—Tendría que ser una jeringa con una dosis muy grande, además, debes tomar en cuenta que va a estar custodiada por varios tipos, no dejarán que nadie se le acerque—descartó Nikolay.

—Podríamos esperar a que la cacen, ir en una lancha y disparle en la cabeza, un par de tiros de escopeta serían suficientes—presentó Carl.

—Parece una buena opción, las lanchas son rápidas, no alcanzarían a detenernos, no pueden bajar del barco... a menos que nos dispararan desde arriba—analizó Ralph.

—Voy con ustedes—se aventuró Aurora y entablaron contacto visual.

—No... tú no puedes ir a la cárcel Aurora, tienes que cuidar a tu padre—le corrigió Ralph preocupado.

—Él tiene razón pero... en ese caso, yo asumiría la culpa. Ralph... tú debes cuidar a Aurora cuando yo no esté—ordenó Carl mirando fijamente al joven.

—¡Papá no!—discrepó Aurora asustada.

—Señor Larson yo, es que... —Ralph se puso tenso.

—No me discutan, ninguno de los dos, es una orden—remató Larson imperativo, Ralph asintió y acató en silencio.

—¿De dónde sacaremos el arma?—preguntó Nikolay, Carl Larson se puso de pie y revisó en una bodega de atrás... quitó algunas cosas encima de un baúl y al abrirlo... Carl regresó a la sala de estar con un rifle de caza, con balas para animales grandes. Todos abrieron los ojos sorprendidos.

—Hace años que no lo usaba, aún debo encontrar las balas y cargarlo—dijo Carl limpiándolo y montando las piezas.

—Bien, en eso quedamos—concluyó Nikolay y se retiró.

—Señor Larson... entonces ¿eso significa que Aurora y yo podemos casarnos?—preguntó Ralph, Carl Larson sonrió levemente.


Capítulo 16.

La promesa de Ralph.


Aurora se probaba el vestido de novia de su mamá. Por otro lado, Ralph se ajustó el traje de novio de su padre Anthony. Los invitados esperaban ansiosos en la sala del ayuntamiento, parado al costado de la juez, Ralph miraba nervioso la puerta de la entrada... cuando vio por fin a Aurora de blanco y acompañada de su padre.

Tras los votos y firmas de ambos, sellaron el compromiso con un beso y todos estallaron en aplausos. Los jóvenes estaban muy alegres y nerviosos. Rentaron un salón de eventos en Kelowna y aunque la fiesta fue relativamente sencilla, se hizo como la familia quería y todos quedaron conformes. 

Anthony Brown pidió dos minutos para decir unas palabras.

—Ay Ralph... con tu mamá nunca imaginamos que este día llegaría tan rápido. Todavía recuerdo cuando tenías 3 años y bebiste una cerveza a escondidas y te atoraste jaja. Me asusté tanto—narró Anthony y todos se rieron—me siento feliz por ver la persona que eres, alguien de bien y de convicciones firmes. Te amo hijo mío—expresó el padre y todos se conmovieron. Tocó el turno de Carl Larson.

—Aurora... tu mamá habría estado feliz y orgullosa de ti este día... de ver en la mujercita que te has convertido y en el buen hombre al que has elegido. Espero que compartan una larga vida juntos y que tengan muchos hijos. Y sí, Billy también habría estado muy feliz—Carl cedió a las lágrimas y un pariente le abrazó para consolarlo y sentarse nuevamente.

Germund Brown, el primo mayor de Ralph también quiso decir algo.

—Antes de venir aquí... pasamos un momento muy difícil como familia, todos sabrán. Mi mundo se vino abajo, pero ver a mi primo tomar este rumbo y verlo tan feliz, me ha dado nuevas fuerzas para seguir viviendo, sí, seguir viviendo para ver a tus hijos crecer primito. Y antes de terminar, quiero dedicarte unas palabras que citó mi papá el día en que me casé con Valerie: "Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño. 

Ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor". —finalizó Germund citando de 1 Corintios 13: 11, 13. Todos aplaudieron. Los novios cortaron el pastel, comieron y bailaron el vals, enseguida, muchos invitados se les unieron.

En la madrugada, cuando Aurora y Ralph entraron en la cabaña que habían rentado, él la llevó en brazos hasta la habitación... estaban cansados. Se quedaron mirando a los ojos sin saber muy bien qué hacer.

—Bueno yo... estoy cansado—dijo Ralph quitándose los zapatos.

—Sí, también yo—concordó Aurora recostándose en la cama.

—Tranquila, yo solamente voy a dormir—agregó Ralph.

—¿Tranquila por qué? Jaja—preguntó ella.

—Por nada jaja—respondió él riendo y se acostaron para dormir juntos. Ralph la abrazó desde atrás.

—Creo que todo pasó muy rápido—susurró Ralph al costado de Aurora, ella apagó la lámpara.

—Extraño a Billy—susurró ella muy triste.

—Sí... yo también lo extraño—dijo Ralph.

Ralph besó a Aurora en la nuca, luego en la mejilla, se besaron mutuamente y se abrazaron con fuerza, viéndose a los ojos, frente a frente.

—Pase lo que pase, no me dejes sola Ralph, no quiero terminar como mi papá o Heather—pidió Aurora sollozando.

—No lo haré—recalcó Ralph limpiando sus lágrimas.

—Júrame que no lo harás—le exigió Aurora.

—Lo juro Aurora. Recuerda "I will love you, baby, always"—pactó Ralph y se abrazaron otra vez.




Capítulo 17.

El Lark Hunter.

El pesquero Lark Hunter zarpó del muelle Downtown Marina Kelowna. El alcalde y una gran multitud festejaron la salida. Lark iba en la cabina junto a su guardaespaldas, sus tres secretarios, Charles Planc y los diez pescadores de la tripulación. El capitán se dirigió hacia la zona de los ataques, lago arriba... el pesquero no se movía tanto como otras embarcaciones, el oleaje era suave... el capitán se detuvo allí y apagó el motor.

El enorme estanque de agua permanecía muy tranquilo, los pescadores engancharon un gran anzuelo en un trozo de carne de rez y lo lanzaron al agua... esperaron. 

—Creo que estaremos así un buen rato—dijo John Corbett, un pescador mirando el espejo de agua desde la borda. Corbett era joven, pero grande y corpulento, habrá medido 1.93 más o menos, usaba melena, una barba candado y solía mascar una espiga de trigo, era de Kerrville, Texas, cerca de San Antonio y Austin, al igual que Charles Planc parado a su lado, dicha región montañosa es famosa por su temporada de caza... y es que ambos eran cazadores, porque desde niños sus padres les inculcaron esa cultura.

—La carne podrida la llamará—sostuvo Planc, apretando un habano con los labios.

Muchos peces curiosos se acercaron para comer pedacitos del fiambre... Los pescadores permanecieron inmóviles y atentos... hasta que un ser de grandes dimensiones hizo acto de presencia, tomó aire y se sumergió, los tripulantes preparaban los rifles y los tranquilizantes. La criatura deambuló lentamente alrededor de la carne podrida y sacó una tajada.

—¡Dispárenle!—ordenó Lark, los pescadores hicieron caso y los dardos se clavaron en el lomo del animal.

—Lark ¿qué hace?—le corrigió Planc, este no le prestó atención y jalaron a la criatura a cubierta.

—Un maldito bagre—protestó Lark al contemplarle.

—No es un bagre, es un esturión beluga, medirá unos seis metros—identificó Planc.

—Por lo menos ya sabemos quién es el aperitivo de nuestra ballena—festejó Lark.

—No me ignore la próxima vez. Cuando yo le digo algo, es por una buena razón—dijo Planc irritado.

—Sí claro—contestó Lark arreglándose el cabello, Planc se irritó un poco más y se apartó de su vista.

—Niño ricachón estúpido—masculló Planc rechinando los dientes y apoyado en la baranda del otro lado del barco.

Pasaron las horas... y cayó la tarde, el horizonte se tiñó anaranjado y las aguas oscuras. Algunos pescadores se metieron dentro de la cabina para cenar... Planc se quedó fuera.

—Espero que nos paguen mucho dinero por cazar a la ballena—dijo John Corbett sentándose frente a su plato de comida.

—Mil dólares para cada uno de los diez—aclaró el capitán William Garden.

—¿Y qué harás con el dinero Johny?—le preguntó Paul Levinski a Corbett.

—Primero invitaré a salir a una chica hermosa o a unas dos jajaja, después haré una fiesta, estás invitado, no te preocupes jaja—decía contento John Corbett, Paul se rió junto con sus colegas.

—Yo también invitaré a dos chicas más y las juntaremos para la fiesta Johny—le acompañó su amigo y colega Yamamoto Heikichi.

—¿Hay lugar para un tercero?—pidió Frank Reinell.

—Todos Frank, todos están invitados—celebró Corbett levantando su jarra con cerveza, todos le siguieron con risas, Grampian, Kanter, Heikichi, Beneteau, Lomac, Llaut y el capitán Garden. Lark yacía dentro de su dormitorio y sus tres secretarios en los suyos... Planc entró para comer con los pescadores.

—Bienvenido sea el gran Planc, cazador de todo lo que respira, venga, siéntese a comer—le saludó Corbett ofreciéndole una silla.

—Gracias—dijo Planc viendo la cerveza caer en su jarra.

—Usted fue pescador antes ¿verdad?—inquirió Llaut.

—De los mejores. Mi padre trabajó con el señor Planc—respondió John Corbett de 24 años, Llaut asintió.

—¿Hay algo que no haya cazado y que le gustaría atrapar?—preguntó Lomac.

—Esta ballena jaja—contestó Planc después de tragar, los pescadores se sonrieron.

—No entiendo ¿cómo es que este animal sigue vivo? ¿No debería estar extinto?—indagó Beneteau frunciendo el ceño. Todos callaron.

—Hay muchos animales que se creían extintos que siguen vivos, el Cangrejo Herradura, el Celacanto, etc—explicó el capitán Garden.

—¿Y Lark Enterprises la quiere cazar para llevarla a su zoológico?—preguntó Beneteau y sus colegas le miraban muy atentos.

—Lark Enterprises son los únicos que pueden protegerla para que no se extinga—explicó el capitán, Planc lo observaba fijamente.

—Pero... esta ballena ha asesinado personas, no deberían tenerla viva, tendrían que clonarla o algo así y luego sacrificarla—intervino Beneteau.

—Sí, eso parece lógico—le apoyó Kanter.

—Bueno chicos, sea como sea, no nos pagan por hacer preguntas—remató el capitán Garden, los pescadores se miraron y chocaron las jarras en un salud, Planc suspiró aliviado. Todos se fueron a dormir.


Capítulo 18.

Primera cacería.


En medio de la madrugada, el barco se balanceaba levemente de aquí para allá... todos dormían, roncaban y resoplaban.

—Ay sí mi amor, tú dale con confianza, eso, así está bien, en el cuello primero y vas bajando—susurraba Levinski sonriendo con los ojos cerrados. Corbett le pegó un manotazo en el vientre, Levinski saltó del susto.

—¿Qué rayos te pasa Corbett?—reclamó Paul Levinski.

—Estás hablando dormido—dijo Corbett.

—¿Y qué tiene?—protestó Levinski enojado.

—Sueñas que estás acostado con tu novia imbécil—dijo Corbett.

—Ah y tú me tienes envidia ¿eh? Pedazo de idiota—le retó Levinski.

—¡Cállense ya y dejen dormir a los demás!—les regañó el capitán.

De improviso, un golpe azotó a la embarcación. Todos se despertaron y levantaron para ir a ver. No había nada en la oscuridad, encendieron los focos para iluminar... nada. El capitán Garden revisó el radar... y vio una mancha larga alrededor del buque.

—¡Está debajo de nosotros!—gritó a los hombres y estos corrieron a cargar los rifles y los tranquilizantes. Revisaron la carnada, estaba vacía. Apuntaban a las aguas desde la borda, la ballena merodeaba la embarcación, pero no salía a tomar aire.

—Está jugando con nosotros—acusó Planc ajustándo la mira. Lark se levantó y miró desde una ventana con sus binoculares.

El cetáceo salió a tomar aire y le lanzaron una carnada en el gran anzuelo de acero, la ballena lo mordió y se enganchó, jaló los seis barriles de aire hacia el agua... tironeó el barco desde la popa y comenzó a arrastrarlo hacia el corazón del lago.

—¡Acelera!—le gritó Lark desde la ventana al capitán.

—¡No, hay que dejarla que tire!—le corrigió Garden. Charles Planc apuntó y le disparó un dardo tranquilizante en el lomo.

El barco retrocedía por la inmensa fuerza del animal, que rozaba los 18 metros de largo, este nadaba serpenteando de arriba a abajo y reluciendo la cola de dos aletas... los seis barriles enganchados a la línea, la cuerda, se sumergieron... todos los pescadores estaban expectantes e impresionados... parecían como langostas dentro de una caja arrastrada por un niño pequeño. Lark bajó a cubierta muy emocionado.

—¡Es un monstruo!—exclamó Corbett, cargando el rifle.

—¡No, es nuestro cheque a la gloria jajaja!—celebraba Lark entre carcajadas.

El buque aún era tironeado por la bestia... estuvieron así por una hora aproximadamente, hasta que amaneció. El barco redujo la velocidad progresivamente... Los barriles emergieron y una nube de burbujas salió a la superficie... a esto acompañó un chirrido terrible, horrible, metálico que dejó casi sordos a los hombres.

—¡¿Qué diablos?!—se quejó Corbett tapándose los orejas. Esperaron... Basilosaurus luchaba fatigado intentando quitarse el gran anzuelo del hocico... cuando dejó de moverse y se dedicó a flotar. Garden ordenó que el barco diera la vuelta y rodeara al cetáceo. Los pescadores le dispararon un par de dardos tranquilizantes y le enrollaron en cuerdas para fijarlo al barco.

—Se acabó... eres mío ¡eres mío! Jajaja—celebró Ethan Lark aplaudiendo a los pescadores y dando brincos de alegría, los pescadores se unieron a sus expresiones de júbilo y abrieron botellas de champaña y dispararon fuegos artificiales. Basilosaurus emitió otra vez esos chirridos metálicos estruendosos, abriendo y cerrando el hocico con esos dientes extraños. Era muy parecida a una orca, negro con blanco, pero de cabeza más pequeña y alargada, hocico más bajo.

—¡Eso es mi amor! ¡Grita, grita para mí! Me haces un hombre feliz ¡salud por eso! Jajaja—prorrumpía eufórico Ethan Lark entre gritos y carcajadas, alzando su copa de champaña.


Capítulo 17.

El Lark Hunter.

El pesquero Lark Hunter zarpó del muelle Downtown Marina Kelowna. El alcalde y una gran multitud festejaron la salida. Lark iba en la cabina junto a su guardaespaldas, sus tres secretarios, Charles Planc y los diez pescadores de la tripulación. El capitán se dirigió hacia la zona de los ataques, lago arriba... el pesquero no se movía tanto como otras embarcaciones, el oleaje era suave... el capitán se detuvo allí y apagó el motor.

El enorme estanque de agua permanecía muy tranquilo, los pescadores engancharon un gran anzuelo en un trozo de carne de rez y lo lanzaron al agua... esperaron. 

—Creo que estaremos así un buen rato—dijo John Corbett, un pescador mirando el espejo de agua desde la borda. Corbett era joven, pero grande y corpulento, habrá medido 1.93 más o menos, usaba melena, una barba candado y solía mascar una espiga de trigo, era de Kerrville, Texas, cerca de San Antonio y Austin, al igual que Charles Planc parado a su lado, dicha región montañosa es famosa por su temporada de caza... y es que ambos eran cazadores, porque desde niños sus padres les inculcaron esa cultura.

—La carne podrida la llamará—sostuvo Planc, apretando un habano con los labios.

Muchos peces curiosos se acercaron para comer pedacitos del fiambre... Los pescadores permanecieron inmóviles y atentos... hasta que un ser de grandes dimensiones hizo acto de presencia, tomó aire y se sumergió, los tripulantes preparaban los rifles y los tranquilizantes. La criatura deambuló lentamente alrededor de la carne podrida y sacó una tajada.

—¡Dispárenle!—ordenó Lark, los pescadores hicieron caso y los dardos se clavaron en el lomo del animal.

—Lark ¿qué hace?—le corrigió Planc, este no le prestó atención y jalaron a la criatura a cubierta.

—Un maldito bagre—protestó Lark al contemplarle.

—No es un bagre, es un esturión beluga, medirá unos seis metros—identificó Planc.

—Por lo menos ya sabemos quién es el aperitivo de nuestra ballena—festejó Lark.

—No me ignore la próxima vez. Cuando yo le digo algo, es por una buena razón—dijo Planc irritado.

—Sí claro—contestó Lark arreglándose el cabello, Planc se irritó un poco más y se apartó de su vista.

—Niño ricachón estúpido—masculló Planc rechinando los dientes y apoyado en la baranda del otro lado del barco.

Pasaron las horas... y cayó la tarde, el horizonte se tiñó anaranjado y las aguas oscuras. Algunos pescadores se metieron dentro de la cabina para cenar... Planc se quedó fuera.

—Espero que nos paguen mucho dinero por cazar a la ballena—dijo John Corbett sentándose frente a su plato de comida.

—Mil dólares para cada uno de los diez—aclaró el capitán William Garden.

—¿Y qué harás con el dinero Johny?—le preguntó Paul Levinski a Corbett.

—Primero invitaré a salir a una chica hermosa o a unas dos jajaja, después haré una fiesta, estás invitado, no te preocupes jaja—decía contento John Corbett, Paul se rió junto con sus colegas.

—Yo también invitaré a dos chicas más y las juntaremos para la fiesta Johny—le acompañó su amigo y colega Yamamoto Heikichi.

—¿Hay lugar para un tercero?—pidió Frank Reinell.

—Todos Frank, todos están invitados—celebró Corbett levantando su jarra con cerveza, todos le siguieron con risas, Grampian, Kanter, Heikichi, Beneteau, Lomac, Llaut y el capitán Garden. Lark yacía dentro de su dormitorio y sus tres secretarios en los suyos... Planc entró para comer con los pescadores.

—Bienvenido sea el gran Planc, cazador de todo lo que respira, venga, siéntese a comer—le saludó Corbett ofreciéndole una silla.

—Gracias—dijo Planc viendo la cerveza caer en su jarra.

—Usted fue pescador antes ¿verdad?—inquirió Llaut.

—De los mejores. Mi padre trabajó con el señor Planc—respondió John Corbett de 24 años, Llaut asintió.

—¿Hay algo que no haya cazado y que le gustaría atrapar?—preguntó Lomac.

—Esta ballena jaja—contestó Planc después de tragar, los pescadores se sonrieron.

—No entiendo ¿cómo es que este animal sigue vivo? ¿No debería estar extinto?—indagó Beneteau frunciendo el ceño. Todos callaron.

—Hay muchos animales que se creían extintos que siguen vivos, el Cangrejo Herradura, el Celacanto, etc—explicó el capitán Garden.

—¿Y Lark Enterprises la quiere cazar para llevarla a su zoológico?—preguntó Beneteau y sus colegas le miraban muy atentos.

—Lark Enterprises son los únicos que pueden protegerla para que no se extinga—explicó el capitán, Planc lo observaba fijamente.

—Pero... esta ballena ha asesinado personas, no deberían tenerla viva, tendrían que clonarla o algo así y luego sacrificarla—intervino Beneteau.

—Sí, eso parece lógico—le apoyó Kanter.

—Bueno chicos, sea como sea, no nos pagan por hacer preguntas—remató el capitán Garden, los pescadores se miraron y chocaron las jarras en un salud, Planc suspiró aliviado. Todos se fueron a dormir.


Capítulo 18.

Primera cacería.


En medio de la madrugada, el barco se balanceaba levemente de aquí para allá... todos dormían, roncaban y resoplaban.

—Ay sí mi amor, tú dale con confianza, eso, así está bien, en el cuello primero y vas bajando—susurraba Levinski sonriendo con los ojos cerrados. Corbett le pegó un manotazo en el vientre, Levinski saltó del susto.

—¿Qué rayos te pasa Corbett?—reclamó Paul Levinski.

—Estás hablando dormido—dijo Corbett.

—¿Y qué tiene?—protestó Levinski enojado.

—Sueñas que estás acostado con tu novia imbécil—dijo Corbett.

—Ah y tú me tienes envidia ¿eh? Pedazo de idiota—le retó Levinski.

—¡Cállense ya y dejen dormir a los demás!—les regañó el capitán.

De improviso, un golpe azotó a la embarcación. Todos se despertaron y levantaron para ir a ver. No había nada en la oscuridad, encendieron los focos para iluminar... nada. El capitán Garden revisó el radar... y vio una mancha larga alrededor del buque.

—¡Está debajo de nosotros!—gritó a los hombres y estos corrieron a cargar los rifles y los tranquilizantes. Revisaron la carnada, estaba vacía. Apuntaban a las aguas desde la borda, la ballena merodeaba la embarcación, pero no salía a tomar aire.

—Está jugando con nosotros—acusó Planc ajustándo la mira. Lark se levantó y miró desde una ventana con sus binoculares.

El cetáceo salió a tomar aire y le lanzaron una carnada en el gran anzuelo de acero, la ballena lo mordió y se enganchó, jaló los seis barriles de aire hacia el agua... tironeó el barco desde la popa y comenzó a arrastrarlo hacia el corazón del lago.

—¡Acelera!—le gritó Lark desde la ventana al capitán.

—¡No, hay que dejarla que tire!—le corrigió Garden. Charles Planc apuntó y le disparó un dardo tranquilizante en el lomo.

El barco retrocedía por la inmensa fuerza del animal, que rozaba los 18 metros de largo, este nadaba serpenteando de arriba a abajo y reluciendo la cola de dos aletas... los seis barriles enganchados a la línea, la cuerda, se sumergieron... todos los pescadores estaban expectantes e impresionados... parecían como langostas dentro de una caja arrastrada por un niño pequeño. Lark bajó a cubierta muy emocionado.

—¡Es un monstruo!—exclamó Corbett, cargando el rifle.

—¡No, es nuestro cheque a la gloria jajaja!—celebraba Lark entre carcajadas.

El buque aún era tironeado por la bestia... estuvieron así por una hora aproximadamente, hasta que amaneció. El barco redujo la velocidad progresivamente... Los barriles emergieron y una nube de burbujas salió a la superficie... a esto acompañó un chirrido terrible, horrible, metálico que dejó casi sordos a los hombres.

—¡¿Qué diablos?!—se quejó Corbett tapándose los orejas. Esperaron... Basilosaurus luchaba fatigado intentando quitarse el gran anzuelo del hocico... cuando dejó de moverse y se dedicó a flotar. Garden ordenó que el barco diera la vuelta y rodeara al cetáceo. Los pescadores le dispararon un par de dardos tranquilizantes y le enrollaron en cuerdas para fijarlo al barco.

—Se acabó... eres mío ¡eres mío! Jajaja—celebró Ethan Lark aplaudiendo a los pescadores y dando brincos de alegría, los pescadores se unieron a sus expresiones de júbilo y abrieron botellas de champaña y dispararon fuegos artificiales. Basilosaurus emitió otra vez esos chirridos metálicos estruendosos, abriendo y cerrando el hocico con esos dientes extraños. Era muy parecida a una orca, negro con blanco, pero de cabeza más pequeña y alargada, hocico más bajo.

—¡Eso es mi amor! ¡Grita, grita para mí! Me haces un hombre feliz ¡salud por eso! Jajaja—prorrumpía eufórico Ethan Lark entre gritos y carcajadas, alzando su copa de champaña.


Capítulo 19.

Carl Larson.


Ralph y Aurora cenaban en la casa de su padre.

—Digo que me gustaría tener una niña, sería igual de hermosa que tú—dijo Ralph antes de comer otro trozo de pollo.

—Sí claro—bromeó Aurora.

—Enserio, no es broma—confirmó Ralph. Los fuegos artificiales alertaron a Carl y este salió a ver cargando su rifle.

—Papá—le llamó Aurora y los tres salieron de la casa. Carl observó los destellos en el lago.

—Es el barco de Lark, atraparon a la ballena—advirtió Carl y corrió para subir a su lancha.

—¡Papá espera!—le suplicó Aurora.

—¡Quédense aquí, no vengan!—les ordenó y encendió el motor para entonces retirarse rápidamente. Aurora volvió a la casa y regresó con unos binoculares, siguiendo a su padre.

—¡Aurora no!—quiso agarrarle Ralph.

—Tengo que ver esto—dijo Aurora corriendo a hacia la costa.

Carl buscaba la ruta hacia el barco, se guiaba por las luces... a medida que avanzaba dentro del lago, divisó al buque que cargaba a la ballena amarrada a su costado, a babor.

Larson aceleró directo hacia el Lark Hunter... a 200 metros de distancia, lo rodeó y apuntó con su rifle al vislumbrar la silueta de la ballena.

—¡¿Qué hace?!—exclamó Ethan Lark, Carl disparó y la bala rebotó en el casco del pesquero.

—¡Quiere matarla! Daré un disparo de advertencia—entendió Charles Planc y disparó con su rifle al aire. Carl dudó por un segundo, pero reanudó su misión y volvió a dispararle a la ballena y dio otra vez en el casco.

—¡Dispárale Planc!—le ordenó Lark asustado y empujándolo.

—Le tiraré a la lancha—dijo Planc apuntando.

—¡Dispárale a él, si mata a la ballena no cobraremos ni un centavo, imbécil!—le presionó Lark zamarreándole. Charles Planc se preocupó mucho y le tiró a Carl Larson... la bala cruzó sobre el agua y dio en el pecho a Carl... este perdió el control de la lancha y la dirigió hacia la costa.

—Maldita sea... ¡lo maté!—gritó Planc aterrado.

—¡Es defensa propia idiota!—protestó Ethan Lark más relajado... Los tripulantes quedaron silenciosos y confundidos.

—¡No, papá!—Aurora dio un alarido desde la costa, viendo a la lancha que venía hacia ellos, Ralph le abrazó. La lancha encalló en el lodo. Ralph se lanzó a nadar para subir a ella. En cubierta, Ralph atendió a Carl moribundo y agonizante, sosteniéndolo en sus brazos.

—Hijo mío—susurró Carl acariciándole la mejilla a Ralph... miró hacia el cielo y dejó caer su cabeza hacia atrás... y falleció. Ralph aún en shock... cargó el cuerpo ensangrentado de su suegro abajo de la lancha... y lo recostó sobre el barro. Aurora corrió y se echó a llorar sobre el cuerpo de su padre... el matrimonio se quedó de rodillas allí por unos 10 minutos... entre silencios y sollozos. Ralph besó a Aurora en la boca... se irguió... y corrió hacia la lancha.

—¡Ralph no!—gritó Aurora inútilmente, el joven dio marcha a la lancha y aceleró en persecusión del Lark Hunter...

El capitán atracó triunfante el pesquero en el muelle de Kelowna... Los pocos presentes aplaudieron admirados ante el extraño y voluminoso animal, capturado y sometido. La gente se aglomeró para observar y fotografiar al inusual habitante del Okanagan. Muchos reporteros y periodistas cubrían el suceso. Ethan Lark gritaba y saludaba emocionado... bajó del pesquero apenas pudo y saludó a todos los periodistas.

—¡Aquí está señores! ¡La ballena asesina de Kelowna! Capturada por mi compañía ¡Soy un hombre que cumple sus promesas! Ahora la gente de esta ciudad vivirá en paz—declaró eufórico Ethan Lark a los reporteros. Enseguida se puso de pie al costado del Basilosaurus para que le fotografiaran.

—Una conmigo y el monstruo solos... sí. Otra con mi amigo Charles Planc por favor. Otra foto con mis empleados. Otra con la tripulación por favor, sí, gracias, gracias, muchas gracias—pedía una y otra vez Etha Lark. De improviso el macho bramió y gruñó sacudiéndose, la gente saltó de terror y se apartaron de la orilla... los fotógrafos capturaron el momento. Los empleados de Lark se disponían a ubicar el remolque con el estanque de agua a la orilla del Okanagan y traspasar a la bestia, rellenaron el estanque hasta la mitad para que no se ahogara al dormir. El motor ahogado de una lancha rugió al fondo.

Ralph la llevaba con el motor al máximo y perdiendo potencia... todos se giraron para ver qué ocurría... y atestiguaron el increíble incidente de Ralph estrellando la lancha contra el vientre de la ballena... la proa se torció por completo al impactar contra el casco del pesquero... el tanque de combustible de la lancha se abrió derramando el combustible... la gente gritó asustada y confundida, silencio... en eso, Ralph salió de la popa de la lancha y apuntó a Ethan Lark con el rifle de su suegro, nadie entendía nada.

—¡No, suéltala!—gritó el capitán. Ralph le disparó en la pantorrilla a Ethan Lark, la bala atravesó la carne y salió, Lark cayó a tierra herido y sus secretarios le cubrieron y atendieron. Las personas gritaron y se echaron cuerpo a tierra cubriéndose la cabeza. Los pescadores y policías apuntaron y dispararon a Ralph, el joven se ocultó en la lancha y las balas dieron contra el casco de esta.

—¡No, no disparen, no disparen!—ordenó el oficial Crown.

La ballena gemía agónica. Aurora llegó en la motocicleta de Ralph y derrapó en el muelle.

—¡Tírala, tírala hijo de @#$!—le gritaron los pescadores apuntándole con sus rifles.

—¡Ríndete Ralph, por favor hijo, no hagas una estupidez! ¡Piensa en tu familia, en tu esposa!—le exigió el oficial Crown.

—¡Ralph no lo hagas, por favor!—le gritaba Aurora. Nikolay, quien estuvo vigilando al Hunter Lark desde la costa, se atravesó y quedó de pie delante de todos los hombres armados que le apuntaban a su amigo.

—¡Matan a Ralph y me matan a mí también, malditos!—gritó Nikolay Petrov con los brazos extendidos.

A los segundos, el rifle de Larson voló fuera de la lancha... y los dedos y manos blancas de Ralph salieron desde dentro.

—¡Oficial Crown! ¡Ellos asesinaron a mi suegro! ¡Carl Larson! ¡Le dispararon! ¡No me maten por favor!—suplicó Ralph... Crown se aventuró de entre la multitud y subiendo a la cubierta de la lancha, esposó a Ralph.

—Tranquilo hijo, tranquilo, te sacaré de aquí—le susurró Crown llevándolo al muelle, ambos iban con los pantalones empapados.

—¡Mataste a mi ballena imbécil! ¡Me las vas a pagar! ¡Irás a la cárcel infeliz!—le amenazó Ethan sujetándose la pierna sangrante. Los presentes miraban la escena sin comprender bien. Aurora saltó y se sujetó de la cintura de Ralph.

—¡Déjeme ir con él oficial Crown, por favor!—suplicaba Aurora entre lágrimas.

—No hija, no puedes—negó el policía.

—¡¿Dónde lo va a llevar?! ¡Dígame por favor!—imploraba Aurora llorando.

—And i... Will love you... baby, always [...] And i'll love you, always—le cantó Ralph a Aurora citando la canción Always de Bon Jovi.

—Ralph—lloraba Aurora abrazada a la cintura de su esposo con mucha fuerza, los policías separaron a Aurora de Ralph y le subieron a la patrulla. Aurora se echó sobre la ventana del auto y ambos se besaron divididos solo por el vidrio. La patrulla partió y Aurora se quedó de pie desamparada... hasta que Ema y Anthony le abrazaron y se la llevaron a su casa. El combustible de la lancha se encendió y quemó a la ballena que agonizaba, los pescadores trataron de apagarlo, pero era imposible.

La ruta a la comisaría fue silenciosa.

—Ellos asesinaron a mi suegro, le dispararon, su cuerpo quedó en la orilla del lago—intervino Ralph, los policías guardaron silencio y no dijeron nada.


Capítulo 20.

Primos.


En la comisaría, los policías interrogaron a Ralph y le tomaron declaración, esa noche durmió en una celda.

Pasaron lo ocurrido en los noticiarios de la noche.

A la mañana siguiente. Llegó un abogado estatal para acordar la defensa de Ralph. Aurora y los Brown también.

En el juicio, Aurora y Ralph atestiguaron contra Ethan Lark, que él le había disparado u ordenado disparar a Carl Larson, pero los abogados de las compañías Lark argumentaron defensa propia, que a su cliente le fue imposible determinar a esa distancia si el señor Larson le disparaba a él o al animal. El juez aplicó la Ley de Protección de Especies y declaró culpable a Ralph, le condenó a 4 años de presidio con libertad condicional a una cárcel federal en Vancouver y una multa de 150 mil dólares. Esposado, Ralph fue trasladado por un policía, Aurora abrazó a su esposo con fuerza y otro policía intentó separarlos.

—¡Tranquila Aurora! ¡Todo saldrá bien, te amo!—quiso calmarla Ralph antes de salir de la sala del tribunal, Aurora cayó de rodillas destrozada.

—¡Él... él asesinó a mi padre! ¡Yo lo vi! ¡Te vi Ethan Lark y pagarás por tu asesinato! ¡Irás a la cárcel, maldito asesino!—le gritó Aurora acusándole con el dedo, Ethan Lark alzó la cabeza desafiante y se levantó del asiento cojeante, apoyándose en su bastón y acompañado de sus abogados y guardaespaldas, los fotógrafos documentaban cada suceso con sus cámaras. La familia Brown estaba destruída.

—Señor Planc ¡usted sabe que no quería matar al señor Larson, yo sé que usted no es un asesino, por favor haga algo!—le suplicó Germund Brown, Planc le miró asustado y bajó la mirada culpable para seguir su camino en silencio.

En casa, Paul preparaba sus maletas, pero Germund merodeaba de aquí para allá.

—Planc no es un asesino, el otro tipo le dijo que lo hiciera, se manchó las manos por él, además, era imposible que Larson les disparara de abajo hacia arriba, hacia la cubierta y en movimiento, es un tiro imposible—recalcó Germund echándose en el sillón de la habitación.

—¿Qué pasa Ger? ¿Por qué no haces tu maleta?—preguntó Paul Brown a su sobrino.

—No iré... me quedaré aquí—dijo Germund suspirando.

—No comprendo—evidenció Paul.

—No quiero volver, quiero quedarme aquí para ayudar a Ralph. Quiero darle un sentido a mi vida—explicó Germund Brown.

—¿Estás seguro?—persistió Paul.

—Sí, eso le da un propósito a mi vida, a Valerie le habría gustado... y mi hijo quizá habría sido como Ralph, quien sabe, eso me hace feliz—amplió su respuesta Germund más satisfecho.

—Bueno hijo, si eso te hace feliz... es lo mejor—Paul abrazó a Germund para despedirse.

Al cruzar el haz de la entrada, Ralph fue ovacionado por muchos reos.

"¡Carne fresca!", "¡Ven, te estoy esperando niño bonito!", "¡Me encanta tu cabello, te voy a despellejar como a un cerdo!", "¡Estamos contigo Ralph!", "¡Que se joda Lark!", "¡Yo te apoyo, habría hecho lo mismo!".

—¡Cállense! ¡Ya, cállate Jones!—les gritó el gendarme dándole macanazos a las rejas, mientras otro escoltaba a Ralph que cargaba su ropa.

En el muelle de Kelowna. Todos admiraban el terrible espectáculo: la ballena muerta y quemada al costado del barco manchado de hollín de humo... Los pescadores retiraban el inmenso cadáver con ganchos, Lark apartó la vista entre lágrimas y frustrado... cuando se oyó un grito.

—¡Ah maldito!—gritó Corbett viendo con impotencia a otro Basilosaurus llevándose en sus mandíbulas a Lomac.

—¡Sí, sí!—festejó Ethan Lark alegre—¡hay otro!—Lark se abalanzó con sus muletas hacia al barco y encendió el motor, el capitán Garden lo miró impactado.

—¡¿Qué estás esperando?! ¡Súbete!—le gritó desesperado al capitán, este obedeció y los demás pescadores le siguieron. La gente que pasaba los veía conmocionados.

El Lark Hunter o La Alondra, zarpó una vez más... Garden aceleró persiguiendo a la otra ballena... antes de hundirse, Planc le disparó un dardo tranquilizante. Le siguieron y repitieron el proceso, dándole captura con éxito. Remolcaron a la hembra a tierra firme, la engancharon a las correas de los cables del gran helicóptero Mil Mi-17 P... y este la elevó y la transfirió con mucho cuidado al estanque del camión, el conductor emprendió la ruta hacia California, Estados Unidos.

Germund tuvo acceso para conversar con Ralph a través de la cabina telefónica de la cárcel, Anthony, Ema, Aurora, Heather y Nikolay estaban allí esperando su turno.

—Primo, aquí estoy ¿cómo estás?—saludó Germund.

—Hola... aquí, esperando lo peor—dijo Ralph suspirando.

—No primo, no pienses así, ten esperanza. Yo te ayudaré, conseguiré buenos abogados y te sacaré de aquí lo antes posible. Hay muchas atenuantes, porque tú no tenías antecedentes y podrías salir por buena conducta, ten fe, podemos salir de aquí—le apoyó Germund muy positivo.

—¿De verdad harías eso por mí, primo?—pidió Ralph emocionado.

—Para eso son los primos y los hermanos viejo—Germund estiró su mano y la juntó con la de Ralph a través de la ventana.

—Valerie estaría muy orgullosa de ti, mi hermano—expresó Ralph, Germund asintió con lágrimas. Germund cedió el lugar a los Brown.

—Hola hijo, aquí estamos—saludó Anthony colocando la mano en el vidrio, Ralph apoyó su mano con la de él.

—Sí papá... Los extraño, ojalá me bajen la condena—dijo Ralph melancólico.

—Sí, eso estamos viendo con Germund y otro abogado—dijo su madre preocupada.

—Solo les pido que cuiden a Aurora, no la dejen sola, por favor—pidió Ralph.

—Aquí está con nosotros, nunca la dejamos sola, nunca—se comprometió Ema, besándo su mano y tocando con ella el vidrio. Ema entregó el teléfono a Aurora.

—Hola bebé ¿cómo estás? Rompí mi promesa—saludó Ralph triste.

—Hola bebé, te extraño—dijo Aurora con ojos llorosos.

—Me habría gustado besarte más, haber disfrutado más todos los momentos juntos—se lamentó Ralph.

—Pronto mi amor, el abogado que contratamos dice que te sacarán en menos de lo que imaginas, ten fe, yo te voy a estar esperando—prometió Aurora esperanzada y se besaron a través del vidrio.

—Adiós amigo, debo volver a Rusia, pero regresaré—juró Nikolay tocando el vidrio de la ventanilla.

El guardia indicó con su reloj que se acababa el tiempo y Ralph se despidió de su familia y amigos.

El funeral de Carl Larson fue un acontecimiento especialmente doloroso... casi un mes antes había fallecido su hijo... y ahora lo sepultaban a su lado, Aurora no podía abrazar a su esposo preso y ausente... he aquí a una multitud de dolientes frente a la tragedia y tres muertes que suplicaban justicia a gritos.


Capítulo 21.

Maglomedov.


Ethan Lark volvió cojeando a su mansión en Beverly Hills, Los Ángeles, California. Bajó de la limusina con un bastón de madera de cedro con sellos de oro enchapado... su guardaespalda le escoltó hasta la casa y al entrar... sonaron cornetitas y volaron serpentinas, papel picado y globos, todos sus empleados le estaban esperando para darle una sorpresa.

—¿Y? ¿Cómo van los planes para inaugurar el zoológico?—preguntó Carston.

—Con viento en popa, esperando la respuesta del señor Maglomedov—contestó Lark.

—Yo ya tengo una lista de invitados Ethan. El alcalde Riordan, todos los canales de televisión y noticias, Rockefeller, Bill Gates y varias estrellas del cine y de la música. Claro, además del director de Kollozal y algunos de sus empleados—le contó emocionado Carston, Ethan sonrió muy satisfecho, se echó en el sofá y bebió champaña.

La madre de Ethan se acercó para saludarlo, se apoyaba en su burrito ortopédico.

—Hola Evan ¿cómo estás?—dijo la señora con esa ternura de abuelita, Jefrey y los demás se sonrieron.

—Hola mamá, soy Ethan—dijo él entretenido.

—Ah... Ethan ¿ya te casaste?—preguntó ella inocente.

—No mamá, pronto—respondió Ethan.

—Oye Ethan, estas personas dicen que tienes mucho dinero ¿es verdad?—pidió ella muy seria.

—Jajaja sí mamá—dijo Ethan y algunos se rieron.

—Ah que bueno, tu padre estaría muy muy orgulloso de ti hijo—felicitó la madre.

—Gracias mamá, sí lo sé—dijo Ethan.

—Oye ¿y es verdad que te dispararon en la pierna? ¿Estás bien?—suplicaba una respuesta la mujer.

—Sí mamá, estoy bien—se limitó a decir Ethan.

—Ethan tengo buenas noticias para ti ¡tu ballena está preñada!—proclamó Carston colgando el teléfono celular. Ethan Lark se puso de pie con dificultad muy alegre.

—¡Todos tienen libre mañana! ¡Dios sí!—vociferó Lark eufórico y se bebió la botella completa de un solo trago, los demás celebraron felices y bebieron.

Dos empleadas de Ethan se llevaron cuidadosamente a su madre a la sala de estar. Ethan se encerró en su gigantesca habitación y su secretaria se encerró con él.

Cuando por fin quedaron solos, Lark recibió una llamada... era Planc.

—Hola Planc ¿cómo estás?—dijo Ethan contento.

—Hola Lark ¿cuándo me vas a pagar?—exigió Charles Planc con voz severa.

—Charles... Charles, tranquilo, el fin de semana te dije—contestó Lark nervioso.

—¡Ya es lunes maldita sea!—gritó Planc furioso, la secretaria dio un salto, Ethan se alejó el teléfono de la oreja y vio el calendario.

—Oh... tienes razón, bien, le hablaré a mi secretaria para que te transfiera los mil... —Lark intentó recordar.

—¡Un millón! ¡Un millón de dólares, ni más ni menos!—hizo hincapié Charles Planc y colgó la llamada.

A los dos días. Jefrey Carston estaba sentado en una oficina dentro del Zoológico revisando una lista de correos electrónicos, acompañado de su hijo Jonathan, de 9 años.

—Papá esto es muy aburrido ¿dónde está el baño?—pidió el pequeño.

—Sí hijo, me falta poco, eh... por el pasillo al final, a la derecha. No te demores mucho, ya termino—le indicó el padre. Johny caminó por el pasillo y se topó con una puerta, tenía un letrero diminuto "Lark", revisó la manilla, estaba abierta, así que entró...

En su interior, vio un gran escritorio, una ventana que daba a una vista panorámica del zoológico con sus enormes recintos vacíos, cuadros de varios animales en la pared, uno detrás de otro en orden de lista... y leyó los nombres con algo de dificultad.

—Lista de animales del zoológico: Tigre de Tasmania, Demonio de Tasmania, Dodo, Megaloceros, Uro, Gigante del río Tana... Rinoceronte lanudo, Mamut lanudo, Paracetaterium ¡rayos qué nombre tan raro! Ogopogo, Wairarima, Yacumama, Chupacabras ¿Chupacabras? ¿Enserio? Suwa, Stoa, ah estos están difíciles... Gnuma monene, Mbielú Mbielú, Emelantouka, Chipekwé, Kaiaimunu, Aricaraptor, Koolen y Burrunjor ¡Qué nombres tan enredados!—concluyó Jonathan, antes de que se abriera la puerta de golpe.

—¡Jonathan! ¿Qué haces?—demandó su padre molesto.

—Nada solo leía—dijo asustado el pequeño Johny.

—Vamos, sal de aquí, vamos—le ordenó con la mano.

—Sí, ya voy, es que me perdí, pensé que este era el baño, la puerta estaba junta—intentaba justificarse el niño.

—Sí, sí claro, vamos—le ignoró su padre empujándolo con la mano en la espalda para que saliera.

En su mansión, Ethan Lark llamó por teléfono a Vladimir Maglomedov, el director de Kollozal.

—Hola, buenos días señor Maglomedov—saludó Ethan.

—Buenos días señor Lark—contestó él con acento ruso.

—¿Cómo están las cosas por allá? ¿Todo bien, listo para la inauguración de Cenozoic Zoo?—preguntó Ethan expectante.

—Sí, primero presentaremos a los animales en una feria en Moscú, para que el gobierno ruso vea nuestros avances y luego abriremos tu zoológico—reveló el director de Kollozal.

—¿Cómo? ¿Primero allá y después acá?—demandó Ethan incómodo.

—Sí, así es ¿hay algún problema con eso?—exigió Maglomedov.

—¿Y cuándo haremos eso?—consultó Lark frustrado.

—Cuando usted y sus hombres terminen de capturar a los demás animales, a los dinosaurios, si quiere abrir el zoológico, que sea con todo lo que tenemos, sería lo mejor ¿no es así?—planteó Maglomedov.

—Yo pensaba abrir con la megafauna, el mamut, el dodo, el dientes de sable, etc y entonces ir agregando a los dinosaurios, para recaudar fondos por mientras capturamos a los demás—propuso Lark.

—Bueno, eso lo iremos viendo en el camino, capture a un par de dinosaurios, aunque sea a un par primero ¿ya salieron de cacería?—mantuvo y preguntó el ruso.

—Sí, mis hombres llegaron ayer a Venezuela—dijo Lark revisando su rolex.

—Bien, estamos en contacto. Adiós señor Lark—se despidió Maglomedov.

—Correcto. Adiós—colgó Ethan Lark.


Capítulo 22.

Los colmillos del Canaima.


Mientras tanto, en el aeropuerto de Caracas, Venezuela, hizo escala un gran avión militar, Boeing C-17 Globemaster III, modelo del año 1995, con el logo de la Cruz Roja. En la tripulación, dos pilotos, un ingeniero y ocho cazadores liderados por Charles Planc. Bajaron y abordaron dos helicópteros cargueros Mil Mi-17 P, rentados a un privado, un veterano del ejército Bolivariano, adaptados para el transporte de pasajeros y con una longitud de 18 metros, de 7 toneladas y 100 kg, capaces de cargar 4 toneladas, por lo que podrían levantar 11 toneladas como máximo, poseían enganchadas dos grandes cajas metálicas, los guardias del aeropuerto chequearon su contenido... estaban repletas de alimentos no perecibles y medicamentos.

—Venimos de parte de la Cruz Roja, debemos dejar esta ayuda a una tribu indígena del Canaima—explicó Charles Planc a los guardias y estos les dieron permiso para despegar.

En el corazón del Parque Nacional Canaima en Venezuela (cuyo nombre significa "Demonio pequeño" como le bautizó Rómulo Gallegos, ex presidente de Venezuela, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el 94), Municipio de la Gran Sabana... los dos cargueros cruzaron el parque y sobrevolaron el Monte Roraima, la meseta de Kurupira, Roraima según la lengua pemón, "Roro" sería "Verde" e "Ima" "Azulado", "Verde azulado" o también "Madre de todas las aguas" debido a que de él caen muchas cascadas que se convierten en ríos y desembocan en el Orinoco, al otro lado del país. Las sombras de los voladores cubrían las grandes hojas verdes de los árboles que bailaban 300 metros más abajo, al son de "Kashmir" de Led Zeppelin en la radio de Corbett... sentados de espalda, los hombres ojeaban de vez en cuando por las ventanillas redondas. Mirando por una de las compuertas laterales, la pluma del sombrero revoloteaba y Planc apretaba el habano entre sus labios, con el casco puesto, sujetaba su sombrero fuertemente con la mano izquierda y en la otra mano un rastreador de geolocalización, estaba muy impaciente y ansioso... con las tripas revueltas de tanta adrenalina y emoción, fantaseaba extasiado y excitado con los millones que recibiría, los que se merecía ¡Sí, se los merecía! ¡¿Quién más podría aceptar y ejecutar una hazaña similar, más que el magnífico Charles Planc?! Nunca había estado en este continente, pero le recordaba a la selva vietnamita... a sus 25 años... en el 77, cuando terminaba la guerra, (por lo que él habría nacido en el 53).

《El recuerdo amargo de la muerte de inocentes no le sienta bien a nadie, no importa lo que digan, deja huellas, cicatrices, dolor, una gigantesca culpa, desesperanza y mucha soledad... soledad en una ciudad absurda, soledad en un entorno social que no te comprende, soledad en la Alaska primitiva y pacífica... ese era Charles Planc... y el recuerdo de Carl Larson le atormentaba día y noche, el disparo y su rostro agónico luchando por maniobrar la lancha y su cubierta ensangrentada... le perseguía en las sombras de sus pesadillas, una y otra vez, una y otra vez, esa imagen ¡esa maldita imagen! Los gritos y llantos de su hija en la orilla del lago... y las palabras "Lo maté, lo maté" tronaban ruidosamente en los recovecos de su mente... ¿se merecía el dinero entonces? ¿O más bien la muerte? ¿una muerte gloriosa para un veterano de Vietnam? La cárcel no devuelve vidas inocentes ni repara el daño causado, la muerte sí, una muerte con sentido... ¿y si dejaba todo el dinero, los 900 mil dólares y lo demás a la familia Brown? ¿Podría eso acallar sus tormentos internos? Sí, quizás sí》así divagaba Charles Planc meneando la cabeza y mascando su habano con furia e impotencia.

—¡Apaga esa basura!—regañó Planc a Corbett, este acató y apagó la radio, enseguida le gritó al piloto por la radio.

—¡Aquí es! ¡Baja aquí, ahora!—el piloto buscó un lugar despejado.

Los rotores bajaron la potencia, el piloto hizo un pequeño giro... las grandes cajas metálicas que colgaban de cadenas, tocaron la hierba del suelo primero... entonces, el piloto viró hacia la derecha y bajó, los patines del helicóptero tocaron la tierra. Las cinco paletas del rotor principal o aspas, dejaron de girar, Planc se quitó el casco, se puso el sombrero y se lanzó a tierra, Corbett y Heikichi le siguieron, también los 5 cazadores: Voere, Browning, Blaser, Strasser y Sako.

El calor húmedo de la selva oscilaba entre 31 a 28°C. Dos venezolanos, los primos Vergara les recibieron, estacionando su furgón o vagoneta Mitsubishi del 80 a cierta distancia.

—¡Bienvenidos a Venezuela!—les saludó Juan Vergara estrechándoles la mano.

Armaron un campamento con tiendas de campaña al costado de los helicópteros y prendieron una fogata en el centro. Admiraron las estrellas y el brazo de la galaxia en el cielo nocturno.

—¿Habías visto el universo de una sola vez?—preguntó Corbett a Yamamoto Heikichi, este sonrió.

—Bien, a dormir todos. Mañana será un día largo, buenas noches—dictó Planc y se arropó para dormir en su saco, los demás hicieron lo mismo.

—Extraño a Levinski y sus sueños húmedos jaja—bromeó Corbett, Heikichi se rió.

—Cuando decía que le tenías envidia jaja y su novia era horrible jaja—le siguió Heikichi entre carcajadas.

—Cállense—les ordenó Planc.

Al amanecer, los hombres enrrollaron los sacos, tomaron desayuno y partieron. Los ocho cazadores subieron varias cajas de alimentos y remedios a la vagoneta de los Vergara y tomaron asiento, el conductor se abrió camino por la selva, en cuya fauna reinan:

●El Armadillo gigante (Priodontes maximus).

●El Perro de agua gigante (Pteronura brasiliensis).

●El Oso hormiguero gigante (Myrmecophaga tridactyla).

●El Puma (Puma concolor).

●El Jaguar (Panthera onca).

●La Pereza de dos dedos (Choloepus didactylus).

●El Mono viuda (Pithecia pithecia).

●El Mono capuchino del Orinoco (Chiropotes satanas).

●El Roedor endémico del tepuy Roraima (Podoxymys roraimae).

●El Marsupial endémico del tepuy (Marmosa tyleriana).

●El Águila arpía (Harpya harpyja).

●La Guacamaya enana (Ara nobilis).

●La Cotorra morada (Pionus fuscus).

●El Sapito minero (Dendrobates leucomelas).

●La Iguana Caribeña (Iguana delicatissima).

●El Colibrí (Trochilinae).

●Diversas especies de Túcan (Género Ramphastidae).

●La serpiente Cuaima-Piña (Lachesis muta).

●Y muchas especies de loros y guacamayos

Sobre la flora, más de 300 especies endémicas solo en esa región. Entre ellas:

●Achnopogon, Chimantaea, Quelchia, Tepuia, Mallophyton, Adenanthe.

●Especies insectívoras de los géneros: Bromelia, Drosera, Heliamphora, Utricularia.

La Formación Roraima y las mil torres de Tepuy, son la región más vieja del planeta en términos geológicos, remontándonos al Supereon Precámbrico o más conocida como la Era Precámbrica, el Eón Eonotema Proterozoico, la Era Eratema Mesoproterozoico y Paleoproterozoico, entre los períodos Calímico y Estatérico, quizá de unos 1600 o 1800 millones de años, cuando se desarrollaban los depósitos sedimentarios o volcánicos sobre las plataformas existentes y la Formación del supercontinente Columbia... en esa época geológica, los dinosaurios aún no existían en la tierra, ni siquiera los reptiles ni los peces, los mares eran poblados solamente por seres de cuerpo blando parecidos a esponjas marinas, colchas y moluscos, como el género Dicksonia y trilobitomorfos. Existen muchas leyendas indígenas en esa región: los hombres gelatina, las arañas gigantes y los delfines come hombres o delfines de río.

—No les molesta un poco de música ¿o sí?—preguntó Juan y puso en la radio del furgón una cumbia argentina, "Yo tomo licor" de "Amar Azul".

—Imagínense a un grupo de amigos abrazados y borrachos bailando esta rola jajaja, así fue para mi boda ¿te acuerdas Juan? Jaja—bromeó Manuel Vergara a su primo. Corbett miró y le gruñó a Planc, este meneó la cabeza, Manuel notó la incomodidad de sus pasajeros y se giró para adelante.

Arribaron al Auyantepuy o Montaña del Diablo, en Santa Elena de Uairén, la cumbre más famosa y visitada de Venezuela. Bajaron y siguieron a pie cargando algunas cajas y los rifles al hombro. Corbett cortaba las hojas con su machete.

—No hagas eso—le corrigió Juan Vergara.

—¿Por qué no?—preguntó John Corbett soberbio.

—Porque es un parque nacional, si alguien nos ve haciendo eso, tendremos problemas—explicó Vergara, crugieron unas ramas... Charles Planc hizo una señal para detenerse, todos esperaron inmóviles... de entre los matorrales, aparecieron dos soldados del ejército Bolivariano en su jeep Jimny del 70... y les apuntaron con los fusiles, los cazadores levantaron las manos.

—¡Alto ahí! ¿Quiénes son ustedes?—exigió el mílite de mayor rango, sargento segundo al parecer, porque en los hombros, tenía dos parches de franjas verdes con flechas amarillas en una punta y dos círculos amarillos en la otra y su compañero parecía un cabo primero, relucía dos flechas negras.

—Buen día sargento, solo estamos de expedición con mis amigos—saludó Juan Vergara.

—Este es un parque nacional ¿para qué los rifles y las pistolas?—demandó el militar muy desconfiado.

Planc se quitó el sombrero y le extendió una tarjeta titulada "LARK ENTERPRISES", con el logo de una alondra negra y el de la Cruz Roja, el hombre la vio de reojo.

—Buen día sargento, soy Charles Planc. Somos de Lark Enterprises y venimos de parte de la Cruz Roja, para entregar ayuda humanitaria a los indígenas de esta región. Los rifles son solo para protección personal, no queremos hacerle daño a los animales y las pistolas son por si hay delincuentes—presentó Planc con tono amable y alargando las palabras, en un español medio enredado, el sargento les miró muy inquisitivo.

—¡Ayuda humanitaria jajaja! Mire gringo embustero, a mí no me gusta la gente de su país... y no soy su amigo ¿qué hacen aquí?—solicitaba el hombre de unos 35 años.

—Como le dije, es ayuda humanitaria. Eso es todo—reafirmó Planc abriendo la caja y mostrándole su interior. El combatiente les examinó nuevamente con la mirada.

—Aquí no usamos el machete, es un parque nacional—acusó a Corbett y este lo enfundó avergonzado. 

—Los helicópteros ¿de quién son?—retomó el sargento.

—Son rentados a un privado—dijo Planc.

—Bien. Requísales las pistolas—ordenó al cabo y este les fue quitando los revólveres a los hombres y los guardó en la maletera del jeep, subieron a este y el sargento les hizo un gesto para que le siguieran. Los diez cazadores caminaron por un sendero detrás del jeep en marcha lenta durante una hora, recorriendo unos dos kilómetros y atravesaron un claro con un puñado de edificaciones... Los techos de paja de las chozas pemones reflejaban la luz del sol y el vapor del rocío matinal ascendiendo... se asomaron a mirarlos hombres, mujeres, niños y ancianos de atuendos colorados y adornos de plumas largas rayadas, rodeados por chivos y cabras. Había una escultura de madera muy parecida a un dientes de sable. Todos los visitantes se quedaron cautivados mirándola. El jefe tribal de los pemones les apuntó y declaró una sentencia.

—Dice que los espíritus del Kurupira son los protectores de la región y no les gusta la presencia de los turistas—tradujo el sargento, todos los cazadores fijaron la vista en Charles Planc, a la expectativa de su respuesta.

—Esa es la escultura de un Wairarima—afirmó Planc, los pemones se estremecieron y temblaron de pavor. El jefe tribal dijo algo y negó con los dedos.

—¿Qué pasa?—preguntó Planc.

—Dicen Wairarima mató a uno de los niños cuando pescaba en el río... que es de mala suerte decir ese nombre, usted sabe, supersticiones tontas, no crea todo lo que dicen. Bien, eso sería todo, dejen las cajas y váyanse—les ordenó el sargento estirándoles la mano. Planc le estrechó la mano arregañadiente.

—Bien chicos, comemos y nos vamos—decretó Planc, el sargento carraspeó.

Los cazadores se sentaron al costado de un tronco para almorzar, traían comida en recipientes y sopas instantáneas. La pareja de militares los vigilaba a la distancia sentados en su jeep y los niños les miraban curiosos.

—¿Qué haremos jefe?—pidió Juan Vergara a Planc, este terminaba de masticar.

—Volvemos al campamento. —Develó el cazador experimentado. Terminaron de comer y guardaron las loncheras en sus mochilas.

—Las pistolas sargento—pidió Juan Vergara.

—Las pistolas se quedan conmigo—contestó con firmeza el militar.

—¡Oiga, usted no puede hacer eso, nos está robando!—le increpó Charles Planc furioso.

—¡Claro que sí, es mi país, yo hago lo que quiero en él, gringo de mier@$!—le insultó desafiante el sargento, Planc escupió a la tierra en gesto de desprecio, agarró su mochila y se retiró... sus colegas le siguieron y regresaron por donde vinieron.


Capítulo 23.

Segunda cacería.


A eso de la media noche. Encendieron una nueva fogata en el campamento base. Cuando los hombres cenaban.

—Preparen sus cosas, salimos en 10 minutos—anunció Charles Planc, todos se alarmaron.

—¿A dónde iremos? ¿Al aeropuerto?—preguntó Manuel Vergara.

—No, a la aldea. Apaga la fogata, ahora—corrigió Planc cargando su rifle. Los otros le imitaron y apagaron la fogata.

Se adentraron rápida y silenciosamente en la selva...

—¿Qué tiene planeado señor Planc?—pedía Juan Vergara, el cazador maestro guardó silencio y siguió caminando.

En la aldea de los pemones, todos dormían. Los cazadores tocaron a la choza del jefe tribal. Este salió a recibirlos y ellos encendieron las linternas.

—Buenas noches jefe... hemos venido a ayudarlo—saludó Vergara, Planc le entregó un reloj de oro y se lo mostró al indígena.

—¿Qué quieren?—inquirió el jefe sorprendido.

—Queremos salvarlos de Wairarima, nos lo llevaremos, para que no les haga daño a ustedes y el hombre blanco no lo mate—explicó Vergara sacudiendo el reloj.

—Ellos son los protectores de Kurupira, no puedo traicionarlos—dijo el jefe pemón.

—Jefe, esos son solo animales carnívoros, cuando se queden sin alimento, vendrán por ustedes y sus hijos y animales, los matarán a todos y el gobierno no hará nada por su pueblo... usted lo sabe, piense en su familia—le persuadió Juan Vergara y el jefe tribal asintió y recibió el reloj. Un minuto después, llamó a uno de sus mejores hombres para que les guiara hacia su destino. Un perrito pequeño fue con ellos.

Los diez hombres se desplazaron en la jungla nocturna...

—¿Es verdad que han matado personas?—preguntó Manuel Vergara al guía pemón.

—Sí, hace un mes, un grupo de turistas se adentró en la selva y nunca volvieron. Solo encontramos sus huesos, sus mochilas rotas y llenas de sangre—reveló el guía sujetándo su manto y esquivando las plantas.

Rondaban las 3 de la madrugada, se sentaron a tomar un descanso, se levantaba una densa neblina y los hombres tiritaban de frío.

—Es aquí—advirtió Charles Planc ojeando su geolocalizador portátil, seguidamente, sacó un pedazo de carne y comenzó a asarlo en una pequeña fogata, los hombres peleaban por calentarse en el fuego... hasta que sintieron un ronroneo... en la oscuridad, detrás de las plantas, brillaban dos canicas amarillas, Planc ajustó la mira y le apuntó... disparó un tiro y el ser curioso desapareció. Planc se puso en marcha velozmente y sus hombres le siguieron... pero él ya no estaba.

—Juro haberlo visto justo aquí—aseveró Planc. Una rama crugió sobre ellos, miraron hacia arriba y allí estaba, encaramado en un árbol, el pequeño felino intentaba mantener el equilibrio clavando sus garras en la madera. El perrito le descargó muchos ladridos, estaba histérico. Planc apuntó otra vez.

—¡Callen al perro!—reclamó Charles y le disparó otro dardo, le dio en la cadera y a los segundos, la cría cayó cuatro metros abajo sobre unos pastizales gruesos, el perrito se lanzó para morderlo, muy a su desfortuna, la fiera somnolienta le abrazó, el can chilló con mucha fuerza y fue destripado con facilidad.

—Pobre perro—lamentó Sako. Se acercaron y le rodearon. El merodeador nocturno era peludo, color pardo y del tamaño de un perro pastor alemán, yacía recostado y respirando agitado. Planc desplegó una manta y junto a Corbett y Heikichi envolvieron al animal en ella y lo alzaron para llevárselo.

De un momento a otro, un foco les iluminó desde la colina, arriba.

—¡Alto ahí! ¡¿Qué hacen aquí?! ¡Les dije que se fueran!—les gritó furioso el sargento, Planc y sus hombres pusieron las manos arriba, el sargento bajó con su compañero apuntándoles.

—¡Tiren las armas, al suelo boca abajo!—ordenó él y todos obedecieron.

—¡¿Qué hay en la manta?! ¡Ábrela!—demandó el militar de mayor rango. Corbett la abrió, el sargento vio al pequeño y se sorprendió muchísimo, quedó sin palabras. Sin previo aviso, una gran sombra atravesó la jungla... y se abalanzó sobre el sargento por la espalda, le mordió el pescuezo y le revanó los hombros, un segundo después, hizo lo mismo con el cabo... Los cazadores se refugiaron detrás de los arbustos asustados, Planc cargó el rifle y le instó a Corbett que le acompañara.

Regresando al diminuto claro, hallaron a los dos uniformados muertos y destripados, entre sus fauces, el gran felino bañado en sangre, sujetaba del cuello al cabo, Planc, Corbett y Heikichi le dispararon tres dardos al depredador, este huyó...

—Wairarima—susurró Planc.

—¿Qué hacemos ahora?—solicitó Corbett.

—Perseguirlo y llamar al helicóptero para que se lo lleve—dijo Planc y actuó conforme a esto.

Llamaron al helicóptero y esperaron. Un crugir de ramas...

—Alto. Nadie se mueva, no corran—advirtió Planc, todos se detuvieron... tiritaban nerviosos.

—Señor Planc debemos... —intervino Juan Vergara.

—Silencio, cállate—le corrigió Planc brusco y apuntando el rifle hacia la selva.

—¡Carajo!—gritó Juan Vergara al ver a su primo ser atacado por una bestia que salió de las sombras, le abrazó por la espalda y le abrió el estómago, las garras afiladas cortaron la carne del vientre hacia atrás... Los hombres dispararon dardos, la bestia huyó y desapareció.

—¡Maldito!—gritó Juan Vergara.

Los cazadores cargaron a Manuel Vergara agonizante y corrieron hacia la aldea, pidieron ayuda. Juan intentó meterle los intestinos hacia dentro del abdomen, no obstante, las inserciones eran muy profundas y Manuel perdía mucha sangre. Los indígenas trataron de ayudarlos dándoles luz... recostaron al herido en el suelo boca arriba y Planc sacó un hilo y una aguja de su bolsillo para suturar el vientre de Manuel que gemía y sacudía la cabeza sin parar.

—Tranquilo primo, vas a estar bien—le susurraba Juan mientras le sujetaba las muñecas y los otros las piernas.

Un rugido se oyó desde los arbustos... todos miraron a ese lugar... un galope y otro rugido. Los pemones se escondieron aterrados en sus chozas al ver a dos grandes felinos invadiendo la aldea, los hombres botaron los rifles y corrieron buscando refugio, dejando al pobre Manuel a su suerte... uno de los animales se lanzó contra Voere y el otro contra Blaser, quienes no alcanzaron a escalar un árbol. Por otra parte, el resto, se encaramó en los otros árboles, Strasser y Sako juntos, Browning solo, Corbett y Heikichi... y en otro árbol, el solitario Planc. Los alaridos de Voere y Blaser retumbaban en el silencio de la madrugada, faltaba poco para el amanecer.

—Ahora nosotros somos los acorralados en el árbol—susurró Strasser.

—¡Maldita sea Planc! ¡¿Qué haremos?!—gritó Corbett desde un árbol. Planc miraba el jeep de los militares, suponía que las pistolas estaban en la maletera...

—¿Quién corre más rápido?—preguntó Charles Planc, los cazadores pensaban.

—¡Vergara!—gritó Sako y los demás concordaron.

—Vergara, tú correrás a buscar las pistolas al jeep, mientras nosotros los distraemos—ofreció Planc.

—¡Olvídelo! ¡Ni loco! ¡Es mejor esperar a que se vayan!—contrarió Juan Vergara.

—¡Maldición! ¡Si esperamos puede morir alguien más!—regañó Planc.

—¡Estúpido cobarde, tu primo está agonizando allí! ¡¿Dejarás que muera?!—le insultó Corbett viendo a Manuel apenas respirando y gimiendo un poco, Juan trató de bajar, sin embargo, un wairarima casi le dio caza y este subió otra vez.

—¡Hazlo tú si te crees muy valiente!—le retó Juan Vergara sujetándose a una rama.

—¡Yo voy jefe!—se ofreció Yamamoto Heikichi, Planc asintió y el japonés se dispuso a bajar lenta y sigilosamente.

Heikichi se escabulló con sigilo hacia el jeep, a lo que sus compañeros gritaron y patearon los troncos para distraer a los Wairarimas. Yamamoto Heikichi llegó al jeep y trajinó la guantera, con cuidado, sacó las llaves y abrió la maletera... ahí estaban, sacó dos pistolas y caminó a paso rápido hacia sus colegas. Subió al árbol donde estaba Planc, porque era el más cercano, le lanzó una pistola a Planc y este la atajó en el aire, enseguida escaló y por poco uno de los depredadores le rasguñó la bota. Planc y Yamamoto cargaron los revólveres, algunas balas resbalaron y cayeron, maldijeron... dispararon y mataron a uno, el otro se retiró. Los cazadores bajaron. Manuel ya había fallecido, Voere y Blaser no corrieron mejor suerte.

—Tres muertes... son tres indeminzaciones—susurró Charles Planc. Juan cayó de rodillas sobre Manuel y le lloró. Planc sacó unas tenazas de su bolsillo y le quitó un colmillo al wairarima muerto, se lo entregó a Juan y este no quiso recibirlo, así que Planc lo guardó en la cartera de su chaqueta. Los animales habrán medido 1.20 de altura en las cuatro patas y casi dos metros solo parados en las posteriores, parecían tigres dientes de sable, de la especie Esmilodón populator para ser más exactos.

A los minutos, uno de los helicópteros se posó sobre ellos con una jaula, Planc y los hombres lo dirigieron hacia donde estaba la hembra y su cría, con dificultad, los ahora siete cazadores cargaron y metieron en la jaula a la madre sedada y al cachorro, entonces Charles Planc hizo una seña con el dedo girándolo para que se elevara y el piloto se los llevó.

—Misión cumplida ¡Bien hecho!—felicitó Planc y los hombres aplaudieron, así también los indígenas. Ya agotados, los sobrevivientes se dispusieron a regresar al campamento base.

Cargaron los tres cuerpos en la parte de atrás del furgón y regresaron al campamento base. Planc sacó un fajo de billetes, mil dólares y se los dio a Juan Vergara, este lo tomó secándose las lágrimas.

—Lo lamento Juan, enserio—dijo Charles Planc y le tocó el hombro.

—Dígame señor Planc ¿de dónde salieron esos animales? Nunca los había visto—imploró Juan con voz temblorosa.

—Si lo supiera, te lo diría, pero no me pagan por hacer preguntas, sino por cazarlos y cuando uno hace muchas preguntas, te despiden, es así de simple, lo lamento, cuídate—se limitó a decir el gran cazador.

Acto seguido, Planc y sus hombres metieron los cuerpos de Voere y Blaser en el otro helicóptero, vaciaron la otra caja metálica llena de mercadería y despegaron. Vergara les vio ascender en el amanecer y perderse entre las nubes.

Los helicópteros aterrizaron en el aeropuerto de Caracas y los hombres traspasaron los cuerpos y a los felinos al Boeing, este abandonó Venezuela ocultándose en las nubes del Atlántico. Charles Planc caminó hasta la oficina de una sucursal bancaria en el aeropuerto.

—Buen dia ¿puede revisar una cuenta? Por favor—pidió Planc y le entregó el número de cuenta a la secretaria.

—Un mi... un millón de dólares—dijo titubeante la mujer mirando hacia los costados con cautela, Planc asintió.

—Transfiera ese dinero a la siguiente cuenta que le diré—rogó el veterano suspirando aliviado. Finalmente, se reunió con el grupo de cazadores y saltó al helicóptero que despegó.


Capítulo 24.

La prisión de Vancouver.


Era una fría mañana en la prisión federal de Vancouver, Ralph tomó desayuno solo en un rincón y sin hablar con nadie. Los otros reos le observaban curiosos.

—¿Y ese quién es?—preguntó Tenan Sagnom, un preso de rasgos indígenas, cabello ébano, largo y amarrado.

—Brown, Ralph Brown, dicen que es un terrorista—advirtió Martin Tremblay bebiendo café.

—No lo pinta, tiene cara de niño bueno—contrarió Sagnom.

—Ya sabes lo que dicen: Las apariencias engañan—sostuvo Tremblay.

—Dicen que estrelló una lancha contra un barco y que le disparó a un millonario, un magnate—contó Kevin Wilson, dándole una mascada al pan.

—¿Lo mató?—pidió Sagnom.

—No, le disparó en la pierna—dijo Wilson.

—Maldita sea... era que lo matara, un ricachón menos, hace del mundo un lugar mejor, más equitativo jaja—bromeó Tenan Sagnom. Se levantaron y dejaron las bandejas. Sagnom se sentó cerca de Ralph.

—Hola chico, soy Tenan Sagnom, con mis amigos iremos al taller a reparar bicicletas ¿vienes?—invitó amistoso el reo. Ralph solo asintió y tras dejar su bandeja, se fue con ellos al taller.

Tenan le entregó una lija para fierros y una caja de llaves a Ralph, este se sentó a limpiar y ensamblar una bicicleta.

—¿Te gustan las bicicletas?—preguntó Tenan.

—Tenía una motocicleta—dijo Ralph entretenido en su labor.

—Vaya, hasta que hablaste ¿y por qué te encerraron?—se emocionó Tenan. Ralph silenció y prosiguió con su tarea.

—Nosotros somos inocentes, pero nadie nos creyó—intervino Tremblay probando una bici.

—Sí... lo que dice mi amigo es verdad, nos acusaron de asesinar a un tipo, pero fue un accidente, podría jurar por Dios que me escucha que somos inocentes—juraba sin parar Tenan golpéandose el pecho.

—Aquí todos somos inocentes, eso dicen—habló Ralph sin levantar la vista.

—No viejo... escucha... mira... nosotros estábamos en un bar, solo bebíamos nada más, tú sabes. No sé en qué momento, un tipo le gritó unas groserías a mi amigo Martin, porque supuestamente él intercambió miradas con su novia, quiso golpearlo, lo redujimos y lo retuvimos hasta que llegara la policía... y... cuando llegaron el tipo estaba muerto... pensamos que le había dado un infarto o algo así, lo ahogamos... le puse la rodilla en la espalda para mantenerlo fijo y lo maté amigo... juro por Dios y por mi madre que nunca pensé que eso pasaría. Nos dieron 4 años a cada uno ¿puedes creerlo?—relató Tenan Sagnom sentado al lado de Ralph, el joven de melena suspiró.

—Lo lamento viejo—se limitó a decir Ralph y siguió con su tarea.

—Bien es tu turno—invitó Tenan.

—¿Turno de qué?—se quejó Ralph.

—De contar por qué te encerraron—insistió Tenan.

—Es complicado... ¿tienen una biblioteca aquí?—pidió Ralph.

—Sí... pero espera, lo más importante, no eres un terrorista ¿o sí?—rogaba el reo mirándolo serio.

—Jajaja no, claro que no—soltó Ralph y Tenan suspiró relajado.

En la biblioteca, Ralph sacó un libro de paleontología.

—¿Te gustan las ballenas?—preguntó Ralph a su compañero.

—Son lindas—reconoció Sagnom encogiéndose de hombros. Ralph buscó una página y le mostró un dibujo.

—¿Habías visto una de estas?—continuó el joven, Tenan meneó la cabeza.

—¿Se supone que se extinguió?—supuso Tenan.

—Sí, yo maté a una de esas—dijo Ralph con orgullo.

—Ralph... ¿estás bien de la mente? Mañana haremos terapia de grupo—dudó Tenan.

—No tonto... te digo que yo maté a una de esas cosas... apareció en el Lago Okanagan hace unos meses, mató a mi cuñado y yo la maté ¿entiendes?—recalcó Ralph enojado.

—Ah... entiendo... el monstruo del Lago Okanagan, el Ogopogo, el Naitaka, sí, es una leyenda antigua, sí, sí te entiendo—concordó Tenan como siguiéndole el juego.

—Iré a la estúpida terapia de grupo y te demostraré que digo la verdad—Ralph se mordió el labio furioso y salió, Tenan le siguió preocupado.

William Taylor, un guardia y psicólogo, dirigía la reunión de presidiarios. Todos contaban sus historias, Sagnom narró nuevamente su versión de los hechos y que era inocente.

—Tu turno Ralph ¿qué tienes que decirnos?—pidió Taylor.

—Mi amigo Tanen... —inició Ralph.

—Tenan—corrigió Tenan Sagnom con amabilidad.

—Tenan, lo siento, mi amigo cree que estoy loco y vine aquí para demostrarle que no es así. Hace unos meses, una ballena muy extraña apareció en el Lago Okanagan y mató a mi cuñado... teníamos planeado sacrificarla, porque estaba cebada, es decir, nunca dejaría de comer personas, pero un magnate, Ethan Lark, la cazó y antes de que mi suegro matara a la ballena, Charles Planc, un empleado de Lark, le disparó en el pecho, no sobrevivió. Yo le tiré la lancha de mi suegro encima y maté a la ballena y le disparé a Ethan Lark en la pierna. Me condenaron a 3 años por matar a una especie protegida. No soy un terrorista, soy un ciudadano canadiense honesto y no me arrepiento de lo que hice, salvé muchas vidas... y sacrifiqué mi matrimonio, extraño a mi esposa—resumió Ralph bajando la cabeza.

—Pero... pero las ballenas no comen personas ¿qué especie era?—preguntó Kevin Wilson.

—Esta era carnívora, vi cuando mató a mi cuñado, lo jaló de las piernas, no pude hacer nada para salvarlo—mantuvo Ralph secándose algunas lágrimas.

—Sí... supe de ese incidente en Kelowna, lo vi en las noticias, lo lamento mucho... no, no estás loco. Esa ballena se supone que es un críptido o así le llaman, un Basilosaurus ¿no es así?—defendió Taylor intrigado.

—Eso dicen... pero aún no puedo entender cómo es que un animal así sigue vivo, nadie lo entiende, la gente no me cree—Ralph se limpió las lágrimas con la manga, Tenan le dio un poco de papel higiénico.

—Yo sí te creo—le apoyó Taylor, todos aplaudieron a Ralph... y terminó la terapia de grupo.

En el casino, Ralph almorzaba junto a Tenan, Tremblay y Wilson. Otro prisionero les miraba desde un rincón.

—Ese de allá es Jones, cuídate de él—advirtió Tenan a Ralph.

—¿Por qué?—preguntó el joven Brown.

—Porque él quiere que seas su novia—susurró Tenan, Ralph le miró extrañado y se rió.

—¿Tan guapo soy?—bromeó Ralph incrédulo.

—No es chistoso Ralph, cuídate la espalda—gruñó Tenan.

Entregaron las bandejas y salieron del casino. Ralph, Tenan Sagnom, Tremblay y Wilson caminaban por un pasillo oscuro de la cárcel... en un tramo, les rodeó un grupo de cuatro reos liderados por Jones.

—Hola Ralphy, niño bonito... ¿recuerdas cuando te grité el primer día que te estaría esperando? Bueno, ese día llegó, voy a saborear ese cabello—le saludó Jones sonriendo, Ralph tragó saliva nervioso, los matones de Jones forcejearon con los amigos de Ralph y este corrió en dirección contraria, Jones salió en su persecusión, al final del pasillo, Ralph chocó contra una reja y suplicó a un gendarme.

—¡Ayuda, me quieren matar!—gritó Ralph estirando los brazos a través de los barrotes.

—¡Aléjate de los barrotes Brown!—ordenó el gendarme. Jones se lanzó contra Ralph y forcejearon, los gendarmes entraron y redujeron a Jones y a Ralph.

—¡Taylor, díganle a Taylor que Jones quería abusar de mí!—gritó Ralph con la mejilla en el suelo.

En la casa de Carl Larson, Aurora recibió una llamada telefónica... contestó y enseguida, corrió hacia el jardín y llamó a Germund, salió en la motocicleta de Ralph.

En la oficina del abogado de Ralph en Vancouver, Aurora y Germund esperaban ansiosos, miraban la biblioteca enorme detrás del escritorio y en la pared un mapa de Francia y España, el señor Fraissinet volvió con dos tazas de café acaramelado. Tomó asiento frente a ellos.

—Entonces me dijo que recibió un traspaso de dinero ayer ¿verdad?—repasó Fraissinet.

—Sí, un millón de dólares—dijo Aurora nerviosa.

—¿Sabe quién fue el benefactor?—prosiguió el hombre de leyes.

—Charles Planc—contestó la joven.

—Era el cazador contratado por Ethan Lark—agregó Germund, Fraissinet entrelazó los dedos escéptico.

—¿Y por qué motivo dicha persona le donaría semejante cantidad de dinero?—escarbó el abogado revisando sus uñas.

—Él le disparó al padre de Aurora, según entiendo, por orden de Ethan Lark. Planc no es un asesino, al contrario, cuando mi esposa falleció, él ayudó mucho a mi familia, no es una mala persona en sí, no podría decir lo mismo del señor Lark—esclareció Germund refregándole la espalda a Aurora.

—Bien... correcto. Ustedes suponen que en una especie de remordimiento este hombre quiere reparar en cierto modo el daño causado ¿es así?—planteó Fraissinet, Germund y Aurora levantaron los hombros reflejando desconocimiento.

—¿Y qué planean hacer con este dinero?—continuó el letrado.

—Pagar la deuda y fianza de Ralph—dijo Germund convencido. Fraissinet pestañó repetidas veces y carraspeó, parecía incómodo.

—Está bien... en ese caso, tendría que pedir cita con el juez y ver si nos permite esa libertad, ya que el señor Lark está en planes de demandar a Ralph para exigirle una indemnización por los gastos médicos y terapias—explicó el abogado. Germund tomó una calculadora sobre el escritorio.

—Permiso. La multa es de 150 mil, nos quedarían 850 mil dólares, con eso Ralph podría pagarle una indemnización a Lark, de todas maneras—precisó Germund devolviendo la calculadora.

—Tal vez, bien, me reuniré con el juez para ver si podemos llegar a un trato con los abogados del señor Lark, hasta entonces—Fraissinet estrechó la mano con Germund y Aurora.

Era el horario de visita. Aurora y Germund levantaron el teléfono, Ralph se hallaba cabizbajo.

—Hola mi amor ¿cómo estás?—le saludó Aurora contenta. Ralph meneó la cabeza muy desanimado.

—Ralph ¿qué te pasa?—preguntó Germund preocupado.

—Nada, es solo que... hoy un maldito quiso abusar de mí, pero me salvé... no voy a salir nunca de este vertedero, ya estoy cansado de esto—balbuceó el joven frustrado y triste, bajando el teléfono y apoyando la frente sobre el mesón. Aurora se asustó y se preocupó mucho.

—¡No Ralph! ¡Tenemos muy buenas noticias! ¡No te lo vas a creer! Reunimos el dinero para sacarte de aquí, es mucho—quiso animarle Aurora.

—¿Qué dinero, de dónde? Es imposible—rechazó Ralph incrédulo.

—¡Te digo que podemos sacarte de aquí! El abogado pedirá cita con el juez y pagaremos la fianza y las indeminzaciones a Lark, todo—reafirmó Aurora, Ralph se echó a reír.

—¡Ralph, no te rías! Tu esposa habla enserio—le corrigió Germund molesto. Ralph dejo de reírse y cambió de actitud.

—¿Y cuánto dinero es?—preguntó Ralph curioso y muy serio.

—Es más que suficiente, vino de un benefactor, eso es todo lo que podemos decirte por el momento—dijo Germund con prudencia. Ralph alzó las cejas y sonrió con algo de nerviosismo, su rostro se iluminó repentinamente y también el de Aurora y Germund.

—Pronto estaremos juntos—prometió la joven esposa y se besaron a través del cristal. "Fin de la visita" dio aviso el guardia.


Capítulo 25.

Los Stoa.


El helicóptero descendió al otro extremo de Venezuela, cerca de la frontera con Colombia, frente al Parque Nacional Natural El Tuparro... la jaula tocó tierra primero, los pedales del Mil Mi-17 P después.

El protocolo fue casi el mismo, Planc, Corbett, Heikichi, Browning, Strasser y Sako, bajaron del helicóptero y montaron el campamento base. Una densa neblina cubría el gran río Orinoco, el tercer río mas grande del mundo después del Amazonas y el Congo y el cuarto más largo de Sudamérica... un sendero y alrededor, pastizales, rocas y un misterioso bosque. Es extraño, por lo general los cocodrilos se asocian a África, pero el Orinoco era habitado justamente por cocodrilos, específicamente por la especie Crocodylus intermedius, de hocico plano y angosto y de enorme tamaño, algunos ejemplares han alcanzado los siete metros de largo, siendo sino de las especies más grandes del planeta, así también el caimán Babillas o Caimán crocodilus, la Anaconda, la iguana, anfibios, el delfín rosado (Inia geoffrensis), el jaguar (Panthera onca), el capibara (Hydrochoerus hydrochaeris), el Oso Palmero (Myrmecophaga tridactyla) y la nutria (Lutrinae), entre muchos otros animales maravillosos.

Planc consultó el geolocalizador y levantó la vista.

—Detrás del bosque, cerca del río—indicó el cazador. Los hombres almorzaron y se internaron en el bosque con destino al río, se sentaron en unas piedras grandes, ovaladas y grises al costado de las aguas y encendieron una fogata.

—¿Cómo se supone que es este animal? ¿Es como los tigres?—preguntó Strasser nervioso.

—No, es como un reptil, grande—dijo Planc limpiando su cañón.

—¿Como un cocodrilo o un lagarto grande?—pidió Browning.

—Algo así, pero camina en dos patas y mide tres metros de alto—describió Planc, revisando la mira.

—Entonces ¿es como un dinosaurio?—inquirió Sako.

—Eso creo—remató Planc activando el rayo láser y midiendo el grosor del dardo.

—¿Crees que el dardo funcione?—preguntó Corbett preocupado.

—Eso espero... las agujas se ven muy delgadas—temió Charles Planc introduciendo el dardo en el rifle.

—Según recuerdo en la nómina, Stoa se parecía mucho a un Carnotaurus—hizo memoria Yamamoto Heikichi tirando una rama en la fogata.

—¿Cómo es ese?—pidió Browning temblando.

—Era un dinosaurio carnívoro parecido al Tiranosaurio, pero mucho más pequeño, como dijo el señor Planc, alcanzaba los tres metros de altura y ocho de largo, su cabeza era pequeña y tenía dos cachos—especificó Heikichi.

—¿Carnívoro?—Browning tembló terriblemente.

—Le tenderemos una trampa y lo esperaremos arriba, en los árboles, desde allí le dispararemos—planeó Planc.

Los cazadores cavaron una fosa grande y profunda con unas palas pequeñas, de unos tres metros cuadrados y 4 de profundidad. Planc tomó las brazas de la fogata y las lanzó en la fosa, también un trozo de carne de vaca encima para que se asara y desprendiera olor, finalmente, muchas ramas delgadas para ocultarla. Apegándose al plan, los cazadores subieron a un gran árbol y esperaron.

Bajó el sol y todo se oscureció... Los extranjeros se abrigaron.

—¿Habrán indemnizado a las familias de Voere y Blaser?—preguntó Browning.

—Sí—dijo Planc sin quitarle la vista de encima a la fosa.

—¿Y a la familia de Vergara?—prosiguió Browning.

—También, eso lo dice el contrato, es para evitar demandas—aclaró Planc con la vista fija.

—Todavía no entiendo ¿de dónde salieron estos animales? ¿No se supone que deberían estar extintos?—exigió Sako. Planc no dijo nada.

—¿Usted lo sabe señor Planc?—preguntó Strasser curioso.

—Yo tengo un dicho "Me pagan por cazar, no por hacer preguntas. El que hace muchas preguntas, pierde el trabajo" es así de simple—se citó así mismo Charles Planc y ajustó la mira para enfocar la fosa. Strasser, Sako y Browning se miraron entre ellos preocupados.

—Yo creo que alguien tuvo que crearlos ¿Quién? ¿Cómo? ¿cuándo? Y ¿dónde? Eso es lo que no sé, pero Dios no lo hizo—se aventuró Browning.

—Guarden silencio—ordenó Planc impaciente.

Una sombra entró en escena y se paró al borde de la fosa, era pequeña y saltó dentro.

—¡No maldito ladrón!—gruñó Planc cuando el jaguar saltó dentro de la fosa, rompió algunas ramas y quitó la carne de sobre las brasas y comenzó a devorarla.

—¿Esa será la carnada?—preguntó John Corbett, Planc asintió y esperó.

Los varones estaban cansados y luchando contra el sueño, el rifle de Charles Planc bajaba lentamente y sus párpados tendían a cerrarse. Apoyó el rifle sobre unas ramas para mantenerlo fijo y se concentró solamente en mantenerse despierto, tarareaba "The man who sold the world" de David Bowie, a quien Nirvana hizo un cover, popularizándola otra vez.

Heikichi le tiró una ramita en la cabeza a Corbett que tambaleaba, despertándose, John Corbett se acomodó y enfocó la mira en la fosa, los otros cabeceaban de vez en cuando y se turnaban para dormir. Planc miró la pantalla del geolocalizador.

—Prepárense—avisó Charles Planc apuntando hacia el otro extremo del árbol, buscaba al objetivo con su mira en la oscuridad.

Temblores... El árbol empezó a sacudirse... miraron siete metros hacia abajo... era una sombra larga y robusta, de unos ocho metros de longitud... pasó por debajo de ellos pisando las raíces del árbol y husmeó la fosa, Corbett se apoyó en una rama y esta se partió... el visitante prestó atención al árbol y se acercó para estudiarlo, refregó sus cachos en el tronco y al minuto, el monstruo embistió al árbol con su cabeza un par de veces.

—¡Sujétense!—gritó Planc aferrándose a una rama, el Stoa levantó la cabeza abriendo su hocico lleno de dientes largos y afilados y dio otra embestida contra el tronco, Heikichi se enganchó de las piernas, Corbett y los otros quedaron colgando.

—¡Ah bendito animal, Yamamoto, dame una mano!—suplicó Corbett y su compañero le estiró los brazos para sujetarlo. Planc intentaba recuperar su rifle, Browning, Strasser y Sako se balanceaban para subir nuevamente, el Stoa avanzó y le dio un coletazo al árbol, Browning resbaló... el golpe seco anunció su caída a tierra... quedó mal herido, se fracturó las piernas, el Stoa o Carnotaurus se agachó y lo examinó con sus narices... Planc alcanzó su rifle y apuntó al Stoa... disparó un dardo y este se rebotó sobre la nuca escamosa, el reptil bramió asustado y pasó por el lado de Browning... el cornudo se retiraba... minuto en que tropezó con la fosa y cayó 4 metros dentro de ella, se sacudió y bramió furioso.

Los cazadores bajaron del árbol para atender a Browning, comprendieron que tenía rotas las piernas y Heikichi le inyectó morfina para el dolor, Planc y Strasser lo entablillaron y Sako le consolaba.

—¡Mis piernas, están rotas!—exclamaba Browning.

—Tranquilo, pudo ser mucho peor, te salvé la vida. Ahora quédate quieto—consolaba a su manera Planc... le disparó otro dardo al Carnotaurus, pero esta vez dentro del hocico, al lado de la lengua, para asegurarse de dormirlo, ya que su piel escamosa y gruesa era lo bastante dura para resistir dardos y balas... Planc llamó al helicóptero con su teléfono satelital. El Mil Mi-17 P aterrizó a unos metros de la fosa, podando las ramas de algunos árboles con las aspas, la jaula primero y los pedales después.

—Muy bien y ahora ¿cómo diablos cargamos a este imbécil hacia la jaula?—reclamó Corbett limpiándose las narices.

—¿Cuánto debe pesar... una o dos toneladas?—supuso Heikichi.

—Más o menos, lo mismo que un automóvil—dedujo Planc.

—¿Y si rellenamos la fosa con agua y lo hacemos flotar?—propuso Corbett, Heikichi se rió.

—Lo ahogaremos mientras duerme—descartó Planc.

—¿Si lo jalamos con cintas industriales para arriba?—ofreció Strasser.

—No, podríamos romperle las costillas o el cuello—negó Planc caminando de allá para acá, Sako atendía a Browning y le administraba más sedantes.

—Tengo otra idea, podemos agrandar la fosa, meter la jaula dentro y obligarlo a entrar a ella, cuando lo haga, la cerramos y el helicóptero lo eleva y se lo lleva—presentó Yamamoto Heikichi, Planc levantó el pulgar en gesto de aprobación.

—¡Dios Santo Yamamoto, debiste ser ingeniero aeroespacial, te estás perdiendo aquí!—le felicitó Corbett.

—Sí y superhéroe también por salvarte el culo—le respondió el japonés y Corbett se echó a reír y le dio una palmada.

Sismos pequeños, Planc corrió a buscar su rifle.

—¡Cúbranse, ahí viene el otro!—gritó y se lanzó a tierra para cargar el dardo y apuntar. Los pilotos del helicóptero también se ocultaron. Otro reptil cornudo entró en escena, traía la mitad del cadáver de un cocodrilo del Orinoco colgando del hocico, dejó caer el pedazo de carne en el barro y le arrancó parte del cuello de un mordisco... no era raro ver a una especie como Carnotaurus devorar cocodrilos, ya que los paleontólogos creen que su pariente lejano, el Ceratosaurus les incluía en su dieta... solo que entre estos cocodrilos de 7 metros y el Carnotaurus de 8 no había tanta diferencia en masa y tamaño... los cazadores se ocultaron detrás de los árboles, el Carnotaurus inspeccionó la fosa y se quedó de pie allí, resoplando... quería bajar para estar con su pareja... estaba dudoso y permaneció a la espera. Planc le disparó un dardo y rebotó en la piel escamosa y muy dura del lomo, el terópodo no se inmutó.

Planc se ocultó detrás de un árbol y cargó otro dardo... no era tan fácil atinarle como se creería, ya habían notado que el lomo negro tenía escamas muy grandes y duras, imposibles de atravesar con un cuchillo, parecidas a las de los caimanes... Planc debía dispararle dentro del hocico, era la única opción... en la noche era muy difícil de distinguir, de no ser por el rayo láser. Sako arrastraba a Browning lejos del carnotaurus que les seguía curioso.

—¡Oye tarado, mírame!—Yamamoto le lanzó una piedra para distraerlo, el dinosaurio, muy similar a un caimán grande que va a dos patas, siguió a Yamamoto.

—¡Ah tonto que viene hacia acá!—le gritó Corbett asustado y tratando de escalar el árbol, Yamamoto subía detrás de él. El Carnotaurus giró alrededor del tronco y trató de morderlos... jadeaba y emitía algo de vapor desde la garganta rugiente, aunque no rugía, sino que bramía, como lo hacen los cocodrilos actuales. Planc le tiró otra piedra para atraerlo, cuando el terópodo recibió su atención y abrió el hocico para atacarlo, Planc apuntó y disparó... esta vez, sí surtió efecto, el carnívoro sintió una dolencia, sacudió la cabeza... y buscó a su atacante... Planc corrió y se metió dentro de un tronco... el Carnotaurus le dio caza y metió su cabeza pequeña dentro del tronco viejo y podrido. Charles Planc buscaba refugio más adentro.

—¡No, no me atraparás! ¡No lo harás!—gritaba Planc empujándolo con los pies hacia afuera, Stoa abría y cerraba el hocico bramiendo, Planc tuvo miedo de que sus pies quedaran atrapados entre los colmillos... hasta que el depredador se cansó y se echó a tierra. Planc le dio una patada para asegurarse... fue como patear una piedra... un dolor terrible... se sobó el pie y daba gracias a Dios. La entrada del tronco estaba obstruida por la bestia, el cazador experto trató de salir por alguna rendija o espacio... era imposible, así que sacó su machete e hizo pedazos la madera para poder respirar y salir ¡se estaba ahogando!

—¡Sáquenme de aquí!—gritó Planc, Corbett bajó y corrió para asistirle, Yamamoto también, se asustaron por la mole de carne escamosa echada sobre el tronco, cobraron valor y le dieron machetazos a la madera para liberar a Charles... Al salir, Planc se lanzó boca arriba fatigado y amó el aire y dio gracias por estar vivo.

—Esto se pone cada vez mejor ¿verdad señor Planc?—bromeó Yamamoto, Planc concordó y sonrieron.

—¿Se supone que a este también tendremos que arrastrarlo dentro de otra jaula? Me lleva—se quejó Corbett rascándose la cabeza. Los hombres se tiraron boca arriba en el barro nocturno... estaban muy fatigados y cansados... no sabían bien qué hacer, cómo resolver el problema, cómo cargar a los animales tan grandes y pesados dentro de las jaulas.

—Troncos, usaremos troncos pelados, los pelaremos a machetazos, los meteremos debajo de los animales y los empujaremos dentro—dijo Planc en un minuto de brillantez, Yamamoto y Corbett se largaron a reír jubilosos y orgullosos de la infinita capacidad intelectual y experiencia de su líder... Charles Planc era realmente un líder muy inteligente, muy capaz y un incomparable cazador, ningún hombre en toda la tierra le superaba en puntería y habilidad con el rifle y menos a la hora de resolver problemas. Y mejor aún, todas esas destrezas eran adornadas por una valentía envidiable... sus más íntimos valores y principios poderosos, le impulsaban hasta burlarse de tipos déspotas y despreciables como Ethan Lark, sin que siquiera se dieran cuenta... Lark nunca imaginó que su propio empleado, Charles Planc, le había engañado tan magistralmente y enviado su dinero a Ralph Brown para sacarlo de la cárcel... nunca lo imaginó, porque el egoísmo de Lark le nublaba la vista, él jamás haría eso por alguien, ese es el resultado de no haber recibido el amor de sus padres y rodearse de malas amistades, que terminaron por convertirlo en un monstruo... no obstante, la maravillosa mente de Planc era coronada por una genuina bondad... bondad que sujetos como Lark jamás comprenderían. Y a pesar de que no quería preguntar por qué existían dichos animales, no lo hacía por una muy buena razón: Planc sabía perfectamente que esas criaturas no debían existir, pero si preguntaba el por qué de su existencia, le despedirían y contratarían a otro cazador, uno no tan calificado como él... y eso significarían más muertes... él quería tomar la responsabilidad de capturarlos y mantenerlos lejos de la presencia del hombre y salvar la mayor cantidad de vidas humanas.

Llamaron al otro helicóptero con otra jaula y ejecutaron la idea de Planc: talaron y pelaron troncos a machetazos, los insertaron debajo del macho y lo empujaron exitosamente dentro de la jaula a fuerza bruta. Con la hembra, el plan de Yamamoto: cavaron dentro de la fosa, momento en que huyó el jaguar asustado... y metieron la otra jaula al costado del Stoa durmiente, lo empujaron con el mismo sistema de troncos... y ya en el interior de las jaulas, los helicópteros se elevaron con los reptiles enjaulados. Los cazadores vieron a las aeronaves desaparecer en la noche, junto a un nuevo pasajero, el herido Browning.


Capítulo 26.

Los Suwas.


Planc y su equipo acamparon en la selva de Kurupira y aprovecharon las pocas horas de oscuridad que quedaban para dormir un poco. Acamparon en la selva de Kurupira y siguiendo el geolocalizador de Planc, tomaron otra ruta, bajando por el río. El sol estaba alcanzando su máxima posición, el medio día.

—¿Y quiénes son los siguientes? ¿Más cocodrilos parados?—preguntó John Corbett.

—¿Cocodrilos parados?—repitió Sako.

—Los Suwas, la leyenda de los indígenas de Kurupira... habla sobre seres extraños de grandes dimensiones, serpientes gigantes de cuatro patas como troncos—dijo Planc.

—Una descripción bastante rara, me imagino dragones—supuso Strasser.

—Saurópodos—dijo Yamamoto leyendo la lista.

—Sauro ¿Qué?—reclamó Corbett limpiándose el sudor.

—Cuellos largo—aclaró Yamamoto.

—Ah... ¿comen carne?—pidió Corbett.

—¡No Corbett! ¡Maldición!—gritó Yamamoto cansado.

—Vaya, se nota que el calor te tiene así—dedujo John sacudiéndose el cabello mojado de transpiración. Casi no habían dormido, estaban muy cansados y tenían mucha hambre. Planc levantó la mano y cerró el puño.

—Descanso—anunció Charles Planc y todos se sentaron. Sacaron los termos y almorzaron, se echaron sobre el pasto y reposaron... necesitaban dormir, tomaron una larga siesta, el calor ya no importaba tanto. El flujo del gran río les acariciaba los oídos.

Unos zumbidos les despertaron...

—¿Qué es ese ruido?—dijo Corbett con los ojos entreabiertos.

—Shh... —le hizo callar Planc y cargó su rifle. Todos se levantaron con dificultad, como atontados de sueño y cargaron sus rifles.

Temblores... y más temblores. Al otro lado del río, un bosque a los pies de unas colinas, a los pies del Kurupira.

—Maldita sea, están del otro lado—susurró Planc frustrado mirando con odio las aguas del río, cómo atravesarlo.

Dos cabezas reptiloides de color gris oscuro asomaron por encima de las copas de los árboles. Les siguieron dos largos cuellos... parecían serpientes gigantes con cuerpos de elefantes muy grandes, botaban los árboles a su paso, avanzaban poderosos y con lentitud.

—¿Qué haremos jefe? ¿Cómo cruzamos el río?—pidió Corbett.

—¿No tenemos una balza?—recordó Sako. Planc rechinaba los dientes furioso.

—¡Imposible! ¡La corriente está muy fuerte jefe! Tendremos que rodear el río—dedujo Yamamoto. Todos corrieron por la orilla del río, siguiendo a las "Colinas caminantes". Para sorpresa de ellos, dos saurópodos de menor tamaño se unieron a los grandes.

—¡Son cuatro, cuatro!—gritaba Strasser guardando el aliento y retomando la carrera. Hallaron un tramo angosto del río, pero no lo suficiente como para dar un salto y llegar hasta el otro lado, así que buscaron un tronco para usarlo como puente... la idea es que contara con raíces o ramas que impidieran su giro y volverlo estable... cruzaron por él a paso semi rápido... y continuaron la cacería, no obstante, los gigantes cambiaron de ruta hacia el río y procedieron inclinar sus cabezas para beber agua... eran gigantescos, medían unos 8 metros de alto, como tres elefantes parados uno encima de otro, por unos 40 metros de largo. Los otros, los más pequeños, habrán medido algo de 6 metros y medio y 2 de alto.

—¿Cuánto pesarán?—preguntó Corbett levantando la vista.

—¿Los grandes? Más de 70 toneladas—calculó Yamamoto tomándoles una foto.

Los colosos tragaban y tragaban litros de agua como verdaderos camiones cisternas, su piel parecía hecha de piedras, como enormes masas de concreto sostenidas por fuertes columnas, bramían de vez en cuando, frecuencias bajas, zumbidos profundos. Planc apuntó y todos le acompañaron.

—Jefe, diga la verdad ¿usted cree que vayan a caer con nuestras porquerías de dardos? Al cocodrilo parado no le hicieron ni cosquillas—preguntó John Corbett dudoso.

—No... pero hay que probar, la única manera es dispararles dentro del hocico—dedujo Planc.

—Debemos estar listos para cruzar el río, por si se asustan y se meten al bosque—dedujo Strasser ajustando la mira.

—Tiene que decirle al señor Lark que envíe dardos más gruesos—sugirió Sako.

—Las agujas deben ser de 10 centímetros de largo por 5 o 7 milímetros de grosor. Esos animales deben tener una capa gruesa de grasa, además de las escamas que se parecen a las de los caimanes—calculó Yamamoto con sus dedos.

Siguieron a las montañas caminantes que hacían retumbar la tierra y sacudir las hojas de los árboles. Entraron a un denso bosque y los cuello largo se entregaron de lleno a devorar el follaje de las ramas altas, estaban tan afanados mascando y tragando como si no hubiera un mañana, eran tan diligentes en su tarea que parecían obedecer a una orden de tipo divina, eran como máquinas de comer; comían y comían y comían y tragaban sin parar y al mismo tiempo que tragaban, defecaban grandes cantidades de excremento... y seguían comiendo y tragando. Estaban arrasando con los árboles y la vegetación alta y una vez terminada esta labor, prosiguieron con la vegetación baja... así estuvieron por casi cinco horas. Escondidos detrás de unos arbustos, los hombres se aburrieron de tanto esperar y sin darse cuenta, se quedaron dormidos, el cansancio y la trasnochada les derrotó. Caída la tarde, a eso de las seis, las montañas se echaron a descansar e hicieron temblar la tierra suavemente... soltando una grosería, se despertó Charles Planc y le dio una patada a Yamamoto, este a Corbett y a su vez a Sako y Strasser. Cargaron los rifles y entre susurros, acordaron acercarse silenciosamente a los titanes y dispararles dentro del hocico como aconsejó Planc... estos resoplaban con fuerza, haciendo bailar las delgadas matas de pasto, la postura tierna de cada uno recordaba a una gran media luna... y sus cabezas eran como esos muebles de cocina con horno, como enormes piedras de molino, de esas que pesan como 200 o 300 kilos. Los cazadores tomaron posición apuntando los cañones hacia los hocicos... Charles gesticuló con los dedos en cuenta regresiva, tres, dos, uno... al mismo tiempo, todos metieron los cañones entre los largos dientes y dispararon... Los dioses reptiles abrieron sus grandes ojos negros como balones de fútbol y se incorporaron... Los intrusos salieron corriendo a refugiarse tras los arbustos, como ratoncitos que huyen de un gran perro que acababa de despertarse. Los saurópodos bramieron y les persiguieron dando fuertes pisotones para corretearlos.

—¡Nos quieren matar!—gritó Sako.

—¡Al río!—ordenó Planc corriendo a esa dirección y todos fueron detrás de él, así también los gigantescos reptiles furiosos desatando grandes temblores, iguales a las réplicas posteriores de un terremoto.

Los hombres titubearon frente a las torrentosas aguas... hasta que los gigantescos dioses de piedra irrumpieron en la orilla.

—¡Al demonio!—gritó Strasser asustado y se lanzó al río. Sus compañeros le imitaron. Una zambullida y el agua transparente y borrosa... el cielo azulado y oscuro y una bocanada de aire... otra zambullida, un trago de agua y un pito en el oído... la corriente se los tragó y les estrelló contra varias rocas... el río les castigó con implacable furia hasta vomitarlos en una cascada.

Abajo... Yamamoto chocó contra una gran piedra y se recostó en ella, el agua le empujaba desde atrás y le presionaba la espalda... gimió de dolor, casi con el llanto de un niño pequeño "¿cuando terminaría este suplicio?" Rogaba una y otra vez entre quejidos... se hizo la disposición de ánimo de levantar la cabeza y buscar la orilla para salvarse... lo hizo con mucha dificultad... en ese lugar más seguro... se giró para mirar y encontrar a sus compañeros... no los veía... y sintió mucho miedo...

—¡Yamamoto!—le gritó Planc abrazado a una piedra cuarenta metros más allá... parecía un pobre perro mojado, despojado de su sombrero y su rifle y tosiendo.

—¡Aquí!—respondió Yamamoto suspirando algo más aliviado, aclaró la vista y divisó a Corbett, Sako y Strasser aferrados a unas raíces 700 metros río abajo.

Se recostaron en la orilla... y cerraron los ojos... así se quedaron por una hora... un sismo de escala 5 les alarmó... se incorporaron hacia el valle y el bosque y comprobaron que los dioses de piedra habían caído presa de la anestesia. Sus cazadores solaron frases de júbilo y se tiraron al suelo barroso de nuevo.

—Jefe ¿y ahora cómo sacaremos a esas cosas de aquí?—preguntó Yamamoto.

—Todo a su tiempo—gimió Planc y cerró los ojos.

Llamaron a los pilotos y dieron un informe... esperaron diez largas horas... lapso en que aplicaron nuevas dosis de tranquilizantes a los animales... hasta que cuatro helicópteros soviéticos, modelos Mil Mi-26, los más grandes jamás construidos, muy posiblemente propiedades adquiridas por Kollozal Bio, giraron sus aspas por encima del valle y aterrizaron al costado de las enormes media lunas escamosas... Los técnicos aeronáuticos desplegaron correas y cables y los metieron debajo de los monstruos cavando a punta de palas con ayuda de los cazadores, los cuatro helicópteros emprendieron vuelo y se llevaron al primero de ellos, porque si cada uno de los grandes pesaba 70 toneladas, cada helicóptero tenía potencia de carga de 20 toneladas, más que el Chinook de Boeing que solo carga 12 toneladas con 700 kg, dando una capacidad total de 80 toneladas entre los cuatro... el espectáculo más maravilloso nunca antes visto por el hombre; una mole tan grande como una ballena azul, volando por los aires como una pluma llevada por el viento y cargada por cuatro moscas que se perdían en la distancia.

—Lo llevarán hasta la costa, al barco y regresarán por los otros—indicó Planc sacando uno de sus habanos todos mojados y escupiendo una maldición.


Capítulo 27.

La rebelión.


John Charger y Alexei Ivanov esperaban impacientes en el despacho de Vladimir Maglomedov, miraban sus relojes de pulsera, Dmitry Volkova les trajo más café y panecillos.

—Yo no quiero más café, no más—rechazó Charger categórico, irritado y agarrándose la cabeza. Ivanov tenía la frente apoyada en la mesa y la golpeaba con los dedos como quien toca una pieza de piano... chirrió la puerta de madera de cedro.

—Por fin—suspiró Charger, Ivanov levantó la cabeza.

—Caballeros, buen día—saludó Maglomedov, algo tenso. Se sentó y pidió un café—ha llegado el día señores, el de las decisiones—anunció.

—Tarde o temprano se sabrá ¿Quién sabe si lo de Canadá se ha repetido en otros países—intervino Charger nervioso.

—Tranquilo doctor... Kollozal se ha hecho cargo del asunto y la ballena está encerrada en un zoológico de California—estableció Maglomedov carraspeando incómodo.

—No me gustó la forma en cómo se llevó la situación, el padre de esa jovencita fue asesinado, Lark es demasiado joven e impulsivo, en vez capturar a los animales y reducir los daños, nos va sumar más demandas e indeminzaciones ¡por el amor de Dios! Tal vez usted pueda levantarse de esa tragedia económica, pero a nosotros nadie nos contratará después... solo usted—expuso su disconformidad Charger.

—¿Y a usted no le gusta trabajar conmigo?—preguntó retóricamente Maglomedov, arreglándose su traje costoso y su reloj chapado en oro.

—No me gusta Ethan Lark—aclaró el doctor Charger.

—No creo que haga falta recordarle que ustedes cerraron el trato con él—enrostró el director de la compañía.

—Sí, es cierto, pero el señor Lark ha demostrado que no está a la altura—resistió Charger. Maglomedov recibió una llamada telefónica.

—Hola señor Lark, dígame—respondió el director.

—Hola, tengo buenas noticias y una propuesta para usted—se oía la voz de Lark emocionado, Charger tragó saliva.

—Cuénteme primero de las buenas noticias—pidió el ruso sonriendo con sinismo, Charger meneó la cabeza.

—Tengo a sus tres mascotas: el Basilosaurus, el dientes de sable y a su estrella cornuda... el Carnotaurus—contó Ethan entretenido.

—Vaya vaya... lo felicito señor Lark, adoro hacer tratos con usted, creo que fue la mejor decisión, no me cabe dudas—decía Maglomedov, el director de Kollozal, conservando su siniestro sinismo, Charger expresaba profunda decepción y se cubrió el rostro con ambas manos, avergonzado.

—¿Y cuál es su propuesta?—solicitó Maglomedov.

—Como usted ya sabe, además de las tres especies ya mencionadas, disponemos de los otros animales que usted nos proporcionó, dígase el dodo, el megaloceros, etc. Quiero proponerle abrir funciones privadas para un número de diez personas nada más, mil dólares cada entrada, diez mil dólares en total ¿qué le parece?—ofreció Lark, Maglomedov tapó la bocina.

—No, no me consideren para esto—pidió Charger.

—A mí tampoco—le apoyó Ivanov.

—¿Qué ocurre? ¿Les dio un ataque de moralidad?—se quejó Maglomedov.

—Esta nunca fue la idea original—dijo Charger.

—A ver dime ¿cuál era la idea original?—demandó Maglomedov.

—¡El mamut! ¡Solo el mamut! Esa era la idea original, salvar el planeta, proteger Siberia. ¡¿De qué sirve un maldito dinosaurio en esta época?!—refutó el doctor Charger molesto, Ivanov asentía con seriedad, respaldando a su colega genetista.

—¿Y qué? Lo hecho, hecho está. Además doctor, son animales, tienen fecha de vencimiento, no vivirán para siempre... y mientras eso no pase, haré que los conozcan la mayor cantidad de personas, sobre todo científicos—sentenció Maglomedov ansioso.

—Bien creo que mi papel en este proyecto ha terminado—se desvinculó el doctor Charger.

—Yo también—se le unió Ivanov, Maglomedov golpeó la mesa.

—¡¿Y qué harán?! ¡¿Irán a la prensa con esto?! ¡¿Quieren quedar como los héroes?!—les regañó Maglomedov con mucha prepotencia.

—Aquí no hay héroes, solo ciertas verdades incómodas que saldrán a la luz sea como sea, incluso, no por nosotros—evidenció el doctor Charger nervioso.

—¡Aquí solo hay una verdad, no hay más verdades y eso es todo lo que tienen que saber!—gritó Maglomedov furioso, Charger e Ivanov se pusieron de pie incómodos y se retiraban, tocaron la manilla de la puerta.

—¡Charger! ¡Sabes lo que pasará si cruzas esa puerta! ¡Yo no podré salvarte, ven aquí!—exigió el magnate ruso, Charger e Ivanov temblaron.

—¿Y qué harás, mandarás sicarios?—desafió Charger y cruzó la puerta junto a Ivanov.

—¡Maldita sea!—pateó las sillas Maglomedov.

El doctor Charger apresuró el paso e Ivanov le siguió.

—¿Y qué haremos ahora?—pidió él doctor Ivanov asustado.

—Sí quieres puedes venir conmigo a Estados Unidos y ser testigos protegidos del FBI, ellos pueden cambiarnos los nombres y darnos identidades y casas nuevas, aunque sea por un tiempo—planteó Charger.

—No sé cómo terminamos en esto—se lamentó Ivanov acelerando la caminata.

—Yo me voy esta noche, si quieres pasamos a buscar tus cosas y te pago el pasaje—ofreció el doctor Charger.

—Extrañaré mucho mi tierra—dijo con tristeza el doctor Ivanov.

—No la extrañarás mucho cuando Putin sea presidente, dicen que ese tipo es el anticristo—opinó Charger abriendo la puerta de su auto y quitándole el seguro a la puerta del copiloto para Ivanov.

Horas más adelante. En el aeropuerto, Charger e Ivanov fueron abordados por Anna Politkóvskaya, una famosa periodista de investigación del periódico ruso Nóvaya Gazeta, muy conocida por sus reportajes contra la Segunda Guerra Chechena.

—Doctor Charger, buenas noches ¿tiene planeado abandonar el país?—preguntó con agudeza la periodista.

—Tenga cuidado Anna, la olla está que explota—advirtió Charger cargando su maleta.

—Que explota ¿a qué se refiere con eso?—indagó Politkóvskaya.

—Si viaja conmigo a Estados Unidos, le daré la exclusiva—propuso Charger.

—Nací en Estados Unidos ¿qué mejor?—Politkóvskaya se fue con ellos.


Capítulo 28.

¡Cuidado Nikolay!


Los titulares de los periódicos decían "Poderosa compañía de biotecnología crea animales prehistóricos y los libera". Al principio la gente pensó que era una broma de mal gusto, porque ningún diario serio quiso publicar la noticia, a excepción del Nóvaya Gazeta, no obstante, fue cobrando importancia gradualmente, en parte por la buena reputación de Anna Politkóvskaya y de los doctores Charger e Ivanov, los dos últimos, muy respetados dentro de la comunidad científica... sin embargo, aunque los testimonios de ambos eran coherentes, carecían de evidencia. 

Seguido a esto, Kollozal se querelló contra Charger e Ivanov por "Injurias y calumnias". Y salió otro titular de periódicos que sorprendió a muchos, teniendo a John Charger en la portada: "Científico que almacenaba material pornográfico infantil, huye de Rusia antes de ser arrestado". Charger suspiró y tiró el periódico al tacho de la basura.

—Ellos de seguro llenaron tu casa de porquerías cuando nos fuimos—susurró Ivanov triste.

—Sí, algunas corporaciones suelen hacer esas jugadas sucias para desacreditar a sus adversarios—recordó Politkóvskaya.

—Sí, esto ya pasó a otro nivel, Maglomedov me las pagará—sentenció el doctor Charger, dos agentes del FBI les dieron la bienvenida en el aeropuerto de Nueva York.

—Buenos días, vieron los titulares ¿verdad?—saludó y preguntó de entrada Charger.

—Sí, sí los vimos, síganme—indicó el detective Church a los dos científicos y a la periodista.

—Está más que claro que tienen miedo y quieren arruinar mi reputación, nadie podría creer semejante estupidez—se quejó Charger en el camino, subieron a una patrulla.

—Iremos a la comisaría—informó Church encendiendo el auto.

—Ni se imagina la cantidad de información que le daremos al FBI detective, preparen desde ya el café, esto dará para largo—advirtió Charger, Ivanov tembló.

Sonó el teléfono en la oficina de Anna Politkóvskaya en Moscú, su colega, la periodista Anastasia Babúrova, contestó.

—Hola, buenas tardes—dijo ella.

—Hola ¿se encuentra la señorita Anna Politkóvskaya?—preguntó el joven.

—¿Quién la busca?—pidió Babúrova.

—Petrov, Nikolay Petrov, soy hermano de George Petrov, el joven ruso asesinado por la ballena en Canadá—reveló Nikolay ansioso y muy tenso, Babúrova se impresionó y emocionó, se sentó y tomó una agenda y un lápiz para anotar.

—Mi colega no se encuentra en estos momentos, pero yo le entregaré toda la información, dime Nikolay ¿en qué puedo ayudarte?—explicó Babúrova.

—Entiendo. Quiero contarle mi historia, así que tome nota—anunció Nikolay.

Durante la tarde, Taylor mandó a llamar a Ralph hacia las cabinas telefónicas.

—Ralph, te llama un amigo de Rusia—le entregó el teléfono y Ralph se lanzó para agarrarlo.

—¡Nikolay! ¡¿Cómo estás?!—saludó Ralph.

—¡Ralph! Bien aquí en Krasnodar, así se llama el lugar donde vivo ¿y tú? ¿Cómo sigues?—preguntó Petrov feliz.

—Donde mismo jaja, pero pronto saldré—dijo Brown emocionado.

—¡Perfecto! Amigo, te tengo muy buenas noticias. Aquí los periódicos están que arden. Dicen que dos científicos de Kollozal, una compañía de biotecnología, renunciaron y denunciaron al dueño—narró Nikolay.

—¿Y eso qué tiene?—demostró ignorancia Ralph.

—Ay Ralph ¡que eres inocente! ¡No mataste a ninguna especie nativa, sino a una especie invasora! ¡Kollozal clonó a la ballena! Y no solo a la ballena, a muchos otros animales parecidos. Todo empezó en los 80, a partir de momias congeladas ¡¿puedes creerlo?!—contaba extasiado Nikolay con su marcado acento ruso.

—Nikolay... Nikolay... habla más lento, por favor—pidió Ralph confundido.

—Sí, perdón, entonces... unos terroristas les robaron a los animales y los traficaron en diferentes países, a la ballena en Canadá—expuso Nikolay Petrov.

—Es tanta información... me resulta... me resulta muy difícil de digerir amigo, yo no... —confesó Ralph desorientado y mareado.

—¡Ellos mataron a nuestra familia Ralph! Kollozal Biotech. Ahora que lo sabemos, podemos hacerlos añicos—acusó Nikolay.

—¿Y qué planeas ahora Niko? ¿Matar a otra ballena? Yo ya no estoy para esas cosas, yo solo quiero reunirme con mi esposa y formar una familia, quiero vivir en paz, nada más—suplicó Ralph cansado. Hubo un silencio.

—Lo comprendo... no quiero pedirte nada, solo quería contarte quiénes fueron los imbéciles que asesinaron a George, a Billy y al señor Larson. Como te dije, el autor intelectual de dichos homicidios fue Vladimir Maglomedov, el magnate ruso y dueño de Kollozal... él es el genocida detrás de toda esta tragedia. Yo no tengo responsabilidades, no tengo familia además de ti... me uniré a Greenpeace y dedicaré mi vida a combatir a tipos como estos y proteger al mundo de ellos. Y antes de irme, quiero que pienses en esto "Tú tendrás hijos, pero tu cuñado no podrá ver a sus sobrinos, ni tu suegro podrá ver a tus nietos, por culpa de gente que no se quiere hacer cargo del daño irreversible que te hicieron". Eso amigo mío, hermano mío, tú eres mi hermano, lo único que me queda. Iré a verte en cuanto pueda, ya no me queda nada en este país—se sinceró Nikolay suspirando ya más relajado.

—Gracias Nikolay... espero que te vaya bien y que te cuides de esa gente. Te quiero amigo—se despidió Ralph pensativo.

—Adiós Ralph. Dios te cuide a ti y a tu familia... y cuenta conmigo—se despidió Nikolay y colgó la llamada.

Ralph se fue a su celda y no pudo dejar de pensar en lo que le dijo Nikolay... tenía razón: podría seguir adelante, formar una familia, tener hijos etc, pero ni Billy ni Carl verían a sus hijos, porque el daño era irreparable, ni Dios podía arreglar semejante injusticia... recordó los gritos de Billy y el rostro ensangrentado de su suegro entre sus brazos que le decía "Hijo mío", porque era verdad, Ralph no solo era su yerno, Carl lo amaba como a un hijo, uno a quien le confió la vida de Aurora. Vinieron a su memoria las gallinas muertas de su padre "Personas asesinadas como simples aves de corral en el hocico de un perro"... y sintió otra vez ese dolor en el pecho, esa tristeza tan grande e inconsolable, la impotencia y la ira incontrolable, el sentimiento profundo e ingobernable de justicia, de venganza contra Ethan Lark y ahora Vladimir Maglomedov.

Nikolay Petrov yacía silencioso echado sobre la mesa del comedor.《¿Cuál es el siguiente paso? ¿Demandarlos? ¿Y con qué dinero? ¿Iría a un periódico o canal de tv para dar a conocer mi caso? ¿Me pagarían por entrevistas? Al doctor Charger le acusaron de pederasta y tuvo que huir de Rusia ¿qué podrían hacerme a mí? ¿Acusarme de lo mismo? ¿Matarme? ¿Tendré que huir también? Ya sé, juntaré dinero para viajar ¿y si le pido ayuda a alguien del FBI? ¿Me darán refugio?》

Nikolay empacó una maleta con ropa y otras cosas necesarias. Buscó entre sus ahorros y los de su difunto padre, para el pasaporte y la VISA... le faltaba la mitad, así que hizo una venta de garaje y se deshizo de muchas cosas para reunir lo que faltaba. El padre de Nikolay y George había fallecido hace 3 años por una cirrosis hepática, no era un borracho violento, no obstante, por más que George y Nikolay lucharon para alejarlo de la botella, no pudieron evitar lo inevitable... y les dejó una modesta herencia, de las muchas cosas que vendió para solventar el vicio... camiones, bienes familiares, etc... y la casa... la vieja casa de Krasnodar... tantos recuerdos de la infancia... impregnados con el hedor de la transpiración alcohólica de su padre... usaron perfumes, detergentes, todo... pero ese olor nunca se fue... Nikolay lo sentía en todas partes, le perseguía a donde fuera... le tenía hostigado... almorzaba algo liviano, solo, totalmente solitario, sin familia, sin novia, sin amigos... nadie más que el pobre de Ralph. Su padre les había dejado en la miseria... y resulta que en la cultura rusa, un hombre que no tiene trabajo o que dispone de pocos ingresos, no es un hombre... no es atractivo para ninguna mujer... para la rusa promedio, el hombre debe pagarle todo... y cuando es todo, es todo... y Nikolay con sus 18 años, no tenía nada... no servía para nada, se sentía claramente un miserable inútil, incapaz de mantenerse por sí mismo, abandonado, arruinado. Cerró todo y salió de la casa para conseguir los papeles. Nikolay no tenía nada de extraordinario físicamente hablando: era de rostro olvidable, muy delgado, pálido y con suerte rozaba el metro 78... y eso era todo, no había nada más, de pocas palabras y alejado de la risa. Otra cosa que la mayoría de la gente no sabe, es que los rusos en sí, no son mucho de sonreír como nosotros, basta mirar las fotos... nunca sonríen... y en realidad, no se les puede culpar ¿Quién podría vivir riéndose en un país con una historia tan triste y trágica, repleta de regímenes tan nefastos y genocidas? De gente bañada en dinero como Maglomedov y otros que no tienen nada como Nikolay. Culturalmente para los rusos, alguien que vive riéndose no es bien visto, no les causa ninguna gracia, al contrario, les evoca una enfermedad mental, por lo mismo que hemos hablado. Nikolay se iba por una avenida de Krasnodar tarareando... hasta que vio por el rabillo del ojo a un hombre de abrigo negro que le seguía. En la oficina de viajes, Petrov entregó sus papeles y preguntó cuándo saldría la VISA para Canadá o USA. De regreso, abrió la puerta con la llave... estaba más suelta que de costumbre, sospechó algo extraño... agarró un palo y revisó las habitaciones... nada... fue a la cocina... todo normal, soltó el palo y se sentó a comer... había un olor raro, como a repollo podrido, vencido... Etanotiol o Mercaptano... saltó a inspeccionar la cocina, las perillas estaban bien... pero la manguera se hallaba suelta, salió para cortar el gas y suspiró aliviado. 《Creo que ya es tiempo prudente para irse》concluyó Nikolay.

*Aunque el gas licuado no tiene olor, se le agrega Etanotiol o Mercaptano para darle olor e identificarlo.


Capítulo 29.

El caso Brown.


Los abogados de las compañías Lark tomaron su lugar frente al juez... Los gendarmes trajeron esposado a Ralph y este saludó a sus amigos y familiares con gestos, también les acompañaban algunos vecinos, Heather y sus padres, ex colegas de Carl Larson. Todos esperaban y miraban el reloj... el nuevo juez se encontraba muy impaciente, Ralph le hacía señas de preguntas a Aurora, ella alzaba los hombros negando asustada. Fraissinet cruzó la puerta corriendo y algo agitado.

—Buenos días, perdón el retraso—se presentó el abogado tirándose en el asiento, el secretario del tribunal abrió el juicio, presentó al juez, a los abogados, a la víctima y al acusado, se repasaron los cargos contra Ralph Brown.


1. Homicidio frustrado.

2. Matar a una especie protegida.

3. Daños a la propiedad privada.


El primero fue desestimado en su minuto, el segundo ya tenía su condena casi cumplida y el tercero en proceso de revisión.

—Yo propongo su señoría, que mi cliente pague los gastos médicos y la indemnización correspondiente al señor Lark, para concluir este asunto de la mejor manera y lo antes posible—intervino Fraissinet.

—Sí claro, tendría que nacer cien veces para pagarme—se burló Ethan Lark en voz baja.

—Sí su señoría, un millón de dólares—ofreció Fraissinet, Lark se atragantó, de hecho, se atoró, los abogados le ayudaron a respirar nuevamente... cuchicheaban entre ellos.

—¡¿De dónde sacó ese dinero?!—les preguntaba Lark a su staff, los abogados negaban con ignorancia y asentían en muestra de aprobación, Ethan quedó muy descolocado y desorientado, intelectual y emocionalmente vulnerable. Aurora, la familia Brown y sus amigos rebosaban de alegría y júbilo. El staff de abogados de Lark Enterprises aceptó la propuesta tras una larga deliberación.

—Teniendo como fecha de hoy, el primero de diciembre de 1999, Ralph Anthony Brown queda en libertad bajo fianza—decretó el juez y dejó caer el martillo... Los Brown saltaron de felicidad, los gendarmes le quitaron las esposas a Ralph y este corrió para abrazar y besar a su esposa... Aurora lloraba emocionada y le besaba la boca y las mejillas a Ralph una y otra vez, una y otra vez ¡Siete meses esperando a su esposo, siete meses de incertidumbre! Y ahora estaba aquí, sano y salvo, volvería a casa para recuperar el tiempo perdido, para formar un hogar, una familia.

A las afueras del tribunal... un grupo de reporteros del Vancouver News acorralaron a Ethan Lark.

—¡Señor Lark, señor Lark! ¿Está de acuerdo con el fallo del tribunal?—preguntaban los reporteros ansiosos.

—El señor Lark no emitirá ningún tipo de declaración, gracias, permiso—dijo el abogado presidente de su staff, cubriendo a su cliente y abriéndole la puerta de la limusina.

A continuación, los reporteros rodearon a Ralph Brown y a su familia.

—¡Señor Brown! ¿Está conforme con el fallo del juez?—le pidieron acercándole los micrófonos.

—¡Mi cuñado y mi suegro fueron asesinados por Lark Enterprises y Kollozal Biotech! ¡Sí, Ethan Lark y Vladimir Maglomedov! ¡Y no, no descansaré hasta tenerlos bien agarrados de las pelotas y hacerlos pagar! ¡Lo juro, juro sobre la tumba de Billy y Carl Larson que lo harán! ¡Y no, no se acabará el mundo señores, no, no sin antes de que estos infelices me las paguen! ¡Carl Larson no verá crecer a sus nietos y Billy Larson no verá crecer a sus sobrinos! ¡Pero mientras yo respire, sus muertes no serán en vano, yo los honraré hasta el último aliento de mi vida!—gritó Ralph a todo pulmón, Aurora lo abrazaba conmocionada y temblorosa, los reporteros asentían respetuosos y los vecinos de Ralph aplaudieron y silbaron extasiados, lo sujetaron y le elevaron entre la multitud como a un héroe... entonces, Ralph se bajó y se abrió paso entre ellos, subió al auto de su padre junto a su esposa y sus amigos.

La entrada a Kelowna no fue muy diferente, los habitantes se abalanzaron sobre el auto de Anthony Brown y besaban las ventanas, la familia Brown quedó impresionada ante tantas y tantas muestras de amor y cariño. Ralph era tratado como alguien de la realeza. La casa de la familia Brown Larson estaba llena de peluches, rosas y corazones de papel.

—Ellos te aman hijo, eres su héroe, su salvador. Dicen que tú nos salvaste, que vengaste la muerte de Carl y Billy y el niño ruso, George. Todos los días venían de todas partes a dejarte regalos y a preguntar si ya te habían liberado o no. Llegaron desde West Kelowna, del sur, de Penticton, del norte igual, de Summerland, de Vernon, de Merritt, de Kamloops... hasta de Vancouver, hijo mío—contaba Anthony a su hijo, Ralph tiritaba de emoción y Aurora le apretaba la mano con fuerza. Bajaron y la multitud les aplaudió con euforia, Ralph y Aurora corrieron riéndose y ocultándose en la casa.

Se miraron de frente, a los ojos... y se abrazaron.

—Te extrañé tanto mi amor—dijo Ralph de repente.

—Y tú ni te imaginas cuánto me hiciste falta, siempre tuve fe de que volverías, porque eres un hombre bueno y mi papá te amaba muchísimo—ella le apretó contra su cuerpo y Ralph se entregó a las lágrimas... ambos lloraron abrazados y se dejaron caer en el sofá... se besaron con toda la pasión del amor... como si no hubiera un mañana... y por fin, después de siete meses, pudieron expresarse el amor y el afecto íntimo que debe existir en un matrimonio, ambos pasaron a ser una sola carne... comieron algo y se quedaron acostados en la cama toda la tarde, toda la noche... y hasta la mañana. Ralph despertó y desconoció su casa.

—Aurora ¿dónde estamos?—preguntó confundido.

—Estamos en la casa mi amor ¿por qué?—le aclaró su esposa.

—Pensé que seguía en la prisión, por un minuto creí que estaba ahí—confesó Ralph angustiado y llorando.

—No mi vida... estás conmigo, aquí, en nuestra casa, solo los dos, no hay nadie más—le consoló Aurora aferrándolo hacia su pecho desnudo y cantándole una canción de cuna en voz baja, Ralph respiró profundo y se calmó, cerró los ojos y se durmió sobre Aurora.


Capítulo 30.

¿Quién es mejor cazador que Charles Planc Patterson?


Nuevamente en el aeropuerto de Caracas, los hombres revisaron sus cuentas bancarias... la ejecutiva les sonrió muy amable, ya sabía a lo que venían. Y sí... otra vez Charles Planc pidió transferir su nuevo pago a la cuenta de Aurora Larson.

—¿Por qué envía el dinero a esa cuenta?—le sorprendió Corbett por la espalda. 

—Déjalo en paz—intercedió Yamamoto.

—Es una deuda pendiente que tengo—dijo Charles Planc sin más.

—¿Con la hija del señor Larson?—prosiguió Corbett.

—Sí, así es... cuando tengas una hija lo entenderás—contestó Planc. Y es que él amaba mucho a Charlotte, su única hija de 19 años... pero ella no quería verlo, estaba sentida con él por haberse ido de casa, antes ya le había enviado dinero... Charlotte lo rechazaba y... Aurora le recordaba a ella en algunos momentos.

Salieron de la oficina bancaria para tomar el avión con destino al Aeropuerto Internacional de Manaos, Brasil. 

En el trayecto, vieron una tienda con periódicos, las portadas decían "Compañía de Biotecnología crea animales prehistóricos y los libera", John Corbett le pagó al vendedor y sacó uno.

—¿Qué haces?—le corrigió Planc asustado.

—Simple curiosidad—respondió Corbett despreocupado.

—No seas imprudente, no te expongas, hay cámaras en el aeropuerto—le aconsejó Planc.

En la cabina, iban sentados: Sako, Strasser, Yamamoto, Corbett y Planc. De los primeros diez cazadores, Browning entró a terapia en un hospital de su país, Estados Unidos. Lomac fue devorado por el Basilosaurus hembra, Voere y Blaser murieron en las fauces de Wairarima y los otros... Grampian, Kanter, Beneteau y Llaut siguieron en sus vidas de pescadores junto al capitán Garden.

—Ellos los hicieron ¿verdad? ¿Kollozal?—indagó John Corbett mientras sostenía el periódico.

—¿Hicieron qué?—desconoció Planc.

—Ay por favor jefe, ya todo el mundo lo sabe. Ellos los hicieron y nos pagan para atraparlos, eso es—evidenció Corbett.

—John ya basta—le corrigió Yamamoto.

—Sí... eso es. De alguna manera que todavía no comprendo del todo, Kollozal creó a estos animales y escaparon o los liberaron, no lo sé... pero independiente de eso, no pueden deambular libres por la tierra, alguien debe capturarlos y encerrarlos o en el mejor de los casos, eliminarlos...y yo he asumido esa responsabilidad. No podría dormir sabiendo que otro hace mi trabajo... sea como sea, yo prefiero hacer las menos preguntas posibles, para tener la menor responsabilidad posible, ellos, Lark Enterprises y Kollozal Biotech tendrán que responder a su debido tiempo. Yo por mi parte, me esforzaré a máximo para salvar la mayor cantidad de vidas inocentes. No quiero que muera nadie más, ustedes deben decidir si seguirán o no en esto—les explicó y reveló Charles Planc, los hombres cruzaron miradas de incertidumbre.

—Yo me quedo, yo quiero salvar personas—se autodeterminó John Corbett.

—Yo también—le apoyó Yamamoto Ōkawa Heikichi, Strasser y Sako se les unieron y extendieron las manos hacia el centro y las juntaron, esperaron la de Charles Planc... y este puso su mano derecha sobre las de ellos.

—Bien equipo, vayamos a salvar vidas—Planc consumó el pacto.

—¡Vamos a cazar a esos malditos!—se animó Corbett, "Sí", gritaron los demás.

—¿Qué nombre le darás al equipo John?—preguntó Sako emocionado.

—Las cobras—propuso Strasser.

—No, no me gusta—rechazó Corbett.

—Los halcones—dijo Sako.

—No tampoco—negó Corbett.

—"Los osos", por Kesagake, el oso asesino de Japón que cazó mi tatarabuelo—insistió Yamamoto Ōkawa Heikichi.

—No, "Osos" es muy genérico—descartó otra vez Corbett.

—Ah ¿y qué quieres? ¿Llamarnos "Las tigresas de Champawat" solo porque tu tatarabuelo la cazó?—encaró Yamamoto.

—¡Ah ya sé! ¿Cómo se llamaba el oso que mató tu tatarabuelo?—pidió Corbett.

—Kesagake—dijo el japonés.

—¡"El escuadrón Kesagake"! ¡Así nos llamaremos!—anunció Corbett y Yamamoto le golpeó en el hombro contento, todos se rieron.

—¿Qué significa "Kesagake"?—preguntó Planc.

—"Herida en el hombro", eso significa en japonés. Cuando el oso pardo atacó la aldea de la familia Ikeda, el dueño junto a su hijo Kametaro, lo persiguieron hasta el monte Onishika y le dispararon en el hombro, tuvieron que regresar por la tormenta de nieve y pensaron que el oso moriría, jamás que volvería para matar a siete personas y a niños. Kesagake medía 2 metros 7 centímetros de altura. Mi tatarabuelo, ex oficial del ejército, lo mató y es un héroe nacional—relató Yamamoto con profundo orgullo, todos asentían satisfechos.

—¿Qué era eso de las tigresas de Champa... ¿qué?—pidió Sako.

—La tigresa de Champawat. Mató a 436 personas en Nepal. Mi tatarabuelo, Jim Corbett la cazó. Aparte de servir en el ejército indio, fue escritor, naturalista y conservacionista—reseñó John Corbett.

—¿Ejército indio? Pero ¿no era indio?—preguntó Sako confundido.

—No, era irlandés y murió en Kenia—aclaró Corbett.

—¿Y qué cosas escribía?—preguntó Yamamoto.

—Él hizo la novela "Las fieras cebadas de Kumaon"—recordó Corbett.

—¿Y usted señor Planc? ¿Tiene algún nexo con una leyenda?—inquirió Sako, Planc enmudeció y le ignoró.

—Sí, usted es sobrino nieto de John Henry Patterson, el que mató a los leones asesinos de Tsavo. Su hijo fue Bryan Patterson, el paleontólogo ¿él era su tío?—pidió confirmación Corbett.

—John Henry Patterson era irlandés, salvó a muchas personas de Tsavo y logró que terminaran el puente del ferrocarril, de eso me siento orgulloso. Pero también fue fiel defensor del sionismo, comandante de la "Zion Mule Corps" o "El cuerpo de mulas de Sión" o "La Legión Judía", contra los árabes, otomanos, alemanes, austriacos y húngaros en la Primera Guerra Mundial. Y mírame aquí, por las ironías de la vida, yo también terminé trabajando para un judío—dijo con algo de vergüenza Charles Planc y colocándose el sombrero sobre el rostro, se echó a dormir.

—Creo que al señor Planc no le gusta esa historia. Su padre tenía un barco de pesca y contrató al mío y así se conocieron en La Jolla, California, así supe de él y yo se lo recomendé a Lark—contó Corbett.

—Supuse que habías sido tú—refunfuñó molesto Planc sin levantar la vista.

—Pues ¿Quién es mejor cazador que Charles Planc Patterson?—Corbett lo dijo como una pregunta retórica.


Capítulo 31.

Nikolay regresa a Kelowna.


Nikolay Petrov estaba en el Aeropuerto Internacional de Krasnodar a punto de abordar el vuelo que haría escala en Moscú y lo llevaría a Canadá. Tenía miedo, miraba hacia todas partes, posibles tragedias amenazaban su mente joven, que se cayera el avión, que le apuñalaran en el baño del aeropuerto, etc. Por eso se aguantó las ganas de orinar, hasta poder ocupar el baño del avión. Pasó por la sala de embarque y la manga. Tomó asiento, veía a los demás pasajeros buscando a cualquier sospechoso con apariencia de sicario, con esos abrigos negros y mirada severa o muy relajada... había uno tres asientos atrás... uno de apariencia militar, de 1.88, lo descubrió vigilándolo y apartando la vista hacia la ventana. De repente, se asustó cuando se sentó a su lado un hombre gordo, de 1.74 tal vez, con melena, barba y traje costoso, de apariencia bonachona, empresario al parecer, sacó un diario y se puso a leer.

—No tiene mucha pinta de ser hombre democrático, ex agente de la KGB... esto pinta muy mal—comentó el hombre la noticia.

—¿Habla de Putin?—preguntó Nikolay nervioso.

—Sí... yo reconozco a un loco cuando lo veo y este tipo... bueno, nada que decir, se vienen tiempos oscuros—opinó el compañero de asiento. Sacó una bolsa con papas fritas y le ofreció a Nikolay, este negó.

—¿También va a Canadá?—pidió Nikolay preocupado. El avión tomó lugar en la pista y despegó.

—Sí, a Vancouver por negocios, por culpa de este sujeto, la bolsa de Rusia ha ido en picada, nadie quiere invertir aquí, habrá que buscar nuevos horizontes—se quejó—ah, perdón, me llamo Joseph—se presentó el empresario.

—Nikolay—le estrechó la mano el jovencito.

—Nikolay, como Nikola Tesla, un genio—recordó Joseph.

—Ah Nikola... verdad ¿él no era ruso o si?—preguntó Nikolay.

—Según leí, a todo esto me encanta leer, creo que era georgiano—hizo memoria Joseph.

—Ahh... yo siempre creí que era ruso—supuso el joven.

—No, Stalin también era georgiano—dijo Joseph.

—Eso sí lo sabía. Disculpe ¿ve al tipo tres asientos más atrás? El alto que tiene pinta de militar—pidió Nikolay, Joseph se giró disimuladamente para verlo.

—Creo que sí ¿por qué?—preguntó el hombre preocupado.

—Creo que quiere hacerme daño—reveló Nikolay.

—¿Y por qué?—indagó Joseph.

—Porque ellos mataron a un familiar mío por accidente y yo denuncié a su empresa en un periódico—resumió Nikolay.

—Rayos, que mal, disculpa que pregunte ¿qué le pasó a tu familiar?—inquirió Joseph intrigado.

—Prefiero no recordarlo—rechazó Nikolay, Joseph asintió respetuoso y miró de reojo al tipo con aspecto de sicario.

—Oye Nikolay, si estás muy preocupado por el tipo ese, puedo acompañarte a la policía, cualquier cosa, te dejo mi tarjeta—Nikolay recibió una tarjeta con el nombre "Compañías Smirnov" y debajo "Joseph Smirnov: director ejecutivo", se dieron un apretón de manos.

—Bien, ahora me tomaré una siesta, avísame si pasa algo—Joseph Smirnov reclinó el asiento y se echó a dormir... roncaba como una vaca.

El avión hizo escala en Moscú... Nikolay no dejaba de mirar hacia atrás, el supuesto sicario seguía observando el paisaje por la ventana, no le prestaba ni la más mínima muestra de interés.

Hicieron escala en el Aeropuerto de Estocolmo-Arlanda, Suecia. De ahí, cruzaron el océano Atlántico hasta el Aeropuerto Internacional de Halifax-Standfield, Nueva Escocia, Canadá. Nikolay estaba nervioso, quería que el avión despegara pronto hacia Vancouver... vigilaba de reojo al seudo sicario de atrás... este seguía sin prestarle atención.

—Maldito, sabes actuar muy bien—susurró Nikolay, Joseph se despertó.

—¿Ya llegamos?—consultó limpiándose la baba de la boca.

—Estamos en Halifax, pero aun no despegamos hacia Vancouver—dijo Nikolay ansioso. El avión terminó de cargar combustible y despegó hacia Vancouver, Nikolay suspiró aliviado. Cruzaron por encima de todo Canadá, hasta la costa del Pacífico. A eso de las 5 de la mañana, aterrizaron en el Aeropuerto Internacional de Vancouver. Nikolay agarró sus cosas y se despidió rápidamente de Joseph... salió casi corriendo de la cabina de pasajeros, agarró su maleta y se adentró en el aeropuerto... corrió hacia la calle y buscó un taxi con ruta a Kelowna. Las vías casi vacías, sin autos ni buses le pusieron nervioso, todo era muy diferente, el idioma, los colores, todo. Levantaba el dedo para ver si algún taxi le paraba, caminaba hacia donde creía que era Kelowna, solo había cambiado 10 dólares y el resto de su dinero, lo cambiaría en una casa de cambio en Kelowna o con Ralph... Ralph, debería llamarlo, pero no recordaba el número.

—¡Espera Nikolay! Se te quedó tu bufanda—llegó Joseph corriendo y casi sin aire. Nikolay se la recibió, pero Joseph Smirnov le agarró de la ropa y lo lanzó hacia la acera. El seudo sicario se reunió con ellos, un auto negro se detuvo al costado y le subieron a la parte de atrás.

Dentro de la cabina. Le cubrieron la cabeza con una bolsa negra.

—¡Déjenme ir, yo no hice nada! ¡Perros bastardos! ¡No les bastó con matar a mi hermano, ahora van conmigo, la marrana que los parió!—alcanzó a gritar Nikolay antes de recibir un puñetazo del sicario, Konstantin.

—Buena actuación Serguei, por poco y se nos escapa—felicitó Kosntantin al falso Joseph Smirnov.

—Muchas gracias—dijo Serguei peinándose.

—Yo propongo que lo matemos, que lo descuarticemos y tiremos sus pedazos al océano—propuso Konstantin, Serguei negó con el dedo.

—No idiota. El jefe dio instrucciones, solo debemos lanzarlo por el puente del Okanagan para que se ahogue—instruyó Serguei.

—¡¿A quién carajos le importa lo que diga el jefe?! ¡Hagámoslo a la antigua! ¡¿Qué diablos?!—se quejó Konstantin.

—¡Se supone que debe parecer un suicidio, grandísimo imbécil! ¡Obedece!—reclamó y ordenó Serguei.

Condujeron hasta Kelowna, pasando por Chilliwack, Silver Creek, Hope, Merrit y finalmente, West Kelowna. Lo cargaron hasta el puente William R. Bennett y entre dos, le lanzaron a las aguas.... varios metros abajo... Nikolay intentó flotar... el agua estaba muy fría, se le agotaban las fuerzas, los atacantes se fueron... 

—¡Ayúdenme! ¡Ayuda! ¡No quiero morir! ¡Por favor!—suplicaba e imploraba Nikolay, luchando por su vida, tomaba aire para flotar con mucha dificultad. No había nadie la distancia, nadie para ayudarle, nadie que escuchara sus gritos y alaridos.

—¡Dios mío, por favor, apiádate de mí, no me dejes morir!—gritó con mucha fuerza el joven antes de tragar agua y sumergirse, levantó los brazos, contempló las aguas encima de él... recordó el rostro de su hermano, cuando jugaban de niños a los soldados, tirándose tierra como granadas y apuntándose con palos de escoba emulando escopetas... y veían a su padre borracho tirado en el suelo, cuando pedían ayuda a sus vecinos para levantarlo de la nieve y abrigarlo. El cadáver destrozado de George《Te amo George, perdóname hermano mío, yo quería... yo quería honrar tu memoria, la de nuestra familia, pero soy un inútil, un mediocre, un estúpido, debí llamar a Ralph, fui un imbécil y ahora lo voy a pagar》

A lo lejos, una embarcación se aproximaba a toda velocidad... Heather paseaba en la lancha de su padre, en realidad, solía hacerlo para despejar su mente y peregrinaba el lago en memoria de Billy, quería asegurarse de que ninguna de esas cosas estuviera viva hasta que... le vio. Aceleró al máximo y bajó la velocidad progresivamente. No podía creerlo ¡El ruso! ¡¿Qué hacía aquí?! Le lanzó un salvavidas, Nikolay estaba débil, apenas se movía, Heather se lanzó al agua, apretó el salvavidas, nadó y le agarró con fuerza...

—¡Sujetate!—le gritó a Nikolay y nadaron hacia la lancha, Heather le cubrió con una manta gruesa y aceleró con destino al puerto.

—¡Tranquilo, estás a salvo, voy a llevarte al hospital!—le gritó mientras conducía y tiritaba.

Heather casi se estrelló contra el muelle, puso el brazo de Nikolay sobre su cuello le cargó hasta donde más pudo... 275 metros más allá estaba el Hospital General de Kelowna.

—¿Cómo te llamas? Perdón olvidé tu nombre—pidió Heather.

—Nikolay—dijo entre quejidos el joven fatigado y sin energías.

—Nikolay, sé que estás muy cansado, pero por favor, necesito que cooperes un poco, estás pesado—pedía asustada Heather empapándose con la ropa de Nikolay que tropezaba.

—¡Ayuda!—gritó Heather repetidas veces, dos enfermeros les divisaron y trajeron una camilla para Nikolay, le subieron y se lo llevaron a toda velocidad.

En la sala de urgencias, Heather peleó con el médico para estar con Nikolay.

—¡Le digo que él no tiene familia aquí, yo soy la única persona que conoce! ¡Déjeme entrar!—exigió Heather furiosa, el médico se lo negó, Heather se escabulló y se lanzó al costado de la camilla de Nikolay, esquivando a las enfermeras, le agarró la mano con fuerza.

—Nikolay, aquí estoy, aquí estoy—le avisó ella muy preocupada y apretándole la mano.

—Heather, por favor, no me dejes morir, te lo suplico, no me dejes morir—imploraba en voz baja Nikolay casi sin fuerzas, viendo entre las pestañas la imagen borrosa de Heather quien no paraba de llorar.

—Vas a estar bien, vas a estar bien. Nikolay, no te mueras—le pedía llorando Heather.

—Jovencita, jovencita, por favor, salga, necesito que salga—le exigió el doctor.

—¡No me toque, no me toque, maldita sea o se va a arrepentir!—le amenazó Heather fuera de sí, dos enfermeros hombres la tomaron de los brazos y le sacaron a la fuerza.

—¡Nikolay, Nikolay!—gritaba Heather desapareciendo entre las cortinas azules.

El visitante ruso quedó en tratamiento intensivo: los enfermeros le desnudaron por completo y le cambiaron toda la ropa, le cubrieron con muchas frazadas y le sirvieron una sopa caliente cuando despertó. Heather también fue atendida, le dieron una sopa caliente y una manta térmica para evitar que sufriera hipotermia como Nikolay. Heather llamó por teléfono a sus padres.

—Papá, hola, estoy bien. Salvé a un joven que se ahogaba en el lago y lo traje al hospital general, le están atendiendo—informó Heather.

—Hija ¿estás bien?—preguntó Elijah Vaz de Sousa, su padre.

—Sí, papá estoy bien—repitió Heather y colgó. Enseguida llamó a Aurora.

—Aurora, hola. No vas a creer lo que acaba de pasar, por favor, sé muy discreta—le dijo desde el inicio y le contó todo lo ocurrido.

Por fin, la joven pudo entrar a ver al paciente, Nikolay se alegró al verla y sonrió.

—Gracias Heather, no sé cómo agradecerte por salvarme—dijo con voz débil el pobre Nikolay.

—Tranquilo, lo importante es que estás bien, me asusté, porque pensé que morirías—confesó Heather más relajada.

—Trataron de matarme Heather, me secuestraron fuera del aeropuerto, quise llamar a Ralph, pero no alcancé, me subieron a un auto, me apuñalaron y me tiraron por el puente—contó Nikolay adolorido.

—Tranquilo Nikolay, no hables mucho, descansa—aconsejó Heather.

—Eran rusos, Serguei Smirnov, gordo, pelo largo, medía casi lo mismo que yo, era un empresario, venía con otro en el avión, uno más alto, militar—describió el jovencito.

—Nikolay ¿tienes el número de tu familia para avisarles?—preguntó Heather con inocencia.

—Yo no tengo familia, todos murieron. Ustedes son la única familia que me queda Heather. No tengo a donde ir—puso en conocimiento Nikolay, Heather se asombró y se acercó para abrazarlo.

—Nosotros te cuidaremos Nikolay—le consoló acariciándole la cabeza.

—No puedo irme a vivir a tu casa, tu novio puede ponerse celoso—supuso Nikolay.

—¿Qué? Jaja no, no tengo novio—contestó Heather risueña.

—Qué lástima, se pierden a una gran mujer, valiente, fuerte y por Dios ¡Eres benditamente muy hermosa!—reconoció el joven, Heather se ruborizó mucho... y en parte, él tenía razón, Heather Vaz de Sousa parecía una modelo portuguesa, de cabello castaño claro o rubio, delgada, esbelta y de ojos celestes.

—¿Enserio lo crees?—preguntó ella emocionada.

—Maldita sea sí, pero nunca te fijarás en mí, soy un pobre diablo que no tiene donde caerse muerto, no tengo familia, no tengo dinero, no tengo nada, nada de nada—se lamentó Nikolay.

—Eso se puede arreglar—dijo Heather positiva.

—¿Ah sí?—preguntó él curioso.

Nikolay se rio entretenido, cruzaron miradas y se reían sin entender por qué, al parecer, nació una fuerte atracción entre ambos.

Ralph y Aurora entraron por la puerta principal, hablaron con el control de acceso y este les indicó. Se reunieron con Heather y sus padres.

—Hola ¿qué le pasó?—pidió Ralph preocupado.

—Lo tiraron por un puente, trataron de matarlo—informó Heather, Ralph miró a Aurora y pidió ver a Nikolay.

El joven de Krasnodar se alegró mucho cuando vio a Ralph entrar a la sala de cuidados intensivos.

—Amigo, gracias por venir—saludó Petrov.

—No era para menos—dijo Ralph sentándose a su derecha.

—Es segunda vez que intentan matarme. Hace un mes, salí de mi casa para sacar el pasaporte y al volver, un tipo le había soltado la manguera del gas a la cocina. Viajando aquí, dos sujetos me seguían, Joseph Smirnov, se llama Serguei y su socio Konstantin, rusos. Me raptaron afuera del aeropuerto, me subieron a un auto, me apuñalaron con una cosa, una mandíbula de un animal, no la vi, tenía un saco en la cabeza. Me lanzaron por el puente del lago y Heather me salvó—narró brevemente el jovencito.

—Maldición... sicarios ¿de Lark o Kollozal?—indagó Ralph.

—Si eran rusos, de Kollozal supongo. Todo empezó cuando llamé al periódico Nóvaya Gazeta y les conté mi historia, la publicaron en una columna, me estaban espiando, quizá habían micrófonos en mi casa. Como sea, vendí algunas cosas y dejé la casa botada en Rusia, no creo que vuelva, no hay mucho que recuperar, no pienso salir de aquí tampoco—agregó Nikolay asustado.

—¿Y dónde piensas quedarte?—preguntó Ralph con franqueza.

—No lo sé, quería rentar una cabaña mientras busco empleo o cobrar por entrevistas—pensó Nikolay angustiado.

—Podrías vivir con nosotros un par de semanas tal vez, tendría que hablar con Aurora—ofreció Ralph.

—Gracias. Por mí yo me iría a vivir con Heather jaja—confesó Nikolay emocionado.

—No lo veo posible, sus padres no estarían de acuerdo—advirtió Ralph triste.

—Me gusta esa chica—afirmó seguro el ruso.

—Le sobra carácter, si puedes con eso, bien—aconsejó Ralph y estrecharon la mano.

—¿Y por qué lo persiguen? ¿No hizo nada malo o sí?—inspeccionó Aurora ansiosa.

—Según me contó, lo persiguen por haber contado su historia en un periódico de su país—contó Ralph.

—¿Y tú qué piensas? ¿Es seguro? ¿No nos harán nada?—preguntó Aurora a su esposo muy preocupada.

—No lo sé, no sé dónde más podemos dejarlo, podríamos ocultarlo tal vez, aunque sea por un tiempo, dos semanas, hasta ver si puede salir y si es seguro—dedujo Ralph.

—¿Y si le avisamos a la policía? Ellos podrían protegerlo—concluyó Aurora Larson.

—La policía no le dará alojamiento ¿lo harían?–dudó Ralph Brown y regresó a la sala de Nikolay.

Una pareja de policías ingresó a Urgencias y a la sala de Nikolay acompañados del médico.

—¿Tú los llamaste?—preguntó algo desconfiado Nikolay a Ralph.

—No, no amigo—contestó Ralph.

—No, yo los llamé, debo hacerlo por protocolo—intervino el médico.

—Hola joven, soy el oficial Christopher Smith y mi compañero el oficial Steve Jansen. Necesito que el joven Brown se retire por un minuto, porque debemos tomarle declaración—se presentó el policía.

—No, mi amigo no sale, se queda conmigo—contrarió Nikolay, Ralph le apoyó y se aferró a él.

—Tranquilo, esta es mi identificación—Smith le mostró su placa y su tarjeta.

—No importa, casi me mata un tipo que se hizo pasar por empresario, no confío en nadie, mi amigo se queda aquí—persistió Nikolay, los oficiales se encogieron de hombros y le tomaron la declaración en presencia de Ralph. Al final, dieron de alta a Nikolay y les trasladaron en patrulla a la casa de la familia Brown Larson.

Ralph le prestó un polerón con capucha para que se cubriera el rostro... le alojaron en su casa con la mayor discresión posible, sin contarles a sus familiares ni amigos.

—Hablaremos con el FBI para que seas su testigo protegido y dejaremos una patrulla fuera de la casa, diariamente para hacerles guardia—informó el oficial Smith y se fueron.

—Bien, es todo—dijo Ralph y con Aurora le prepararon la habitación donde dormiría, Nikolay comió algo y se acostó... durmió toda la tarde hasta la noche y la mañana, estaba agotado.


Capítulo 32.

La opinión de Michael Crichton.


Enero del 2000. Muy de mañana en el Parque Griffith, Los Ángeles, California. En un Chevrolet Opel Calibra del 93, arribó al estacionamiento del zoológico el novelista y médico estadounidense, Michael Crichton, muy afamado por su best seller "Parque Jurásico" y escritor de la serie "ER: sala de emergencias". Era uno de los diez invitados especiales a la función privada del "Cenozoic Zoo" o "Zoológico del Cenozoico", de Lark Enterprises, llevaba sus anteojos y corbata característica, se suponía que era una especie de gala o algo así... revisó la invitación individual impresa que parecía casi matrimonial, sí a las 8 de la mañana, quedaban 20 minutos... esperó y aprovechó de dormir un poco. Otro motor... Crichton miró por el retrovisor, un deportivo tomó lugar detrás de él, un Porsche 959, plateado.

—Bill—susurró Crichton refiriéndose a Bill Gates, ambos bajaron del auto y se reunieron para conversar.

—Señor Gates—le estiró la diestra Crichton.

—Señor Crichton—se la estrechó Gates.

—Lindo auto ¿es un 959?—apreció el escritor.

—Sí así es, ese Calibra es del 93 ¿por qué no lo cambias?—preguntó el desarrollador de software.

—Sí, suelo tomarle cariño a las cosas, soy enamoradizo, lo reconozco, a todo esto ¿cómo van las cosas con Melinda?—confesó Crichton risueño.

—Bien, igual que siempre ¿y Anne-Marie?—preguntó Gates, Crichton negó con la cabeza.

—Lo lamento amigo. Oye, cambiando de tema, siempre leo tu novela, "Acoso", me encanta y Demi Moore y Douglas se lucieron. La pantalla de realidad virtual es una maravilla—expresó el magnate.

—Jajaja gracias. Espera, hace dos años Microsoft sacó un juego de estrategia, Age of Empires 2, ese de la Edad Media, amo ese juego. Fue una de muchas inspiraciones para mi novela "Rescate en el tiempo"—felicitó el novelista.

—¿De verdad? ¿Una novela de la Edad Media?—inquirió Gates entretenido.

—Sí, se trata de unos científicos que viajan a esa época y quedan atrapados en La Guerra de los treinta años—reseñó Crichton emocionado.

—Vaya, una guerra religiosa terrible—reconoció Gates, ambos tocaron el timbre en el gran portón de fierro del zoológico. Un empleado les abrió.

—Bienvenidos caballeros—y recibió sus abrigos. Caminaron hasta un salón de conferencias calefaccionado y se encontraron con Jefrey Carston y Ethan Lark.

—Bienvenidos, muchas gracias por venir, pónganse cómodos—saludaron. Crichton y Gates tomaron asiento. A los minutos, cruzaron la puerta David Rockefeller y su guardaespaldas, el banquero judío y nieto del magnate del petróleo John D. Rockefeller, amigo íntimo de Ethan Lark, se abrazaron un buen rato.

—Ethan ¡qué bien te ha ido! Me alegra tanto verte! Tu padre estaría orgulloso—le felicitó David, Ethan le palmeaba la espalda contento.

También concurrió al zoológico Paul Sacher, director de orquesta austriaco, esposo de Maja Stehlin, dueños de la farmacéutica "Roche", uno de los hombres más ricos de los años 90. Igualmente Warren Buffet, accionista y director ejecutivo de Berkshire Hathaway, una sociedad que administraba acciones de varias compañías.

Por último, la galería de artistas y personas del mundo del entretenimiento: Michael Jackson, Sylvester Stallone, Donald Trump y el infame Jefrey Epstein. Todos se saludaron.

—Quiero darles la bienvenida y las gracias por aceptar nuestra invitación. Esta ocasión es muy especial, como sabrán, ustedes son privilegiados y serán de las muy pocas personas que tendrán acceso a esta información, lo que verán hoy, es algo que nunca nadie ha visto antes, ningún científico... y que con el tiempo, se irá masificando para el gozo de todo el mundo. Por ello ruego que antes de iniciar el recorrido, firmen un contrato de confidencialidad, con el fin de que no divulguen nada de lo que vean hoy, hasta que este zoológico se abra a público general en un año. Son libres de firmar o no, enseguida pagarán cada uno su entrada, aceptamos tarjetas de crédito, descuiden y luego iniciamos el recorrido por el zoológico. Muchas gracias—les dio instrucciones Jefrey Carston, todos se miraron y asintieron, formaron una fila y firmaron, entonces, pagaron su entrada: mil dólares. Siguieron a Carston y a Lark hasta la salida, donde había un bus de techo abierto, estilo británico, un Routemaster, que les esperaba en la calle, subieron y así comenzó la visita al "Zoológico del Cenozoico" en Los Ángeles.

—Hola chico, que bueno que viniste—saludó Stallone a Jackson.

—Hola amigo—saludó el bailarín a la estrella de cine y se sentaron juntos.

—¿Estás copiando el modelo para tu zoo de Neverland?—bromeó Sylvester.

—Jajaja no... o quizás sí. Leí que este proyecto tiene como fin resucitar al mamut lanudo y revertir el calentamiento global. Todo sea por el planeta, recuerda "We are the world" jaja—explicó sus razones Jackson, Stallone le dio una palmada en la espalda y le abrazó, se tenían mucho cariño.

—Oye Donald ¿vendrás a visitar mi isla? Hace tiempo que tengo todo listo—invitó Jefrey Epstein golpéandole el hombro.

—Debo hacerme un tiempo, me gustaría quedarme una semana—respondió Trump.

—¿Y ustedes vendrán? Haremos una gran fiesta, habrá mucha gente famosa, la pasaremos bien—Epstein se dirigió a los demás invitados.

—Pero ¿dónde queda su isla?—preguntó Jackson.

—En las islas Vírgenes, al lado de Puerto Rico—dijo Epstein nervioso.

—Mmm eso está muy lejos ¿por qué no vienen a mi rancho? Está más cerca—propuso Jackson muy amable.

—Na... una isla es más privada, puedes hacer más cosas, como pasear en yate, lancha, etc, hay más privacidad ¡Vamos Mike, será divertido!—descartó y persistió Epstein, Michael se encogió de hombros.

—¿Y qué clase de animales tienen aquí? ¿Caballos y vacas viejas?—preguntó Trump muy relajado y ansioso.

—Un Tigre de Tasmania, un tarpán, un Uro a lo máximo—supuso Crichton. Lark sonrió.

El bus avanzó por la calle pavimentada y se adentró por un valle de 133 acres, lleno de bosques tupidos de palmeras y otros árboles frondosos. Se desplazaban a baja velocidad.

Un gran corral de una hectárea a la izquierda, una pradera o granja poblada de ganado menor: ovejas, cabras, chivos etc. Aldeñado a este, otro corral gigante con caballos, tarpanes y quaggas. El siguiente de mayor tamaño, tenía vacas comunes, vacas calmuquianas, jacks y un Uro, con su joroba y sus grandes cachos, era casi del tamaño de un elefante.

—¿Ven? Tal y como dije... un Uro—adivinó Crichton, Lark sonrió otra vez y se refregó las manos.

Se detuvieron un rato. A la derecha, otro recinto y un letrero "Cuidado, no se acerque a los barrotes". Inclusive, antes de la reja, había una zanja de hormigón de un metro ochenta de profundidad.

—Esto se ve más interesante—dijo Stallone intrigado.

—Eso no es nada—dijo Lark soberbio. Una compuerta se abrió y salió una oveja... una pareja de lobos terribles, Aenocyon, se lanzaron hacia la presa y la despedazaron de una vez, uno la jaló del cuello y el otro de las patas.

—¡Tanta violencia! Los niños no deberían ver eso—reclamó Jackson incómodo.

—Tranquilos, tranquilos... esta es una visita piloto, arreglaremos eso, que solo les den carne cruda—calmó Lark, Jackson le miró desconfiado.

El chofer retomó la marcha, contiguo a los lobos, otro recinto grande, con una enorme cueva y dentro de esta, una madriguera subterránea... un oso cavernario se alimentaba de los restos de un venado.

—Vaya, no puedo acostumbrarme a esto—se lamentó Jackson, Stallone le dio una palmada y le abrazó.

Avanzaron varios metros más allá... y se estacionaron frente al amplio estanque de agua, de medio kilómetro de diámetro, rodeado por un perímetro de concreto de 100 metros y enrejado por barrotes de hierro de 3 metros de alto, seguidos de una fosa de 2 metros de profundidad. En un rincón del estanque, había una islita artificial.

—¿Quién vive aquí? ¿Jaws?—bromeó Stallone en alusión al tiburón de Spielberg. 

—Supongo que todas esas barreras físicas son para que nadie termine en ese estanque—dedujo Trump.

—Créeme, nadie quiere caer dentro de ese estanque—confirmó Lark.

Una compuerta se abrió desde el muro y dejó caer a una foca viva sobre la islita. Una gran sombra oscura hizo aparición en las aguas... una aleta caudal... la foca se escondió en el rincón lo que más pudo... la basilosaurus hembra nadó con todas sus fuerzas y saltó por encima de la islita, se arrastró en la arena y atajó a la foca, jalándola hacia el agua... abajo, le esperaba su ballenato de dos meses y le repartió el botín.

—¿Se entiende que eso es una ballena prehistórica?—intervino Michael Crichton nervioso.

—Así es—contestó Lark orgulloso, Crichton tuvo un terrible escalofríos, Bill Gates le sobó la espalda.

—¿Qué especie de ballena es?—preguntó Sacher.

—Basilosaurus o Zeuglodón—dijo Lark, Crichton meneó la cabeza, Lark le despreció con la mirada.

Solo quedaban dos recintos disponibles, los demás estaban cubiertos con nylons grises. El bus se estacionó frente al penúltimo recinto, su flora era tropical, los wairarimas yacían echados tomando el sol. Los pasajeros fijaron la vista...

—¿Esos son dientes de sable?—identificó Buffet, Lark levantó el pulgar.

Ya en el último recinto, de proporciones anchas, igualmente adornado como el tropico o mejor dicho, amazónico... era habitado por dos reptiles bípedos y voluminosos que también disfrutaban de los rayos solares, echados sobre sus vientres, semejantes a caimanes grandes.

—No puedo creerlo, sencillamente, no puedo, no puedo creer esto—renegaba Michael Crichton en voz baja.

—Créelo Michael, tu novela se ha vuelto realidad—este comentario de Lark desconcertó mucho al señor Crichton y le causó una crisis de ansiedad.

—Necesito bajar del bus, debo volver al hotel, no me siento bien—pidió Crichton y Gates, Stallone y Jackson le atendían.

—¿Tomaste desayuno?—le preguntó Stallone, Crichton asentía asustado.

En el hotel, Crichton se sentó, los empleados le sirvieron agua con azúcar y almuerzo... el novelista se recostó en un sofá y allí... se echó a llorar en silencio, infinitamente desconsolado.

—Doctor ¿está bien? No llore, por favor ¿será que pueda ayudarle en algo?—le pidió Michael Jackson.

—No amigo, es solo que... necesito tomar aire—respondió Crichton y salieron a caminar. Stallone y Gates les siguieron.

—No entiendo ¿por qué lloras? ¿Qué te tiene tan mal amigo?—preguntó Jackson con esa típica inocencia amable que le caracterizaba.

—Es que no entienden, no entendieron nada... estos capitalistas idiotas, imbéciles. Arruinan todo ¿qué propósito tiene resucitar a esos animales? Están dementes, enfermos, locos—regañó Crichton frustrado y triste.

—¿Piensas que pasará lo mismo que en tu novela, Parque Jurásico?—le preguntó Gates, Crichton emitió un gemido de desesperanza.

—Maldición... no podemos divulgar nada de esto, tendremos que esperar a que se haga público—dedujo la estrella de acción—bien, yo invito a las cervezas, venga doctor, beba conmigo, todo saldrá bien, tenga Fe en Dios—le animó Stallone y regresaron al hotel.

Lark llamó por teléfono a un número de prefijo ruso.

—Señor Maglomedov, tengo los diez mil, la visita fue todo un éxito. Todos firmaron el contrato de confidencialidad—informó Lark en éxtasis.

—Bien, nos vamos 60 y 40 por ciento. Capture a los demás animales y en 3 o 4 meses abriremos la feria en el Zoológico de Moscú, el gobierno ruso quedará encantado y nos donará más hectáreas y fondos. Hasta luego señor Lark, bien hecho—se despidió el ruso.

Las celebridades y magnates descansaban en la sala principal, mientras que fuera del zoológico, tres varones y una mujer tocaron el citófono del portón, el guardia les atendió.

—Buenos días ¿qué necesitan?—preguntó el empleado mirando por la cámara de vigilancia.

—Buenos días. Soy la teniente del FBI Veronica Guillén. Y conmigo los detectives Duarte y Macleod y el señor Louis Tayvallich, abogado de la compañía de seguros Enron Gibbons, contratada por Kollozal Biotech ¿nos permite la entrada? Necesitamos conversar con el señor Ethan Lark—se presentó la funcionaria mostrando su placa ante la cámara, sus colegas hicieron lo mismo. El guardia dudó y llamó por teléfono a Jefrey Carston.

—Señor Carston, dicen que son del FBI, mostraron sus placas y vienen con un abogado de una compañía de seguros—informó el guardia asustado. Carston le avisó rápidamente a Ethan, este recibió la noticia aún más asustado.

—¡Déjalos entrar, déjalos, no tenemos nada que ocultar! O eso deben creer—respondió Lark muy tenso. Los cuatro ingresaron, no obstante, el guardia les apartó del hotel y les dirigió directamente a la oficina de Lark.

La teniente, el abogado y los dos detectives bebían café y no dejaban de mirar los cuadros y fotos de las paredes.

—Entonces, para resumir... todos esos animales existen, son reales, okay. Y supuestamente se escaparon ¿correcto?—indagó la teniente Guillén.

—Lo lamento teniente, no podemos dar esa información, porque Lark Enterprises firmó un contrato de confidencialidad con Kollozal Biotech . Solo podemos hablar de lo que se puede ver en este zoológico, nada más—respondió Lark tratando de relajarse.

—Lo que se puede ver... lo que se puede ver... yo veo animales que no son de esta época y no comprendo del todo cómo es que los resucitaron, solo sé que los clonaron de momias, según me informó el señor Tayvallich y por los testimonios de los doctores Charger e Ivanov—analizó y recordó la teniente Guillén.

—Permiso. Nosotros no tenemos ningún contrato de confidencialidad con Kollozal ni ninguna cláusula que nos impida hablar con la policía. Señor Lark, como bien le dije a teniente Guillén en la comisaría, Kollozal tiene un laboratorio en una instalación de Siberia, Rusia. Hace diez años comenzaron a experimentar con momias desenterradas en el Permafrost, mamíferos, sobre los dinosaurios aún no sabemos cómo lo lograron. Todo surge en el momento en que notifican a nuestra compañía de un atentado terrorista a sus instalaciones, entre los seguros que ofrecíamos, había uno que cubría gastos ante esa clase de situaciones extremas, una cifra muy larga, de ocho ceros... ya que los productos de Kollozal eran muy delicados y podían representar una terrible amenaza si es que escapaban o caían en las manos equivocadas. Kollozal inició un sumario interno, hubo despidos, etc. Analizamos toda la evidencia, las cartas de amenazas, las cintas de las cámaras de seguridad, todo... evidencias que en su momento nos parecieron concisas y sólidas, creíbles, pero ante las declaraciones reveladoras de los doctores Charger e Ivanov sobre un montaje muy bien orquestado, naturalmente nacieron las dudas y por ende, Enron Gibbons reabrió el caso y mi investigación consiste en estudiar nuevamente los antecedentes, para determinar si las pericias se efectuaron de la manera correcta y que mi compañía no fue estafada por Kollozal Biotech . Ahora resulta que los productos de Kollozal están siendo exhibidos como atracciones en un zoológico de California. Dígame señor Lark ¿mágicamente empezaron a aparecer los dinosaurios?—repasó el abogado Tayvallich con precisa y rápida agudeza mental, en su traje muy costoso, se le veía indignado pero contenido. Lark se encogió de hombros.

—No sé qué decir... en realidad, desconozco bajo qué condiciones escaparon los animales, uno puede suponer cosas, elaborar teorías, etc. Pero como dije antes y vuelvo a reiterarlo, no conocemos dichos antecedentes y por lo tanto, no nos vemos en la obligación de dar algún tipo de información al respecto—contestó Lark titubeante.

—Hace un año usted estuvo en Canadá, cazando una pareja de ballenas, esos animales son propiedad de Kollozal y mataron a tres personas. Kollozal debe indemnizar a las familias de esas víctimas, tiene la obligación de hacerlo, aún si se las robaron y traficaron unos terroristas chechenos. Seguramente el señor Maglomedov les contrató para cazar a los animales. Si usted no coopera con mi investigación, Enron Gibbons se va a querellar contra Lark Enterprises por encubrimiento... puede que se hagan los idiotas por un tiempo, pero en algún minuto, la mierda les llegará hasta el cuello y tendrán que devolverle los millones que le robaron a mis clientes—le encaró Tayvallich furioso, Lark suspiró simulando no entender nada y miró a Carston que seguía de brazos cruzados con cara de tonto.

—¿Alguien quiere más mierda? Digo, café, quise decir café—bromeó Carston, Lark sonrió y el detective Duarte también, su colega, el detective Macleod, le dio una patadita para que dejara de hacerlo.

—Se entiende que han realizado más cacerías, por lo menos tres: las ballenas, los tigres y los dinosaurios. Las primeras en Canadá y los otros en Venezuela—dedujo la teniente.

—Sí así es ¿cómo supo eso?—pidió Ethan.

—Señor Lark, eso declararon ustedes en la aduana ¿notificaron a las autoridades de esos países?—prosiguió la mujer.

—Eso es correcto, tanto al alcalde de Kelowna como al alcalde de La Gran Sabana, pero el segundo no nos tomó enserio, la secretaria pensó que era una broma telefónica y nos colgó, es más que obvio, la primera vez que lo escuchan, todos piensan que es un fraude. Miren... yo no entiendo los detalles de cómo es que revivieron a estos animales, sobre todo a los dinosaurios, comprenderán no soy ni biólogo ni genetista, nunca se nos dio esa información, ni cómo escaparon o si fueron liberados para cobrar un seguro, como dijeron los doctores Charger e Ivanov, solo sé que Kollozal nos contrató para capturarlos y mientras hablamos, el tiempo corre y debemos atraparlos para que no muera nadie más—contó Lark, Guillén alzó las cejas.

—Bien señor Lark, esta es mi tarjeta, si sabe algo más, llámeme—Ethan recibió la tarjeta de la teniente y se despidieron.

Saliendo del zoológico, Tayvallich caminaba a paso golpeado, estába enojado y ansioso.

—No nos qu  eda de otra, tendremos que viajar a Rusia e interrogar a Maglomedov—indicó Guillén.

—Sí, este inepto no dirá nada más—el abogado se despidió y subió a su auto, los detectives a su respectiva patrulla.


Capítulo 33.

Heather.


Ralph y Aurora tomaban desayuno silenciosos, vieron la patrulla de policía llegar y estacionarse frente a la casa.

—Nikolay no tiene dónde quedarse, no tiene casi nada de dinero. Yo propongo darle algo del dinero que nos envió Planc, él también merece ser indemnizado. Aunque llegó a tu cuenta, tú debes decidirlo—planteó Brown preocupado.

—¿Y cuánto le daríamos? ¿La mitad se supone? Otra cosa ¿en qué invertiremos nuestro dinero?—preguntó Aurora.

—Cabañas para los turistas, es la mejor opción, es el negocio que menos tiempo demanda. Sobre Nikolay, con ese dinero podría comprarse una casa e irse a vivir a ella con Heather—eligió Ralph, Aurora asintió conforme.

Nikolay se levantó y tomó asiento junto a ellos en la cocina, donde tomaban desayuno.

—Hola chicos—dijo Petrov.

—Hola Nikolay—respondieron ellos y Aurora le sirvió té y Ralph le dio unas tostadas.

—Amigo... tenemos que hablar algo contigo. Resulta que Charles Planc le envió... —Ralph se detuvo... revisó las ventanas y desconectó los teléfonos, Aurora y Nikolay le miraron sin comprender.

—Lo siento, no quiero que nadie más escuche, ni siquiera por micrófonos. Ahora sí... Charles Planc le envió dos millones de dólares a Aurora... le pagamos 800 mil a Lark en compensación y por mi libertad condicional, nos quedaron 1 millón 200 mil. Y ayer conversamos que... tú mereces la mitad, la necesitas más que nosotros, 600 mil dólares, eso es lo que te podemos ofrecer, ojalá fuera más—le susurró Ralph sigiloso, los ojos de Nikolay se iluminaron y fulguraron... miró a Aurora sin asumir lo que ocurría.

—Amigo ¿es verdad o es una broma?—suplicó incrédulo Nikolay, Ralph le pellizcó el brazo, el ruso se quejó.

—Ya ves que es real, no es un sueño. Así pude salir de la cárcel—reafirmó Brown. Nikolay se puso de pie y abrazó a Ralph y a Aurora y estalló en lágrimas... lloraba y gemía profundamente de emoción, cayó de rodillas sin fuerzas.

—¡Es que yo no puedo, yo no... es que no puedo, esto es un milagro! Dios se acordó de mí, de nosotros... bendito sea Charles Planc. Dios les bendiga amigos míos por su amor y su infinita bondad—abrió todo su espíritu Nikolay eternamente agradecido, Ralph y Aurora lo sostenían y se sacaban las lágrimas.

—Es que ustedes no entienden lo que esto significa para mí, mi papá murió hace pocos años y mi hermano, me quedé sin nada, solo y pobre, no tenía nada, tuve que vender muchas cosas, perdí la casa de nuestra familia, ustedes no se imaginan—sollozaba Nikolay apretándolos con fuerza, ellos le abrazaban con la misma fuerza.

—Te amamos Nikolay. Tú te pusiste como escudo humano frente a todos los policías y los pescadores que me apuntaban, nunca me olvidé de eso, nunca—recordó Ralph y le besó la cabeza con cariño, como quien besa a un hermano amado.

—Mañana iremos al banco para hacer la transferencia—dijo Aurora con una inmensa paz y serenidad... con esa satisfacción inexplicable que se siente al regalar a quien más lo necesita, sabiendo que no podrá devolvértelo.

—Quiero ir a ver a Heather, quiero conocer a su familia—dijo Nikolay extasiado.

—Eh... ¿estás seguro de eso?—preguntó Ralph dudoso.

—Sí, me gusta mucho, me salvó la vida. Uno debe quedarse con la mujer que te salve la vida como Heather me la salvó a mí. Y le daré muchos hijos por eso, se lo merece—recalcó Nikolay, Ralph y Aurora se echaron a reír... y el joven ruso saltó para bañarse, se arregló con sus mejores ropas, se miró al espejo y salió corriendo hacia la puerta.

—¡Nikolay! ¡Espera! ¿Sabes dónde vive Heather?—le preguntó Aurora aguantando la risa.

—Eh... no... tienes razón ¿dónde vive la modelo portuguesa?—pidió Nikolay ansioso.

—1980. Cooper Road # 110—dijo Aurora.

—¡Gracias linda!—dijo jubiloso Nikolay anotando la dirección en su brazo y salió por la puerta. Los policías se bajaron.

—¡Oye chico! ¿A dónde vas? ¿Te llevamos?—dijo el oficial Smith, Nikolay les vio y lentamente subió a la patrulla.

—Voy a esta dirección—Nikolay les mostró su antebrazo y el oficial encendió el auto y partió. Nikolay se fue callado todo el camino.

En la casa de los Vaz de Sousa, el padre, don Elijah, veía la televisión y su esposa colocaba la mesa para la cena, Heather hablaba por teléfono con Aurora.

—Papá, tenemos un invitado—anunció Heather.

—¿Un invitado? ¿Y quién sería?—preguntó Elijah, se preocupó al ver la patrulla de policía afuera y se asomó a mirar... Nikolay bajó del auto y tocó el timbre.

—¿Y quién es ese? No parece un policía—dedujo Vaz de Sousa intrigado, salió para atenderlo.

—Hola ¿en qué puedo ayudarte jovencito?—pidió el dueño de casa.

—Hola señor Vaz de Sousa, soy Nikolay Petrov, amigo de su hija Heather ¿podría pasar a verla?—se presentó el ruso tiritando de nervios.

—¿A mi hija? ¿Y por qué vienes en una patrulla de policía? ¿Hiciste algo malo?—inquirió el señor Vaz de Sousa.

—¿Ah? No, no, nada que ver. La policía me escolta porque soy un testigo protegido en un caso... el caso de mi hermano, al que se lo comió la ballena ¿lo recuerda? El joven ruso, George Petrov—explicó Nikolay brevemente para calmarlo.

—Ah... entiendo, sí, sí lo recuerdo. Adelante, pasa—accedió Elijah Vaz de Sousa, Heather se puso feliz al ver a Nikolay y le abrazó.

—¿Cómo estás Nikolay? ¿Cómo están tus heridas?—saludó preocupada la rubia.

—Ah sí, mejor, mucho mejor, eh... disculpa ¿van a cenar?—consultó Petrov incómodo.

—Sí, siéntate a la mesa, por favor—dijo Flávia, la madre de Heather.

Reclinados a la mesa para comer, hubo un silencio ceremonioso.

—Nikolay ¿podrías hacernos los honores?—pidió Elijah, Nikolay no entendió a qué se refería y miró a Heather.

—Qué pidas una bendición—le susurró ella.

—Ah sí... Dios querido que nos miras desde el cielo, gracias por este día, por tenernos con vida. Por esta comida y por la cual pedimos tu bendición. Amén—oró el joven con ligereza, Elijah le observó alzando las cejas, como evaluándolo.

—Dime Nikolay ¿de dónde vienes?—preguntó el cabeza de familia.

—Yo... eh... de Krasnodar, es una región al sur de Rusia, cerca del Mar Negro—respondió Nikolay sin más.

—¿Vives con tus padres o solo?—prosiguió Vaz de Sousa devorando su trozo de carne con el tenedor.

—Papá... no le hagas esas preguntas—le corrigió Heather molesta, Elijah se encogió de hombros.

—Toda mi familia está en el cielo. Todos, mi madre Aglaya, mi padre Stepan y mi hermano George. Que Dios los tenga en su santa gloria—contó Nikolay con seriedad.

—Amén—dijo Flávia con profundo respeto. Elijah carraspeó.

—Comprendo, lo siento. ¿Y a qué te dedicas?—continuó Vaz de Sousa, Heather miró hacia arriba y puso los ojos blancos, irritada con las preguntas de su padre.

—Mi familia tenía una empresa de camiones—dijo Petrov.

—¿Actualmente trabajas en eso?—consultó el padre.

—Trabajaba. Mi padre enfermó y vendió muchas cosas—contestó Nikolay.

—Ah... ¿y dónde vives ahora?—preguntó Elijah Vaz de Sousa inquisidor.

—De momento con Ralph y Aurora, no pienso volver a Rusia—dijo el joven muy decidido.

—Comprendo ¿y tienes dinero para comprarte o arrendar una casa aquí?—insistió Elijah.

—Sí, tengo 600 mil dólares, con eso puedo comprarme una muy buena—dijo de improviso Nikolay, Elijah Vaz de Sousa se atragantó con la comida y tosió repetidas veces, su esposa le ayudó a levantar las manos y Heather aún sorprendida, le trajo un vaso con agua.

—Pero ¿de dónde sacaste ese dinero? Lamento mi curiosidad. Siempre y cuando se pueda saber—retomó Vaz de Sousa al recuperase.

—Sí, no hay problema, es de una indemnización por la muerte de mi hermano—respondió Nikolay.

—Entiendo, entiendo. Flávia sírvele más comida por favor ¿tienes hambre?–preguntó Elijah con mucha amabilidad y cariño.

—Sí, por favor, estoy hambriento jaja—pidió Nikolay y le apretó la mano a Heather por debajo de la mesa, la rubia le miró impactada con sus grandes ojos celestes.

—¿Es verdad?—le preguntó Heather incrédula.

—Obvio que sí ¿me acompañarías mañana para elegir una casa?—pidió él, Heather sonrió y asintió.

Nikolay se despidió y regresó de la misma manera en que llegó, es decir, los policías le esperaron hasta que salió y le dejaron en la casa del matrimonio Brown Larson.

Ralph y Aurora acompañaron a Heather y Nikolay al antiguo local de comida, donde Nikolay comió con ellos por primera vez.

—Luego de esto ¿a dónde iremos?—preguntó Ralph ya sentados a la mesa.

—A mirar casas jaja—dijo Heather risueña e hizo el pedido al vendedor.

—¿Tienen pensado casarse?—les preguntó Aurora, Heather y Nikolay se miraron y se echaron a reír ruborizados.

—Si quieren podemos ser sus testigos de boda—ofreció Ralph y Nikolay y Heather se rieron aún más.

Almorzaron y caminaron hasta el auto de Ralph y este los llevó a la radio de Kelowna, donde preguntaron por direcciones de casas en venta. Una vez terminada la lista, salieron en su búsqueda.

La primera casa era pequeña. A Nikolay le gustó, pero a Heather no mucho.

—Definitivamente es mejor que la mía jaja—reconoció Niko.

—Es linda, pero creo que es muy pequeña—confesó Heather, Niko se encogió de hombros y siguieron con la otra.

Después de la ronda de visitas, Heather eligió la más grande, aunque Ralph y Aurora se vieron de reojo y se asustaron creyendo que esto incomodaría a Nikolay, no fue así, él había sufrido muchas carencias tanto económicas como afectivas... por ello, consideró que Heather quería lo mejor para él y que se lo merecía.

Sobre su boda... Heather quería una fiesta grande, con muchos invitados, en el mismo salón de eventos donde se casaron Aurora y Ralph, hubo mucha comida y alcohol e intentaron rellenar todas las cosas que faltaron en la boda de los Brown, sí, allí también estaban la familia de Ralph y los parientes de Aurora, en el caso de Nikolay, ellos habrían sido sus invitados, porque él ya no tenía familia ni parientes.

Después de la fiesta, Heather insistió en que se tomaran una fotografía los cuatro delante de la casa nueva, la gran casa detrás del ancho ante jardín... y así fue y la foto quedó hermosa, tal como Heather la había imaginado.


Capítulo 34.

El Dragón de Manaos.


Planc, Corbett, Yamamoto, Sako y Strasser aterrizaron en el Aeropuerto Internacional de Manaus, Eduardo Gomes, Brasil. Salieron del complejo y sentaron en una banca afuera, cerca de la calle, Planc miraba su reloj de pulsera... un jeep y un gran camión se detuvieron cerca y subieron todos al jeep. El todo terreno se fue delante del camión semiremolque de cama baja, por la avenida Torquato Tapajós y más allá, por la carretera, ruta 174. Entrando al Distrito de Balbina, a la ciudad Pres Figueiredo, el conductor dobló a la derecha por la avenida Joaquim Cardoso, avanzaron hasta Maruaga... y al final del viaje, pararon en un hotel cerca de la represa Balbina, en la costa del gran Lago de Balbina, el lago más grande de Brasil, en medio de la selva... la selva del Amazonas. Los hombres bajaron, entraron al hotel, saludaron al recepcionista y en las habitaciones, se tiraron en los catres, se quejaron por la dureza de los colchones.

—De cinco estrellas ah—se burló Corbett bajando la mosquetera o visillo encima de la cama.

—Mañana llegará un pequeño barco. Saldremos de pesca. Atrapamos al animal, lo amarramos al barco y lo subimos al camión. Regresamos al aeropuerto, subimos al avión y nos vamos, eso es todo. Nos vemos a las seiscientas horas (06:00). Buenas noches—entregó Planc la bitácora para mañana, los hombres agitaron las manos y cerraron los ojos.

En la noche, el calor y los ruidos incesantes de los insectos les despertaron, Corbett y Yamamoto se quedaron mirando en la oscuridad cada uno a través de los visillos, transpiraban profusamente.

—No se puede dormir en este lugar, el calor es insoportable y los insectos no se callan nunca—susurró furioso Yamamoto.

—Toma—Corbett sacó una cerveza del cooler y se la tiró a su amigo, bebieron de las latas afanosamente, Strasser y Sako les imitaron. Intentaron dormir nuevamente... pero fue imposible.

Muy de mañana alumbró el sol, los hombres trasnochados y de muy mal humor, abandonaron los catres, tomaron desayuno y casi sin hablar, subieron al barco pesquero de unos 50 metros de eslora. Una suave llovizna mojó a los hombres en la cubierta.

—Hola capitán ¿cómo se llama este lugar?—preguntó Planc al capitán Pedro Açai.

—En el distrito de Balbina. Antes, este lugar era más hermoso, pero las 43 represas y otras más, han secado la zona y elevado muchas islas, formando un archipiélago y acabando con gran parte de la fauna: delfines rosados, nutrias gigantes, monos araguatos, tortugas, aves y unos jabalíes que llamamos huanganas o tatabros, semi domesticados por los indígenas—contó el capitán Açai en un inglés medio enredado.

—Balbina, Balbina—susurró Planc contemplando las aguas.

—¿Van a cazar al dragón?—cambió de tema Açai.

—¿Perdón?—Planc no comprendió.

—El dragón... El Dragón de Manaos. Lo he visto... esa cosa parece una mezcla de caimán y serpiente... tiene una aleta en el lomo, como un costillar de cerdo y es brillante. Traté de atraparlo una vez—detalló el capitán.

—¿Y? ¿Qué pasó?—pidió el cazador.

—Mis hombres no querían, tenían miedo... decían que era un demonio que venía a vengarse del hombre por las represas. Yo pensé que ese animal salió a buscar comida porque destruyeron su hábitat. En fin, le ofrecí un fiambre y cuando lo enganché en el anzuelo, se sumergió, dejé que jalara... lo dejé hasta que se cansara... ¡y vaya! Me tiró el barco un par de metros, unos 100 metros quizá... y viera de qué genio me recibió... cuando salió del agua, rugía y se sacudía como loco tratando de cortar la línea—relataba Açai emocionado.

—¿La cortó?—exigió Planc muy preocupado.

—¡Claro que sí! ¡Tenía unas garras enormes como garfios, con ellas cortó la línea! Obviamente le dio varios mordiscos... después de eso, se acercó al barco, nos quedó mirando, avanzó saliendo del agua y se metió en el bosque... era como una serpiente con patas, pero con cabeza de caimán... lo único que se me vino a la mente... es que se parecía a un reptil... no sé, un dragón o un dinosaurio... sería una locura mía, de seguro debe ser otra especie de reptil, quién sabe. Soy uno de los pocos que lo ha visto tan de cerca—alabó su hazaña el capitán.

—¿Un dinosaurio?—rescató Charles Planc curioso.

—Dragón o dinosaurio, no lo sé... era un monstruo... pero un monstruo hermoso... delgado, esbelto y colorido. No estoy seguro si es buena idea que se lo lleven, me gusta que esté aquí... es libre, su presencia inspira respeto y miedo en la gente, los disuade de entrar al lago, él protege este lugar de la mano del hombre... siento que me he hasta encariñado con él. Aunque imagino que ya quedan pocos de su clase, si él muere, desaparecerá su especie—opinó el capitán nostálgico y triste.

—Sí, para eso son los zoológicos, para proteger a las especies en peligro de extinción... y si usted me dice que las represas están secando el lago, él se quedará sin presas que comer y morirá de todos modos, no sin que antes alguien trate de matarlo para tenerlo de trofeo. Yo en cambio, me lo llevaré con vida al zoológico de California, al igual que usted, no dejaré que nadie le dé muerte y si es posible, mi jefe buscará cómo clonarlo y acoplarlo para que no desaparezca. Le doy mi palabra—ofreció Planc y se dio un fuerte apretón de manos con el capitán Açai.

El barco se detuvo en un canal de medio kilómetro de ancho, las aguas eran turbias, barrosas y no se veía nada a través de ellas, alrededor, incontables arbustos tupidos y árboles de tamaño medio, de unos tres metros de alto, todo era extremadamente silencioso y tranquilo. Curioso, Planc observó al capitán.

—Aquí es... suele psar por aquí—indicó el hombre de aguas bajando las palancas del mando.

—Bien capi... usted lo atrae y nosotros lo sedamos y nos encargamos del resto—anunció "El cazamonstruos" como le apodó Açai.

Los extranjeros dormían plácidamente en la amplia cabina... Planc golpeó suavemente un par de veces el marco metálico de la puerta, ellos despertaron... en cubierta... vislumbraron un nuevo y hermoso paisaje... solo aguas y hierba en las islitas aledañas... todo era tan silencioso y pacífico, tan verde.

—Es como estar dentro de un sueño, hace tiempo no sentía tanta paz en mi vida—susurró Yamamoto bostezando.

—Tengo naipes, podemos jugar cartas mientras esperamos a nuestro invitado—propuso el capitán lanzando al agua una pata de cerdo clavada a un gran anzuelo amarrado y apernado a un cable de los que usan los todoterreno.

—Esta vez vine preparado, no cortará el cable—sonrió el capitán Açai y acto seguido, fue a la cabina y sacó las cartas, acomodó una mesa en cubierta y se echaron a jugar póker.

—¿Vamos a apostar?—preguntó Açai sobándose los bigotes entretenido.

—¿Tú vas a apostar?—le dijo Yamamoto su amigo, Corbett le miró, sonrió y tiró un turrón de billetes sobre una mesa.

—El salario del mes señoritas, si me ganan, espero que sobrevivan para cobrármelo jaja—desafió Corbett y todos se rieron y cada uno puso el sueldo del mes, menos Charles Planc que se quedó vigilando la carnada.

—¿Usted no juega jefe?—preguntó Corbett.

—No, necesito el dinero—contestó Planc sin quitarle los ojos de encima al cable.

La partida de póker y el reloj avanzaban lentamente.

—Me gusta Brasil, me quedaría a vivir aquí, si no fuera por los insectos que no se callan nunca jaja—reconoció Corbett. Açai mostró su pareja de ases y su rey y agarró los cuatro montones de billetes ante la mirada atónita de Corbett y sus compañeros, cuatro mil dólares.

—Pero... ¿y tus cartas?—preguntó Yamamoto a Cobett, este tiró las tres reinas en la mesa frustrado, los demás también. 

—No debimos apostar tanta plata—se lamentó Yamamoto.

—Eso suele pasar cuando uno habla mucho y no presta atención al juego—aconsejó Açai, Corbett miró debajo de la mesa como buscando algo, Açai le observó incómodo.

—Solo fue suerte—dijo Yamamoto.

Corbett regañó dándole una patada a la mesa y Planc solo meneaba la cabeza en silencio.

Los tripulantes se pusieron de pie molestos y se quedaron viendo el río... por un lado de la orilla había una bandada de pájaros echados... en otro un enjambre de moscos amontonados en una gran roca, más allá, unos peces inquietos.

—¡¿Y hasta qué hora vamos a esperar a que salga ese estúpido animal?!—gritó John Corbett muy molesto. Planc caminó hacia la cabina y revisó disimuladamente el geolocalizador, se suponía que el reptil estaba cerca de ellos, pero no había rastro de él. Salió a cubierta para hacer un examen visual... nada.

—Ya estoy harto de este lugar—se quejó Corbett caminando de allá para acá.

—Ya cálmate—le dijo Yamamoto sentado en su silla. Planc buscaba al Gnuma monene desesperadamente con la vista y en silencio, Açai lo notó extraño y se paró a su costado.

—¿Qué pasa?—preguntó Açai, Planc no le contestó.

—Debí quedarme en el hotel durmiendo ¡qué me importa perder un poco de dinero!—exclamó Corbett.

—¡Cállate John!—le gritó Planc nervioso, todos miraron a Planc en estado de alerta—está aquí, él está aquí y no puedo verlo—musitó Planc asustado. El enjambre de moscos yacían sobre una piedra gigante y verde revuelta en musgos, de pronto... ¡la gran piedra del tamaño de un auto, se movió y se metió en el agua! Los pájaros salieron volando a la par.

—¡Ahí está!—le apuntó Charles Planc y sus compañeros corrieron detrás de los rifles de aire comprimido, Açai sujetó el cable de la línea.

—¡Va por la carnada!—advirtió el capitán.

La gran roca verde se sumergió y los peces desaparecieron, los cazadores se apoyaron en el borde de la cubierta a babor y apuntaron hacia abajo. Las estelas que causó la sambullida, se abrían como grandes argollas hacia las orillas... el silencio se apoderó de todo, solo se oían respiraciones humanas... nada más, de vez en cuando, sonaba un reloj de pulsera, los tripulantes se enjugaban el sudor de la frente con la muñeca y retomaban sus posturas de ataque.

Las aguas estaban quietas... hasta que una extraña figura emergió poco a poco... era escamosa, plana y colorida, moteada de pintas grises y naranjas, no tenía ojos ni boca...

—¿Qué diablos?—susurró Corbett sujetando el rifle. El cable se tensó, el brazo metálico de la grúa al que estaba unido, se cargó hacia la izquierda y el barco se tambaleó.

—Creo que está más grande desde la última vez que lo vi, hace 2 años, no calculé eso—dijo Açai algo asustado. Otro tirón y el barco se meció de allá para acá. El gran brazo mecánico se movió hacia atrás, a popa, el monstruo jaló del cable.

—¡Disparen a la aleta!—los cazadores dispararon cuatro dardos a la vela, se clavaron y... una cabeza cocodriliana salió del agua y bramió... se giró hacia ellos, tenía el anzuelo, grande como un garfio, enganchado en la punta del hocico y aún con los dardos insertados en la vela.

—¡Ay santa mãe! Ahora sí está enojado—soltó Açai con una risa nerviosa y corrió a la cabina para acelerar, todos corrieron detrás de él. El terópodo con forma de caimán gigante y parado a dos patas, mordisqueó el cable con sus grandes colmillos y le arañó con sus garras enormes, pero no lo cortó... sacudió la cabeza de arriba hacia abajo muchas veces, el cable silbaba en el aire y daba latigazos... al ver que sus esfuerzos eran inútiles y que no pudo quitarse el anzuelo, se abalanzó contra la embarcación y le dio de zarpazos al brazo mecánico, el chancacazo y el ruido retumbaron en las ventanas traseras de la cabina. Enseguida, la criatura se recostó encima de la popa, cargándole todo su peso, 7 toneladas, casi lo mismo que un camión pequeño de un eje... y comenzó a sumergir la popa del buque mediano.

—¡Ahhh no dejaré que hundas mi barco! ¡Filho da p...!—gritó el capitán Açai acelerando con el motor a fondo y jalando al reptil con el cable.

—¡No! ¡Le rajará el hocico y escapará!—corrigió Planc sujetando la palanca del acelerador.

—¡Rajarle el hocico o que el barco se hunda, eliga usted!—le gritó Açai tiritando de miedo y sin soltar el acelerador, el agua estaba subiendo y entrando a la cabina... las garras de 20 cms arañaron la cubierta de madera, dejando grandes surcos... y repentinamente, la popa subió... todos se zarandearon dentro de la cabina, el anzuelo le rajó la carne del hocico y el dinosaurio se libró... viró y avanzó a tierra firme, a una islita a mano derecha.

—¡No! ¡No!—gritó Planc cargándose el rifle al hombro, tirando el teléfono satelital al suelo y saltando por la borda... nadó y llegó hasta la orilla... corrió detrás del monstruo hundiéndose en el barro hasta los tobillos, Corbett y sus colegas saltaron igualmente y le apoyaron.

En la jungla fangosa, Espinosaurus caminaba lentamente a dos patas y esquivaba los troncos, Planc corría afanosamente y jadeaba sin parar. Cuando por fin lo tuvo en la mira, apuntó... respiró profundo para recuperar el aliento... le tiritaban mucho las manos.

—Nada me quita mi paz—citó a Krishna y percutó el dardo... silbó por el aire y se clavó entre la cola y el muslo. De pronto, el gigante de 15 metros de largo y 4 de altura, se volteó y persiguió a Charles Planc...

—¡Suban a los árboles!—gritó Planc tirando el rifle y colgándose a una rama, sus compañeros atinaron a imitarle... Espinosaurus u Oxalaia, abrazó el tronco del árbol al cual Planc escaló y y abrió y cerró sus fauces varias veces, dio un fuerte bramido de disgusto... estaba por alcanzar a Planc quien trepaba aún más arriba, la rama de la que se aferró, empezó a inclinarse.

—¡No, por favor, no!—imploró el experto... la rama se torció y ya a metro 90 del suelo, Planc se soltó y cayó... gateó cual infante y se levantó otra vez, echó a correr... y el reptil también, decidido a matarlo.

Regresaban a la orilla del río... Planc esquivó el agua y siguió corriendo por la orilla, rodeando la islita.

—¡No paticorto, no voy a entrar al agua, no soy estúpido, soy más rápido que tú en tierra!—gritó Charles Planc y siguió corriendo. El dinosaurio de patas no muy largas, avanzaba pesadamente y bajaba su marcha gradualmente. Hasta que se fatigó... las siete toneladas se precipitaron a tierra... y la gran roca de escamas cayó e hizo temblar la tierra.

—¡Se acabó!—exclamó jubiloso Planc y se derrumbó espalda a tierra... o mejor dicho, espalda al fango. Los demás cazadores rodearon al reptil, este giró un poco la cabeza.

—¡Cuidado, todavía está despierto!—gritó Sako apuntándole. Se alejaron y esperaron 15 minutos más.

—¡Ahora sí que la palmamos! ¡Buenas noticias, recuperamos la plata! ¡Este es el sueldo del nuevo mes, yuju! ¡Señor Planc, hoy queda oficialmente bautizado como "El cazamonstruos"!—celebró Corbett eufórico y tirándose al barro.

—¡La carnada humana diría yo!—le respondió Planc todavía agitado.

—Los dardos sí se le clavaron en la aleta... parece que esa piel era más delgada y menos resistente—apreció Yamamoto.

El capitán Açai dobló el timón, el barco giró dentro del río y se dirigió a donde estaban ellos. Un sonriente Açai les lanzó muchas correas industriales.

—¡Señor Planc! ¡Perdón señor Planc, perdóneme!—le pidió el capitán, el cazamonstruos agitó la mano como diciendo que lo olvidara.

Le tiraron una par de piedras al grandote para ver si se movía, estas rebotaron como si chocaran contra una pared... yacía durmiendo plácidamente. Planc revisó su signos vitales... tenía miedo de que se muriera en el sueño.

—Igual que con la ballena, lo remolcaremos con el barco y con la cabeza bien arriba, no quiero que se ahogue—dio indicaciones Planc y rodearon al dinosaurio con las correas, cavaron para pasarlas debajo de su vientre.

—¡Señor Planc, no sé si el barco lo soportará!—calculó Açai. Planc se quedó pensando...

—Ya sé, lo amarramos ajustado al casco a estribor, con la cabeza en alto y mandamos todo el resto del peso a babor, eso podría funcionar—intervino Yamamoto.

—Otra vez nos deslumbras con tu insondable sapiensa amiguito—le felicitó Corbett y él miró el cielo, una gota de agua salpicó en su mejilla.

—Va a llover—dedujo Açai y todos saltaron al trabajo. El capitán se orilló y le lanzaron las correas por el aire, Açai les amarró a los ganchos de estribor y soportes del costado del barco, rápidamente, traspasó todo lo que pudo hacia babor, dobló el timón a izquierda y arrastró al animal hacia el río un poco. Se detuvo, remendaron las correas otra vez y lo ajustaron nuevamente... tal como dijo Yamamoto, ya casi en el agua, el reptil quedó ajustado al casco y con la cabeza en alto, el capitán aceleró despacio y remolcó... el barco se inclinó hacia la derecha, de donde colgaba el monstruo.

—Dios mío, espero que aguantes—se encomendó el capitán Açai besando su crucifijo. 

El pesquero avanzó lentamente por las aguas del canal de regreso al hotel Balbina.

—¿No puede ir un poco más rápido?—exigió Strasser afirmado de una repisa.

—No... es un pesquero, no un ballenero. Si lo hace, el motor se podría fundir—le corrigió Charles mirando el hermoso atardecer por la ventana, la lluvia cesaba.

—Suplíquenle al Todopoderoso que lleguemos a tierra firme—dijo Açai con voz temblorosa.

—Entonces... llegamos a tierra, lo subimos al camión y ¿eso es todo?—calculó Strasser.

—Sí... eso es todo—dijo Planc alzando una ceja con ironía "Eso es todo... lo dice como si fuera muy fácil mover semejante mole" pensó.

Salieron del canal, el archipiélago y entraron al gran lago Balbina.

—Por favor, cárguense todos hacia la izquierda, mínimo serían como 300 kilos que me servirían mucho—pidió Açai y todos obedecieron, el barco se niveló un poco más. Planc usó el teléfono satelital. 

—¡Aquí Planc! ¡Bien, escucha! ¡Son siete toneladas, no podemos cargarlo nosotros mismos! Vamos viajando al hotel, en la orilla del río. Llegaremos en tres horas más o menos.

Ya era de noche y a lo lejos, se veían las luces del hotel Balbina... el pesquero sobrecargado venía aproximándose a la costa. El saurio se sacudió un poco...

—¡Está despertando!—avisó Yamamoto, Charles se aseguró y le clavó otro dardo con la mano, le costó atravesar la piel escamosa, aunque logró inyectarle otra dosis.

—No queremos un espectáculo en tierra firme—gimió Planc preocupado. Se oyeron unos rotores en el cielo, uno de los helicópteros M-17 P, pasó por encima de ellos y les siguió desde arriba.

Açai bajó la velocidad y giró un poco el timón, para que el impulso le llevara y así atracar de costado.

Fue toda una epopeya traerlo a tierra... y más aún desengancharlo del barco y subirlo al camión.

—¡Son siete toneladas! ¡El helicóptero podrá levantarlo un poco, pero no mucho! ¡Si entras al agua, será más liviano y podremos acomodarlo!—fueron las indicaciones del cazamonstruos al conductor.

El chofer del semiremolque bajó las palas y retrocedió hacia el lago muy lentamente. Las ruedas entraron a las aguas, un eje, dos ejes, tres eje... ¡el remolque se sumergió casi completo! ¡Las luces rojas y amarillas aun brillaban lago adentro! El auxiliar técnico del helicóptero desplegó largas y gruesas correas, las que usan los leñadores para sujetar árboles gigantes. Los cazadores se metieron debajo del agua oscura e intercambiaron las correas por el vientre de láminas blancas como lozas. Las abrocharon en el lomo y se apartaron.

—¡Subánlo!—Charles agitó el pulgar para arriba cuatro veces. El helicóptero ascendió, las correas se tensaron.

—¡Alejense de las correas!—gritó Planc por si se cortaban y Corbett, Yamamoto, Sako y Strasser nadaron fuera. Muchos focos de luces iluminaban la noche, los dueños del hotel y un par de clientes se asomaron a verEl carguero subió... Gnuma monene se elevó minusculamente entre la suave marea, el piloto maniobró y tras cinco intentos fallidos... encajó su carga en la rampa metálica del camión... todos soltaron el aire.

El helicóptero se fue y así también el camión con destino al aeropuerto de Manaos, para ingresar a la bodega del Boeing C-17 Globemaster III, 1995.

—¿Y? ¿Espera una paga o está contento con los cuatro mil dólares?—le preguntó Planc a Açai.

—No jaja, con los cuatro mil estoy bien, sobrepasaron mi expectativa. Gracias señor Planc—respondió Açai algo risueño y le dio la mano y un abrazo a Charles Planc, fue recíproco, el japonés y los tres gringos se despidieron de apretón de manos y se largaron buscando sus odiados e incómodos catres, reventados de tanto trabajo.


Capítulo 35.

Los errantes del Congo.


El avión aterrizó en el aeropuerto Internacional de N'Djili, El Congo, África. Los cuatro bajaron y abordaron un auto que los llevó a un hotel de la ciudad.

Sí, contrario a lo que muchos occidentales creen, en África hay muchas ciudades grandes y modernas, mientras que es principalmente en las zonas rurales de algunos países africanos, donde los locales viven entre carencias.

Justamente, son estas regiones las que convocaban a estos hombres... en el hotel de concreto cuya fachada estaba ornamentada con muchas palmeras, les esperaba un español, Diego Almerio.

—Señor Planc—le extendió la mano, vestía una camisa floreada, gafas de sol y shorts.

—Señor Almerio—Planc se la estrechó.

—¿Qué tal el viaje? Vengan, sus habitaciones están arriba—dijo Almerio dirigiéndolos y un botones africano les cargó las maletas.

En la piscina, con trajes de baño, los hombres bebían bebidas con hielo y frutas.

—Es irónico señor Planc, aquí todo marcha de maravilla, tenemos todos los lujos habidos y por haber, pero allá... cruzando la frontera hacia el Congo... ahí está la guerra, el desastre—apuntó Almerio hacia el Oeste, hacia el Congo, todos miraron en esa dirección.

—¿Qué es lo que pasa en ese país?—preguntó Planc.

—Qué es lo que no pasa... después de la Guerra Fría, el mundo se olvidó de estos países y Mobutu Sese Seko se quedó como el amo y señor del Congo, él dice de sí mismo que es "Jehová, el Dios Todopoderoso" o eso decía cuando organizaba la pelea de Mohamed Ali con Fireman. Las Fuerzas Democráticas del Congo han luchado por derrocarlo y la guerra tribal de Ruanda entre los Hutus y los Tutsis, solo ha contribuido en avivar la guerra y la matanza... después del sanguinario reinado de Leopoldo Segundo de Bélgica, estos pobres países no han podido descansar de tanta carnicería... cada día que pasa, miles o millones de personas huyen de ese país. Ese es el panorama—explicó el español en un particular inglés.

—¿Quién nos escudará?—preguntó Planc.

—El ejército de Mobutu—dijo Almerio.

—¿Y si derrocan a Mobutu?—planteó Planc.

—Entonces, esté preparado para lo que sea—aconsejó el español, Planc asintió silencioso.

—Bueno. Sobre lo que estamos buscando en Kenia, allí están sufriendo una terrible sequía, los animales no tienen qué comer... los babuinos del Kilimanjaro al norte de Tanzania, eran los que causaron estragos, en los 80, les dio por comerse a la gente. Pero hay otra cosa ahí, no es un babuino, es otra cosa—advirtió Almerio. Sako, Yamamoto y Corbett bebieron un trago.

—¿Un babuino grande?—propuso Planc.

—El gigante del río Tana le decían—citó el anfitrión.

—¿Un mandril?—supuso Planc.

—No, es más grande, no lo sé con certeza. Sobre lo otro, en Somalía... ese es otro problema, también están en conflictos, los señores de la guerra contra los opositores y los etíopes, los norteamericanos han hecho algunas incursiones—informó el español.

—¿Qué hay en Somalía?—consultó Planc impaciente.

—"El demonio del desierto", ese es el apodo que le pusieron. No tengo idea de lo que es, solo eso he escuchado... que es como una hiena muy grande o algo así—soltó Almerio, Corbett alzó las cejas.

—Sí es , entonces será fácil de matar—subestimó Corbett.

—Se come a los perros y a los niños y creo que también a hombres—advirtió el hispano, Corbett sonrió.

Bajo la luz tenue del amanecer, partieron a El Congo... el jeep grande esquivaba baches en un camino de tierra y lodo... hasta un río. Almerio conducía, Planc iba de copiloto y Corbett, Yamamoto y Sakko iban atrás.

—¿Qué río es este?—preguntó Planc tapándose el rostro del sol.

—El Río Congo, es la frontera natural entre el El Congo y la República Democrática, cruzaremos en barco—dijo Almerio.

—¿No tienen puentes?—preguntó Sakko.

—Los congoleños hicieron uno improvisado y los de aquí lo destruyeron, no quieren que nadie cruce, muchos están escapando—dijo Almerio.

Así que no les quedó de otra más que esperar a un barco local... hacía un calor húmedo, los 4 pasajeros y el conductor transpiraban mucho.

A los 20 minutos... apareció el barco que venía acercándose, el "Etoki" se ladeaba un poco... al parecer venía repleto... unas 700 personas encaramadas unas sobre otras, la compañía de policía de la República Democrática se presentó en la orilla, cerca de los norteamericanos, para recibir a los refugiados.

—Por el amor de Dios, esa cosa se va a hundir—temió Charles Planc dejando de abanicarse.

—Esperemos que no, sería el tercero a lo que cuenta del año—enumeró Diego Almerio bebiendo agua—beban agua, si no lo hacen se deshidratarán en una hora—le hicieron caso.

La cubierta del barco estaba a un metro del espejo de agua, la embarcación de 20 metros parecía hundirse, el capitán les gritaba que se pasaran al otro lado para equilibrarse... algo más cerca de la orilla fangosa, en su desesperación, algunos pasajeros saltaron al agua y nadaron hasta que fueron rescatados por los policías.

Pasó casi una hora, para que todos los pasajeros desembarcaran, los extranjeros aprovecharon el momento para abordar.

—Hé, hé! Et où vas-tu?! (¡Hey, hey! ¡¿Y ustedes a dónde van?!)—les interrogó un policía en francés.

—Au Congo—dijo Diego Almerio.

—Personne ne va au Congo, tout le monde s'enfuit. (Nadie va al Congo, todos huyen de allá)—rechazó el policía.

—We are from de Red Cross, Red Cross—intervino Charles Planc mostrándole una credencial de la Cruz Roja, el policía asintió y les dio pase libre para abordar.

El barco viró de regreso a El Congo, el jeep quedó en tierra. En la otra orilla, muchas más personas esperaban, unas dos mil, cargadas con mochilas, maletas y muchas otras cosas.

—Genial, no hay soldados—agradeció Diego.

El barco avanzaba más rápido que en el trayecto anterior... y atracó en la costa, la gente ni siquiera esperó a que los extranjeros bajaran, lanzaron sus mochilas por el cielo hasta la cubierta del barco y saltaron para colgarse de la proa, todos querían su lugar... no dejaban pasar a los norteamericanos para que bajaran. Planc sacó su pistola.

—¡Eh, eh basta, basta!—gritó dando un tiro al aire y todos se hicieron para atrás, los tripulantes bajaron y los siguientes pasajeros subieron lo más rápido que pudieron... el barco continuó su segundo viaje de regreso.

—No podremos llamar al helicóptero para que nos venga a buscar—dedujo Planc mirando la otra orilla.

—Podrían derribarlo. El Etoki siempre lleva y trae personas, será nuestro pase de salida en caso de cualquier cosa—le garantizó Diego.

En la República del Congo, abundan los bosques tropicales y compuestos por unas 10.000 especies, entre ellas: Caoba, Ébano, Limba, Wengué, Agba, Iroko, Sapele, Sisal, Quina. Bajaron del barco y se adentraron a tierra.

—Bien, tengan listas las armas, estamos en tierra de nadie. Yo voy primero en la fila, ustedes atrás mío, no hagan nada sin que yo les diga—advirtió Diego, todos asintieron algo incómodos.

Enfilaron por un sendero arcilloso... terreno perfecto para que crecieran las palmeras de aceite y de Rafia, la primera de 20 metros de alto y la segunda hasta los 15 metros, sus hojas eran pinadas y lucían sus frutos, aunque ninguna de las dos se comparaban a la Palma cocotera... que alcanzaba los 30 metros de alto y sus frutos eran mucho más grandes, drupas o cocos. El Banano, la Teca de 30 metros y el Cedro que superaba a todos, 45 metros... además de muchas Orquídeas, Helechos y Bromelias. Recordaba a una jungla muy antigua, casi prehistórica.

—Es fácil que se oculten aquí, todo es selva—pensó en voz alta Planc.

—¿Qué tipo de animales están buscando específicamente?—preguntó Almerio.

—Especies invasoras... Emela Entouka, Mbielú-Mbielú y Chipekwé—dijo Planc leyendo su lista.

—¿Invasoras? Esos animales no existen, son leyendas señor Planc—rechazó Almerio.

—Emela es un Centrosaurus, Mbielú un Miragaia y Chipekwé un Tsintaosaurus—Almerio le quedó mirando y alzó las cejas.

—Esos animales tampoco existen ¿de qué se trata todo esto?—exigió Almerio.

—Diego... A mí me pagan por cazarlos, no por hacer preguntas—se sinceró Planc.

—¿Qué? ¿Qué cosas has cazado?—preguntó Diego Almerio.

—Monstruos, animales prehistóricos, lagartijas gigantes y cosas como esas—dijo Charles Planc.

—¿Y de dónde salieron esas cosas?—indagó Diego.

—Como te dije, no me explicaron nada y prefiero no saber cómo lo hicieron, solo sé que de mí depende el que no maten a más personas y me he tomado muy a pecho esa responsabilidad—le presentó Planc, Almerio le observó muy pensativo, como tratando de procesar todo lo que le dijo, asintió y le estrechó la mano, como cerrando un pacto, Corbett, Yamamoto y Sakko que les miraban, sonrieron en silencio.

Charles Planc consultó su GPS—a dos kilómetros—y quitó el seguro a su rifle, Diego lo miró de reojo y siguió liderando.

Llegaron a una zona cienagosa y se les hundieron las botas...

—Maldita sea, por qué a estas cosas les encanta vivir en pantanos—reclamó Corbett.

—Porque son reptiles, por eso—respondió Heikichi.

—Malditos reptiles—maldijo Corbett tratando de sacar un pie del barro.

—Tranquilo John, los otros no son reptiles—calmó Planc.

Se detuvieron al margen de un río de muy poca corriente.

—¿Qué se supone que hay aquí?—preguntó Corbett asomándose para ver.

—Chipekwé, es como un Tsintaosaurus—dijo Planc buscando con la mira telescópica.

—¿Y qué se supone que es un Tsintao o como se llame?—demandó Corbett.

—Es un reptil muy grande, de casi diez metros de largo, muy parecido a un ornitorrinco—explicó Yamamoto.

—Ah bien... ¿y qué es un ornitorrinco?—preguntó Corbett, Yamamoto suspiró frustrado y le ignoró.

El río Likouala estaba cubierto por una vegetación exuberante que le daba muchísima sombra, no tenía mucha corriente, eran aguas plácidas, casi estancadas.

—Debemos entrar, él está un poco mas adentro—dijo Planc.

—Demonios, sabía que diría eso, espero que no sea como el cocodrilote de Brasil—se quejó Corbett.

—No, este es herbívoro—aclaró Yamamoto hundiéndose hasta la cintura.

—No es necesario entrar, podemos montar un tronco que flote, a falta de canoa—sugirió Almerio, así que eso hicieron.

Los cinco montaban sobre un tronco flotante de tres metros y remaban con hojas de palmeras.

—Disculpa Almerio ¿y no pudiste traer una balsa inflable o un kayak?—exigió Corbett.

—No, por camuflaje—dijo Almerio.

—¿Qué?—insistió Corbett.

—Que estamos en zona de guerra, si vieran nuestra balsa, nos matarían, si nos sumergimos en el agua, solo verán un tronco—entendió Planc.

—Así es—felicitó Almerio, soltando el aire al remar con fuerza.

—Ya estamos cerca, esta es una distancia prudente, a veinte metros río abajo—aconsejó Charles Planc revisando el GPS.

La canoa tronco se detuvo en la zona más cienagosa del río Likouala, los pasajeros inspeccionaron con la vista por todas partes.

—Entonces ¿se supone que está aquí?—susurró Sakko.

—Sí, se supone que sí—respondió Yamamoto.

—¿Y por qué no lo hemos visto?—demandó John Corbett vigilando con la mira de su rifle.

—Porque está bajo el agua—dedujo Heikichi.

—¿Es acuático?—preguntó Corbett.

—Algo así—dijo el japonés.

—Silencio—ordenó Planc... solo se oían los cantos de ranas y nada más... un burbujeo y todos concentraron su vista allí... una silueta verde oscura emergió del agua y se adentró en la selva.

—¡Rémen!—gritó Planc y todos remaron hasta esa orilla, para seguir a la sigilosa criatura. Bajaron a duras penas, luchando por salir del fango... mientras que el enorme ser reptiloide avanzaba por un claro de pasto verde. Yamamoto salió primero del lodo y corrió tras el dinosaurio cargando su rifle. Almerió se liberó del barro y sujetando su rifle del cañón, le entregó la culata a Planc, este la asió y salió... Heikichi seguía corriendo vio al hadrosáurido que seguía como trotando, era grande y pesado, pero rápido... era posible, las vacas son grandes y alcanzan una velocidad de 40 k/h, quizá no es mucho, porque los humanos llegan a los 45 k/h, los científicos estiman que los hadrosáuridos topaban en máximo los 45 k/h... y hoy todo dependía de Heikichi... el joven corrió con todas sus fuerzas, como nunca antes... iban equiparados, a la misma velocidad y a una distancia de 15 metros, se acercaron a una pendiente...

—Aquí se acabó tu carrera—gritó Yamamoto Heikichi deslizándose por la pendiente de césped mojado... ganándole ventaja y cerrando la distancia a 4 metros... apuntó y disparó... el dardo se clavó en el muslo izquierdo.

—Misión cumplida—Yamamoto se dejó caer y vio al gran reptil perderse entre los arbustos mientras hacía temblar la tierra. El cazador quedó recostado boca arriba... ya sin fuerzas, cerró los ojos y respiró profundo... solo se oían las hojas de los árboles sopladas por una brisa... diez minutos, quince minutos... un tironeo en el pie izquierdo.

—Ya basta imbécil—Yamamoto supuso que podría ser Corbett que le molestaba, un empujón con lo que parecía ser un cuerno, el joven abrió los ojos y les vio... eran dos y le tenían rodeado, ellos le veían curiosos, con sus ojos grandes y esa mirada divertida, como la de los vacunos... Yamamoto les observaba con la misma curiosidad y se empezó a reír... otro dardo, la pareja de Tsintaosaurus saltó del susto y con una rápida contracción muscular, desataron una huida, esquivando de milagro a Yamamoto. Planc y Corbett se acercaron a él.

—Por poco y me aplastan—regañó Yamamoto parándose.

—Lo siento, no te vimos—se disculpó Planc, apuntando para disparar un segundo dardo.

Los hadrosáuridos se echaron unos metros a la distancia y los hombres se acercaron con sigilo.

—Alto—advirtió Almerio levantando la mano... vio unos círculos blancos detrás de las plantas, ojos, muchos ojos que espiaban.

—No se muevan—ordenó Diego Almerio y dejó caer su rifle. Los cañones de fusiles y metralletas salieron de entre los matorrales y les apuntaron... eran niños de unos 10 años dirigidos por un militar.

—Son los rebeldes contra el régimen, bajen los rifles—dijo Diego, los extranjeros bajaron los rifles.

—Qui es-tu? (¿Quiénes son ustedes?)—preguntó el líder de ellos, con una boina negra y un uniforme viejo y una pistola semiautomática enfundada en la cintura. Al parecer no había advertido la presencia de los dinosaurios.

—Écologistes (ambientalistas)—dijo Almerio.

—Que font-ils ici? (¿Qué hacen aquí?)—continuó el líder.

—Estamos buscando a unos animales, especies invasoras—explicó Planc en inglés.

—Mentira, ustedes están de parte del gobierno—acusó el líder.

—No, no nos interesa tu país ni la guerra, estamos buscando a unos animales, nada más—reiteró Planc.

—¿Y qué tal si los matamos aquí mismo?—amenazó el sargento rebelde, o por lo menos los grados de su uniforme decían eso.

—Yo que tú no lo haría, podemos llamar a dos helicópteros Chinok y los reventarían aquí mismo—advirtió Planc.

—Jajaja ¿no que no les importa la guerra?—recordó el sargento.

—Deja que nos vayamos entonces y que nos llevemos a nuestros animales—exigió Planc.

—No te creo, ni siquera saben dónde están—negó el local, levantando el dedo para que los niños les apuntaran.

—Te apuesto dos cuernos de marfil de un metro y medio a que sí y te aseguro a que sí saben dónde estamos—respondió Planc desafiante y mostrándole el GPS.

—Jajajajaja sí claro, aquí no hay elefantes idiota—dijo el sargento con aire de nerviosismo.

—Si me permites llamar a mi jefe para que se lleve a estos animales antes que despierten, te mostraré los cuernos que no son de elefante—ofreció Planc.

—Adelante—permitió el guerrillero. Planc llamó a los helicópteros con el teléfono celular satelital... el par de Mil Mi-17 P, se posaron sobre ellos, los niños guerrilleros se ocultaron entre las plantas... de unos largos y gruesos cables, colgaron dos planchas de acero de 8 metros por 8 y de 20 cms de grosor, Planc y sus hombres ajustaron las planchas a un costado de los durmientes Tsintaosaurus, desconectaron los cables de un lado, Planc les hizo un gesto a los 30 guerrilleros para que les ayudaran... titubeaban y veían asustados y emocionados a los dinosaurios... entre todos, hicieron rodar a duras penas a los animales sobre las planchas, pesaban casi lo mismo que una camioneta, reconectaron los cables e hicieron una seña, los helicópteros ascendieron y se llevaron a la pareja.

—Así que es cierto—comprobó el sargento.

—Si quieren, pueden ayudarnos—Planc les hizo una seña y se dio media vuelta y los guerrilleros les siguieron a paso lento. Planc vigilaba los movimientos de los siguientes candidatos para ser cazados. Regresaron al Likouala y subieron por la orilla hacia el norte, dos kilómetros.

—¿Cómo son los otros animales?—preguntó el sargento acercándose a Planc.

—Reptiles grandes, parecidos a tortugas Señor—dijo Charles Planc viéndolo de reojo.

—Sargento Bosco, para usted—dijo Bosco.

Los niños armados seguían a los cazadores con tres metros de distancia.

Planc alzó la mano y se detuvo, todos le imitaron...

—¿Dónde están? ¿No se supone que están aquí?—dedujo el sargento.

—Deben estar debajo del agua, igual que los otros—acertó Almerio apuntando al río, todos vigilaron el caudal.

—Ahí no hay nada, tu GPS está averiado—rechazó Bosco. Sin embargo, un grupo de diez hojas se movieron a través del agua, pero eran gruesas, rígidas e iban intercaladas.

—Esas no son hojas—identificó Almerio, todos vigilaban el avance de las hojas rígidas que flotaban... una cabeza serpentina salió del agua y capturó la atención de todos... los guerrilleros apuntaron.

—¡No, no disparen!—les ordenó Planc y bajaron los cañones de sus armas.

—Escondámonos y esperemos a que salga del agua—aconsejó Almerio y se ocultaron detrás de unos arbustos. Les dejaron pasar... eran dos, evocaban mucho a una enorme tortuga de agua, tan grande como un rinoceronte, de cuello largo escamoso como de boa. Salieron del río, no se sacudieron... dejaron que el agua discurriera por sus escamas hasta el lodo... sus patas eran semejantes a las de los tapires, como con almohadillas gruesas... y caminaron a paso lento. Bosco se refregaba los párpados incrédulo... Planc le apuntaba con la mira y les siguió.

—Mbielú-Mbielú—identificó Bosco.

—John, Yama y Strasser ustedes al que está de nuestro lado. Almerio, Sakko y yo al que está detrás... a las tres... uno... dos... tres—Planc disparó primero y los otros después, los dardos se clavaron en la piel rugosa y los Miragaias se abalanzaron hacia el follaje de la selva. Planc se cargó el rifle al hombro y continuó la persecución a trote, su grupo de cazadores también. Bosco y los niños les observaban maravillados y entraron a la selva igualmente.

Los dinosaurios partían las ramas de los arbustos arrasando con todos, buscando un escape...

—¡No hay que deja que vuelvan al río, se pueden ahogar! ¡Acorrálenlos!—ordenó Planc acataron y les rodearon en la jungla... uno de ellos, blandió la cola amenazándolos con las espinas de hueso que tenía en la punta de ella... no emitían ruidos fuertes, solo siseos y gruñidos profundos.

—¿Cuándo se dormirán?—reclamó Corbett cargando el segundo dardo.

—¡Aguarda! No, aguanten—detuvo Planc firme, los hombres resistían y esquivaban los golpes de Tagomizer, al parecer, el macho levantaba y dejaba caer repetidas veces sus treinta placas, que del color verde tornaron a rojas y vivas como pétalos de rosas grandes, al ver que sus atacantes no claudicaban, se alzó sobre sus patas traseras y se dejó caer, causando un pequeño temblor con sus dos toneladas de peso. Esperaron... los reptiles aminoraron sus energías... temblaron... y se derrumbaron.

—Bien, estos son más livianos que los otros, podemos con ellos—dijo Charles Planc llamando otra vez a los helicópteros, que para esas alturas, ya habían dejado las jaulas al costado de la carretera N2, donde esperaban tres camiones acoplados con dos contenedores cada uno, de los cuales uno partió hacia el Puerto Autónomo de la ciudad de Pointe Noire, en la costa del Congo, con un Tsintaosaurus en cada contenedor.

Después de cargar combustible, los dos helicópteros volvieron a la selva y se posaron sobre las coordenadas de los cazadores, colocaron a los estegosáuridos en las planchas y partieron, el mismo proceso anteriormente ejecutado.

—Solo quedan dos y nos vamos—anunció Planc, Bosco asintió. Atravesaron la selva 16 kilómetros hacia el norte, a Lokobo, donde el Likouala se dividía en dos y nacía el río Kouyou, en un territorio en forma de V.

—¿Cómo son estos, los que vienen?—preguntó el sargento Bosco en la caminata.

—Son de cuidado, parecidos a rinocerontes—advirtió Planc siguiendo a los animales en el GPS.

—¿Tienen cuernos?—preguntó Bosco.

—No lo sé, nunca los he visto—mintió Planc, buscando con su mira telescópica en un claro en medio de la vegetación.

—¿Son muy peligrosos?—preguntó Corbett a Yamamoto, este asintió. Irrumpieron poco a poco en el claro y se toparon con una criatura que en resumen se veía como un rinoceronte reptiloide, escamoso, robusto, acorazado... y el sargento Bosco quedó hipnotizado con el cuerno del Emela Entouka.

—Hermoso cuerno—admiró Bosco. Planc le hizo el gesto para que guardara silencio y apuntó con su mira.

—Disparen—susurró Planc y todos dispararon sus dardos... que se clavaron en la piel rugosa y escamosa, los Emela se sacudieron y corrieron, abatiendo a todas las plantas y arbustos en su camino.

Planc y compañía les siguieron, los cornudos se detuvieron en un claro para descansar.

—No se acerquen, solo no debemos perderlos de vista, pero no se le acerquen—ordenó Planc guardando una distancia de 300 metros. Bosco sacó su fusil y le apuntó a los animales.

—Ni se te ocurra, aunque lo intentes, tus balas no le harán nada—le advirtió el viejo cazador.

—Llévatelos si quieres, pero esos cuernos son míos—contrarió Bosco rozando el gatillo con el dedo índice.

—Te dije que no, debo entregárlos enteros, con cuernos incluidos—mantuvo Planc. Bosco le apuntó con el fusil a Charles Planc.

—Tú no estás en tu país, estás en el mío, aquí yo doy las órdenes, puedo matarte antes de que llegue tu helicóptero y tirar tu cadáver al río para que sigan el GPS y nunca me van a encontrar, imbécil—le desafió el sargento Bosco, Planc tembló nervioso... transpiró ansioso, buscando una solución y miró a los niños que le apuntaban con sus fusiles y metralletas.

—¿Y ustedes dejan que este tipo les haga lo que quiera? No me digan que también abusó de ustedes ¿o sí?—les increpó Planc a los niños, estos se mantuvieron firmes e inmóviles.

—¡¿Qué demonios estás tratando de hacer?!—reclamó el sargento Bosco.

—Sí... seguramente abusó de ustedes una y otra vez, pobres niños, sus madres les deben estar esperando, si supieran lo que este hombre malvado les hizo. Si lo matan, podrían ser libres y volver con sus familias o irse a un país mejor, sin guerras—les sugirió el extranjero. Bosco le puso el cañón del fusil en el mentón a Planc.

—Abre la boca una vez más y te reviento la cabeza gringo bastardo—le amenazó el sargento, Corbett, Yamamoto, Sakko, Strasser y Almerio no dejaban de apuntar con sus pistolas a Bosco y los niños a ellos... sin haberlo presagiado... los cañones de algunos niños se desviaron lentamente hacia el sargento Bosco.

—¡¿Qué hacen mocosos?! ¡Apuntenles a ellos!—ordenó Bosco, pero los niños ya no le hacían caso y siguieron apuntándole a él.

—Oigan... yo soy su sargento, si me matan, vendrán el ejército y los masacrará, lo saben, no sean estúpidos—quiso disuadirlos... hasta que en segundos, un niño, el mayor al parecer, descargó una ráfaga de balas contra el sargento y los otros le imitaron... Bosco cayó acribillado y reventado sobre el pasto y Planc quedó salpicado de sangre y recostado boca arriba, suspirando aliviado.

—Gracias por salvarnos—soltó Planc y sacando su billetera, les repartió 100 dólares a cada uno, a los 30, en total, 3 mil dólares.

—Ahora trabajamos para ti—dijo Juma, el mayor del grupo, el nuevo líder.

—No, ahora ustedes son libres—rechazó Planc.

—Bueno, pero antes te vamos a ayudar—ofreció Juma. Y entre todos esperaron al helicóptero y con mucha dificultad, montaron a los dos Centrosaurus en las planchas... los niños observaban maravillados a los reptiles acorazados, sus cuernos nasales grandes y curvos, sus pezuñas.

—¿De dónde sacaron a estos animales?—preguntó Juma en francés.

—No lo sabemos, solo nos pagan por atraparlos—le protegió Planc. Los helicópteros se elevaron llevándose a los dinosaurios.

—Deja las armas, vuelve, trabaja y forma una familia ¿me prometes que lo harás? ¿Que empezarás de nuevo?—le pidió Charles Planc a Juma, este le miró con la vista fija y confundido, tal parece, porque hace años no recibía un abrazo, el abrazo de un padre... un padre asesinado injustamente. Juma asintió y abrazó a Charles Planc... y los niños se despidieron de los cazadores con un apretón de manos, tiraron las armas y se fueron por la selva. Planc se secó algunas lágrimas y Corbett le dio una palmada en la espalda, orgulloso de su amigo y de paso, escupió sobre el cadáver de Bosco.

—Ah... adoro los finales felices. Yo creo que nos merecemos unas buenas cervezas, eso creo—propuso Corbett y todos sonrieron.


Capítulo 36.

Ruwa: el guardián del Kilimanjaro.


Una semana después, ya habiendo descansado de la cacería congoleña, en el hotel, aterrizó un helicóptero de Lark Enterprises, blanco y con una cruz roja al costado.

—¿De la Cruz Roja? Qué descarado jaja—bromeó Almerio, Planc se encogió de hombros. Subieron al helicóptero y Diego Almerio, quien iba de copiloto, les dirigió hacia a Tanzania, a la región montañosa del Kilimanjaro. El paisaje era una mezcla entre desierto y sabana, tierroso y polvoriento, el Kilimanjaro era una única montaña de 5.895 metros, compuesta de tres volcanes inactivos, con paños de nieve y campos de hielo en la cima... abajo, zonas muy rocosas y helechos, sicomoros, enebros, musgo y plantas endémicas y de entre los árboles, destacaban el Senecio gigante, de orígenes prehistóricos, dicen que tiene como un millón de años de antigüedad.

Pidieron permiso al radio moderador para aterrizar cerca del hotel "Kilimanjaro", en el municipio de Moshi... y se les concedió... más allá estaba el Parque Nacional del Kilimanjaro, también el Departamento de Conservación de Vida Salvaje, que era una especie de granja o zoológico pequeño y el cuartel de policía de Moshi. El comisario Emmanuel Saidi les recibió y se sentó a comer con ellos en el hotel. Era africano, de piel oscura, con uniforme azul oscuro, su placa policial y su gorra, venía acompañado de dos policías más que se sentaron en la barra.

—De la Cruz Roja ¿verdad?—preguntó Saidi.

—Sí, así es—dijo Planc comiendo, Corbett, Yamamoto, Sakko, Strasser y Almerio se limitaron a masticar y tragar.

—Eh... bueno, tenemos problemas con el VIH, como saben, es una enfermedad sin cura, solo podemos dar cuidados paliativos para aminorar los síntomas, nada más, han muerto muchos—informó el comisario.

—¿Cuántos?—pidió Charles Planc.

—El año pasado, cerca de 30 mil—recordó Saidi.

—Maldita sea—susurró Planc horrorizado.

—¿Trajeron medicamentos para esas personas?—preguntó el comisario.

—Eh... creo que no estábamos muy al tanto de la situación, pero traemos mucha comida y otras cosas—dijo Charles Planc, Saidi apretó los labios y asintió.

—¿Dónde están las cosas?—preguntó Saidi.

—En dos camiones, llegarán en un par de horas, pero tenemos algunas en el helicóptero—Planc le invitó junto con sus hombres y bajaron unos cuantos botiquines y alimentos desde la aeronave y los repartieron entre la población local.

Una joven madre tendía la ropa afuera de su casa y su hijo de unos 5 años jugaba con su perrito. Una manada de babuinos se acercó a la aldea buscando comida, el niño les tiró pan con su natural inocencia...

Aún cuando los hombres todavía descansaban y tomaban unas cervezas... un griterío pertubó la tranquilidad de la tarde. La joven madre suplicaba ayuda. Los tres policías fueron a asistirla... en llanto ella apuntaba hacia el horizonte... los centenares de babuinos corrían asustados y esquivando a quién parecía ser su rey... y allí estaba la sombra asesina... que corría con el niño en sus brazos. Saidi y los dos policías subieron a su patrulla, un jeep y persiguieron al secuestrador.

—Nadie diga una sola palabra, al helicóptero—ordenó Planc y todos abordaron y se elevaron.

Los policías cruzaban la sabana desértica dando tiros al aire y el intruso, al ver que se acercaban, agarró el cadáver del niño, se lo echó al hocico y siguió con su huida a cuatro patas y subió por la ladera de la montaña, Saidi que conducía el jeep, subió lo que más pudo... hasta que derraparon por la falda cuesta abajo. El helicóptero de la Cruz Roja pasó volando por encima de ellos.

—¡¿Lo ves?!—le preguntó el piloto a Planc por el micrófono.

—¡No, pero el GPS dice que va subiendo por la ladera!—respondió Planc mirando la pantalla de su monitor.

—¡Tengo poco combustible, tendré que recargar!—avisó el piloto.

—¡Maldición!—regañó Planc y el piloto cambió de ruta para regresar al helipuerto del hotel.

Era ya de noche en el bar del hotel. El comisario Saidi le servía whisky en un vaso a Charles Planc.

—¿Desde cuándo?—preguntó Planc tomando un sorbo.

—¿Se refiere a "Ruwa"?—preguntó Saidi.

—¿Ruwa?—soltó Planc intrigado.

—Ruwa. Los chagga, uno de nuestros pueblos originarios creen que el Kilimanjaro está protegido por un espíritu guardián, le llaman Ruwa—explicó Saidi.

—Sí, Ruwa—aceptó Planc.

—Otros le dicen el "Koddoelo", la leyenda es antigua, pero hace unos cinco años que el Babuino bajó para atacarnos—narró el comisario.

—¿Y por qué no lo han matado?—preguntó Planc.

—Lo hemos intentado, pero los nativos se oponen, dicen que es protector del Kilimanjaro y que solo viene a cobrar lo que le debemos, sacrificios humanos... así que hasta que cambien de opinión, solo lo espantamos—explicó Saidi y se bebió el vaso de golpe.

—Nosotros podemos cazarlo, sin matarlo, con fines científicos—ofreció Charles Planc.

—¿Cuenta con las herramientas para hacerlo?—pidió Emmanuel Saidi, encendiendo un cigarrillo.

—Sí, tengo un rifle... y conozco a alguien que podría estar interesado, pero tendría que llamarlo—garantizó el cazador sacando su encendedor y fumando un habano.

—Vaya, creo que nos ha caído como anillo al dedo, muchas coincidencias—apreció el comisario y chocaron vasos.

Temprano en la mañana, Planc y sus tres cazadores, ahora en compañía de los tres policías, subieron al helicóptero y volaron hasta el Kilimanjaro. Planc miró de reojo el GPS, cuidándose de que nadie lo viera y al guardarlo, le indicó al piloto que aterrizara cerca de la cima, a los pies de un conjunto de cavernas. Planc cargó su rifle y bajó, los seis le siguieron. Planc dirigía al grupo por un hábitat totalmente distinto: una densa niebla tapaba los árboles senecios... y una estela de sangre les señaló hasta una caverna... en el camino, pequeños huesitos esparramados.

—Son dedos, los del niño—identificó Planc.

—Están intactos, no los rompió, los felinos los parten con las muelas—aclaró Emmanuel Saidi. 

—¿Entraremos a una caverna?—preguntó Corbett.

—Sí, prepara tu linterna—respondió Yamamoto.

Cruzaron el umbral de la oscura caverna...

—¡Ah carajo!—gritó Sakko resbalando con otros huesitos en el suelo y afirmándose en la pared rocosa.

—No hagas ruido—le corrigió en voz baja Planc y encendiendo su linterna de mano, fijó la mira de su rifle al frente. Avanzaron semi agachados por la garganta pedregosa y oscura... estuvieron así por veinte minutos, hasta detenerse en un espacio más amplio... más huesos...

—Espera Planc ¿de qué porte era esa cosa?—preguntó en voz baja Planc.

—En cuatro patas 1.40 y parado, casi dos metros, eso calculé la última vez—dijo Saidi.

—Debe pesar unos 80 kilos o más—supuso uno de los policías.

—Comisario, le pido a usted y a sus hombres por favor, que resistan la tentación de dispararle, por favor. Yo me haré cargo—le suplicó Charles Planc.

Unos gruñidos les interrumpieron... apuntaron a esa dirección... les siguieron unos yaks y wahoos, ruidos propios de los babuinos. El Koddoelo o Ruwa, salió de su oscuro escondite y se lanzó contra uno de los policías mostrando sus largos colmillos, Planc le disparó un dardo, se clavó en su muslo, Corbett, Yamamoto y Sakko le dispararon dardos también, el primate forcejeaba con el policía y le agarró del cuello, Corbett usó su rifle y apresó al animal, este soltó al policía y cayó de espaldas sobre Corbett... el policía tenía los brazos rasguñados y el rostro ensangrentado, pero estaba vivo. Saidi le atendió.

—Está grave, necesita atención médica urgente—advirtió el comisario.

—Bien, subámoslo al helicóptero, ustedes se quedan con el mono y llamen al otro helicóptero ¡vamos!—designó Planc a sus cazadores y junto a Saidi y el otro policía, subieron al herido al helicóptero y despegaron con destino a Dodoma, la capital de Tanzania.

Yamamoto dirigió al grupo, maniataron al gran babuino y llamaron al helicóptero, el que se lo llevó junto con ellos de la montaña. Por otro lado, Planc y los policías llegaron al hospital, pasaron al herido a la sala de cuidados intensivos... el atacante le había mordido las mejillas y tenía dañados los músculos faciales, por lo que tuvieron que llamar a un cirujano plástico para reconstruirle el rostro... sobrevivió, gracias a la valentía de John Corbett... con algunas cicatrices en la cara, pero sobrevivió... y el Koddoelo, muy similar a un Dinopithecus, también sobrevivió al viaje a California. Corbett, Yamamoto, Sakko y Almerio esperaban a Planc en el hotel Kilimanjaro, en la aldea que por fin pudo pegar la cabeza en la almohada en paz, después de cinco años de terror.


Capítulo 37.

El demonio del desierto.

Los cazadores subieron al helicóptero, el comisario Emmanuel Saidi sujetó a Planc de la muñeca aún con un pie sobre la tierra y otro arriba.

—¿Ustedes no eran de la Cruz Roja o sí?—preguntó Saidi intrigado.

—Déle esto a la mamá del niño que murió y que le vaya bien comisario Saidi—se despidió Planc con una amplia sonrisa y se soltó de él, dejándole un fajo de billetes, cuatro mil dólares... el helicóptero se elevó. Saidi los vio muy intrigado y confundido, pero aceptó la voluntad de Charles Planc y le dio el dinero a la pobre mujer, con él, la señora se compró una casa en la ciudad y se alejó del campo.

—¿A dónde vamos ahora?—preguntó Corbett colocándose su cinturón de seguridad.

—Yubuti, cerca de Etiopía, de ahí a Somalía—dijo Planc.

—¿Se supone que el ejército etíope nos cubrirá o algo así?—pidió Almerio.

—Sí, hay una base norteamericana en la frontera—garantizó Planc.

—Jefe... Kenia y Etiopía son una cosa, pero Somalía es una completamente distinta, es tierra de nadie—advirtió Yamamoto nervioso.

—Entrar y salir... nada más—se limitó a responder Planc.

—Eso suena demasiado fácil—dijo Corbett.

Aterrizaron en el aeropuerto internacional de Adís Abeba "Flor nueva", capital de Etiopía. Recargaron combustible y volaron cerca de la base norteamericana, El Campamento Lemonnier, en Yibuti, un país fronterizo con Etiopía y Eritrea, al sur del Mar Rojo, en el Golfo de Adén, frente a las costas de Yemen, la segunda mayor base militar estadounidense en África, con más de 4.000 soldados... y donde reposaban los Pájaros y los Halcones Negros (black hawks), los mejores helicópteros de combate de la época. Más de 600 militares estadounidenses trabajan en el Campamento Simba, aquellos que vigilan las actividades del Harakat ash-Shabaab al-Muyahidin, también conocido como el Al-Shabaab, un movimiento yihadista terrorista de origen somalí, relacionado con Al Qaeda al que se uniría formalmente en 2012.

En enero del 91, el presidente somalí Mohamed Siad Barre, fue derrocado por una coalición de clanes opositores, precipitando la guerra civil somalí. El ejército nacional somalí se disolvió al mismo tiempo, y algunos exsoldados se reconstituyeron como fuerzas regionales irregulares o se unieron a las milicias de los clanes. El principal grupo rebelde en la capital, Mogadiscio, era el Congreso Unido Somalí (USC), que se dividió después en dos facciones armadas: una liderada por Ali Mahdi Muhammad, que se volvió presidente, y otra por Mohamed Farrah Aidid. En total, había cuatro grupos opositores que competían por el control político: el USC, el Frente Democrático de Salvación Somalí (SSDF), el Movimiento Patriótico Somalí (SPM), y el Movimiento Democrático Somalí (SDM). En junio del mismo año se acordó un alto total al fuego, pero no fue mantenido. Un quinto grupo, el Movimiento Nacional Somalí (SNM), declaró su independencia en la región noroeste de Somalia a finales de junio. El SNM cambió el nombre de este territorio no reconocido como Somalilandia, y Abdiram Ahmed Ali Tuur fue elegido como su presidente.

En septiembre del 91 estallaron graves enfrentamientos en Mogadiscio, que continuaron los meses siguientes y se expandieron por todo el país, dejando 20.000 personas muertas o heridas antes de fin de año. Estos enfrentamientos ocasionaron la destrucción de la agricultura del país, lo que originó hambruna en grandes partes de Somalia. La comunidad internacional comenzó a enviar suministros de alimentos para detener la hambruna, pero grandes cantidades de comida eran interceptadas y enviadas a los líderes de los clanes locales, que las intercambiaban por armas con otros países de manera rutinaria. Estos factores derivaron en una mayor hambruna, de la que se estima fallecieron 300.000 personas, y otros 1.500 millones de personas padecieron entre 1991 y 1992. En julio de 1992, después de un cese al fuego entre las facciones de los clanes opositores, la ONU envió 50 observadores militares para certificar la distribución de la comida.

Los supuestos representantes de la Cruz Roja, pidieron permiso al radio moderador de la base para aterrizar.

—Denegado. Ningún civil está autorizado para aterrizar en la base—respondió el militar a cargo.

—Somos de la Cruz Roja—dijo Planc.

—Denegado, repito, ningún civil está autorizado para aterrizar en la base—reiteró el militar.

—Aterriza afuera de la base, llamaré a Lark—le ordenó Planc sacando el teléfono satelital. El piloto obedeció y sonó la radio, alguien quería contactarlos, contestaron.

—¡Aquí el comandante William F Garrison del Ejército de Estados Unidos! ¡Les dije claramente que no tienen ninguna autorización para aterrizar aquí, tienen... diez minutos para despegar a contar... de ahora!—dictaminó el comandante a cargo de la base. Planc llamó por teléfono a Lark.

—Lark, estamos en la base norteamericana de Yubuti, el comandante William F Garrison nos está echando, hable con su amigo para que nos dé pase libre—informó el líder de la operación.

—Bien, yo me haré cargo—Lark le cortó y llamó a su amigo, el senador Rupert Menendez.

—Senador, tengo un problema, mis hombres están en Yubuti, cerca de Somalía, tienen que capturar a uno de nuestros animales y necesitan autorización para entrar a Somalía con una caravana escolta, van como representantes de la Cruz Roja—pidió Lark a su amigo.

—Lark, tus hombres deben ir a Somalilandia, al campamento de la Sociedad de la Media Luna Roja Somalí (SRCS), ahí están los de la Cruz Roja—explicó Menendez.

—¿Y quién protegerá a mis hombres?—exigió Lark.

—Los soldados de la ONU Lark, los norteamericanos están a punto de ejecutar una misión importante. Tus hombres deben entrar antes que ellos—advirtió Menendez.

Sonó el teléfono de la base, el soldado operador contestó.

—Déme con el comandante ahora, soy el senador Rupert Menendez—exigió.

—Comandante, es para usted—avisó el soldado, este atajó el teléfono.

—¿Quién habla?—preguntó Garrison.

—Soy el senador Rupert Menendez ¿con quién hablo?—preguntó él.

—Con el comandante William Garrison—contestó.

—Comandante Garrison, tengo a unas personas de la Cruz Roja ahí, necesito que uno de sus hombres los guíe hasta el campamento de la Sociedad de la Media Luna Roja Somalí en Somalilandia—le ordenó Menendez.

—¿Quién da la orden?—exigió Garrison.

—La ONU—informó Menendez.

—Bien—acató el comandante fastidiado y colgó.

Garrison hizo un gesto con la mano y el soldado operador les dio pase libre a los visitantes para que aterrizaran dentro de la base... y así lo hicieron.

—Uno de mis hombres los llevará hasta el campamento de la Cruz Roja—dijo a secas Garrison a Planc y uno de los soldados se acercó a ellos.

—Sargento McNeill, síganme, yo los llevaré—el soldado subió a un pájaro o de los helicópteros pequeños, acompañado de su grupo de soldados, Planc y sus cazadores subieron al helicóptero y ambos despegaron. A la media hora, aterrizaron en el campamento de la Cruz Roja en la ciudad costera de Bosaso y el soldado McNeill les hizo una seña de despedida y se retiraron.

Les atendieron los empleados felices y les indicaron dónde comer y dormir.

—Pero ¿ustedes no son empleados de la Cruz Roja o sí?—preguntó Sonja Nientiet, la enfermera alemana y encargada, sirviéndoles té y comida.

—No en realidad, fuimos enviados por un privado, un filántropo norteamericano—dijo Planc a secas.

—¿Un filántropo? ¿Cómo se llama?—preguntó intrigada ella.

—Ethan Lark—dijo Planc.

—Ethan Lark mmm—Sonja se quedó pensativa.

—Mañana antes del medio día, saldremos en los camiones a repartir víveres a la gente cerca de la playa. Debemos tener cuidado porque los hombres de Aidid le disparan a la gente y roban los suministros—advirtió Sonja.

—¿Y qué podemos hacer en ese caso?—preguntó Planc.

—Nada—dijo Sonja.

—¿Y qué hacen con la comida, se la reparten entre ellos?—preguntó Yamamoto.

—En parte, el resto lo canjean por armas con los países vecinos y dejan que la gente se muera de hambre, hasta ahora van 300 mil muertos por inanición—explicó Sonja tomando un sorbo de té y con expresión triste.

—Así son los terroristas: matan a su propia gente y se sienten muy héroes, los muy malditos. Espero que los norteamericanos los acaben—despreció Sakko.

—No lo creo, pueden que tengan helicópteros, jeeps, etc, pero Aidid no es estúpido, los está esperando con un arsenal de lanzacohetes RPG y si puede, llamará a los civiles a pelear por él... y miles lo harían, hordas enteras—refutó Sonja.

—¿Por qué Sonja? ¿Por qué pelearían por ese terrorista malnacido?—preguntó Planc sin tocar su té.

—Ignorancia... pura ignorancia señor Planc, fanatismo religioso, gente que prefiere un gobierno extremista islámico, antes que la democracia occidental... ni yo mismo lo entiendo la verdad—confesó la enfermera meneando la cabeza.

En la noche, mientras dormían en los camarotes, Corbett abrió la boca, como era su costumbre.

—No entendí ¿quién es el maldito Adidi?—preguntó Corbett.

—Aidid... John... hay una guerra civil, una organización terrorista, el Al-Shabaab quiere convertir el país en un califato o reino islámico, dirigido por fanáticos religiosos y psicópatas que sueñan con dominar todo el mundo árabe, el gobierno local ya no puede hacerles frente y la gente se muere de hambre, ahora duérmete—resumió y le pidió Charles Planc.

—¿Y qué carajos les importa a los norteamericanos lo que pase en este país? ¿Por qué no dejan que ellos arreglen sus problemas solos? Nuestros soldados no merecen morir—cuestionó Corbett.

—Que si estos malditos se salen con la suya, pueden aliarse con Al Qaeda y apoderarse de los pozos petroleros de Arabia Saudi, Emiratos Árabes y Qatar, ellos ya no nos venderían y nuestra economía y la del mundo se iría a pique, el precio de los combustible se iría a las nubes, miles de empresas quebrarían, millones se quedarían sin empleo, un completo desastre a nivel mundial. Nuestro país no sólo defiende sus intereses, si no los del mundo entero—explicó Planc revolcándose entre las sábanas.

—Ah... —comprendió Corbett y se urgueteó la nariz y se durmió.

Temprano en la mañana, salieron en dos helicópteros desde Bosaso hacia Mogadiscio, la capital, mil kilómetros más al sur, donde estaba la Media Luna Roja Somalí. Una vez llegaron los helicópteros, muchos voluntarios somalíes descargaron los suministros y los traspasaron a cuatro camiones, miles de civiles se acercaron y se lanzaron a los camiones para llevarse lo que pudieran, hasta que dos camionetas de los hombres de Aidid abrieron fuego con sus ametralladoras montadas en la carrocería, matando a muchos civiles. Planc sacó su revólver y Sonja le sujetó la mano.

—No señor Planc, no empeore las cosas, por favor—le detuvo la enfermera.

—¡Esto es estúpido y no tiene sentido!—gritó Planc ofuscado.

—Vámonos, ya hicimos suficiente—dijo Sonja. Y regresaron a los helicópteros. Un black hawk pasaba por la costa y uno de sus tripulantes apuntaba hacia los terroristas.

—¡Lárguense de aquí! ¡Está comida le pertenece a Mohamed Farrah Aidid!—gritó el líder de ellos, los extranjeros se retiraban...

—¡Alto, quédate!—le ordenó Charles Planc a su piloto, este obedeció, el helicóptero de Sonja se alejaba.

—Señor Planc, no tiene caso, vuelva—le pidió Sonja desde la radio.

—Adiós Sonja, Dios te bendiga—se despidió Charles—apaga la radio—y el piloto obedeció y la apagó.

El helicóptero de Lark Enterprises aterrizó en la playa de Mogadiscio, en el lado norte.

—Estamos cerca del objetivo—dijo Planc ojeando su GPS.

—¿Dónde está?—preguntó Yamamoto.

—A 33 kilómetros. A las afueras de la ciudad, pero del otro lado, más al sur, mira—Planc le mostró la ubicación.

—¿Piensan volar hasta ahí?—dudó Sakko.

—Es la manera más rápida, entrar y salir—dijo Planc.

—¿Y saben lo que hay ahí?—pidió Sakko preocupado.

—No, haremos un vuelo de reconocimiento, si es una base militar y se ve muy mal, esperaremos a que entren los norteamericanos, ellos los distraerán y entraremos por nuestro paquete y nos vamos—estableció Charles Planc decidido.

Pasando el medio día, a eso de las 3 de la tarde. Las tropas norteamericanas Delta (por el aire) y Rangers (por la tierra), una vez obtuvieron la ubicación del enemigo mediante un informante local, el edificio donde se reunió el gabinete de Aidid... el general Garrison declaró "Irene", la palabra clave que dio inicio a la Operación "Serpiente Gótica", que buscaba capturar al ministro de Asuntos Exteriores de Aidid, Omar Salad Elmi, y a su principal asesor político, Mohamed Hassan Awale y de ser posible y en el mejor de los casos, al señor de la guerra somalí... Mohamed Farrah Aidid. El plan consistía en que los operadores Delta atacarían el edificio objetivo (usando helicópteros MH-6 Little Bird) y asegurarían los blancos dentro del edificio mientras que cuatro pelotones de paracaidistas (bajo el mando del CPT Michael D. Steele) bajarían a rápel de helicópteros MH-60L Black Hawk. Los Rangers crearían un perímetro de defensa de cuatro esquinas alrededor del edificio para aislarlo y asegurar que ningún enemigo entrara o saliera, mientras que una columna de nueve humvees y tres camiones de cinco toneladas M939 (bajo el mando del teniente coronel Danny McKnight), arribarían al edificio para llevar a todo el equipo de asalto y a los prisioneros de vuelta a la base. La operación completa se había estimado en no más de 30 minutos... pero las cosas no resultaron como las habían planeado.

Las tropas norteamericanas entraron al territorio enemigo, atacaron y rodearon el edificio cerca del mercado Bakara, en el barrio de "La Mer Noire" o "El Mar Negro", zona controlada por las milicias de Aidid. En ese momento, desde el helicóptero, los extranjeros vieron a muchas camionetas con milicianos somalíes que salieron de un grupo de villas a combatir.

—Allá está—apuntó Charles Planc.

—¿Dónde?—pidió Yamamoto Heikichi.

—Allá al final de la ciudad, de donde salieron los milicianos, debemos ir ahora, es nuestra única oportunidad—aclaró Planc. Despegaron y sobrevolaron en una zona rural, una granja con un establo grande al centro. Aterrizaron y sacaron sus revólveres cargados, antes de bajar, se sintieron golpes metálicos en el fuselaje del helicóptero, porque algunos tiradores les disparaban desde los techos de las casas en los alrededores, pero no eran tan buenos, porque los mejores se habían ido a la ciudad y los que quedaban eran solo niños y jóvenes. Plan y sus hombres corrieron sobre la arena y se cubrieron detrás de una camioneta vieja.

—¡Sáquenles las puertas!—dijo el líder y ellos las desmontaron para usarlas de escudos y así se cubrieron de los tiros, corrieron hasta el gran establo y miraron por las rendijas del portón y lo que vieron... lo que vieron no es algo muy agradable de contar... era horripilante, peor comparado con todo lo que habían visto antes... no era como el Carnotaurus, no era un reptil, pero era una bestia temible, más temible que un león... y el piso lleno de tierra finna estaba repleto de sangre seca y huesos humanos. Los hombres miraron a Planc a la espera de una orden, este la dio y apuntaron los rifles por las rendijas.

—Halkaa ku joog!—gritó una voz masculina detrás de ellos... un grupo de veinte niños y adolescentes dirigidos por tres milicianos somalíes, les rodearon y les apuntaron con sus metralletas. Eran de piel muy oscura y muy delgados, casi raquíticos o anoréxicos, casi como los prisioneros de los campos de concentración, se veían los huesos de sus pómulos debajo de la piel.

—¡Suelten las armas!—gritó su líder y al obedecer, les tomaron prisioneros. Acorralaron al piloto que no sabía qué hacer y le obligaron a bajar y reunirse con sus pasajeros.

Les encerraron en una sala vieja de ladrillos y con techo de planchas de zinc, aledaña al establo... y dejaron a dos guardias armados a cargo de ellos.

Desarmados y sentados en el suelo tierroso, se miraban las caras preocupados. Susurraban en inglés para que los guardias no les entendieran.

—¿Cómo saldremos de aquí? ¿Tiene algún plan señor Planc?—le preguntó el piloto, John Gard, en voz muy baja.

—Por algo me llamo Charles Planc—dijo él en tono bromista, tal vez para aliviar la tensión, ellos sonrieron un poco.

—Yo me cuestiono si vale la pena recoger los platos rotos de otros ¿usted no señor Planc?—preguntó Sakko afligido, Planc le miró sin decir nada.

—Yo tengo un plan. Debemos esperar a que se distraigan, recuperamos el helicóptero y nos vamos—dijo Yamamoto.

—Y dejar el paquete aquí. Tengo una idea mejor: recuperamos el teléfono y el helicóptero... y ahí llamamos al carguero—propuso Planc.

—¡Ya basta de paraloteo, eso no pasará!—les regañó un hombre que acababa de entrar.

—¿Usted habla inglés?—le preguntó Planc.

—Sí y sus planes no resultarán. No los conozco, pero sí sé para quienes trabajan ustedes—anunció el tipo moreno, calvo con una camisa rayada, andaba como civil.

—Dime ¿para quiénes trabajamos nosotros?—exigió Charles Planc intrigado.

—Para un pelele llamado Ethan Lark, el empleado del Diablo, Maglomedov, veterano de Afganistán. Ese estuvo contactándonos por años, quería colaboradores para lo que él llamaba "El montaje", quería que asaltáramos uno de sus laboratorios para cobrar un seguro y darnos una parte. Obviamente le dijimos que no—relató el aparente general. Planc tembló y sus hombres también.

—¿Y por qué rechazaron la oferta?—preguntó Planc tiritando.

—Mira a este país. Tenemos mejores cosas que hacer, más importantes—dijo el civil.

—¿Quién es usted?—demandó Planc.

—¿Que quién soy yo? Jajajajaja todos saben quien soy yo—se burló el sujeto con aires petulantes y empezó a reírse, les dijo algo a los milicianos presentes y todos se echaron a reír a carcajadas.

—Aidid. Ese animal no es tu mascota, es propiedad de Lark Enterprises, devuélvelo—le reconoció Planc.

—Todo lo que hay aquí es mío—se defendió Aidid.

—Y todos estos niños que te siguen ¿también son tuyos? No me digas que también abusaste de varios de ellos, conocí a otros así y no les fue nada bien—lo enfrentó Planc, Aidid dejó de reírse, caminó hasta él y le pateó en el mentón, Planc cayó de espaldas sobre el barro seco.

—¡Somos musulmanes! ¡Yo soy el general y todo lo que ves es mío! Y esta ofensa, merece un castigo. Dame el número de tu jefe—determinó Aidid, Planc se lo dio y el general marcó.

—¿Sí?—contestó Lark de la otra línea.

—Señor Lark, este es un saludo de Mohamed Farrah Aidid—y le dio orden a su sargento, este agarró de las ropas a Sakko que tenía las manos atadas con cuerdas, lo acercó a la puerta del gran establo, la abrió y se vio a la bestia.

—¡Dile adiós a tu empleado!—anunció Aidid.

—¡Planc, maldita sea, por qué no cerraste la boca!—alcanzó a gritar Sakko, antes de que el sargento lo lanzara dentro del establo y la bestia lo devoró... le mordió un brazo y se lo despedazó, enseguida el cuello y los gritos ahogados terminaron. Parecía un creodonto, el supuesto grupo familiar de animales que antecedió y se traslapó con los primeros félidos, cánidos y úrsidos... parecía un Hyaenodon o más precisamente un Megistotherium, del tamaño de un bisonte americano.

—Tengo a tres más de sus hombres, dígale a los norteamericanos que retiren sus tropas, hable con sus amigos senadores y entonces, liberaré a sus hombres. Adiós—cortó Aidid y se llevó el teléfono. El sargento cerró la puerta risueño y los adolescentes celebraron alzando sus metralletas. Aidid se retiró junto a los demás y dos guardias se quedaron con ellos.

Planc, Corbett, Yamamoto y John Gard, aún quebrados ante el trágico final de Sakko...

—Voy a matar a estos malditos, lo juro, no me importa que sean niños—rechinó entre dientes Corbett.

—Yo también, matan gente, ya no son niños—le apoyó Yamamoto.

—Son ellos o nosotros—se agregó Gard.

—Vengan... haremos esto—les susurró algo. Enseguida, Corbett comenzó a convulsionar y a echar espuma por la boca.

—¡Ayuda!—gritaron Planc y Yamamoto, uno de los guardias se acercó a Corbett para examinarlo, no tenía más de 18 años y era muy delgado. Yamamoto lo atajó del cuello con sus amarras y Planc y Corbett lo molieron a golpes con ambos puños, este gritó y le taparon la boca, hasta que le dejaron muy mal herido. Planc le quitó la navaja y se cortó las amarras, también las de Yamamoto y Corbett. El otro guardia se asomó mirar y Corbett agarró la metralleta y le descargó una ráfaga de balas, Planc y Yamamoto corrieron y le quitaron la metralleta. Cuando los otros adolescentes fueron a ver qué ocurría, los extranjeros les dispararon y acabaron con cinco de ellos, estos se parapetaron, unos en el establo y los otros en la casa de enfrente, a cada segundo, una ráfaga de tiros.

—Planc, nos superan en número, si no salimos ahora, podrían llamar refuerzos y sería nuestro final—le advirtió Gard.

—Tengo una idea cúbranme—y Planc salió por una ventana y abrió el portón del establo, dejando salir al Megistotherium... Planc se metió otra vez por la ventana, la bestia salió galopando por la pradera. Los milicianos salieron persiguiendo a la mascota de Aidid y los cazadores les tiraron a larga distancia desde la ventana y les dieron muerte.

Planc y el resto corrieron hasta la casa y hallaron al sargento.

—¡¿Dónde está el general?!—le gritaron a punta de cañón, este negó con la cabeza y le acribillaron en la silla.

—¡Al helicóptero!—gritó Planc y corrieron y subieron, Gard subió las perillas y prendió las turbinas, se colocó el casco.

—¡Aquí Gard, que venga el carguero!—gritó Gard y despegó. Persiguieron al Megistotherium por la pradera, este, con el hocico ensangrentado, ya estaba fatigado y soltaba esa carcajada nerviosa como las de las hienas, pero mucho más grave.

—¡Baja!—le pidió a Gard y este bajó a 200 metros sobre el suelo, Planc le apuntó y le disparó al lomo, Yamamoto y Corbett de igual forma. Esperaron hasta que el monstruo dejó de galopar y solo trotaba. Aterrizaron, pero sin apagar los motores.

—¡Diablos, allá vienen!—acusó Yamamoto mirando hacia atrás, una caravana de 20 camionetas se acercaba a 30 kilómetros y elevando una columna de polvo.

—¡El carguero! ¡Allá viene!—gritó Gard, el carguero venía a 20 kilómetros y aterrizó sobre el gran carnívoro, todos bajaron y lo ataron con las correas industriales y las planchas... los milicianos estaban a punto de llegar, a 6 kilómetros, algunos tiros rebotaban en el fuselaje de los helicópteros... despegaron... un cohete RPG pasó rozándolos.

—¡Maldición, casi nos dieron!—gritó Gard. Otro cohete de RPG le pegó a una hélice—¡la hélice! ¡Perdemos altitud!—advirtió Gard, atravesaban el país a medida que perdían altura.

—¡¿Cuánto falta para llegar a Etiopía?!—preguntó Planc.

—¡Así como vamos, llegaremos por tierra Planc!—contestó Gard jalando las palancas para elevarse, salía humo de un costado y perdían más altitud.

A unos kilómetros vieron una ciudad media boscosa, era Beledweyne, la última antes de la frontera etíope.

—¡Ya no puedo más Planc, tendré que aterrizar o nos estrellaremos!—avisó Gard, Planc meneó la cabeza.

Bajaron paulatinamente... hasta que inevitablemente, Gard aterrizó a las afueras de Beledweyne, algunos milicianos salieron a mirar... los tripulantes bajaron y corrieron, el otro helicóptero de Lark que había pasado delante de ellos, se devolvió... más allá, esperaban varios pelotones del ejército etíope. Los milicianos les dispararon algunos tiros.

—¡Corran! Estamos cerca—les animó Planc fatigado. El otro helicóptero de Lark regresó por ellos y bajó un poco más allá para recogerlos... los hombres se aferraron a la cadena de donde colgaba el Megistotherium y subieron... más tiros...

El helicóptero abandonado fue capturado por los milicianos y el otro helicóptero de Lark Enterprises aterrizó en la frontera etíope y los soldados etíopes les recibieron y protegieron.

Los cazadores preguntaron sobre el estado de la batalla, de la Operación Serpiente Gótica. Un intérprete les comentó lo siguiente:

"Lo lograron, los norteamericanos lo lograron. Aunque derribaron dos helicópteros, dos halcones negros y murieron casi veinte soldados, pero lo lograron, capturaron a los dos ministros de Aidid, pero él no estaba allí, se ocultó".

—¡Porque es un maldito cobarde, por eso!—gritó Planc y se dejó caer sobre una camilla. Muchos soldados etíopes, se acercaron curiosos a mirar al animal capturado sobre la plancha.

—¡Basta, no hay nada que mirar aquí!—les regañó uno de los empleados de Lark y con sus dos colegas lo cubrieron con una malla kiwi negra y gruesa que ajustaron con tornillos y taladros, para que nadie pudiera quitarla.

—Extraño a Sakko—dijo Yamamoto recostado boca arriba en una camilla que le trajeron.

—Sí, yo también—concordó Corbett en otra camilla.


Capítulo 38.

Kinupa/El Kaiaimunu.


En el Hospital Tikur Anbessa en la capital de Etiopía, los cazadores estaban en observación y Planc recibió una llamada por el teléfono satelital.

—Planc ¡¿Dónde están?!—era Ethan Lark preocupado.

—En el hospital Tikur de Etiopía—respondió Planc.

—¿Y Sakko? ¿Qué le pasó a Sakko?—preguntó Lark.

—Lo mataron, los hombres de Aidid—informó el viejo cazador.

—Maldición... maldición. Cuando puedas, redacta un informe detallado de lo ocurrido hasta ahora y enviámelo por fax—pidió Lark.

—Bien, cuando lleguemos a Australia te lo envio, ese es el último viaje, después de eso, me jubilaré—anunció Charles Planc dando un suspiro.

—¿Y si te hacemos una fiesta de despedida?—ofreció Ethan Lark.

—Sí... con Corbett y Yamamoto y para conmemorar a los colegas caídos: Sakko, Blaser, Voere, Lomac, todos—recordó Planc los nombres de ellos.

—Sí Planc—dijo Lark.

—¿Les haremos una ceremonia conmemorativa a todos ellos y sus familias?—preguntó Planc.

—Sí Charles, a todos ellos—garantizó Lark.

—Bien... bien. Nos vemos—se despidió el cazador.

—Nos vemos Charles—dijo Lark y colgó. También Diego Almerio se despidió de sus colegas con abrazos y palmadas en la espalda.

—Dale un mejor propósito a tu vida Almerio, aun eres joven—le animó Planc.

—Y tú debes jubilarte, criar nietos y alejarte de toda esta tontería, Charles—le aconsejó Almerio mirándolo a los ojos, Planc asintió y se dieron un último abrazo.

Esperaron al avión de la compañía con ruta a Australia, a su llegada a Etiopía, tuvieron que aguardar a que subieran al helicóptero carguero en la bodega, con las hélices desmontadas. Despegaron y cruzaron el océano Índico hasta el Aeropuerto Internacional Kingsford Smith de Sidney... el grupo de cazadores pasó la noche en territorio australiano y tenía previsto viajar en la mañana al Port Moresby (POM), en la capital de Papúa Nueva Guinea.

—Está misión tiene más cara de viaje de placer—bromeó Corbett mirando por la ventana del Boeing.

—Francamente sí, el siguiente objetivo es un animal dócil—avisó Charles recostándose en su asiento.

—Sí, lo merecemos, nos lo merecemos—concordó Heikichi y se acurrucó y se durmió.

En la capital de Papúa Nueva Guinea, los hombres abordaron el vehículo todo terreno de Brian Irwin, un guía local, criptozoólogo y fiel defensor del Creacionismo de la Tierra Joven. Irwin los llevó hacia la aldea de una tribu cerca de la costa, los Huli, Planc le pidió que les dirigiera hacia el mar, hasta el Estrecho de Vitiaz, lo cual no sería problema, ya que los indígenas acostumbraban a recorrer esa zona en canoas a través de los ríos y conocían muchas leyendas y una relativamente reciente.

—¿Kaiaimunu?—le citó Yamamoto.

—No, "Kaiaimunu" es una palabra que proviene de la cultura de los Yanomami, un pueblo indígena de la Amazonía entre Venezuela y Brasil. En la cosmovisión yanomami, Kaiaimunu es un espíritu maligno o una entidad sobrenatural peligrosa. Se le describe a menudo como una presencia que puede poseer o afectar negativamente a las personas, causar enfermedades, locura o incluso la muerte. Está asociado con fuerzas oscuras y temidas dentro de su mitología. Ese tipo de seres espirituales son parte central de las creencias chamánicas de los Yanomami, quienes a través de rituales y el uso de enteógenos (como el yopo) intentan comunicarse con el mundo espiritual, proteger a su comunidad o combatir a estas entidades—citaba Irwin de sus notas—los Huli en cambio, hablan del “Datagaliwabe ti kinupa”, que de su lengua traducida al español sería "El dios de las garras". Ellos dicen que vaga por las costas de esta isla en solitario y también hay reportes de turistas que lo han visto deambular por los roqueríos, pero es muy esquivo, no le gustan las personas, lo he seguido por casi diez años—narraba Irwin subiendo a la canoa de nueve metros de largo, tripulada por los cuatro hombres blancos al medio y dos indígenas a los extremos que la impulsaban con dos varas y un remo.

—Bueno, te ayudaremos a encontrarlo—le animó Charles Planc prendiendo un habano y soltando el humo con lentitud.

—Se ve muy relajado—observó Irwin curioso.

—Sí, lo estoy, me gusta este lugar, oye ¿y qué sabes sobre leyendas australianas?—reconoció y preguntó Planc.

—Eh... bien, la leyenda australiana más famosa es la del Burrunjor—recordó Irwin.

—¿Cuál es ese?—pidió Corbett un poco alarmado.

—Burrunjor bueno, dependiendo de las versiones, siempre ha sido retratado como un reptil grande que anda sobre dos patas. Hay reportes de él desde los años 80, sobre todo en los 90, mi colega criptozoólogo Rex Hilroy tomó un molde de una de sus huellas, era tridáctila—leyó Irwin de sus notas.

—¿Cómo así?—preguntó Corbett.

—De tres dedos—le dijo Planc.

—Así es, por eso algunos indígenas australianos le apodaron "El viejo tres dedos", aunque había una leyenda indígena centenaria del Burrunjor, seguramente se trataba de Megalania, un antiguo pariente del dragón de Komodo de grandes proporciones que habitó la prehistórica Australia, pero Burrunjor es otro animal, mucho más reciente de otras características—distinguió Irwin metiendo su mano en el agua para agarrar una hoja que flotaba.

—Como un dinosaurio—dedujo Heikichi.

—¿Cómo dices?—pidió repetición Irwin sacando la mano del agua.

—Como un dinosaurio, un rex, por eso las patas con tres dedos—reiteró Yamamoto Heikichi.

—Ah sí, eso dicen, de hecho, Rex Hilroy lo ha definido como el último tiranosaurus vivo de Australia—citó el criptozoólogo.

—A los reptiles les gusta el agua—dijo Corbett.

—Sí, a varios... si es que este lo es, eso explicaría por qué anda por la costa—supuso Brian.

—Seguro que buscando huevos de pájaros en las cuevas—dedujo Planc.

—¡Ah claro que sí! Tiene toda la razón, quizá se alimenta de mariscos también, resulta que hablé con los nativos y les mostré un libro de dinosaurios y ellos indicaron al Therizinosaurus, que se parecía a ese, según dicen los paleontólogos, esa especie se alimentaba de plantas y tal vez, plantas, frutos secos y pequeños vertebrados y hay otros dinosaurios parecidos, los Ornitomimos que esos sí comían huevos y mariscos, suponen algunos paleontólogos—recordó Irwin.

Siguieron por el río hasta que desembocaron en el mar... bajo el Estrecho de Vitiaz, frente a la isla Umboi, tal como les indicó Planc, que miraba de reojo el GPS y lo guardaba. Se detuvieron en la playa, cerca de unos roqueríos... bajaron de la canoa.

—¿Y ahora que hacemos?—preguntó Irwin.

—Esperar—dijo Planc.

—Ese GPS que tiene ¿mide alguna actividad biológica, algo como infrarrojo o algo así?—inquirió Irwin curioso.

—Sí, noté una actividad extraña en esta parte de la isla—reveló Planc.

—¿Puedo verlo?—pidió Irwin.

—No, no es mío y es muy caro, lo siento—rechazó Planc, Irwin asintió pensativo.

El sol marcó el medio día, prendieron una fogata y se sentaron a asar salchichas y chuletas. Charles Planc ojeaba el GPS de vez en cuando y al mismo tiempo Irwin no dejaba de mirarlo, esto incomodaba al cazador y le empezó a irritar, por lo que se apartó de él junto con Corbett y Yamamoto. Planc sacó una agenda y una pluma y se puso a escribir.

—¿Qué escribe jefe?—le preguntó Corbett sonriente.

—Un diario de vida—respondió Planc.

—¿Hablando sobre nuestras vivencias?—supuso Yamamoto.

—Sí, Lark me pidió un informe sobre lo ocurrido en Somalía—les contó Charles sosteniendo la pluma y con la mirada perdida en la arena.

—Eso fue una locura, no quiero ni pensar en eso—confesó John Corbett.

—Entonces piensa en algo que te guste Johny—sugirió el jefe.

—Solo pienso en mi casa, que extraño a mi novia, quizá ahora ya esté con otro, es algo en lo que tampoco quiero pensar—lamentó Corbett lanzando una piedra.

—Trata de esperar lo mejor de los demás—le aconsejó Yamamoto.

—¿Incluído Ethan Lark? Tranquilo, solo bromeo—intervino Charles.

—¿Desconfía de él? ¿Nos irá a jugar chueco?—temió Yamamoto.

—No lo sé, hasta ahora se ha portado bien, esperamos que se mantenga—contestó Planc terminando el primer párrafo.

—Recuerdo cuando le ordenó dispararle a ese hombre en Canadá—dijo en voz baja el japonés, Planc apretó los labios.

—Sí, él me ordenó hacerlo, pero no me obligó y nunca pensé que le daría justo en el pecho—sostuvo Charles Planc.

—Aunque nadie nunca habría hecho lo que usted hizo: indemnizar a su hija—elogió Heikichi.

—Era lo menos que podía hacer—afirmó Planc.

—¿Ethan Lark sabrá de eso, de esas transferencias de dinero?—preguntó Yamamoto.

—Y si lo sabe qué... eso no le incumbe, es mi dinero y yo tengo derecho a hacer lo que quiera con él—mantuvo firme Planc.

—Sí, tiene toda la razón, tiene razón jefe—le apoyó Yamamoto.

—Sí que la tiene, oiga jefe y cuando todo esto termine ¿qué hará?—indagó Corbett.

—Me jubilaré y visitaré a mi hija y conoceré a mis nietos, no estuve ahí cuando nacieron. Y ustedes deben prometerme algo—les sujetó las manos a ambos con fuerza—cuando todo esto termine, deben jurarme que cada uno se buscará a una mujer, se casarán y tendrán hijos, júrenmelo—les suplicó Charles Planc con insistencia apretándoles las manos.

—Sí jefe, lo juramos—dijeron ambos emocionados y sujetando con fuerza la mano de Charles.

—¡Ahí está!—gritó Irwin y los cazadores soltaron lo que tenían a mano y sacaron sus rifles cargados, corrieron hacia los roqueríos, donde una sombra encorvada de 4 metros de alto, deambulaba por la playa y al costado de las rocas, entró al mar pero sin sumergirse, el agua le llegó hasta los codos, arañaba las rocas con sus inmensas garras de las manos, parecía que buscaba algo... metía su hocico terminado en un piquito en los distintos orificios de las rocas, en las cuevitas. Los hombres esperaron en una zona alta de los roqueríos para tener una mejor vista del paisaje y su objetivo.

—Realmente es como decían, Kinupa, eres como un dios—admiró Irwin y los dos indígenas asentían.

—Hay que dispararle ahora, no podrá correr en el agua—sugirió Corbett apuntándole.

—Todavía no, cuando salga un poco más, no quiero que se desplome y se ahogue—previó Planc observándolo a través de la mira.

—¿Por qué quieren dispararle? ¿Quieren capturarlo?—supuso Irwin.

—Sí, con fines científicos, podrían clonarlo y cruzarlo y formar una población de esta especie en una reserva protegida—explicó Charles Planc.

—Vaya... en una reserva aquí mismo ¿verdad?—preguntó Irwin.

—Sí, podría ser, donde esté más seguro—dijo Planc.

Kinupa encontró a un polluelo de gaviota y lo engulló de una vez, habiendo completado su rutina de cacería, salió de las aguas con destino al bosque.

—Ahora jefe—instó Corbett.

—Espera—lo frenó Planc.

Kinupa avanzó hasta unos árboles, sondeaba el terreno y clavaba sus garras en algunas frutas en el suelo y entonces las acercaba a su hocico y las comía como quien usa un pincho para comer salchichas... las frutas eran el bukabuk (Burckella obovata) o jobo indio, el pandano costero (Pandanus tectorius) y la manzana dorada (Spondias cytherea). Kinupa era como una jirafa que andaba a dos patas, de cabeza pequeña, cuello largo, cuerpo robusto y patas traseras cortas pero no menos fuertes.

—Come carne y frutas, interesante—apreció Charles Planc.

—Jefe—alcanzó a decir Corbett.

—Sí, ahora—indicó Planc y le dispararon los dardos a unos 300 metros, Kinupa se sacudió y abandonó el lugar, le siguieron por la selva.

Kinupa se recostó bajo unos árboles y allí se quedó... los varones se acercaron con cautela.

—Con calma, no queremos que use esas garras—advertía Planc. Su piel escamosa era de color verde amarillento o limón, parecida a la piel de las iguanas. Una vez cerca y advirtiendo la presencia de los extraños, Kinupa trató de incorporarse, levantando la cabeza y clavando las garras de su brazo derecho en la tierra para apoyarse.

—Demasiado pronto—dijo Yamamoto y aguardaron. Kinupa se echó otra vez y Planc sacó el teléfono satelital y llamó al carguero.

—Misión cumplida—agradeció Corbett y se recostó sobre unos arbustos.

—Este pesará qué ¿unas 4 toneladas?—preguntó Irwin.

—4 o 5 tal vez—calculó Planc. Irwin quiso tomarse una foto con él.

—No Irwin—se lo denegó Planc.

—Pero ¿por qué?—exigió el criptozoólogo extrañado.

—Ya llegará su minuto–cerró Planc.

El carguero se posó sobre ellos y aterrizó a unos metros en un claro. Extendieron una lona muy gruesa de Kevlar de 10 metros de largo por 5 de ancho y ajustaron unas correas industriales alrededor de las patas del animal, el helicóptero despegó y jaló a Kinupa de las patas por el suelo hasta que quedó recostado sobre la lona gruesa, ahora engancharon las correas en los extremos de la lona, con una hebillas grandes. Irwin estaba maravillado.

—¿A dónde lo llevan? ¿Podré ir a visitarlo?—pedía Irwin sin parar.

—Sí, podrás ir a verlo a California, te daremos entradas vips y todo, tranquilo, toma—Planc le entregó un fajo de billetes de mil dólares. Y uno de los indígenas, el anciano, el líder de la tribu, pronunció una maldición contra los extranjeros.

—¿Qué está diciendo?—preguntó Yamamoto preocupado.

—Nada, solo está molesto porque se llevaron a Kinupa, lo ven como un dios—explicó Irwin.

—No estará lanzando una maldición o algo así ¿verdad?—advirtió Planc.

—Sí, algo así ¿cree usted en maldiciones?—inquirió Irwin.

—Depende ¿Qué está diciendo? ¿Podrías traducirlo?—pidió Charles Planc.

—Eh... dice que los que secuestraron a Kinupa recibirán un gran castigo del que no podrán escapar, creo que eso dijo, creo—tradujo el guía.

—Vaya, tendré que persignarme parece—dijo Planc en broma.

Subieron al helicóptero y el piloto se elevó llevándose a Kinupa por el aire camino a Australia, donde le esperaba el gran avión carguero de Boeing.

—¿Por qué dijo que les caería un gran castigo a los que trajeron a Kinupa hasta aquí?—preguntó Irwin en el lenguaje huli al anciano indígena.

—Porque ese animal no era de aquí. Hace diez años llegaron en esos mismos helicópteros a dejarlo cuando era más pequeño, yo los vi con mis propios ojos—dijo el anciano en su dialecto.


Capítulo 39.

El Chupacabras.


Nadie, además del Diablo, causaba tanto pavor y temor en la sociedad chilena... como lo hacía El Chupacabras. Un ser que ostentaba la fama de ente diabólico, una criatura salida del lago de fuego, la mascota del malévolo. Sus descripciones variaban; unos decían que era del tamaño de un perro, otros de un oso, que tenía pelo, otros no tanto, de orejas pequeñas, con garras y patas largas, que daba zancadas de varios metros, alado o sin alas... en lo que todos coincidían, era en sus ojos rojos penetrantes e hipnóticos con los que podía paralizar a sus víctimas. Ciertos testigos sorprendieron a un ejemplar y el señor Acuña, a un par muy hostil. Las noticias de ataques a animales por parte del Chupacabras eran pan de cada día, el investigador privado Alberto Urquiza y el médico veterinario Sebastián Jiménez "Lindolfo", tenían por costumbre concurrir a casi todos los llamados de personas asustadas y víctimas del Chupacabras. Al llegar, lidiaban con corrales y gallineros repletos de cadáveres de ovejas, cabras, pavos, patos, gallinas, etc. Carabineros y la policía civil reportaban y la prensa cubría, todos llegaban allí... atrasados... tarde, muy tarde, siempre era tarde cuando se trataba del Chupacabras y sus grandes matanzas.

Diego Vivanco, un joven de 20 años, estudiante de primer año de periodismo, de la universidad Andrés Bello de Los Angeles, octava región, Bio-Bio. Pololeaba con Daniela Díaz, su compañera de carrera.

Era medio día, Diego fumaba acodado en la baranda del canal Quilque, cerca del mall o centro comercial. El canal de agua atravesaba casi todo el centro de la pequeña ciudad, en ese tramo, iba rodeado de arbustos y árboles. Diego revisó la hora... hasta que una mano femenina tocó su hombro.

—Hola—saludó Daniela dándole un beso en la boca.

—Hola... ya ¿dónde vamos a comer?—preguntó el ansioso por comer.

—Vamos al mall—dijo ella.

—No... no quiero ir a meterme entre la gente, vamos a la Fuente Colón—descartó él.

—¿Dónde queda ese?—pidió Daniela.

—En Colón, vamos, te va a gustar—dijo el joven tomándola de la mano y caminando con rapidez.

—Tan rápido que vas—se quejó Daniela.

—Tengo hambre—gruñó Diego bajando un poco la velocidad.

En el local de comida rápida, Diego movía la pierna sin parar, cuando le llamaron, corrió a recibir el pedido y a tragarse el churrasco italiano y las papas fritas, Daniela lo veía risueña.

—Mastica oye—le dijo ella aguantando la risa.

—Sorry estaba cagado de hambre y llevaba rato esperándote—soltó Diego y tragó bebida.

—¿Con quién vas a hacer la tarea en grupo?—preguntó Daniela curiosa.

—Contigo y... no sé quién más ¿a quién propones tú?—dijo él mascando la última papa.

—No sé, a mí me basta que seamos los dos solos, pero capaz que nos asignen con esa pareja de porras—lamentó Daniela bajando la mirada muy desalentada.

—¿Las pinturitas?—identificó Diego, Daniela hizo una sonrisa incómoda.

—Esas minas van a puro calentar el asiento y a comerse locos, son entera califas—criticó la joven antes de masticar.

—Pau... filo con esas locas, lo hacemos nosotros y era—decretó Diego guardando unas servilletas en su bolsillo.

—Jaja ¿por qué haces eso?—indagó la chica entretenida.

—Porque si no me sueno con ellas o las uso para secarme el manhuaco, me sirven para prender la estufa—dijo Diego poniéndose de pie.

—¡Que eres loco jaja!—soltó una carcajada Daniela y le siguió.

—Soy práctico, nada más—se tiró flores él y salieron el local de comida.

—¿Sobre qué quieres hacer el reportaje?—preguntó Daniela a medida que entraban por una especie de túnel repleto de tiendas y locales comerciales, el paseo Colón.

—Todavía no me decido—contestó Diego, Daniela se detuvo frente a una joyería, mirando los collares y aritos de plata.

—Dani—le habló su novio.

—Ah sí, vamos, que encuentro bonitas esas cadenitas—apreció Daniela acelerando el paso y saliendo junto con Diego por el otro lado del túnel, en la calle Valdivia.

—Le voy a pedir a mi mamá que me compre una, ya que no pasa nada con el hombre aquí—reclamó con suavidad la jovencita.

—No es algo necesario, mejor pídele el auto, ya sé de qué va ir nuestro reportaje—anunció Diego hipnotizado con el titular de un periódico tirado en el suelo; La tribuna: nuevo ataque del Chupacabras en Parral.

—¿El Chupacabras?—inquirió Daniela detectando la emoción de su novio.

—Sí, conozco por allá, San Fabían de Alico y San Carlos, Parral está un poco más al norte—explicó el joven estudiante.

—¿Cuándo fuiste?—interrogó ella sorprendida.

—Hace años, cuando era niño—respondió Diego.

—No sé si mi vieja nos preste el auto—lamentó Daniela.

—Entonces voy a tener que sacarle el auto a mi taita... otra vez. Tú llevas la cámara de tu viejo—concluyó Diego y retomaron su destino a la universidad, para la jornada de clases de la tarde.

Acordaron viajar el día viernes y estar en Parral el fin de semana. Diego consiguió sacarle el auto a su padre, un Nissan B 16, ya que este trabajaba en el norte, en una minera por 14 días y regresaba 14 días a su casa, su madre vivía con otro hombre hace 2 años... así que sin más, Daniela accedió y lo tomaron como un paseo de novios.

En la autopista, Diego conducía esperando ese ruidito en la caja de cambios para pasar a la cuarta marcha.

—Por eso te decía que le pidieras el auto a tu mamá, este hace poco sacó esa maña y es todo un atado mandarlo a arreglar—se quejó y Daniela puso la radio. Era un especial de hip hop chileno... casi a punto de llegar a la séptima región, la del Maule, sonó un tema de Tiro de Gracia "Chupacabras".

—Mish, hablando del rey de Roma—soltó Diego.

—¿Dónde nos vamos a quedar?—pidió Dani preocupada.

—En un camping en San Fabián de Alico, es piola y bonito—le tranquilizó.

San Fabián de Alico era un pequeño pueblo cordillerano con un banco, una gasolinera y una tenencia, aunque era turístico, no tenía mayores lujos. Tal como había prometido Diego, el camping era lindo y tranquilo, de suelo arenoso y surtido de muchos árboles, al costado de un río. Sacaron la carpa para instalarla. Diego acostumbraba a acampar desde niño, no así Daniela que para variar, no sabía muy bien cómo meter las varillas.

Sacaron los sandwiches para almorzar y después se bañaron un rato en el río. Allí había un joven de unos 30 años, gordo, de lentes e increíblemente alto, como de 1.98, se bañaba solo, sin la compañía de nadie.

—Está muy fría el agua, yo ya no aguanto más—se quejó el grandote y salió del agua para secarse con una vieja toalla deshilachada.

Daniela entró al agua y Diego le contempló desde la orilla.

—¿No vas a entrar?—preguntó ella refregándose los brazos.

—De ahí—dijo su novio.

—¿Ustedes nos son de aquí?—el tipo le buscó charla a Diego.

—No, somos de Los Ángeles ¿y usted?—respondió el jovencito de 20.

—Nacido y criado acá, Gaspar—sentado en una piedra, le extendió la mano, grande y regordeta, Diego se la estrechó, como un niño pequeño que saluda a un adulto desconocido.

—Permiso ah—dijo Diego poniéndose de pie y quitándose la camiseta.

—Tranqui—dijo Gaspar. Diego entró al río para bañarse con su novia, abrazados y juguetones, Daniela detectó de reojo que el tipo, Gaspar, estaba mirándole el trasero y una vez descubierto, fijó la vista en otra cosa, haciéndose el desentendido y lléndose de ahí.

Regresando a la carpa, la pareja de jóvenes hizo fuego en una fogata de ladrillos y asaron unos trutros de pollo que tenían en una nevera. Mientras masticaban, de la nada apareció el gigante detrás de las llamas con unas latas de cerveza, Daniela saltó del susto y escupió una grosería.

—Hola chiquillos, uh perdón... ¿Quieren chelas? Tengo hartas—les invitó.

—Eh... no amigo, gracias—rechazó Diego amable y el pailón se devolvió por donde vino y entró a su carpa.

Ya era de madrugada, Daniela y Diego dormían abrazados, hasta que él se despertó con ganas de ir al baño.

—Dani, estoy que me meo, espérame—le avisó para que le dejara salir.

—Mmm... no, oye voy contigo—dijo ella con mucho sueño.

—¿Por qué? ¿Para qué quieres ir conmigo?—preguntó Diego.

—Me da miedo ese gallo, no me quiero quedar sola—le pidió Dani asustada.

Así que ambos se levantaron para ir a los baños, alumbrándose con una linterna.

Daniela le esperó afuera y Diego entró... trató de ser sigiloso y no meter mucha bulla para no despertar a nadie más... momento en que sintió un ruido desde los inodoros... parecía que había alguien más... pero era un ruido extraño, no de una persona que orina o defeca, sino otro sonido... Diego se asomó para escuchar mejor... en eso, oyó un gemido varonil de placer, miró por debajo de la cabina y lo vio... se vieron el uno al otro... Diego se asustó, sintió asco y salió del baño.

—Vámonos—le ordenó incómodo a Daniela.

—¿Hiciste pichí?—preguntó Dani.

—Háceme caso, vámonos—dictó Diego más nervioso todavía y agarrándola de la mano.

—¿Por qué? ¿Qué pasó?—demandó la joven contagiándose de su temor, Diego no contestó y la jaló con fuerza.

—¡Ay Diego, me duele!—se quejó tratando de soltarse.

Entraron a la carpa y se quedaron en silencio un rato.

—Dime ¿qué pasó?—exigía la jovencita.

—El loco del río, el que vino con las cervezas, estaba haciendo cochinadas en el baño, me di cuenta porque miré por abajo y me vio—contó nervioso.

—¡Ay que asco! Oye... ni te dije pero él me estaba mirando el poto—soltó ella.

—¿Cuándo hizo eso?—preguntó Diego.

—Cuando nos bañábamos—dijo Daniela.

Alguien abrió la carpa de improviso... era el grandote y les apuntó con un revólver.

—Salgan, ahora—les ordenó susurrando, Diego y Daniela le miraron impactados y sin saber qué hacer. Gaspar les acercó la pistola, casi en la mejilla de Diego.

—Sale ahora o te mato a ti y a tu polola—le amenazó, la pareja salió de la carpa y les obligó a subir al Nissan B 16.

—Prende el auto y maneja—le ordenó en voz baja.

—¿A dónde voy?—preguntó Diego temeroso.

—A la entrada de San Fabián—dijo él.

Diego acató temeroso y Daniela no dejaba de tiritar en el asiento del copiloto, Gaspar estaba sentado atrás y sin dejar de apuntarles. Abandonaron el camping y avanzaron por las silenciosas calles de San Fabián.

—Me gusta tu polola, tiene buena cuerá ¿cómo se llama?—dijo Gaspar.

—Carla—mintió Diego.

—Lindo nombre, para una linda rosa ¿por qué vinieron aquí?—interrogó el tipo de casi dos metros, regordete y transpirado, Daniela hizo una mueca de asco.

—Íbamos a Parral—dijo Diego con la voz entrecortada.

—¿Por qué a Parral?—indagó Gaspar.

—Porque estamos haciendo un reportaje sobre el Chupacabras—reveló Diego.

—Ah... sí... vi la noticia ¿y quieren ir a grabar o algo así?—prosiguió Gaspar.

—Sí—se limitó a decir el joven.

—Bien... vamos a Parral entonces... ándate por dentro, por Colonia Dignidad—decretó Gaspar.

—El camino es malo, voy a hacer tira el auto si me voy por ahí—avisó Diego, Gaspar le puso la pistola en la nuca.

—No voy a pasar por el peaje de la autopista—le recalcó Gaspar y se acomodó en el asiento.

Diego dobló a la derecha por la esquina rumbo a Colonia Dignidad, por el camino interior.

La ruta era muy empinada, repleta de piedras y polvo de tierra... a cada minuto debían frenar y esquivar baches... siguieron hasta Villa Baviera o Colonia Dignidad... se acercaba el medio día.

—Tengo hambre ¿no tienen nada para comer?—Diego miró a Danielay ella negó con la cabeza.

—¿Ni siquiera un pedazo de pan? ¿Nada?—reclamó Gaspar.

—La bolsa del pan se nos quedó en el camping—explicó el conductor.

—Ah... bueno, cuando veamos un negocio pasamos a comprar—se conformó el hambriento.

Cerca de Villa Baviera, vieron una casa.

—Para ahí... vamos a pedirle pan a esas personas. Si alguno hace algo estúpido, los mato a los dos, tengo 5 balas, les advierto—ordenó Gaspar sobándose el vientre. Diego hizo caso y se detuvo en una vieja casa. Bajaron los tres, Gaspar se guardó el revólver en el bolsillo y tocaron la puerta. Les salió a atender un viejito muy amable.

—Hola caballero, disculpe ¿tendrá pan que nos venda? Es que se nos quedó en el camping donde estamos y ya no nos podemos devolver, tengo mil—le pidió Diego al anciano de unos 80 años, muy delgado y de contextura pequeña, como de 1.57.

—Mire cómo son las cosas, mi viejita recién hizo pan amasado, pasen—los tres pasaron y tomaron asiento en un viejo sofá. El abuelito fue a la cocina a buscar una bolsa de pan.

—Permiso ¿puedo ocupar su baño?—pidió Daniela, Gaspar le lanzó una mirada severa y rabiosa.

—Es que ya no aguanto más—suplicó la muchacha.

—Sí mi niña, al fondo—ofreció el caballero mayor. Daniela se encerró en el baño. La esposa del hombre pasó a la sala de estar y vio al par de visitantes.

—Vieja... ¿nos queda pan?—preguntó su cónyuge revisando bolsas.

—Ahí debe haber, en la bolsa de tela blanca—dijo la señora sin más y fijando la vista en Gaspar.

—Hola—le saludó él.

—Hola—dijo la señora y tomó un periódico de sobre la mesa del comedor, se sentó en una silla y buscó una página... enseguida, se quedó mirando a Gaspar... y no le quitó los ojos de encima.

—¿Y andan paseando?—preguntó el abuelito.

—Sí, venimos a hacer un reportaje sobre el Chupacabras—intervino Gaspar.

—Ah el bicho feo ese... oiga... cantidad de animales que mató el condenado. Un amigo mío dice que lo vio, el Zorra—contó el ancianito viniendo con la bolsa.

—Jajaja ¿y por qué le pusieron el Zorra?—consultó Gaspar con su risotada grave, Diego contuvo una risita, estaba nervioso.

—Jaja no sé... nadie sabe por qué—confesó—pero por estos lados, la gente tiene varios apodos; a uno le dicen el Chicha, a otro el Cogote de yegua, a otro el Cola de vaca y a otro el Taíta dios jajaja—agregó el hombre mayor y les entregó la bolsa.

—¿A dónde van ahora?—preguntó la abuelita.

—A San Carlos, pero estamos esperando a un amiga que está en el baño—dijo Gaspar.

—Tienen que ir a Parral, allá está el Chupacabras—aconsejó el señor.

—Sí, pero primero debemos pasar a San Carlos a comprar unas cosas—explicó Gaspar. Daniela salió del baño y se reunió con ellos, Diego le pasó un billete de mil al dueño de casa y este la bolsa de pan amasado y se fueron.

—Menos mal se portaron bien, pero parece que la vieja me cachó—supuso Gaspar mientras subían al auto. Diego partió y aceleró.

La ancianita fue al baño para hacer sus necesidades y vio el espejo rayado con lápiz labial que decía "El tipo alto nos tiene secuestrados, llamen a los pacos". La señora avisó a su marido y llamaron a carabineros.

Pasando San Gregorio y en vista Parral, Diego miró a su novia, que esta ya no resistía más.

—Disculpe ¿por qué quiere ir con nosotros? No entiendo—pidió respuestas el conductor.

—Por dos cosas, uno... porque que me gusta tu polola y una mujer como ella nunca se va a fijar en un tipo como yo... y dos... porque quiero conocer el lugar donde atacó el Chupacabras—explicó Gaspar.

—La señora de la casa... no dejaba de mirarlo, sobre todo después de ver el diario ¿anda escapando?—quiso indagar Diego nervioso, Daniela hizo un gesto brusco de negación.

—Sí—se limitó a decir Gaspar secándose la frente.

—¿Por qué? ¿Qué hizo?—prosiguió Diego.

—No quiero hablar de eso—rechazó Gaspar y hubo un silencio muy incómodo.

—Pero si está escapando, le dejo el auto y nosotros nos quedamos aquí—propuso Diego.

—Cállate y sigue manejando—le ordenó Gaspar cerrando los ojos para concentrarse.

Ya cerca de Parral, pasado San Gregorio, una pareja de carabineros estaba controlando, Gaspar se recostó en el asiento y se tapó el rostro con una mano, como simulando que dormía.

—Si nos paran y sueltan la pepa, mato al paco y a ustedes también—amenazó Gaspar, Danielacomenzó a llorar y Diego tuvo un escalofríos.

Se iban acercando más y más a la patrulla... Diego hervía de nervios, le sudaban mucho la espalda y la frente. El cabo les hizo una señal para que siguieran... pero se quedó pegado con la expresión de Daniela, el miedo es imposible de disimular.

—Dile a tu polola que deje de llorar—le ordenó el criminal a Diego.

—Por favor Daniela, no llores, por favor—le pidió con cariño, ella lloró con más fuerza aún... hasta que se agachó y trató de controlarse.

—Disculpe, pero tengo que preguntarle a alguien dónde queda el sitio donde atacó el Chupacabras—dijo Diego.

—Pregunta, pero sin decir ninguna estupidez—le permitió el fugitivo. Diego se detuvo frente a un negocio, donde dos hombres conversaban sentados en un tronco.

—¡Disculpen! ¡¿Saben dónde fue lo del Chupacabras?!—preguntó en voz alta el joven.

—¡Ah sí, eso está pal campo, donde vive el cuñado de Juan Acuña!—gritó uno sonriente.

—¿En qué parte más o menos? ¿Se sabe la dirección?—pidió Diego.

—Chuta, le mentiría, pero por esta calle para arriba, llendo pa Catillo—le explicó el hombre con amabilidad.

—Ya gracias, es para un reportaje—dijo Diego y dobló la esquina por un camino de tierra.

Estacionados en la casa de los Acuña, nadie hablaba, hasta que...

—No entiendo ¡¿qué cresta quieres?! ¿Matarme y meterte con mi polola? ¿Eso quieres?—Diego interrogó molesto, Daniela tembló asustada con la cabeza apoyada en la ventanilla del copiloto, desde atrás, Gaspar lo miró serio y sin decir nada.

—¿O te quieres escapar? Llévate mi auto, toma, aquí tienes las llaves ¡llévatelo! Por favor llévatelo—suplicó el joven cansado, el criminal le apuntó con el revólver.

—Cállate y date vuelta, no me mires—le ordenó Gaspar con la muñeca temblorosa.

—Pero explícame ¿Qué es lo que quieres?—demandaba el jovencito de muy mal humor.

—Lo único que quería era salir de la cárcel... ser libre, salir a acampar, a pasear, conversar con alguien, ver a una mujer ¿sabes hace cuánto tiempo que no veo a una mujer?—confesó Gaspar bajando un poco el arma y apoyándola sobre sus piernas.

—¿Hace cuánto?—preguntó Diego.

—Quince años—dijo Gaspar en voz baja, la pareja de jóvenes tiritó.

—¿Qué fue lo que hiciste?—preguntó Diego.

—Algo muy malo... algo terrible... estoy enfermo, pero mi enfermedad no tiene solución. Tengo miedo, estoy confundido, no sé en qué momento me convertí en esto ni tampoco sé por qué. No sé si fue la voluntad de Dios que me pasara eso. Quiero sanarme, quiero dejar de hacerlo, empezar desde cero... pero no puedo. Lo mejor es que yo me muera, es la única solución... pero quiero morir feliz, haciendo algo bueno o importante. Voy a ayudarlos con su reportaje.—expresó el prófugo secándose algunas lágrimas con la mano.

—¿No nos vas a hacer nada?—intervino Daniela.

—No, no voy a hacerles nada—dijo Gaspar.

—¿Lo prometes?—pidió Diego.

—Lo prometo—garantizó Gaspar estrechando la mano con la del jovencito.

Los tres bajaron del auto, Daniela se fue apegada a Diego, agarrada de su brazo y a mucha distancia de Gaspar... en el camino hacia la casa, vieron varios cadáveres de corderos apilados en un montón... no había nada de sangre en el suelo... cada uno tenía un par de agujeros redondos y grandes... Daniela se aferró a Diego asustada... una vez en la fachada, tocaron la puerta de la casa... nada, tocaron otra vez, nadie respondió.

—Parece que no hay nadie—supuso Diego y caminó hacia un costado para ver si había alguien trabajando al fondo del sitio, Daniela no le soltaba. Vieron que muy atrás, en otro sitio, había un camión estacionado de color blanco y dos hombres subiendo muebles y cajas atrás, al parecer, los vecinos se estaban mudando. Sonó la bisagra de la puerta, una joven de unos 20 años, de aspecto simple y expresión seria, les atendió.

—Sí ¿Qué necesitan?—preguntó algo desconfiada.

—Hola, yo soy Diego y mi polola... somos de Los Ángeles, somos estudiantes de periodismo de la Andrés Bello y queremos recabar su testimonio. No es necesario que conteste todo, solo lo que usted quiera—se presentó el jovencito.

—¿Quién es él?—preguntó la joven mirando a Gaspar.

—Ah él... él... es... Es un amigo—la dueña de casa lo vio con recelo y señaló a unas bancas y una larga mesa debajo de un parrón. Todos se sentaron en las bancas. Daniela sacó una cámara filmadora de su cartera.

—¿Van a grabar? Yo no quiero que me graben—pidió la joven.

—Eh no, no es necesario. Yo le haré unas preguntas y mi polola solo tomará notas, nada más—aceptó Diego. Daniela guardó la filmadora y sacó su agenda y un lápiz.

—Ahora... ¿Cómo se llama usted?—comenzó el jovencito.

—No quiero decir mi nombre, por favor—condicionó ella.

—Eh bueno... cuénteme en palabras simples qué fue lo que pasó—solicitó Diego. La joven suspiró profundamente.

—Fue antes de ayer... mi papá estaba en la casa de un pariente. Cuando se hizo de noche, se venía solo y pasó por el puente de una acequia y... él contó que lo atacaron dos animales raros, lo arañaron entero, menos en la cabeza... él pensó que lo iban a matar y saltó a la acequia, llevaba agua, pero poca. Mi papá contó que los bichos volaban de un lado de la acequia al otro, hasta que se aburrieron y se fueron—narró brevemente la mujer, apretando con fuerza la manga de su chaleco celeste con franjas blancas.

—¿Y cómo eran esos bichos?—prosiguió Diego.

—Dijo que eran como perros, pero no eran perros. Eran negros, con las orejas muy chicas y con alas y feos—describió ella.

—¿Tenían pelos, plumas o escamas?—indagó Diego.

—Parece que pelos, pero muy pocos. Los que lo atendieron en el hospital de Parral, dijeron que mi papá no estaba curado, como dice la gente mentirosa, él estaba bien. Incluso los mismos médicos y detectives del Servicio Médico Legal, dijeron que las heridas fueron provocadas por un animal, pero no sabían cuál, no estaba descrita por la Ciencia—la joven movía la pierna sin parar, estaba ansiosa y muy nerviosa.

—¿Cómo está su papá ahora?—preguntó el aspirante a periodista mientras Daniela tomaba notas rápidamente.

—Pésimo. En la noche despierta porque tiene pesadillas, sueña con esos bichos feos, que lo atacan. Casi no habla, él ya no es el mismo de antes. Sale de la casa, se desorienta y se pierde y... —la chica se quebró y se puso a llorar.

—Si quiere, dejamos la entrevista hasta aquí, no necesitamos saber más, con eso está bien ¿verdad?—intervino Daniela mirando a Diego, la hija de Acuña asintió reteniendo el llanto.

—Sí, con eso basta. Muchas gracias—concordó Diego y terminaron la entrevista.

Regresaron al auto, Diego metió la llave en la chapa.

—Bueno Gaspar, eso fue todo, ahora nos devolvemos a Los Ángeles—anunció Diego para dar fin a la tregua. Hubo silencio, Gaspar no decía nada.

—¿Ves las cavernas allá arriba? Quiero ir ahí—preguntó Gaspar de repente.

—Oye... creo que ya... —Diego no alcanzó a terminar la frase.

—Dije... que quiero ir ahí, a las cavernas—decretó Gaspar sujetando el mango de su pistola.

—No entiendo ¿por qué quieres ir allá arriba?—preguntó Diego muy fastidiado.

—Porque por lo que dijo la cabra, lo único que se me viene a la mente, es un murciélago... y de ser así, debe estar escondido en una de esas cavernas, lo saco por pura lógica—planteó Gaspar intrigado.

—Gaspar... si quieres ir hasta arriba, te dejo el auto, es todo tuyo—se quiso desligar Diego.

—Vamos todos—dictó Gaspar enojado.

—¡Ya córtala oh! ¡Ándate solo!—le gritó Daniela furiosa, Gaspar se hizo para atrás sorprendido.

—¡Daniela no!—le corrigió Diego.

—¿Daniela? Tú me dijiste que se llamaba Carla... me mentiste... pensé que ya nos habíamos hecho amigos—reclamó Gaspar.

—¡¿Y quién va a ser amigo tuyo?! ¡Hueón enfermo!—soltó Daniela como desahogándose.

—¡Ya! Cállate, por favor, no la embarres, por favor—le suplicó Diego sujetándole de brazo, Daniela asintió temerosa.

Encendió el auto y partió con dirección a las cavernas, a los pies de las montañas y detrás, la majestuosa a Cordillera de Los Andes.

Al principio iban bien, no obstante, a medida que ascendían, el auto empezó a resbalar con las piedras y se atascaba en las subidas raspándose la parte baja del chasis.

—La verdad Gaspar, por un minuto me estabas cayendo bien, pero ahora ya no—confesó Diego muy enojado. Gaspar lo ignoró y siguió con la vista fija en las cuevas.

—Ahora me vas a amar, porque cuando tengo una corazonada, casi siempre suelo estar en lo correcto—afirmó el hostil pasajero.

—Sí claro—dijo Diego incrédulo y con cierta ironía.

—No me faltes el respeto Diego—le dijo en voz baja Gaspar, colocando el revólver sobre su muslo. El paisaje era totalmente rural, ya no habían postes de luz, ni cables, ni casas, ni concreto, solo senderos de tierra y piedras.

A lo largo del camino pedregoso, cumplieron las dos horas de travesía y por fin el auto se detuvo a 800 metros de una cueva.

—Carla Daniela, te quedas arriba, Diego vamos juntos. Lleva tu linterna y la cámara—dictaminó Gaspar.

Los dos hombres entraron por la boca oscura de la caverna... el viento causaba un silbido espeluznante... una verdadera boca de lobo. Avanzaron... no había señales humanas, nada de basura, ni botellas rotas, ni papel higiénico, ni restos de fogatas... nada... el suelo y las paredes irregulares eran rocosos, como piedras lacustres y el cielo cinco metros más arriba quizá, invisible en la oscuridad... evocaba a esas películas de los tiempos prehistóricos y muy anteriores, tuvieron la sensación de que en cualquier momento, les atacarían un grupo de cavernícolas, un perezoso gigante o un dientes de sable.

—Espero que no nos pillemos un puma—temía Gaspar.

—No digas estupideces, que me asustas—le pidió Diego apoyándose en una pared para no perder el equilibrio... y una vez en las profundidades de las tinieblas... Diego prendió la linterna... rocas... solo había rocas y en el suelo, huellas de un riachuelo seco de tonalidad ocre o alcalino, como el óxido.

—¿Cuántos metros llevamos?—preguntó Gaspar revisando sus pisadas para no tropezar.

—Como cien metros o más—calculó Diego.

—Espera ¿escuchaste ese ruido?—Gaspar pidió confirmación.

—No ¿Cuál?—preguntó Diego.

—Ese, escucha—ambos se quedaron en silencio.

—No escucho nada, no me hagas bromas—le retó Diego.

—No, no es broma, suena como... suena como un chasquido—identificó Gaspar.

—Debe ser una gotera—supuso Diego.

—No, las goteras tienen un ritmo, este no es así—corrigió Gaspar.

Se sentaron a un costado sobre unas piedras de unos 30 kilos y permanecieron mudos, como dos personas que se sientan en una iglesia, oscura y sepulcral.

—¡Conchatum... !—gritó una grosería Gaspar ante la sombra que se acercaba a ellos por el suelo, los dos hombres saltaron del susto para correr y tropezaron cayendo boca abajo. Gaspar se levantó y corrió a la salida. Diego intentó ponerse de pie, pero una puntada le acuchilló el tobillo, una esguince o torcedura.

Se giró y lo vio... vio al espectro de figura demoníaca... a una horrible, asquerosa y horripilante criatura que gateaba con brazos y patas largas, Diego se arrastró de espaldas apoyando los codos para alejarse...

—No, por favor, no me hagas nada, por favor, no—imploraba Diego... se sentía tan pero tan profundamente arrepentido de haberlo visto... era la cosa más espantosa que había presenciado en toda su vida... su anfitrión era tal y como la hija de Juan Acuña le describió; vagamente peludo, de orejas chicas, de un color negro y sus ojos... sus ojos penetrantes y redondos como dos canicas negras, brillaban en la oscuridad y al abrir el hocico, destellaron un par de colmillos grandes y afilados, de unos tres centímetros de largo y gruesos como dedos meñiques.

—Por favor, no me muerdas—pidió Diego en voz baja, el enorme murciélago caminó encima de él, habrá pesado unos treinta kilos, lo mismo que un perro mediano, le olfateó con esa nariz extraña y entonces... se incorporó en las largas patas traseras y dio un salto largo de casi siete metros hacia adelante, igual que un murciélago hematófago, los del género Desmodus... y ya una vez en la boca de la cueva, estiró sus grandes alas membranosas y emprendió el vuelo.

Diego se sacudió en un escalofríos y se limpió la ropa, con miedo a haberse pegado alguna infección o parásito... gateó unos metros y habiendo recuperado fuerzas, se enderezó y cojeó hasta la salida, a la luz.

Apenas salió... Daniela corrió a su encuentro y le abrazó con muchísima fuerza y rompió en llanto... se besaron, lloraban de alegría, de gozo, porque estaban vivos y libres al fin. Una brigada de carabineros concurrió al lugar y atendieron a Diego... por el rabillo del ojo vio a Gaspar esposado y dentro de una patrulla.

—Les dije que estabas adentro—le contó Daniela mucho más relajada.

—¿Lo vieron?—preguntó Diego aún nervioso.

—Sí, era como un murciélago grande, pasó volando por encima de nosotros—dijo Daniela sin soltarle de la cintura.

—¿A dónde se fue?—pidió Diego.

—No sé—confesó la jovencita.

—¿Quién llamó a los carabineros?—solicitó él emocionado.

—Los seguimos. Una señora mayor llamó por teléfono que ustedes habían pasado a comprar pan a su casa. De ahí, un colega los vio en la entrada de Parral y dio aviso—explicó uno de los sargentos y subieron a Diego y a Daniela a una patrulla y partieron.

A la hora después, un camión blanco de mudanzas se estacionó cerca de la caverna... unos hombres bajaron de él con una jaula y entraron a la caverna. Al anochecer, salieron de la caverna, sosteniendo la jaula cubierta con una manta y subieron al camión... se encendió el motor y se perdieron en la oscuridad.


Capítulo 40.

El doctor Carter.


Richard Carter, era un doctor especializado en ingeniería genética graduado de la Universidad Estatal de Oregon, Estados Unidos y como ya habíamos dicho antes, siempre fue un fuerte crítico hacia los experimentos de Kollozal y la desextinción del mamut lanudo. Solía expresar sus puntos de vista en programas de televisión y de divulgación científica y los peligros de la manipulación genética...

Los doctores Charger e Ivanov veían la entrevista del doctor Carter en la televisión.

—Doctor Carter ¿a qué peligros nos enfrentamos si se pudieran desextinguir especies como el mamut?—preguntó la periodista, Ethel Hannity.

—A cuáles no nos enfrentamos jaja. Bueno, el gobierno canadiense nunca entendió que la ballena asesina del lago Okanagan, no era un animal endémico, ni una especie nativa ni nada, es científicamente muy improbable que se tratara de un críptido. Lo que significa que el señor Brown es inocente—respondió el doctor Carter.

—¿Cómo así? ¿Por qué dice que es una especie invasora? ¿Y qué es un críptido?—agrupó Hannity.

—Críptido es un animal del que no se conoce su existencia más que por leyendas y reportes, en ocasiones, seres de los que se presume sobrevivieron a una extinción, por ejemplo, el monstruo del Lago Ness que se le asocia con un plesiosaurio... la ballena en cuestión no es un críptido, no es una especie que sobrevivió a la extinción del Cenozoico. Es un animal, aunque de origen prehistórico, desextinto, creado artificialmente por ingeniería genética, la única compañía de biotecnología que se dedica a eso y ha conseguido cierto éxito, es Kollozal Biotech. Hace unos años, lograron replicar a un huargo o Lobo terrible, aparentemente extinto hace diez mil años. —explicaba el doctor Carter.

—¿Cómo es posible desextinguir a un animal así?—indagó la comunicadora.

—Para eso se necesita acceder a una fuente de ADN muy rica y completa, por ejemplo, una momia animal, extraer su ADN y leer su cadena completa, luego modificar la cadena del embrión de un animal actual para que sea igual a la de la momia... y ese embrión inseminarlo en el óvulo de una hembra... eso es todo en resumen, así resucitaron al huargo—especificó el científico.

—¿Usted supone que esta ballena fue creada articialmente de esa manera?—propuso la periodista arreglando sus papeles.

—Es la única manera señor Hannity... o la más probable—afirmó el doctor.

—Usted sugiere que se necesitaría de un animal actual para inseminar un aparente embrión de esta ballena prehistórica... ¿Qué animal actual sería su equivalente?—dedujo correctamente la reportera.

—Un delfínido, una orca diría yo—entregó el doctor Richard Carter, la entrevistadora sonrió conforme.

—Él siempre ha pensado igual, siempre ha dicho lo mismo, desde que lo vi por primera vez en el 94, en una conferencia que di en una universidad de California, allí conocí a Lark—recordó el doctor Alexei Ivanov sentado en el sofá de la sala de estar. 

—Tiene aires de que quiere destruir a Kollozal, tanto como nosotros—intuyó el doctor Charger cubriéndose las piernas con una manta.

—¿Quieres asociarte con él?—adivinó Ivanov.

—La necesidad tiene cara de hereje—remató Charger.

Los doctores esperaban en la oficina, miraban los distintos objetos sobre el escritorio: libros, agendas y un adorno de cadena de ADN de metal. Alguien abrió la puerta.

—Doctores, gracias por venir—les saludó el doctor Carter con un apretón de manos y ocupó su asiento detrás del escritorio frente a ellos.

—Gracias doctor Carter—dijo el doctor John Charger.

—¿En qué puedo servirles?—preguntó el anfitrión.

—Iré al grano... sé que no compartimos la misma opinión sobre resucitar al mamut lanudo... pero hay prioridades: queremos destruir a Kollozal, eso es—lanzó Charger sin rodeos, Carter arqueó las cejas.

—Vaya, eso fue muy directo, pero no me sorprende, no después del terrible trato que le han dado—dijo Carter cruzando los dedos.

—Más allá de eso, Kollozal es una bomba de tiempo a punto de explotar... y cuando las cosas explotan, causan muchos daños colaterales y acaban con la vida de muchos—dijo Charger.

—Y usted considera que nuestro deber como científicos es impedirlo, sí, entiendo, yo también he pensado en muchas maneras de acabarlos... y tengo los recursos para hacerlo, sin embargo, para confiar en ustedes y asegurarme de que nada de lo que hablemos aquí sea divulgado con nadie más, primero deben firmar un contrato de confidencialidad—condicionó Carter sacando unos papeles y dejándolos encima del escritorio.

—¿Por qué un contrato de confidencialidad?—dudó Charger.

—Porque la evidencia de la que dispongo es muy sensible y puede comprometer la vida de muchos colaboradores míos—justificó el doctor Carter.

—Bueno... Alexei—accedió y concedió a su colega, Ivanov concordó y leyeron el contrato y lo firmaron.

—Muy bien, ahora podemos confiar los unos en los otros... tengo a mi disposición la copia de un informe muy delicado, que compromete la dignidad y la honra de una importante colega nuestra—el doctor Carter abrió la copia del informe e inició la lectura.


Capítulo 41.

El niño Neandertal.


Enero de 2001. Soy Rachel Pomeran, antropóloga y arqueóloga de la universidad de Cambridge y obtuve mi maestría en Osteoarqueología en la Universidad de Southampton. Nací en Irlanda. Escribo este informe para la policía, si omito algún detalle, lo lamento, intentaré ser lo más precisa posible.

Fue a finales de los 80, julio del 87 me parece, estaba en Rusia, Siberia, esperaba en la recepción de Kollozal Biotech, yo tenía unos 25 años, estaba muy nerviosa, movía la pierna ansiosa, levantaba y bajaba la rodilla de arriba abajo sin detenerme... ojeé rápidamente la copia del contracto, la era cifra tentadora, 300 mil dólares, pero ¿por qué tanto dinero? ¿Qué trabajo valdría tanto? No había mucha información más que un breve párrafo sobre paleo ADN, desextinción y Neanderthal... y una cláusula de silencio "¿Resucitar a un Neanderthal?" Me preguntaba sin parar. Por fin me abordó un tipo que parecía un doctor, me dijo que se llamaba Vadim Smirnov, nunca lo había visto. Me saludó y me hizo pasar por un pasillo estrecho y gris, con suelo tapizado, varias ventanas a los costados, eran como oficinas. Entramos a una sala de laboratorio vacía, sin gente, hasta que llegó otro sujeto, Vladimir Maglomedov, se notaba adinerado, me saludó con mucha amabilidad y me dijo que todo ese laboratorio moderno estaría a mi completa disposición... confieso que eso me encantó de primeras, para qué voy a mentir, de ahí en adelante, no escuché mucho los detalles, me dejé llevar... era el trabajo que cualquiera desearía. Lo que querían en resumen, era que yo encontrara la manera de resucitar a un Neandertal, me darían todos los recursos para lograrlo... pero no sabía cómo, ellos tenían varios fósiles de Neandertal, pensé que podíamos aislar las proteínas y completar las cadenas de ADN con las nuestras, aunque no sabíamos cómo hacerlo nacer... la mejor manera, era sintetizar núcleos celulares de Neandertal e inyectarlos en ovocitos de una mujer, algo parecido a la inseminación invitro... y criarlo en un útero. Me asignaron dos colegas muy talentosos, los doctores Alexei Ivanov y John Charger. Nos entregaron una muestra de la Cueva de Shanidar, del Kurdistán iraquí, un yacimiento mundialmente famoso, datado hace unos 60 mil años, un fémur de varón Neandertal.

Primero debíamos secuenciar la cadena de ADN del Neandertal para poder identificar qué estructuras habían y cuáles estaban ausentes. Partimos con lo que ya sabíamos, el método Sanger del 75. Originalmente, los sistemas de secuenciación de ADN se inventaron para identificar enfermedades a nivel molecular... sin embargo, el proceso químico llevaba mucho tiempo y el señor Maglomedov estaba impaciente y nos presionaba constantemente, debido a las evidentes limitaciones tecnológicas, Kollozal puso a nuestra disposición un software de computadora muy avanzado, similar al actual, "Fast Chromatogram Viewer" (Visor de cromatograma rápido), con este método, ya no necesitábamos arreglar manualmente los errores en la secuenciación que estaban en los extremos terminales de la cadena.

El visor de cromatograma separaba el ADN por electroforesis capilar, detección y registro de la coloración fluorescente. La electroforesis capilar es una técnica que separa moléculas e iones de acuerdo a su tamaño y carga, se puede utilizar para separar macromoléculas como proteínas, fragmentos de ADN y oligonucleótidos. Se efectua en un tubo capilar de vidrio, donde se aplica un voltaje para que las moléculas se muevan a diferentes velocidades. Prosigo... los resultados de los cromatogramas se expresaban en picos de fluorescencia. El software podía leer más de 384 muestras marcadas por fluoresciencia de una sola vez y llevar a cabo 24 ciclos de secuenciación al día... era impresionante.

Así que seguimos el siguiente procedimiento:

Al principio, trituramos un fragmento de hueso, pero no obtuvimos suficiente ADN. Así que perforamos el fémur y recogimos el polvo de hueso. Dejamos el polvo de hueso en remojo durante la noche en un tampón de extracción, es una sustancia que derrite el hueso y el colágeno y libera el ADN en la solución. Al día siguiente, bajo luces ultravioleta para matar a las bacterias, hicimos la extracción con sílice, que son pequeñas partículas de vidrio que se adhieren al ADN. Luego, utilizamos la centrífuga, eso es, poner las muestras en tubitos a girar en una máquina y que las partículas de vidrio, con el ADN adherido, se junten y formen un gránulo. Al final, ingresamos los resultados en el software y dejamos que él siguiera con el resto.

Puede resultar un poco engorroso explicar todos estos detalles, así que iré directo al grano. Pudimos leer la cadena de ADN del Neandertal y la completamos... obtuvimos núcleos celulares y los inyectarmos en un ovocito femenino... uno mío. Tuvo que ser así, porque no podíamos experimentar con alguien más, ni tampoco divulgar el experimento, por eso me ofrecí como voluntaria, además, por mi compatibilidad genética, mis genes europeos caucásicos, heredados de los Neandertal, el cabello rojizo, etc.

Los doctores Ivanov y Charger estaban algo reacios, pero yo les insistí, yo quería ver a ese niño... fue algo que quise toda mi vida... era yo una mujer muy inmadura, no fui capaz de medir las consecuencias de mis decisiones. Fui inseminada artificialmente.

A medida que avanzaban las semanas, lo sentía dar pataditas cuando sentía mi voz, cuando yo cantaba, el se movía, veía como se movía mi vientre cuando él se giraba.

En el día del parto... estaba yo muy asustada, el niño pateaba muy fuerte... las contracciones eran intensas... fui atendida por un personal médico de ahí mismo, en una sala de partos de Kollozal... él nació y puedo jurar que al vernos... tuvimos una conexión inmediata, los médicos lo midieron, lo pesaron y le colocaron las vacunas. Lo único que yo quería era que me lo entregaran para amamantarlo, para tenerlo conmigo. Yo sugerí criarlo como cualquier niño, ya que era un ser humano como todos nosotros, había que elegir un nombre para que él respondiera y... le bauticé como "Jafet", el hijo de Noé, de quien se dice descendieron todos los pueblos iranios y protoindoeuropeos.

Los médicos y los científicos revisaron los resultados y comprobaron que su complexión física era similar a la de un Neandertal: robusto, de cráneo levemente alargado, frente baja e inclinada, cejas muy gruesas, nariz ancha, ojos y dientes más grandes, rostro prominente y mentón pequeño, casi ausente... cadera ancha, extremidades más cortas y robustas, tórax en forma de barril y menor curvatura lumbar, con esto quiero decir que su espalda era más recta que la nuestra, suponen que por esta razón y a diferencia de nosotros, los Neandertal eran capaces de soportar mayor peso sobre sus hombros y espalda... no sé si decir que era un Neandertal como tal, yo diría un Preneandertal, del linaje mestizo entre nosotros los Homo sapiens y ellos.

Yo le hacía clases y le enseñé a hablar, a caminar, a sentarse derecho frente a la mesa, a utilizar un tenedor, todo, no se demoró mucho en llamarme "Mamá"... y Jafet desde el inicio mostró una inteligencia y fuerzas superiores a las de los niños promedio. Pero lo único que ellos querían, exhimiendo a los doctores Ivanov y Charger por supuesto, era experimentar con él, igual como un conejillo de indias; le sacaban sangre y muestras de piel, de cabello y de uñas... y Jafet se asustaba mucho, gritaba y lloraba y pataleaba, el señor Maglomedov quiso verlo por sí mismo, estaba intrigado... en ese incidente, creo que Jafet tenía unos siete años... pateaba a los doctores, hasta que el señor Maglomedov le agarró de la muñeca y Jafet le plantó una patada en la cara... y le gritó "¡Suéltame viejo feo!". Después de chocar de espaldas contra una consola, el señor Maglomedov se sujetó la nariz, Jafet se la quebró, todos se asustaron en el laboratorio, tuve mucho miedo, pensé que él lo mataría... pero ordenó que Jafet quedara encerrado en una habitación especial para ser vigilado, por su nivel de peligrosidad. Naturalmente, Maglomedov no lo hizo porque le tuviera compasión, sino porque estaba ideando maneras de explotarlo aún más, de ver qué más cosas podía hacer con él, hasta supongo que quería exhibirlo para ganar dinero... Maglomedov es un tipo tan nefasto e inmisericorde... sus años en la guerra de Afganistán en el 78, insensibilizaron su mente y suprimieron todos sus últimos atisbos de humanidad, el doctor Ivanov me contó en secreto que él obtuvo sus ingresos a través del tráfico de piedras preciosas... una vez de regreso a Rusia, vendió todo lo que acumuló y compró varias farmacias, así se expandió.

No pude soportarlo más... busqué y esperé la oportunidad... y cuando apenas pude, pedí salir de la instalación por motivos familiares, durante la madrugada siguiente, mientras todos dormían, ingresé con mi tarjeta a la habitación especial de Jafet, le dije que lo sacaría de allí y él asintió y se quedó calladito, no necesitaba más explicaciones, lo oculté en una maleta grande.

Muy temprano en la mañana, me dejaron cerca del tren transiberiano... una vez se dieron cuenta de la ausencia de Jafet, ya era demasiado tarde, estábamos por llegar a Moscú... y pedí asilo en la embajada británica y nos sacaron del país en secreto. Cuando vieron a Jafet, yo solo les dije que era mi hijo y que había perdido su pasaporte, los policías dudaron y nos realizaron una prueba de ADN, solamente para comprobar lo obvio; que era mi hijo biológico, no hicieron más preguntas.

Llegamos a mi casa, en Irlanda y lo escondí... hasta que nos mudamos a la casa de mis abuelos en una zona campestre, nunca diré la dirección por obvias razones. Lo cuidé lo que más pude, aunque tenía miedo de que nos encontraran, esos fueron los días más lindos de mi vida... éramos una familia, Jafet me decía mamá, yo le hacía clases particulares y él me ayudaba a cocinar y en los quehaceres del hogar, insisto, él era muy inteligente, aprendía muy rápido, para ese entonces, a sus ocho años, Jafet sabía hablar ruso, inglés, francés y algunas palabras en gaélico irlandés antiguo y en latín. Cierto día enfermó, una fiebre muy alta, le puse paños fríos, no podía llevarlo a médico, así que tuve que llamar a uno particular, el médico le observó con una mirada curiosa, deduje lo que pensaba y le supliqué que no hablara con nadie de esto, hasta se me pasó por la mente pagarle o incluso amenazarlo, confieso que hasta lo habría matado con tal de proteger a Jafet... en el día en que empeoró, tuve que tomar la decisión más difícil de todas; llevarlo a un hospital para salvarlo o dejarlo morir... por favor, suplico que no me juzguen por esto, yo estaba muy asustada, no sabía qué hacer, juro que no quería que nadie más lo viera y que lo informaran y así le dieran a Maglomedov nuestra ubicación... a pesar de eso, no tuve otra alternativa y le llevé a un hospital... lamentablemente, mi tardanza perjudicó su estado de salud avanzado... y esa misma noche, mi niño... mi niñito falleció. Según dijo el médico de turno, contrajo una meningitis. Aunque pagué los servicios funerarios para que fuera sepultado en un lugar equis que no mencionaré, posteriormente, exhumé su ataúd y lo sepulté en otro lugar... sabía de lo que era capaz el infame de Maglomedov, sabía que él intentaría dar con su cuerpo para clonarlo y repetir el experimento... y yo no lo permitiría, él no era dueño de Jafet, nadie lo era, ni siquera yo, estamos hablando de un ser humano, Jafet merecía ser libre como cualquier niño. Por esa misma razón, nadie sabe el paradero de su último descanso y yo me llevaré ese secreto a la tumba.

Yo no me resto responsabilidad, no soy una santa... siempre quise ver a un Neandertal, pero nunca pensé que lo tendría entre mis brazos, nunca pensé qué haría de ahí en adelante... tuve gran parte de la culpa, lo sé, sé que esos infelices de Kollozal utilizaron mis conocimientos y técnicas para resucitar al mamut y quien sabe a qué otros animales... porque vi las momias de dinosaurios que trajeron de la Antártica... y sé que todo lo que hice contribuyó a conformar el inmenso desastre que se ha desatado hoy y todas las muertes consecutivas de ello... y me odio por eso... pero yo... yo si amaba a Jafet y él también me amaba... sea como sea, Jafecito era mi hijo, mi niño... y como cualquier madre, luché por todos los medios para darle la mejor vida posible, la más digna, la más normal que alguien pudiera tener. No tengo nada más que decir.

Rachel terminó de redactar su informe y se lo envió por correo electrónico a su abogado, Jack Spech, enseguida, le llamó por su teléfono inalámbrico. Una tenue lluvia empapó la ventana por la tarde.

—Hola Jack, está listo, te envié el informe a tu correo—dijo ella cuando vio una sombra por detrás de la ventana de la vieja casa de campo, hecha de piedras lacustres.

—Hola bien, lo reviso ¿has estado bien?—saludó él, Rachel no respondió.

—Rachel... ¿estás bien?—preguntó el abogado.

—Son ellos, han venido por mí, los sicarios de Maglomedov—avisó ocultándose detrás del sofá.

—Escóndete, yo llamaré a la policía, no cortes—dijo Jack, Rachel se escabulló de a puntillas hacia el segundo piso, al ático y salió por la bohardilla (guardilla) o ventana del techo... caminó por el tejado y se quedó allí, a la intemperie, era invierno y hacía mucho frío... nada podía perjudicar tanto la situación como una lluvia fuerte... y este era el caso. Rachel quedó completamente empapada, sus persecutores entraron a la fuerza y volcaron todos los muebles en su búsqueda... el par subió a la segunda planta de la casa... Rachel contuvo el aliento... y vio a un hombre asomar la cabeza.

—¡Doctora Pomerantz! Tantos años, me alegra tanto verle de nuevo, no se preocupe, no estamos molestos por lo que hizo, solo queremos conversar un rato, nada más. ¿Puede venir para acá?—pidió el sicario, Konstantin, acompañado de Serguei, los mismos que casi asesinaron a Nikolay. La doctora no dijo nada y solo se limitó a distanciarse de ellos, estaba muy cerca del borde...

—Doctora, por favor, tenga cuidado, son casi cinco metros de caída, podría romperse el cuello—dijo Konstantin saliendo por la ventana y caminando por el tejado, llevaba una pistola automática en la mano, le apuntó.

—Doctora, hablo enserio, lamento todo esto, solo queremos que nos diga dónde está el niño, nada más—demandó el asesino.

—Sí te digo donde está, mi vida ya no tendría ningún valor, después de eso, me matarás—dijo la doctora, Konstantin arrugó los labios en gesto de frustración.

—¿Y le mentimos al señor Maglomedov y la hacemos pasar por muerta?—propuso Konstantin.

—Nunca les diré dónde está—respondió Rachel y la luz azul de una baliza alumbró la casa.

—¡Suelte el arma! ¡Está rodeado!—ordenó el sargento de la policía irlandesa a través del megáfono.

—¡Preguntaré la última vez! ¡¿Dónde está?!—exigió Konstantin y la policía abrió fuego... el cuerpo acribillado de Konstantin cayó por la cornisa y se estrelló contra el ante jardín, Serguei tiró la pistola por la ventana y se asomó con las manos en alto.

Seis oficiales subieron por la escalera y cuatro arrestaron a Serguei, los otros dos cubrieron a Rachel con una manta térmica y le atendieron, hasta que llegó la ambulancia.


REGRESANDO A LA OFICINA DE DOCTOR CARTER.

Charger e Ivanov se movían incómodos en sus asientos después de escuchar a su colega, el doctor Carter.

—Y eso no es todo, tengo la copia en inglés de un diario de vida y si eso les pareció horrible, lo que viene a continuación es abominable... así que por favor, prepárense—anunció Carter tomando mucho aire.

—Espere, espere, espere... ¿podría servirme un café antes? Es que se me ha bajado el azúcar—rogó el doctor Charger.

—Sí, a mí también—se agregó Ivanov.

—Sí, por supuesto—Carter se puso de pie y asomó su cabeza por la mampara—Leonor, traigales un café a los doctores si es tan amable, por favor—le dijo Carter a su secretaria y la mujer de mediana edad fue por ellos y se los sirvió a la brevedad.

—Bien continuemos—el doctor Carter sujetó la copia y prosiguió.


Capítulo 42.

El enano.


DIARIO DE VIDA DE FIODOR PANKRATOV.

Lunes 11 de septiembre de 2000, Siberia, Rusia.

Era casi medio día. Caminaba yo por la calle esquivando a la gente, iban tan concentrados en sus trámites, que la mayoría del tiempo ni siquiera me veían, puedo ser la envidia de cualquier espía, porque puedo pasar completamente desapercibido para cualquier persona... a excepción de los niños... algunos de ellos me observaban curiosos y otros con ojos de espanto, escondiéndose entre las faldas de sus madres, como si hubiesen visto a un monstruo, una anomalía, una grosería con patas, un insulto contra la naturaleza. Por eso no me gusta salir a la calle muy temprano.

Bueno... los niños son niños... hay muchas cosas que no entienden, se les pueden perdonar, obvio, son niños... pero las mujeres... ah las mujeres... y esas miradas de asco y rechazo o simple indiferencia... tener una novia es un sueño imposible para personas como yo... tampoco hay muchas mujeres con acondroplasia o enanismo... ¿y por qué debe ser una mujer así? ¿No podría ser una... más... normal? Ah... cierto... a las mujeres les gustan los hombres más normales... más altos o de estatura normal... normal... una palabra que retumba tanto en mi interior ¿Qué es normal y qué no es normal? Mi madre suele decir que yo soy especial, que si nací así fue por algún motivo razonable, el pastor de nuestra iglesia afirma que Dios tiene una misión especial para mí y que debo descubrir cuál es ese propósito.

¿Y si no fue voluntad divina? ¿Si fue la simple casualidad o mala suerte? Mirando a la naturaleza, he visto que en el reino animal, los machos casi siempre son más grandes que las hembras... y también noté que no hay mucha diferencia de tamaño entre los machos de una determinada especie. ¿Por qué ocurre lo contrario entre los hombres? Entre mujeres no hay mucha diferencia de estaturas, sin embargo, entre los hombres sí y mucha, una distinción estúpidamente grande, injustificable incluso para el Creador, tal parece, es una de las muchas cosas inexcusables para Dios y la naturaleza; la gente acostumbra a relacionar la baja estatura con debilidad... y un hombre... un hombre no puede ser débil ¿machismo? Quizá ¿se puede convencer a la gente de lo contrario? No. Probablemente, si yo tuviera un talento o encanto que no dependiera de mi apariencia física... podría conquistar a una mujer y formar una familia o morir satisfecho de haber conocido el amor romántico aunque sea una vez... tan solo... una vez.

Como sea, hoy me quedé detenido frente a una tienda de ropa... viendo el letrero donde dos modelos mujeres muy bellas, posaban abrazadas de un hombre alto, musculoso y guapo ¿cuánto habrá medido? ¿1.80 o 1.90? Quise calcular... una de las empleadas arregló el maniquí de la vitrina... era delgada, de 1.70 creo y de cabello castaño corte campana, muy elegante... y al agacharse, me vio... se quedó mirándome y apartó la vista con incomodidad y aires despectivos. 

"Estúpida, hay mujeres con más curvas que tú, plana", mascullé furioso en voz baja.


Yo no había almorzado, entré a un restaurante... para variar, quedé debajo del mesón, la vendedora tuvo que asomarse y estirar el cuello para verme y tomar mi pedido.

Una vez en la mesa y antes de comer, se sentó frente a mí un hombre elegante.

—Allá hay otra mesa—le dije y mastiqué mi pollo.

—¿Señor Fiodor Pankratov?—me preguntó el hombre sofisticado.

—Sí ¿quién es usted?—le exigí desconfiado.

—Un placer, soy Vadim Smirnov, representante legal de Kollozal Biotech, una compañía de biotecnología—aclaró el sujeto con expresión bonachona y confiada, entregándome una tarjeta con el logo y el número telefónico de una compañía.

—¿Y eso qué?—dije confundido.

—Eh... sí, bien. Mi jefe me pidió hablar con usted, quiere agendar una cita—reveló Smirnov.

—Ah... lo lamento, dígale a su jefe que pierde su tiempo, soy heterosexual, me gustan las mujeres—le tomé el pelo, Smirnov soltó una carcajada.

—Jaja me agrada su sentido del humor. No, no, no se trata de eso... él quiere ofrecerle un trabajo y muy bien pagado—explicó Smirnov. Miré hacia ambos lados y me incliné hacia a él.

—¿De cuánto hablamos?—pedí con sigilo.

—Cinco—dijo Vadim Smirnov.

—Cinco mil rublos, es un chiste jaja—me burlé.

—Cinco millones—aclaró Smirnov. Levanté las cejas curioso.

—¿Y a quién tengo que matar?—bromeé con mi agudo sentido del humor.

—Jajajaja no, no tiene que matar a nadie, es una cirugía para curar la acondroplasia—transparentó Smirnov.

—¿Quieren partirme los huesos? No me agrada esa cirugía—rechacé asustado.

—No señor Pankratov, nada que ver, es una mucho mejor que esa. Mire, mi jefe está por llegar, él le explicará en más detalle—dijo Smirnov bebiendo su bebida. En eso, cruzó la puerta él, Vladimir Maglomedov... y se sentó junto a su empleado.

—Señor Pankratov, soy el doctor Vladimir Maglomedov, dueño y fundador de Kollozal Biotech—intervino el doctor y magnate ruso y me estiró la mano, yo se la estreché nervioso.

—No sé si mi empleado se lo explicó, pero estamos buscando a un candidato idóneo para un procedimiento médico único en su clase. Somos una importante compañía farmacéutica, la más grande de Rusia y Europa, trabajamos en la elaboración de vacunas y medicamentos, también en la creación de nuevos métodos médicos y cirugías vanguardistas, nuestro fin es hallar la cura para muchas enfermedades, entre ellas, la de usted y ya encontramos un método... y no es lo que usted se imagina, nadie le romperá ningún hueso y lo mejor, completamente gratuita, es más, le pagaremos 5 millones de rublos, para hacerlo crecer—explicó y aclaró Maglomedov, eso me relajó un poco.

—¿Y en qué consta la cirugía?—pedí.

—¿Sabe lo que causa el gigantismo? Bueno, es por un tumor pituitario benigno, no da cáncer, este se desarrolla en la hipófisis del cerebro y en la glándula pituitaria, esto a su vez genera un exceso de la GH, la hormona del crecimiento. En el caso de esos pacientes, ya hay una cura, la extracción del tumor por cirugía. Sin embargo ¿qué pasaría si ingertáramos ese mismo tumor en la hipófisis de una persona con acondroplasia? No me creerá cuando le digo que los resultados han sido maravillosos. ¿Qué edad tiene usted?—detalló y preguntó Maglomedov.

—20, acabo de cumplir 20—respondí.

—Perfecto, los hombres dejamos de crecer a los 21 o 24 ¿Cuánto mide?—consoló Mag tomando nota en su agenda como un médico.

—Como 1.30—dije sin rodeos.

—Perfecto, sí... sí, buenas noticias señor Pankratov: es usted un candidato perfecto—festejó Mag contento.

—Oiga, oiga espere... pero ¿Acaso lo han probado antes? Digo ¿con otras personas? ¿Tiene la aprobación de la Organización Mundial de la Salud o eso?—demandé obviamente.

—¡Claro que sí! ¡¿Qué fue lo que pensó?! Jajaja ¡por supuesto que tenemos el visto bueno de la OMS! Mire esta carta—Mag me entregó una carta con el sello de la OMS y un breve resumen de la cirugía titulada "Cirugía de crecimiento controlado: la cura para la acondroplasia".

—No lo sé mire... tengo que pensarlo primero—confesé muy tenso.

—Señor Pankratov, dígame la verdad... ¿no le afecta cuando la gente le mira extraño? ¿Cuándo le ignoran? ¿Cuando se burlan de usted? ¿No le gustaría medir 1.75 o 1.85? ¿Tener una novia o varias? ¿Que las mujeres se queden mirándole hacia arriba? ¿No le encantaría salir con muchas chicas lindas? ¿Modelos de revista? ¿Mujeres con curvas de copa E, F, G o hasta H? ¿Chicas con cuerpos como de guitarras y que todos los hombres le envidien? Yo que usted sí lo pensaría—me ofreció el viejo Mag.

—¡Y a usted qué carajos le importa! ¡¿Por qué no va a manipular a otros?! ¡Pedazo de imbécil!—le grité al doctor Maglomedov, parándome bruscamente, pagando la cuenta y lléndome del restaurante. Los demás comensales nos miraron curiosos.

Caminé por unas calles de regreso a mi casa, en el distrito de Chertanovo, un barrio muy humilde y modesto de Moscú... me corrían algunas lágrimas de vez en cuando y me las secaba con la manga, tragándome el llanto. Al cruza la puerta de mi casa, me encerré en el baño y cayendo de rodillas en un rincón, me eché a llorar. Mi anciana madre tocó la puerta.

—Hijo ¿estás bien?—preguntó mi mamá.

—¡Sí mamá, estoy bien, nada del otro mundo, déjame solo!—le grité secándome el rostro con la toalla. Permanecí así un rato, unos 15 minutos. Al salir, me refugié en mi habitación y sobre mi cama traté de procesar lo que había ocurrido, fue demasiada información de golpe.

"Kollozal... farmacéutica, biotecnología, gigantismo... pituitaria... GH... Smirnov... Maglomedov... OMS. 5 millones de rublos ¿qué podría comprar con eso? Alto y millonario ¿Qué mujer podría resistirse a eso?". Repasaba yo una y otra vez.

Me levanté y caminé hasta un rincón de mi habitación y comencé a medirme incesantemente con la mano, me colocaba frente a la pared y rozaba la mano por encima de mi cabeza y golpeaba la pared muchas veces, tomaba aire para ver si aumentaba aunque sea un centímetro... pero nada, me paré de puntillas para ver cuántos centímetros marcaba, solo 5 más, 1.35.

—¡Maldita sea!—gruñé frustrado y golpeé la pared con mi palma. Entró mi madre, con sus muletas.

—¿Te estás midiendo de nuevo?—preguntó inocente.

—Mamá... la próxima vez podrías tocar la puerta antes de entrar—le recordé enojado.

—Ah perdón, solo venía a decirte que tu ropa ya está lista, para que me ayudes a doblarla—dijo ella con amabilidad y me la entregó.

—Ya, gracias—dije bajando la voz.

—Hijo, disculpa, te veo alterado ¿te pasó algo?—inquirió preocupada ella.

—Nada mamá, estoy bien—dije serio y cabizbajo.

—¿Estás seguro?—insistió ella.

—Ah... hoy me habló un tipo que trabajaba para una empresa o farmacéutica, me prometió puras estupideces, que me pagarían por hacerme una cirugía que me haría crecer y esas cosas—le conté sentándome sobre la cama.

—¿Pagarte? ¿Enserio? ¿Cuánto te ofreció?—preguntó mi mamá.

—5 millones de rublos—solté.

—Ah... seguro era una estafa, te querían engañar—supuso ella.

—Sí... sí, quizá... ahora solo quiero estar solo—le pedí y ella asintió y cerró la puerta. Creo que no lo he dicho antes, pero mi madre sufría una enfermedad degenerativa, una artrosis prematura.

Permanecí en silencio y encerrado en mis pensamientos...

"Cinco millones de rublos ¿qué podría comprar con cinco millones de rublos? ¿una casa? ¿Un auto? Ni siquiera entendí bien en qué consistía la cirugía... ".

Pensé y saqué la tarjeta de mi bolsillo y vi el número de teléfono, temblé, sentí que me faltaba el aire y me mareé, me senté y respiré hondo.

Busqué en internet investigadores privados... y todos cobraban una cifra que yo no podía pagar. Seguí buscando sobre Kollozal Biotech en la red... por lo visto, Smirnov dijo la verdad, se trataba de una compañía de biotecnología muy importante y prestigiosa... en su página oficial, se hablaba sobre las muchas vacunas y tratamientos innovadores que habían logrado, también el parque Pleistoceno de Siberia y el plan para resucitar animales prehistóricos... por otro lado, en la página de un periódico, se comentaba su conflicto legal con dos ex empleados, afirmaban que la compañía habría simulado un incidente para cobrar un seguro millonario... fuera como fuera, eran prestigiosos y tenían mucho dinero y hacían milagros genéticos... supuse.

Ojeé nuevamente el número de teléfono en mi tarjeta y llamé...

Un automóvil muy caro y elegante llegó a la muy sencilla propiedad de mi familia, todos los vecinos se asomaron para mirar al hombre de traje costoso bajar del auto y darme la mano, Smirnov. Mi madre se impresionó al verlos, los estaba esperando y ellos le ofrecieron que nos acompañara, madre accedió emocionada.

En el hall de Kollozal Biotech, Smirnov nos ofreció sentarnos en unos sofás muy grandes, acolchados y acogedores, sonaba música clásica. El doctor Maglomedov se acercó a nosotros a paso rápido y nos saludó a ambos.

—Me es un placer recibirlos. Síganme—nos rogó y los cuatro, junto con Smirnov, tomamos el pasillo principal.

—¿Por qué quieren pagarle cinco millones de rublos a mi hijo? ¿En qué consiste la cirugía? ¿No tendrá efectos secundarios?—preguntaba mi madre con mucha persistencia y preocupación, a medida que intercalaba sus pasos con las muletas.

—No, no, no, para nada, ya existe un tratamiento médico muy efectivo, donde se inyecta a los niños dosis de la hormona del crecimiento, la GH. Pero en el caso de las personas con acondroplasia o enanismo, no es suficiente, por esa razón, basados en ese mismo tratamiento, hemos perfeccionado la técnica y creemos haber hallado la cura para dicha condición. Adelante—Maglomedov abrió la puerta de una habitación, repleta de médicos y especialistas, era una comisión médica.

Los médicos nos saludaron y evaluaron mi caso para ver si era compatible con el tratamiento. Acordaron más citas en el futuro, pero todo indicaba que yo sí era un potencial candidato y que conocían un tratamiento para la artrosis prematura de mi madre. La comisión médica se ganó nuestra confianza, esto acalló nuestras dudas... lo que desconocíamos, era que todos los médicos eran empleados de Vladimir Maglomedov.

Los médicos me aconsejaron tener una agenda para tomar nota de mis síntomas y avances. Como una especie de diario de vida... y bueno, aquí estamos.


TRATAMIENTO CONTRA LA ACONDROPLASIA.

●Día 1. Martes 12 de septiembre de 2000.

Me atendió un médico y usando una huincha, me tomó muchas medidas, de pies a cabeza; midió mi cabeza, mis manos, mis brazos, mis piernas, mis pies, mi cintura, mi cuello, todo. Me tomaron muestras de sangre, de orina, de deposiciones, etc. Me sentí como una verdadera rata de laboratorio o un conejillo de indias. Me hicieron una evaluación completa. También revisaron mis dientes, mi lengua y mis oídos. Me pidieron trotar en una máquina y me colocaron muchos cables con ventosas.

●Día 2. Miércoles 13 de septiembre de 2000.

El primer día solo fueron evaluaciones. Pero hoy... hoy empieza el juego de verdad. Me ingresaron al quirofano, me dijeron que no me dolería, me quedé dormido, no recuerdo nada de lo que pasó entremedio, desperté en una sala muy cansado y un poco desorientado, con mi bata blanca y una camilla cubierto con frazadas muy limpias. El médico me preguntó cómo estaba, le dije que mareado, me explicó que la operación había sido todo un éxito, que consiguieron implantar una cepa del tumor sintético en mi cerebro, en la glándula pituitaria. Dijo que debería estar hospitalizado por dos semanas para evaluar mi salud.

●Día 3. Jueves 14 de septiembre de 2000.

Un día aburrido, mirando la televisión de la habitación. Mi madre vino a visitarme, estaba preocupada, pero feliz.

●Día 4. Viernes 15 de septiembre de 2000.

No sé si escribir todo lo que pasó, porque no era nada relevante. El viejo Maglomedov y su grupo de médicos me visitaron y estaban contentos, se abrazaban y daban apretones de manos.

●Día 5. Sábado 16 de septiembre de 2000.

Me duele la cabeza y se me hincharon las manos y los pies. Me recetaron remedios y pastillas que me quitaron el dolor.

●Día 15. Lunes 25 de septiembre de 2000.

Me piden que camine para que no pierda movilidad y no se me atrofien los músculos. Me siento bien.

●Día. 17. Miércoles 27 de septiembre de 2000.

Hoy ha llegado mi alta. Era difícil volver a caminar, pero retomé la costumbre. Antes me mareaba, pero ya no, me siento muchísimo mejor. Me llevaré esta agenda para mi casa. Mamá me vino a buscar, fueron a dejarme en un vehículo de la compañía.

●Día 18. Jueves 28 de septiembre de 2000.

No siento nada diferente... me he medido en la pared, tengo la misma estatura. Me pagaron 5 millones de rublos. Estoy contento, quiero comprarle una casa nueva a mi mamá.

●Día 23. Martes 3 de octubre de 2000.

Me volví a medir. Creo que aumenté un milímetro o parece que no.

●Día 43. Lunes 23 de octubre de 2000.

Ya es final de mes y no he visto mayor cambio, creo que la cirugía no funcionó, pero no importa, me pagaron igual. Hoy fuimos a ver la nueva casa con mi mamá, le gustó el barrio, era muy hermoso, cerca del teatro de ópera. Me llamó Vadim Smirnov, me pidió juntarnos, pero le dije que estaba ocupado, que mañana al medio día.

●Día 44. Martes 24 de octubre de 2000.

Me reuní con Smirnov, quería saber cómo estaba, si notaba cambios, le dije que no me sentía muy diferente y se despidió, se le veía frustrado, tal parece él mismo atestiguó que la cirugía y el tratamiento fueron un completo fracaso.

●Día. 104. Sábado 23 de diciembre de 2000.

Tenía botada esta agenda. Estoy feliz. Mi mamá está muy a gusto en la nueva casa. Fui a ver autos nuevos y usados. En ocasiones me late el corazón rápido, a veces. Me medí, tal parece creo haber crecido un centímetro... ahora mido 1.31. No es la gran cosa.

●Día 174. Miércoles 3 de marzo de 2001.

Hoy me volví a medir, creo que crecí dos centímetros o más. Ahora mido 1.33.

●Día . 5 de abril de 2001.

Creo que crecí 2 centímetros más. Ahora mido 1.35. Parece que crezco 2 centímetros por mes.

●Día . Mayo de 2001.

1.37

●Día . Junio de 2001.

1.39.

●Día. Julio de 2001.

1.41 Esto es tan genial que me asusta. Kollozal no ha vuelto a contactarme.

●Día . Agosto de 2001.

1.43.

●Día . Septiembre de 2001.

1.45.

●Día . Octubre de 2001.

1.47.

●Día . Noviembre de 2001.

1.49.

●Día. Diciembre de 2001.

1.51

●Día . Enero de 2002.

1.53.

●Día . Febrero de 2002.

1.55

●Día . Marzo de 2002.

1.57. Maldición sigo creciendo sin parar, voy muy rápido.

●Día . Abril de 2002.

1.59. 

●Día . Mayo de 2002.

1.61. Esto es un milagro! No soy muy alto, pero ahora por lo menos la gente me mira a los ojos. Hoy por primera vez crucé miradas con una chica.

●Día . Junio de 2002.

1.63.

●Día . Julio de 2002.

1.65

●Día . Agosto de 2002.

1.67. Diablos! Ya estoy alcanzado el 1.70!

●Día . Septiembre de 2002.

1. 69.

●Día . Octubre de 2002.

1.71. Pasé el metro 70 y la media del hombre ruso promedio!!! 

●Día . Noviembre de 2002.

1.73. Ahora puedo decir que soy alto. Soy tan alto comparado con lo que era, que hasta el inodoro me queda más lejos, a veces pierdo el equilibro y me he caído un par de veces, pero nada grave, estoy muy feliz.

●Día . Diciembre de 2002.

1.75. Carajo! Si que soy alto. La gente dice que soy alto, eso se siente muy raro!

●Día . Enero de 2003.

1.77.

●Día . Febrero de 2003.

1.79. Llegué al 1.80, llegué!!! Dios mío, no lo puedo creer.

●Día . Marzo de 2003.

1.81

●Día . Abril de 2003.

1.83. Por el amor de Dios, soy gigante! Me doy cabezazos con todas las cosas, se me olvida agacharme y me cuesta entrar en algunos autos, debo doblar las piernas.

●Día . Mayo de 2003.

1.85. Ahora todos me quedan mirando en la calle! Ante ni siquiera me prestaban atención pasaban por encima mío, pero ahora, soy el centro de atención.

●Día . Junio de 2003.

1.87. Maldición! Esto no se está deteniendo! Estoy rozando el 1.90! Esto me está asustando!!!

●Día . Julio de 2003.

1.89. Esto no es normal. Hoy fui a médico para ver qué me ocurre. Dice que me harán más exámenes.

●Día . Agosto de 2003.

Llegué al 1.91.

●Día . Septiembre de 2003.

1.93.

●Día . Octubre de 2003.

1.95.

●Día . Noviembre de 2003.

1.97. Estoy alcanzando los 2 metros. Llegaron los resultados de los exámenes. Los médicos no saben qué me pasa. Dicen que puede ser gigantismo.

●Día . Diciembre de 2003.

1.99. Ahora mido 2 metros. Soy el hombre más alto de mi ciudad o uno de los más altos. La gente, turistas, me piden fotos y autógrafos en la calle. Las mujeres me quedan mirando con asombro. Hoy invité a salir a una chica y me dijo que sí. Se llama Ester y dice que soy el hombre más alto que ella había conocido, incluso puedo agarrar su cabeza con una mano, ella no para de reír.

●Día . Enero de 2004.

¡Oh diablos! Dos metros 10 centímetros. Esto no es normal! Invité a salir a otra chica, no tengo nada contra Ester, solo que esta me gustó más. Creo que es modelo. Ester se molestó mucho.

●Día . Febrero de 2004.

2 metros con 20 centímetros. Maldita sea, debo buscar ayuda urgente! Estoy creciendo más rápido que antes, creo que 10 cms por mes. Mi mamá le pidió ayuda al pastor de nuestra iglesia, el señor Sorokin. Vinieron a verme y me llevaron al hospital, no cabía en el asiento del copiloto, así que me fui atrás del Lada con las piernas recogidas.

●Día . Marzo de 2004.

2 mts con 30 cms. Me han diagnosticado con gigantismo. Los médicos del hospital de Novosibirsk están asustados y no saben qué hacer conmigo.

●Día . Abril de 2004.

2 mts con 40 cms. Me duelen mucho las rodillas, la espalda y las muñecas. Ahora uso bastón y muletas. Dicen que tengo una artrosis prematura, igual que mi mamá. También me detectaron problemas al corazón, me recetaron pastillas para la taquicardia.

●Día . Mayo de 2004.

2 mts con 50 cms. Estoy tratando de conseguirme una silla de ruedas... pero ninguna tiene la medida para mí, no entro en ninguna.

●Día . Junio de 2004.

2 mts con 60 cms. Hoy no pude levantarme de la cama... pasé todo el día acostado. Ni siquiera pude asistir al funeral de mi mamá, esto es lo peor que me ha pasado en la vida, ya no quiero seguir viviendo, quiero que esta tortura termine de una vez por todas ¡Ya no lo resisto más!

●Día . Julio de 2004.

2 mts con 70 cms. Estoy postrado, vinieron del hospital y los hermanos de la iglesia con el pastor para ayudarme, me consiguieron una pelela para orinar y otro recipiente para defecar, ni siquiera puedo moverme para llegar al baño. Me ensucié entero, me sentía como un cerdo. Tuvieron que ayudarme para poder limpiarme con trapos, no puedo ir a la ducha, es imposible. Me cambiaron las sábanas. Fue algo denigrante y humillante, eso no me pasaba desde que era un niño.

●Día . Agosto de 2004.

2 mts con 80 cms. Tengo miedo de morir, creo que soy el hombre más alto de la historia, superé a todos, incluso a Wadlow que medía 2.72.

●Día . Septiembre de 2004.

2 mts con 90 cms.

●Día . Octubre de 2004.

3 mts. He aceptado mi destino, mi final, se acerca mi muerte... lo único que quiero es morir, dormir y no volver a despertar. Lo deseo mucho, ya no tengo miedo como antes.

●Día . Noviembre de 2004.

3 metros con 10 cms. Los hermanos vienen todos los días y oran por mí, para que no sufra más, para no tener un final muy doloroso, para que Dios se apiade de mí y que me deje entrar en su santa gloria, en su santa morada celestial... para ver a mi madre de nuevo. Te amo Dios y te pido perdón si te hice algo malo.

Allí terminaron las palabras del diario de Fiodor Pankratov, el pastor, el señor Yerik Sorokin las leyó aguantando las lágrimas y suspirando al costado de Fiodor, con fiebre y transpirado... el pequeño hijo del pastor, de unos 10 años, tocó.

—Papá—llamó él mirando por la rendija de la puerta.

—Ya voy—dijo el señor Sorokin cerrando de golpe el diario y saliendo de la habitación.

—Papá ¿él es tan alto como Goliat?—demandó el niño con imperiosa curiosidad.

—No hijo... él es más grande que Goliat—calculó el padre. Los hermanos de la iglesia esperaban afuera.

—¿Llamaron a la policía?—preguntó Sorokin.

—Dijeron que vienen en camino—contestó uno de ellos.

La policía se presentó en la propiedad Pankratov y el oficial se sentó a conversar a solas con el pastor, para tomar declaración.—Lo envenenaron, estuve leyendo su diario de vida, dice que los de esa empresa le metieron algo en la cabeza—reveló el pastor ante la mirada escéptica del oficial.

—¿A qué se refiere con que "Le metieron algo en la cabeza"?—exigió precisión el policía.

—Kollozal. Una cirugía, este Fiodor tenía enanismo, siempre fue así, desde que nació, pero ellos le ofrecieron mucho dinero para operarse, querían curarle y algo salió mal y quedó así, le metieron algo en el cerebro que lo hizo cambiar—precisó el pastor. El policía caminó hasta la habitación de Pankratov y le observó.

—Hola, soy el oficial... ¿Tú eres Fiodor? Dime ¿quién te hizo esto?—exigió el oficial. Fiodor no respondió, estaba inconsciente.

—¡Fiodor!—gritó el señor Sorokin y trató de despertarlo con unas suaves cachetadas, de las que no recibió respuesta.

—Oficial, está muriendo, debemos sacarlo de aquí. Oigan—urgió Sorokin saliendo de la habitación y pidiendo la cooperación de los demás.

—No cabe en la patrulla, debemos conseguir un auto más largo, como un furgón—advirtió el oficial y uno de ellos llamó por teléfono a un amigo que tenía furgón. Bajaron a Fiodor usando las sábanas y cargándole entre 8 personas. Le metieron por la parte de atrás del furgón, pero sin poder cerrar la puerta, ya que sus pies quedaron al aire y partieron al hospital con él.

El médico de turno dio la mala noticia a los hermanos de la iglesia y a los policías... Fiodor había sufrido un infarto... fue imposible salvarlo... pidieron prestadas dos camillas más para sostener el cuerpo de Fiodor y sus largas e interminables piernas. Los encargados de la morgue del hospital no sabían bien dónde meterlo, no cabía en ningún otro lugar. Fue toda una epopeya trasladar su cuerpo allí.

Todo el personal de hospital y los demás pacientes estaban revolucionados con el gigante, sobre todo los niños, nunca antes habían visto a un hombre tan alto... o mejor dicho, largo... todos querían verlo y se ganaron los reproches de los médicos y enfermeras que les espantaron. Hasta la prensa visitó el hospital para confirmar la muerte del hombre más alto de la historia.

En la comisaría... Sorokin perdía la paciencia y se refregaba la cabeza frustrado ante la incredulidad e incomprensión de los oficiales.

—Ya les dije, pero lo volveré a decir una vez más. A Fiodor lo envenenaron... le inyectaron algo en el cerebro y no paró de crecer hasta que murió. Aquí está su diario, véanlo ustedes mismos—el pastor Sorokin golpeó el mesón del comisario con el diario de Fiodor. Habiéndose cansando de Sorokin, los policías le dejaron ir.

Vadim Smirnov corrió y cruzó la puerta de golpe, la oficina del doctor Maglomedov estaba muy silenciosa.

—Jefe... jefe ¿está ahí?—llamó Smirnov preocupado. Se asomó y Maglomedov estaba sentado y en silencio, como meditando y acariciando la réplica de un fósil.

—Jefe ¿supo lo que le pasó a Pankratov?—preguntó Smirnov. Maglomedov asintió muy callado y siguió acariciando la réplica.

—Sí... tengo miedo de que nuestro espécimen muera de la misma manera. Sería un inmenso fracaso... el más grande de la compañía—susurró el doctor profundamente afligido.

—Nuestro socio, el canadiense, encontró al hombre indicado, se contactará con él esta semana. Él guiará al señor Planc y su equipo—informó Smirnov y se retiró... Maglomedov siguió haciéndole cariño a la réplica del fósil de una garra, una larga garra curva de 16 centímetros.

El pastor Yerik Sorokin se contactó con un abogado, el señor Edmon Dorofeyev y le contó toda la historia, con la mayor cantidad de detalles posibles. Sentados en un café de Novosibirsk.

—¿Le entregó el diario a la policía?—preguntó Dorofeyev tomando notas en su agenda.

—Sí, pensé que era lo mejor—supuso Sorokin.

—Necesito ese diario, iremos los dos esta tarde a buscarlo—decretó él. Y fueron a la propiedad de la familia Pankratov.

Pidieron permiso a un vecino que guardaba una copia de la llave y ambos revisaron todo lo que pudieron... Dorofeyev se quedó pegado mirando una foto familiar de Fiodor con su madre.

—¿Ve? Tal como le dije... él tenía enanismo—le recordó Sorokin, el señor Dorofeyev tuvo un escalofrío y titubeó un poco.

—Creo que... nunca me había tocado un caso así—reconoció el abogado de unos 35 años, joven, pero seguro de sí mismo.

Entraron en la habitación y revisaron todos los muebles, las sábanas, la ropa, el armario, los cajones del velador... todo. Nada... no había nada que diera señales de Kollozal, nada. Ambos se sentaron en la cama para pensar... hasta que Sorokin identificó un pedazo de cartón azul a los pies del velador... era una tarjeta... y tenía el símbolo de una célula y el título "Kollozal Biotech".

—Déjela ahí, en el suelo—pidió Dorofeyev y le tomó una foto con su cámara fotográfica, entonces la guardó en el bolsillo de su chaqueta.

—Algo es algo—susurró Sorokin.

Una vez recibidos en la comisaría, el señor Dorofeyev solicitó el diario de Fiodor para fotocopiarlo.

En la sala del tribunal de Novosibirsk, el juez tomó asiento y los abogados después de él. Allí compareció el doctor Vladimir Maglomedov, su asistente Vadim Smirnov y su staff de abogados. Al medio, una pareja de fiscales. Y del otro lado, el pastor Sorokin, el abogado Dorofeyev y cincuenta hermanos de la iglesia protestante.

—Magistrado, la fiscalía dispone de una copia del diario del señor Pankratov. En este, dispuso toda la información que vincula a Kollozal Biotech y su personal médico en un procedimiento ilegal, sin autorización del Ministerio de Salud, ni ninguna otra entidad médica. Ellos su señoría, contrario a toda ética y principios de la medicina, experimentaron con el señor Pankratov, tal como se hace como con una rata de laboratorio. Según comprendimos de lo leído en el diario y tras muchas conversaciones con médicos y expertos en el tema, los empleados del señor Maglomedov sintetizaron una célula adulterada del tumor benigno que causa el gigantismo y la insertaron en la glándula pituitaria del señor Pankratov, en la región de la hipófisis, generando un crecimiento anormal y acelerado en el paciente hasta el día de su muerte. Sometiéndole a una condición invalidante, totalmente dependiente de otros, humillante, denigrante y cruel. Magistrado... esto fue un homicidio, un asesinato... no cabe ninguna duda de eso—declaró ante todos los presentes el señor Dorofeyev con valentía, sosteniendo la foto familiar de los Pankratov, poniendo en evidencia la antigua acondroplasia de Fiodor y en la otra mano el diario y pegada encima, la tarjeta de la compañía. Momento en que miró de reojo a un indiferente Maglomedov, que se urgueteaba la nariz y miraba la hora en su caro reloj de pulsera... él, hasta se dio el lujo de bostezar y estirar los brazos con total descaro, mientras sus abogados seguían cuchicheando una defensa. El juez determinó que no existían las pruebas suficientes para vincular a Kollozal Biotech con la muerte del señor Pankratov, ya que los resultados de la autopista, aunque indicaron la presencia de un tumor benigno, los médicos lo adjudicaron a un caso excepcional de gigantismo.

Al salir de la sala, Maglomedov le dio un golpecito en el codo a Vadim Smirnov.

—¿Qué noticias hay de la doctora?—preguntó el magnate peinándose el bigote.

—Todo mal señor, Konstantin murió y Serguei fue extraditado esta mañana—informó Smirnov.

—Ladrona estúpida—se quejó Maglomedov rechinando los dientes.

Mientras tanto, en la televisión, seguían hablando de la masacre de Beslán y de los terroristas chechenos, que fueron motivados por una venganza, por sus compañeros caídos en la guerra liderada por Rusia en ese país.


DE REGRESO A LA OFICINA DEL DOCTOR CARTER.

Los doctores Charger e Ivanov se cubrían las bocas con ambas manos y tiritaban... suspiraban de indignación e impotencia... no podían dar crédito a la atrocidad que acababan de oír. El doctor Carter suspiró y dejó la copia sobre la mesa. Nadie quería hablar.

—Lo que sucedió posteriormente al deceso del señor Pankratov, es parte del informe escrito por los señores Sorokin y Dorofeyev, que me enviaron por fax. Pero hay buenas noticias, tengo un informante que trabaja en Kollozal y esa persona, de quien no revelaré su identidad hasta que lo amerite, me dio los contactos de los afectados. Ahora... la última información que me envió, trata sobre la ceremonia de inauguración del Zoológico de Kollozal y su posible fecha y lugar... y me atrevo a decir que es la oportunidad perfecta para darles un golpe lo bastante certero, como para acabar con ellos de una vez por todas—completó el relato Carter. Antes de retirarse, Charger e Ivanov decidieron asociarse con el doctor Carter y formar una pequeña sociedad farmacéutica llamada "C & C Bioscience".


Capítulo 43.

Burrunjor: el rey de Australia.


En la costa de Darwin, al norte de Australia. Los niños miraban por la ventana de la casa de campo, el dueño del rancho, Steve Newman sujetaba su escopeta y apuntaba preocupado, su esposa sacó la cabeza por la ventana del comedor.

—¿Los llamaron?—preguntó ella.

—Sí sí, dicen que vienen en camino—le respondió su esposo, acompañado de diez policías que vigilaban.

A los minutos, una camioneta burdeo hizo acto de presencia, eran ellos... Michael Kors y su hijo Cris.

—Hola ¿dónde está?—preguntó sin rodeos Kors.

—Allá, en la laguna—indicó el señor Newman bajando su escopeta y temblando. Kors y Cris sacaron sus rifles de aire comprimido y los cargaron con dardos tranquilizantes.

—Tenga cuidado, es un monstruo gigante—advirtió el ranchero. Kors asintió y se fue en compañía de su hijo y los policías.

En la laguna pantanosa... todo estaba callado y tranquilo... cubierta bajo la sombra de unos árboles... no había nada más que agua turbia y lodosa.

—¿Debajo del agua?—preguntó Cris. Kors asintió apuntando hacia el estanque. Se acercó con cuidado e hizo que su mano chapoteara en la orilla por un rato... una nariz escamosa surgió sobre el espejo de agua... Kors se hizo para atrás y esperó...

El gran reptil se acercó al borde de la laguna, Cris sacó un fiambre de una bolsa hermética y lo lanzó en el barro, tomaron distancia. El gran hocico de casi un metro de largo, salió del agua y le siguió una hilera de escamas gruesas como paletas negras y curvadas hacia atrás, medía unos 6 metros de largo... Cris amarró una cuerda a un tronco de árbol grueso y le entregó el otro extremo a su padre, este ató un nudo con el lazo, formando un círculo o argolla, la enrrolló en una caña gruesa y firme y se acercó lentamente al gran porosus... la bestia habiendo terminado de engullir la carne podrida, detectó su presencia y abrió el gran hocico siseando amenazante y desconfiado, mostrando sus largos colmillos blancos, como puntas de cachos de vaca afilados. Los policías desenfundaron sus pistolas. En un segundo, Michael Kors dejó la caña suspendida en el aire, casi a un metro sobre el animal y dejó caer la argolla sobre el maxilar superior del cocodrilo y Michael y Cris apuntaron con sus rifles y le dispararon dos dardos en el maxilar inferior, el monstruo se giró para volver al agua y al notar el tirón de la cuerda, sacudió el hocico violentamente de arriba hacia abajo tratando de zafarse y comenzó a girarse sobre su cuerpo, el árbol se sacudía sin parar hasta que perdió casi todas las hojas. El gigante peleó durante unos veinte minutos, hasta que se quedó inmóvil, ya estaba cansado, lo seis hombres se sentaron sobre él y Kors le tapó los ojos con un trapo negro.

—Este es el más grande que hemos atrapado—dijo Cris y los policías se le quedaron mirando boquiabiertos.

Michael Kors era un ganadero australiano que comenzó trabajando en una lechería. Un veterinario le enseñó a atender partos y cada vez que los terneros venían chuecos, lo llamaban a él para girarlos y salvarlos, porque de no hacerlo bien, podría morir el ternero y en el peor de los casos... la vaca... y de pasada, el partero acabaría con un brazo fracturado y en el hospital. Por eso Michael Kors se volvió un hombre muy reputado en su región, mucha gente lo conocía... y más aún cuando descubrió su gran talento: cazar cocodrilos.

Siempre que uno de los reptiles acorazados terminaba por error en el rancho de una familia, llamaban al "Cazador de cocodrilos" y a su hijo, Christian "Cris" Kors. Al principio, los mataban a escopetazos, pero cuando el gobierno decretó que esto era ilegal, Kors tuvo que inventar nuevos métodos para capturarlos y liberarlos en zonas deshabitadas... esto le valió un reconocimiento por parte del gobierno australiano, por su cuidado y respeto a la fauna nativa.

La fama de Kors, que ya estaba muy extendida en la región y en el país, le dio una relativa prosperidad económica... tristemente, el señor Kors malgastaba su dinero en alcohol y en apuestas, una mala costumbre arraigada desde la juventud y que retomó de un momento a otro por sus malas amistades. No fueron pocas las veces en que Kors terminaba muerto de borracho y su hijo mayor tenía que cargarle hasta el pórtico de la casa, cubriéndolo con una frazada y dejándolo allí hasta el amanecer, ya que la señora Kors, o mejor dicho, Angela Hendricks, no aceptaba que su esposo durmiera con ella en esas condiciones. Esos episodios eran recurrentes sobre todo en las fiestas, como el año nuevo y el 26 de enero en el Australia Day o Día de Australia... pero en vista del embarazo de Angela, las cosas cambiaron, ella le dio un ultimátum: si no dejaba de beber, ella le abandonaría y se iría a la casa de sus padres. Así que el señor Kors se comprometió a no beber, a dejar las apuestas y a buscar un trabajo decente.

Por aquel tiempo, le llegó una oferta de trabajo, casi como "Caída del cielo", pensó él, era un tal William Jarvis Scott, el dueño de una compañía de biotecnología, Scott Genomic Innovations. Según decía, estaban estudiando las propiedades medicinales de los cocodrilos para la elaboración de vacunas.

Kors no lo podía rechazar, era mucho dinero, su misión constaba simplemente de capturar a una supuesta nueva especie de cocodrilo, un poco más grande que el cocodrilo de agua salada, o por lo menos eso pensaba Scott sobre el Burrunjor.

—¿El Burrunjor? Jajaja esa es una leyenda indígena señor Scott, no me diga que usted...—se rió Michael Kors sosteniendo el teléfono.

—No, no, no... por favor no me tome por esa clase de persona, ellos le llaman Burrunjor, pero para nosotros es una nueva especie de cocodrilo, nada más, no es nada del otro mundo. Y dígame... ¿aceptará el trabajo?—pidió Scott.

—Bueno eh... es una suma decente... pero dudo que demos con el paradero del animal que busca—reconoció y dudó el cazador.

—¿Decente? Mmm... mire, hagamos lo siguiente: si usted viaja y no encuentra al animal, le pagaré la mitad, 500 mil... y si lo encuentra, le daré la otra mitad, un millón ¿qué le parece?—planteó Scott.

—500... que sean 600 y acepto—pidió Kors.

—Hecho. Envíeme a mi correo el número de su cuenta bancaria. Mi equipo de expertos lo estará esperando en Brisbane, le mandaré la dirección precisa a su correo electrónico, junto con una copia de su contrato–cerró la oferta Scott.

En el almuerzo, Michael Kors les dio la noticia a su esposa y su hijo... opinaban igual que él, que era una buena noticia, aunque un tanto extraña o fuera de lo común, así que investigaron por Internet si Scott Genomic Innovations era una compañía real... y sí, lo era, de hecho, elaboraban vacunas, tal como le había dicho por teléfono el señor Scott.

—Bien Cris, empaca tus cosas, nos vamos mañana—anunció Michael muy motivado, Cris de unos 19 años asintió contento.

—Con esa plata podríamos comprarnos una casa nueva—imaginó emocionado el joven.

—¿Una? Varias jaja—calculó su padre bromista.

Padre e hijo tomaron un avión hasta la región de Nueva Gales del Sur, al otro lado de la gran isla. Allí les recibió Charles Planc y sus hombres.

—Michael Kors y mi hijo Cris—se presentó con ellos.

—Charles Planc, cazadores ¿verdad?—Planc les estrechó la mano.

—De cocodrilos—dijo Cris.

—Genial, yo de osos—agregó Planc, Cris sonrió emocionado y Michael le miró de reojo y le hizo un gesto para que se relajara. Subieron a unos jeeps todo terreno y fueron al hotel donde se alojaban.

Por las tierras desérticas, iban los dos todo terreno, en uno Planc y sus dos hombres y en el otro, Matthew Smith empleado de SGI quien conducía y los Kors. Se estacionaron en el rancho de la familia Davies, propiedad de Johnas Davies, un ganadero local de unos 80 años, él ofreció sus siete caballos para internarse en el bosque y el pantano a donde decía él, huyó el atacante de sus vacas.

—Como les digo, se parecía a un cocodrilo, pero era más grande y parecía que se paraba en dos patas, era muy grande, lo juro, tanto o más que un elefante—narraba Davies rascando su barba por las mejillas arrugadas.

—¿Y alguna vez ha visto a un elefante?—le preguntó Planc.

—No, pero sé que son tan grandes como una casa, no soy estúpido hijo—se justificó Davies y todos se echaron a reír.

—¿No quieren comer algo antes de partir? Mi esposa tiene algo para ustedes, pasen—les invitó a su gran casa de color rojo y marcos blancos, en medio de una pradera de pasto seco y tierra y cercos de madera, con el pórtico y la mosquetera encima de la puerta blanca.

—Nadie sabe de dónde salió esa cosa, gracias querida—proseguía Davies con su relato, al momento en que su esposa Mary le servía el plato de comida, un estofado con carne de res.

—¿Le ha hecho daño a usted?—preguntó Cris, Michael le dio una patadita por debajo de la mesa.

—No, nunca lo he visto de frente, cuando ha atacado a mis animales, lo ha hecho en silencio, nunca lo he sentido, sino hasta que escuché a las vacas correr... le atiné un par de tiros en el lomo, pero no le hicieron nada y muy el canalla se retiró sin hacer mayor escándalo, al parecer, es medio cobarde, a pesar de ser tan grande como un edificio de tres plantas, no se atreve a caminar hasta mi casa y espero que no lo haga—respondió el señor Davies y su esposa asentía en silencio, como corroborando todas sus palabras con un profundo respeto.

—¿Un edificio de tres plantas? ¿No será un poco exagerado para un cocodrilo?—preguntó Michael Kors extrañado.

—¡No señor Kors, así de grande es! Lo podría jurar... y no es un cocodrilo, yo nunca dije que fuera un cocodrilo, es otra cosa ¡es un dinosaurio!—recalcó el señor Davies absolutamente convencido, Kors meneó la cabeza, los otros cazadores permanecían mudos hasta que...

—¿Dice que le disparó y que las balas no le hicieron nada?—intervino Charles Planc.

—Sí, eso dije, las balas le rebotaron en el lomo y mi pistola es calibre 45, el infeliz está hecho de piedra—aclaró el señor Davies, Corbett y Yamamoto miraron preocupados a Planc.

Terminado el almuerzo, Planc se levantó de la mesa y sacó de su bolsillo un dardo tranquilizante y midió la aguja metálica con una regla pequeña... un milímetro de grosor.

—¿Cuánto mide?—le preguntó Yamamoto muy preocupado.

—Un milímetro—dijo Planc pensativo y tragando saliva.

—Es muy poco, debería tener al menos... unos 5 milímetros de grosor ¿llamará a Lark?—calculó y preguntó Yamamoto.

—Sí, tal vez sea lo mejor, otra opción sería dispararle adentro del hocico, pero tendríamos que acercarnos demasiado y eso no es... prudente—preveía Planc apretando los labios.

—¿Entonces llamará a Lark para que nos envíe dardos más grandes?—supuso Yamamoto Heikichi, Planc asintió.

—Sacaré los caballos ¿quién me acompaña?—pidió el señor Davies y todos salieron de la casa de campo. Sacaron a los caballos del gran establo y les colocaron las monturas y partieron. Parecía primavera, no hacía tanto calor aún, óptimo para una expedición.

—Al único lugar donde él podría huir es hacia el pantano, está cruzando el río, por eso traje los caballos—explicó el señor Davies liderando con su yegua y sus dos perros galgos y—¡Alto!—ordenó Davies jalando las riendas y todos se detuvieron.

—¿Qué pasa?—exigió Planc, Davies indicó el suelo lodoso... una huella tridáctila tres veces más grande que la mano de un hombre. Los perros se lanzaron a olfatearla, estaban ansiosos.

—Si eso no es la huella de un dinosaurio señor Kors, no sé qué más podría ser—matuvo Davies, Kors y su hijo fijaron la vista en la evidencia.

—¿No será de un Moa?—planteó Michael en tono de chiste y Cris sonrió nervioso. Prosiguieron hasta la rivera del río... otra huella.

—¡Vamos!—Davies le pateó las ancas a la yegua, pero esta no avanzó—¡Vamos Rain, cruza!—sin embargo, la yegua se resistió a obedecer las órdenes de su amo, Davies sacó un látigo corto y le dio de huascazos al animal... fue una triste y lamentable situación, semejante al pasaje bíblico de cuando Balaam maltrataba a su asna y esta no quería avanzar por el camino, porque veía al ángel, un ser sobrenatural parado en medio del camino y con la espada desenvainada esperando... los perros se echaron y ningún caballo quiso cruzar... porque lo que había detrás del río, allí detrás de los árboles, era lo más parecido a un ser sobrenatural a los ojos del hombre, sí, ellos notaron las decenas de huesos de vacas en el barro: cráneos, fémures, tibias, metatarsos, pezuñas y pellejos con pelos y moscas.

—¡Ya basta señor Davies! La yegua no cruzará, ninguno de los animales... lo haremos a pie, tiraremos un tronco atravesado y apoyado en las rocas... y lo usaremos como baranda para sujetarnos y que la corriente no nos lleve—decretó Charles Planc bajando del caballo, todos le imitaron y ataron los caballos. Buscaron un tronco no muy grueso de casi diez metros de largo y entre los siete ejecutaron la tarea... entraron al río, quedaron con el agua a la cintura, la corriente que venía de la derecha, los empujaba hacia el tronco que los resistía, Planc iba primero liderando, pero el señor Davies se quedó del otro lado cuidando a los caballos.

El suelo del bosque era blando, luego fangoso y entonces, cienagoso... se enterraron hasta los tobillos.

—Esto no me gusta... esto no pinta bien... estamos en desventaja, no podremos correr bien—temía Corbett.

—Cállate John, por favor—le ordenó Planc incómodo.

—Pero jefe, debemos tener un plan de emergencia—insistió Corbett.

—John basta... es más fácil para nosotros correr por un pantano que para un animal de 7 toneladas, guarda silencio, me desconcentras—le regañó su jefe y John Corbett sufrió un escalofríos, todos en realidad.

—¡Demonios!—gritó Matthew Smith resbalando por una pequeña ladera barrosa.

—¡Matt!—gritó Planc y se asomaron para verle guardando cierta distancia del borde.

—¡Aquí estoy!—gritó Smith limpiándose la ropa. Bajaron con cuidado hasta él, unos cuatro metros en pendiente a una especie de socavón. Planc revisó el GPS para cuadrar la posición de los objetivos.

—Son dos y están... allá... a unos... cinco kilómetros cruzando la laguna—avisó Planc enfocando sus binoculares.

—¿Ve algo señor Planc?—preguntó Cristian Kors.

—No... solo agua, árboles y... del otro lado... pareciera ser una especie de... masa rocosa—identificó el cazador veterano.

—Debe ser una caverna—dedujo Michael Kors.

—¿Cómo lo sabe?—se sorprendió Planc ante la agudeza de su colega.

—Porque este es el hábitat idóneo para un cocodrilo, si es que buscamos a un reptil de esas características, pero no hay cocodrilos en Nueva Gales del Sur, aquí solo hay varanos como el Goanna y el Perentie, el Varano gigante vive en cavernas en el desierto, no en los pantanos—enseñó Kors con generosidad.

—Pero hay varanos que andan en el agua—recordó Cris.

—Sí, pero no son de aquí, uno es de África, el varano del Nilo y el otro es de la India, el varano acuático, a menos que hayan sido introducidos de manera ilegal—le corrigió Michael.

—Arcosaurio—dijo Cris.

—¿Cómo dices?—le preguntó su padre.

—Los cocodrilos son Arcosaurios al igual que los dinosaurios, son primos lejanos, lo leí en un libro una vez—hizo memoria Cris Kors.

—Eso tiene sentido para mí—le apoyó John Corbett.

—Sí, ahora sí lo tiene—se agregó Yamamoto, Planc asintió.

—¿Qué? Esperen, aquí no hay un dinosaurio, tal vez un reptil parecido a uno, pero los dinosaurios no existen, son solo leyendas indias, déjense de estupideces—descartó con total escepticismo Michael Kors.

—Señor Kors, sea lo que sea, el viejo Davies dijo que era grande y que su piel era impenetrable, así que no se confíe, puede que sí sea un dinosaurio o lo más cercano a uno—debatió Planc, evitando el contacto visual con Kors por temor a ser descubierto.

—Davies tiene toda la pinta de ser un viejo exagerado, yo llevo gran parte de mi vida cazando cocodrilos y según mi experiencia, la descripción que él dio, es la de un cocodrilo. La gente siempre suele adornar sus relatos para hacerlos más interesantes, Burrunjor no es la única leyenda australiana, hay muchas y unas más absurdas que otras y yo jamás he visto nada parecido—sostuvo Kors con firme temple.

—Pues hoy es su día de suerte vaquero, porque verá algo que ningún otro hombre ha visto jamás, así que espero que esté preparado—le anticipó Planc cargando su rifle y calibrando la mira.

—Haber si entendí bien ¿Qué saben ustedes que nosotros no sepamos? ¿Acaso nos perdimos de algo?—demandó Michael Kors con suma molestia, Cris le sujetó del brazo.

—Jefe, creo que lo más ético es que le digamos la verdad, porque todos nos estamos jugando la vida aquí—le aconsejó Yamamoto.

—Bien... en primer lugar señor Kors ¿con quién firmó contrato usted?—pidió Planc.

—Con SGI, la compañía de William Scott—dijo Kors sin más.

—Le instaron a firmar un contrato de confidencialidad ¿verdad?—prosiguió Planc bajando el rifle.

—Sí así es, vaya al grano señor Planc—exigió Kors con impaciencia.

—Correcto ¿y qué decía el contrato? ¿Qué le dijo el tal Scott?—preguntó Planc.

—Que debíamos cazar al Burrunjor, no lo tomé enserio, no me pagan por cazar leyendas, sino cocodrilos, pero usted sabe como es la gente millonaria y excéntrica—respondió Kors.

—No le dijo la verdad señor Kors—reveló Planc rascándose la barba incómodo.

—¿Cómo así? ¿A qué se refiere?—le increpó Kors.

—Bien iré al grano, le diré la verdad... hace más de diez años, una compañía farmacéutica rusa, Kollozal, comenzó a desextinguir animales prehistóricos, no me pregunte ni cómo ni el por qué, no tengo ni idea y prefiero no saber más... y por alguna extraña razón, andan prófugos de sus dueños y nos contrataron para limpiar la basura, Lark Enterprises es nuestra empresa subsidiaria y SGI es la otra, eso es en resumidas cuentas. Ahora, considero que lo más apropiado es montar un campamento y prender una fogata—explicó Planc y cambió el tema de golpe, como si se hubiese sacado un problema de encima. Michael Kors y su hijo se miraron las caras perplejos... subieron por el socavón o cráter y ya en el borde, prendieron una fogata y montaron una gran tienda de campaña de 6 metros de largo por 2.30 de ancho. Bajó la tarde y una vez todos reunidos ante la fogata, planearon cómo cazar a los animales.

—No podemos cruzar la laguna, tenemos que rodearla—dijo Kors.

—Podemos usar la laguna a nuestro favor, podría retrasar al objetivo—dijo Planc.

—Al contrario, los cocodrilos nos sacan ventaja en el agua—le cuestionó Kors.

—No son cocodrilos señor Kors, son animales tan bípedos como una avestruz—corrigió Charles Planc.

—Ah sí claro, son dinosaurios, lo olvidé—recordó con ironía Kors, Planc suspiró.

—¿Y cuántos dinosaurios han cazado?—les preguntó Cris Kors a Yamamoto y Corbett.

—Muchos—dijo Corbett con una sonrisa confiada.

—Unos trece hasta ahora—calculó Yamamoto.

—¡¿Tantos?! ¿Y qué especies eran?—pedía el joven fascinado a la pareja de treinteañeros.

—Varias, eh... cuatro cuellos largos, dos carnotaurus, un Oxalaia creo pero se parecía a un Espinosaurus o algo así, dos Miragaia, dos pico de pato y dos centrosaurus, hasta ahora... pero hemos capturado más cosas raras—enumeró Yamamoto a medida que se iluminaban los ojos de Cris.

—¿Y dónde estaban?—interrogaba emocionado el hijo de Kors.

—Los primeros y segundos en Paraguay y los otros en África—dijo Yamamoto entretenido.

—Pero no entiendo ¿cómo llegaron ahí?—inquirió Cristian.

—No lo sabemos amigo, no nos han querido decir, pero hemos planteado teorías con John, según leímos en un periódico en Sudamérica, supuestamente, se los robaron a Kollozal unos terroristas chechenos o algo así y los traficaron y vendieron a distintos países, eso es todo lo que sabemos—confesó Yamamoto metiendo una chuleta en un pincho y asándola en la fogata.

—El olor de la carne podría atraerlos—advirtió Corbett.

—¡Exacto! Y eso nos podría servir, si vienen, los esperaríamos en el borde del cráter, les tomará tiempo subirlo, si es que lo logran y ahí... serán blanco fácil—planeó Charles Planc, Kors y todos asintieron.

Plantaron guardia durante la noche, Planc y Yamamoto de las 10 a las 2 am y Kors y su hijo después, finalmente, Corbett y Smith. Planc y Yamamoto conversaban sin quitarle la vista de encima a la caverna que estaba del otro lado del cráter pantanoso de 10 kilómetros de diámetro a la redonda.

—¿Le contestó Lark?—preguntó Yamamoto, Planc negó. Hubo silencio... ambos enfocaban sus miras telescópicas hacia la caverna 3 kilómetros más allá.

—Jefe, disculpe que le pregunte ¿Qué edad tiene su hija?—preguntó Yamamoto.

—¿A qué viene la pregunta? Jaja—respondió Planc risueño.

—Nada jaja... solo quería aliviar la tensión—dijo Yamamoto tiritando.

—Treinta, se llama Charlotte y tiene una hija de 10—dijo Charles nostálgico.

—Tiene mi edad ¿y hace cuánto que no las ve?—pidió Heikichi.

—Hace muchos años, desde que me divorcié, no fui un padre presente, lo intenté, pero no funcionó... mi ex esposa le metió porquerías en la cabeza, mentiras sobre mí, etc—narró Planc.

—¿Cosas como qué?—preguntó el joven Yamamoto.

—Tonterías... que yo era un borracho y un maltratador, un loco y muchas otras—recordó Charles.

—Lo lamento—dijo Yamamoto.

—Tranquilo... confieso que el whisky siempre ha sido mi debilidad... pero... es lo único que me ayuda a lidiar con los recuerdos de la guerra—confesó el veterano.

—¿Vietnam?—preguntó Yamamoto.

—Sí... yo era joven, más que tú, matamos... matamos a muchos vietnamitas... fue una gran matanza, la masacre de My Lai... si hubiesen sido militares, habría sido una gran victoria... pero eran civiles, hombres, mujeres... y también niños... muchos niños... ya no sabíamos que hacer, no sabíamos a quién más matar, no sabíamos cómo ganarles... esa fue la mayor derrota para mí. Por eso, cuando me vienen esos recuerdos, bebo, bebo hasta que me borro y me olvido de todo... a veces creo que la culpa me persigue, que tengo una deuda impagable con Dios y que me merezco un castigo terrible por mis crímenes, lo merezco, lo sé—Yamamoto le abrazó por la espalda y le dio unas palmaditas.

—Usted no tiene la culpa señor Planc, la culpa es de los que dieron esas órdenes, nunca se olvide de eso—le consoló Yamamoto y Planc le abrazó con su mano izquierda y retomaron la misión.

—Creo que terminamos nuestra vigilia, son las 2—dijo Charles ojeando su reloj de pulsera.

Michael Kors y Cris despertaron con la alarma.

—Cris, ya es hora—le indicó a su hijo tocándole la pantorrilla.

—Sí papá, tranquilo, ya voy—se levantaron y salieron de la tienda vestidos, porque se acostaron con la ropa puesta.

Los Kors relevaron a Planc y a Yamamoto para que fuera a dormir, cosa que sí hicieron, porque aún estaban muy cansados por el viaje y el cambio horario.

—Estás como loco con eso de los dinosaurios—le dijo Kors a su hijo.

—Ellos dicen que han capturado a varios—respondió Cris.

—Sí claro... y tú les crees y ni siquiera los conoces—le regañó Michael.

—Nunca dije que les creyera, solo repito lo que ellos dijeron—se defendió Cristian.

—Y se te nota mucho que no les crees. Hijo... por tu bien te digo, no confíes en extraños, no creas todas las cosas que dice la gente, porque la gente es mala y a veces engañan a otros con la mejor intención—advertía el padre.

—Papá por favor, no me sermonees—le pidió Cris fastidiado.

—Hijo, sabes que no me gusta hacerlo, pero debes recordar algo... que aquí mismo en Australia, hay una organización cracionista que hace sus congresos y sus miembros reparten información falsa al público sobre supuestos dinosaurios vivos y muchos ingenuos e incautos se lo creen, los criptozoólogos son de la misma línea y tú no—Cris le interrumpió.

—No papá no soy como ellos y no me interesa serlo—recalcó Cris apretando el rifle con rabia.

—Sí y eso me hace sentir orgulloso. Bueno hijo... tengo que ir al baño, si pasa algo, me gritas ¿de acuerdo?—felicitó Michael.

—Sí papá—dijo Cristian y su padre dejó el rifle ahí mismo y caminó unos 7 metros en la oscuridad y entre unos arbustos, se colocó en cuclillas. Sólo sonaban los cantos de las ranas y grillos, Michael hacía fuerza para terminar pronto la tarea, no quería dejar solo a su hijo... y entonces... un grito. Michael se paró con rapidez y corrió.

Kors vio a su hijo en el suelo boca arriba y luchando con un ser reptiloide bípedo y de medianas proporciones, tan grande como un bisonte, Michael saltó para hacerle un cuerpo a cuerpo y consiguió que soltara a Cris, alcanzó uno de los rifles y pudo dispararle en el costado y herir al intruso, los otros cazadores salieron corriendo de la tienda y entre todos balearon al reptil recostado en la tierra, les vaciaron los cargadores de las pistolas.

—¡Cris!—gritó Michael y atendió a su hijo muy mal herido: tenía el rostro desfigurado y con heridas de mordiscos y su cuerpo con grandes lasceraciones y un gran corte y profundo en la zona del abdomen, perdía mucha sangre y parte de sus intestinos estaban afuera... Michael se esforzó por recogerlos y reintroducirlos dentro del vientre de su hijo, entre lágrimas y llantos, los demás cazadores contemplaban la situación mientras Charles Planc llamaba una y otra vez a Lark por el teléfono satelital.

—¡Contesta Lark maldita sea! ¡Responde el maldito teléfono!—gritaba Charles Planc con mucha desesperación.

Michael Kors tomó un saco de dormir y metió a su hijo dentro de él con la ayuda de Corbett y Yamamoto y se montó a su hijo en la espalda.

—¡Kors, espera!—Planc le metió un fajo de billetes en el bolsillo de la chaqueta, diez mil dólares.

—¡No puedo esperar más, me lo llevo!—gritó Kors y reuniendo todas sus fuerzas, Michael Kors cargó a su hijo en su espalda y caminó hacia el río.

—Papá—se quejó Cris.

—¡Aguanta hijo, aguanta, ya vamos a llegar!—le prometió su padre.

—¡Escuché disparos! ¡Venga!—en la otra orilla estaba el viejo Davies esperando y le tiró una cuerda, Kors la atajó con el brazo derecho y jaló, apoyaba la cadera en el tronco a medida que avanzaba por la corriente. Davies le ayudó a montar a Cris sobre su yegua y cabalgaron hasta el rancho.

—¡Aquí están las llaves!—Davies le pasó su camioneta y Michael puso a Cris en los asientos de atrás y aceleró a fondo y salió disparado del rancho hacia el hospital.

—¡Aguanta hijo, falta poco!—gritó Michael pasando la quinta marcha.

Frenó en toda la entrada del hospital, donde se estacionaban las ambulancias y sacó a Cris en brazos de la camioneta y se lo entregó a los paramédicos que salieron a ver qué ocurría.

Michael Kors rezaba sentado en la sala de espera... se sentía tan culpable, se miró las manos repletas de sangre y su ropa toda ensangrentada... así que fue al baño para lavarse y quitarse la chaqueta de mezclilla.

Yacía sentado rezando y sujetándose la cabeza con ambas manos... cuando llegó el médico.

—Señor Kors—le saludó el médico cruzando la puerta de urgencias.

—¡¿Cómo está mi hijo?!—demandó Michael Kors saltando del asiento.

—Señor Kors... si es posible podría explicarme ¿qué fue lo que pasó?—le pidió con mucho respeto.

—Estábamos cazando, era un trabajo, yo fui al baño cuando hacíamos guardia y lo atacó un animal, al principio pensé que era un cocodrilo o un Komodo, pero era más grande y... parecía, por favor, no piense mal de mí doctor... pero era muy parecido a un dinosaurio o algo así, caminaba en dos patas, no estoy seguro de lo que vi, pero le disparé con la escopeta y así también los otros tres cazadores que andaban con nosotros. Lo cargué hasta aquí—relató Michael Kors todavía confundido y en estado de shock.

—Bien... bien, comprendo... mire... su hijo llegó con heridas muy muy graves... perdió muchísima sangre, tal vez si su abdomen hubiese sido suturado antes... también parte de sus órganos fueron expuestos y reintroducidos manualmente, lo cual considero muy loable y valiente de parte de quien lo hizo, no obstante, su organismo fue contaminado con una bacteria, una que se encuentra en las heces... hemos intentado hacer todo lo posible, pero señor Kors... su hijo... lo lamento mucho, de verdad, lo lamento mucho—informó el médico en voz baja y meneando la cabeza con suavidad. Michael Kors se dejó caer sentándose en el suelo... quedó inmóvil... sin saber qué hacer... y por fin... rompió en llanto.

—Señor Kors... si lo necesita, podemos prestarle un teléfono para que pueda llamar a su familia ¿correcto?—ofreció el médico en cuclillas y tocándole el hombro, Kors asintió y el médico se retiró. Al rato, Michael pensó en cómo le daría la terrible noticia a su esposa Angela, agarró el teléfono y marcó...

—Hola ¿quién es?—saludó Angela, Michael tomó aire.

—Angela, estamos en un hospital de aquí, sufrimos un accidente—se limitó a decirle y soltó todo el aire.

En eso, una pareja de policías salió de la sala de urgencias y se acercaron a Michael.

—Señor Kors, soy el oficial Jack Wilson y mi compañero el oficial Noah Jones ¿podemos hablar un minuto?—pidió el uniformado con amabilidad.

—Sí, disculpe, es que estoy hablando con mi esposa—accedió Michael reconfortado y más relajado—te llamo luego, espérame—y colgó.

—¿Qué le pasó a su hijo?—pidió el oficial Wilson.

—Lo atacó un animal—dijo Kors, Jones tomó notas.

—¿Qué tipo de animal?—preguntó Wilson.

—Un reptil, uno grande, no sé qué especie era—confesó Kors.

—Usted captura cocodrilos ¿verdad?—recordó Wilson.

—Sí, así es—confirmó Kors.

—Y dice que no sabe qué especie de reptil era este ¿correcto?—solicitó Wilson.

—Sí, eso es correcto—concordó Kors, Jones seguía anotando.

—¿De qué tamaño era?—prosiguió Wilson.

—Grande, más grande que un cocodrilo, pero caminaba en dos patas—estimó Michael Kors.

—¿En dos patas?—preguntó Wilson.

—Sí, así es, creo que sí—recordó Kors.

—¿Como un dinosaurio?—sugirió Wilson.

—Sí... supongo que sí—dijo Michael Kors.

—¿Y sus brazos o patas delanteras? ¿Cómo eran?—insistió el oficial Wilson.

—No muy grandes, como las manos de un hombre, pero tenía garras grandes y curvas como garfios, con ellas... atacó a mi hijo—describió Michael Kors.

—Comprendo, comprendo señor Kors... ¿usted podría asegurarme que el animal que atacó a su hijo no era un dinosaurio?—recalcó Wilson pasando de un tono bajo y elevando la voz. Michael Kors quedó pensando en silencio.

—Señor Kors, le repito la pregunta ¿usted me podría asegurar que el animal que atacó a su hijo no era un dinosaurio?—preguntó otra vez el oficial Jack Wilson. Michael Kors meneó la cabeza confundido.

—No lo sé oficial, no lo sé—Michael se quebró y rompió a llorar.

—Señor Kors, necesito que nos acompañe, por favor—le pidió Wilson.

—Mi esposa oficial, tengo que hablar con mi esposa por favor—suplicó Michael Kors con lágrimas.

—Sí señor Kors, le diremos al personal médico que hable con ella y le informen que estará en la comisaría, le prestaremos un teléfono allá—le garantizó Wilson.

—¿Por qué debemos ir a la comisaría?—preguntó Kors confundido.

—Porque tenemos que investigar la muerte de su hijo señor Kors y si hay una especie invasora, debemos informar al Servicio Australiano de Cuarentena, por favor—explicó el oficial y se lo llevaron tomándolo del brazo, sin esposarlo, el médico llamó por teléfono a Angela Kors y le dio la trágica noticia.

Sentados en la sala de interrogatorios, los oficiales que fueron a buscar a Kors, le exigían respuestas.

—Ahora señor Kors, desde el principio—exigió Wilson.

—Oficial, ya se lo dije... me contactó un tipo llamado William Jarvis Scott, dueño de una compañía que se llama Scott Genomic Innovations, me quería pagar mucho dinero por capturar a un animal, una leyenda india, el Burrunjor. Obviamente me reí en la cara del tipo y le dije que era ridículo, pero me insistió en que era un animal real, etc. Viajamos hasta aquí con mi hijo y no reunimos con otros cazadores, un tal Charles Planc, Corbett y Yamamoto y un Smith, estábamos en el rancho de un viejo, Johnas Davies, el nos contó una historia de un dinosaurio que ataca a sus vacas. Al otro día, fuimos en caballos al pantano a 5 kilómetros del rancho... y en la noche, nos atacó ese reptil gigante, que francamente ya ni sé ni que mierda era, porque si digo que era un dinosaurio, ustedes me tomarán por enfermo mental o un esquizofrénico paranoide, pero el maldito atacó a mi hijo dándole de zarpazos y lo rematé a balazos junto con los otros tipos—repasó Kors su relato otra vez.

—¿Dice que le dispararon al reptil?—preguntó Wilson.

—Eso le dije, le vaciamos los cargadores al maldito ese y me traje a mi hijo lo más rápido que pude—confirmó Kors.

—Entonces las heridas que tenía su hijo fueron causadas por las garras de este reptil—pidió confirmación Wilson, Kors asintió—¿podría dibujar a ese animal?—preguntó a continuación y le entregaron una hoja de papel y unos lápices... el dibujo era lo más parecido a un dinosaurio terópodo. Wilson y Jones lo miraron, lo tomaron y salieron de la sala.

—¿Crees que está loco?—trató de indagar Jones en los ojos de su colega.

—No lo sé ¿a cuántos tipos has escuchado decir que han visto a un dinosaurio o peor, que un dinosaurio mató a su hijo?—hizo retórica Wilson.

—A varios la verdad, los del ministerio creacionista, Rex Hilroy y otros criptozoólogos, pero nunca que hayan matado a alguien—citó Jones.

—Sí... hay varios de esos—reconoció Wilson.

—¿Crees que mató a su hijo?—inquirió Jones.

—No lo sé, tendríamos que ver el reporte de la autopsia... y llamar al neurólogo para que lo evalúe—estipuló Wilson y así lo hicieron. Michael Kors se quedó toda la noche en la sala de interrogatorios, porque el neurólogo llegaría en la mañana.

En medio de la madrugada, Kors mirada el suelo con la vista perdida, aún procesando la tragedia "¿Por qué? ¿Por qué nos pasó eso? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué era esa cosa? ¿Quién es William Jarvis Scott? ¿Qué es Scott Genomic Innovations? ¿Por qué querían que cazaramos a ese animal? ¿Será que los dinosaurios siguen vivos o los resucitaron de algún modo? ¿Por qué no contestaban el teléfono? ¿Me pagarán una indemnización?¿Qué pasará con los otros tipos? ¿Serán inocentes? ¿Los encontrará la policía? ¿Podrían ellos testificar a mi favor? ¿Scott testificaría para que me saquen? ¿Me quedaré en la cárcel? ¿Saldré libre? ¿Podré ir al funeral de mi hijo, cómo lo haremos? ¿Qué pasará con Angela? ¿Me creerá? ¿Estaré loco? ¿De verdad pasó lo que pasó? ¿Tendré esquizofrenia paranoide? ¿Mi mente me jugó una treta? ¿Me mandarán a un hospital psiquiátrico? Si estoy cuerdo ¿Cómo puedo demostrar que estoy cuerdo? ¿Debo mentir y decirles que no era un dinosaurio para que me suelten?".

En el pantano del rancho Davies, los tres cazadores y el piloto aprovecharon la luz matutina para estudiar al espécimen muerto.

—Es un juvenil, la ficha decía que era mucho más grande, este no es ni la mitad de un adulto—descartó Planc revisando las grandes garras de las manos reptilescas.

—Sí, la ficha decía Tiranosaurus y Giganotosaurus—recordó Yamamoto y sacó un folleto de bolsillo de las compañías Kollozal.

—¿Y usted qué piensa jefe?—preguntó Corbett.

—Que se les olvidó ponerlo en la lista... o que es una cruza de esos dos, un mestizo y eso me preocupa, quizá hayan más de estas cosas—temió Charles Planc.

—No lo creo jefe, por esas garras, este se parece más a un Australovenator, un megaraptórido, es otra especie, otra familia de dinosaurios... aunque al principio se pensaba que era un raptor grande, un dromeosáurido, se descartó. Los megaraptóridos tenían rasgos de ambos, de T-Rex y Giga, según leí, no sabían cómo clasificarlo, si como uno o el otro, está poco estudiado, pero esa familia no es resultado de una cruza de esas dos familias, el Giga era mucho más antiguo—leía el folleto Yamamoto.

—Heikichi... todos los perros vienen de uno, todos los dinosaurios carnívoros vienen de uno, fin, finito—resumió Planc.

—Eh... tal vez, sí y esas garras son un rasgo vestigial o una adaptación—supuso Yamamoto Heikichi.

—Sea como sea, nuestros objetivos prioritarios son los adultos—decretó Planc.

—Y si no podemos llevarnos a los adultos, podemos llevarnos a un juvenil, es más fácil y postergar a los adultos hasta que lleguen los dardos grandes—planteó Yamamoto, Planc asintió y llamó a Lark por el teléfono satelital... no contestó.

—¿Por qué no contesta? ¿Es por que no hay señal o porque no quieren contestar?—interrogó Yamamoto.

—Yo tengo señal, pero ellos no—dijo Planc sombrío.

—Entonces son ellos los que apagaron el teléfono—dedujo Yamamoto.

—Malditos, nos ignoran, nos abandonaron—concluyó John Corbett.

—Jefe ¿Qué hacemos? ¿Nos quedamos o nos vamos?—pidió Yamamoto Heikichi preocupado, Planc pensaba silencioso—jefe entre más nos quedamos aquí, más riesgo tenemos de morir—le insistió Yamamoto.

—Vámonos, salgamos de aquí—soltó Planc de golpe y todos concordaron y empezaron a desarmar la tienda y preparar sus mochilas.

—¿Por qué cree que no quieren contestar?—pedía Smith retirando las varillas de la tierra.

—No lo sé Matt—confesó su desconocimiento Planc doblando la tela.

—Yo creo que nos desecharon jefe, ya no nos necesitan—afirmó John Corbett mirando al cielo nublado y ayudando a Planc.

—¿Quién habrá dado la orden de no contestar el teléfono? ¿Lark? ¿Maglomedov? ¿Scott?—nombraba Yamamoto.

—Maglomedov, lo más probable—identificó Planc—alto—ordenó al instante y se quedaron quietos.

—¿Qué pasa?—preguntó Smith. Planc inspeccionó con la vista a un grupo de arbustos y apuntó con el dedo. Por la izquierda, ellos vieron una sombra de 1.80 que lentamente fue ascendiendo a 2 metros y medio, estuvo todo ese rato agachado y vigilándolos... y con lentitud, cruzó a través de la ramas y hojas, presentándose ante ellos y cerrándoles todo el paso hacia el sendero, les miró curioso con esos párpados escamosos e iris pardos de pupilas rasgadas, pestañeó bajando sus otros párpados interiores, como lentes membranosos que cubrieron y lubricaron sus ojos, igual que los cocodrilos... y siseó como ellos, inhaló inflando su garganta escamosa y la cerró como un fuelle, con sus garras curvas y grandes, se rascó el vientre de escamas como moneditas blancas brillantes y su lomo era marrón anaranjado. Los cuatro hombres permanecían inmóviles como tratando de adivinar cuál sería su siguiente movimiento y buscando rutas de escape.

—No se muevan, no hagan ningún movimiento brusco. Solo tengo una bala, si corremos, lo haremos hacia el río—estipuló Charles Planc, todos sudaban tensos.

—Debemos correr sobre el tronco para sacarle ventaja—aconsejó Yamamoto.

—Son como 3 kilómetros al río—calculó Smith.

—A la cuenta de tres corremos—avisó Charles... cuando pareció otro igual al primero y detrás de este, avanzó tapándoles el flanco derecho.

—No, jefe, nos quieren acorralar, nos obligan a retroceder hacia la laguna—acusó Yamamoto.

—Sí... a su territorio—entendió Planc—si corremos al río, uno de nosotros morirá, solo nos queda subir a esos árboles—y apuntó hacia unos árboles altos, de 10 metros, detrás de la caverna, al otro lado de la laguna. Caminaron hacia atrás con lentitud.

—¡A los árboles!—gritó Charles Planc y todos corrieron en esa dirección, los terópodos medianos les persiguieron... rodearon la laguna por la izquierda, les estaban sacando ventaja a los reptiles... cuando esa cosa gigante salió de la laguna, emergiendo repleto de plantas y musgos sobre la cabeza escamosa del tamaño de una motocicleta.

—¡Aléjense de la laguna! ¡Es una emboscada!—gritó Planc antes de que el Giganotosaurus de 7 metros y medio de alto y casi 18 de largo, se descubriera por completo y pisara el barro seco, le esquivaron con éxito... Planc apuntó el rifle y le disparó al Giga... pero el dardo no atravesó la piel, fue como lanzar una jeringa contra una roca, inútil...

—¡Demonios, justo lo que me temía!—gritó Yamamoto y siguieron su huida contorneando la laguna hacia los árbol altos, no obstante ¡otro gigante les sorprendió de frente y atajó a Mattew Smith! ¡Un tiranosaurus rex que hizo crujir los huesos del hombre de una sola mordida! Era más grande de lo normal, de 7 metros de altura y 17 metros de longitud.

—¡No!—gritó Planc y siguieron corriendo hasta que se encaramaron en un árbol, rama tras rama hasta llegar a la copa... los juveniles guardaron distancia esperando su turno y el Giga buscó sacarle algo del botín al rex, pero este ya había engullido al desdichado Smith y buscó a los otros hombres, el Giga se apostó al costado del gran árbol de 11 metros y levantó el hocico abierto con esa hilera de colmillos como plátanos cuatro metros debajo de ellos... los tres hombres se abrazaron de las ramas, previniendo lo que pasaría... y el Giga se alejó y tomando vuelo, se lanzó contra el tronco con toda su cabeza, como un ariete contra la puerta de un castillo... sacudiéndo el inmenso árbol por completo... rechinó y crujió la madera.

—¡No lo lograremos jefe!—gritó John Corbett aterrado.

—¡El árbol caerá hacia nuestra derecha, debemos cargarnos hacia la izquierda!—advirtió Planc... y el tronco se partió, justo como dijo Planc y cayeron recostados sobre el tronco cuya copa frenó contra unos arbustos al lado izquierdo de la laguna, Corbett resbaló y cayó mal, quedando medio aturdido, les quedó un espacio de metros para saltar... y lo hicieron, Yamamoto trató de levantar a Corbett, sin embargo, el Giga les vio y caminó hacia ellos.

—¡Párate John maldita sea!—gritó Yamamoto arrastrándolo con ayuda de Charles y enterrándose en el barro.

—Mis piernas jefe—se quejó John Corbett y el gran hocico del Giganotosaurus se abrió y esa sombra oscura y nauseabunda de carne podrida venía encima de ellos, Planc agarró a Yamamoto de las ropas y soltaron a John Corbett, el enorme dinosaurio cerró sus fauces en el cuerpo de John y sus huesos tronaron...

—¡No John!—exclamó Yamamoto Heikichi viendo al reptil con el cuerpo reventado y ensangrentado de su amigo entre los dientes.

—¡Corre hijo, es la última oportunidad!—le ordenó Charles Planc y lucharon por salir del fango... los dinosaurios juveniles venían corriendo y rodeando la laguna hasta ellos, por el lado derecho... los hombres trataban de meterse en los arbustos, las ramitas les arañaban el rostro y los brazos... y un juvenil atrapó el pie de Yamamoto, Charles le sujetó de los brazos.

—¡Jefe!—gritó Yamamoto, Charles Planc le jalaba con todas sus fuerzas, rasguñándolo y rajándole la piel de los brazos... Planc se abalanzó y le abrazó desde las axilas.

—¡No dejaré que mueras hijo!—gritó Charles, pero la fuerza del tirón fue tan grande, que ambos fueron arrastrados y Charles quedó atrapado entre las ramas, mientras que Yamamoto fue jalado hacia afuera y... el cazador veterano pudo ver a su amigo siendo devorado por los dos juveniles, los gritos de Yamamoto cesaron... Charles rompió en llanto, estaba lleno de arañazos y sangre y barro... trató de zafarse de las ramas de los arbustos y gateó para salir, sintió que el T-rex avanzó aplastando los arbustos, le buscaba... y gateó aún más rápido... estuvo gateando entre el ramaje por dos horas... y se recostó sobre el barro fuera de los arbustos... contempló el río cuatro kilómetros más allá... se paró, caminó y cayó otra vez, le temblaban las piernas... no le quedó otra que arrastrarse pecho a tierra hasta el agua.

Tres horas después, tocó el agua con sus dedos... esa agua tan maravillosa cuyas corrientes arrullaban los oídos del hombre... y rompió en llanto otra vez... se volteó para ver hacia atrás... hacía el pantano de la muerte y dio gracias infinitas a Dios por estar vivo y juró que lucharía por sobrevivir para vengar la muerte de sus compañeros y exigir explicaciones a quienes les abandonaron.

—¡Davies!—gritó Charles... pero no hubo respuesta ¿Cuánto se habrían alejado de él? ¿Un kilómetro? ¿Dos? ¿Tres?

En una mansión de Siberia, Rusia. Un viejo de bata gris, acariciaba a su cachorro de huargo en compañía de sus dos amantes y secretarias que le servían la cena, una rubia y una morena. Sonó el teléfono y la rubia contestó.

—Señor Maglomedov, malas noticias. La operación en Australia salió mal, murió uno de los hombres. Michael Kors fue a denunciarme a la policía—informó Scott.

—¿Hay problemas?—preguntó Maglomedov.

—No, para nada, lo tomaron por loco y quedó en prisión, lo acusan de haber matado a su hijo, él no tiene cómo comprobar nada—dijo Scott.

—Vaya, entonces ¿ese producto se perdió?—preguntó Maglomedov frustrado.

—No, para nada, tengo a un hombre que me consigue fósiles de muy buena calidad y a bajo costo, logré sintetizar el ADN de unas muestras y tengo un par de clones, megaraptores, no son tan grandes como un T-Rex, pero miden 2 de alto por 9 de largo, aunque podríamos agrandarlos más adelante si así nos place, como lo hizo usted con el enano—garantizó William Jarvis Scott.

—¡Genial! ¡Brillante! Y tu zoológico en El Salvador ¿Cómo va?—recordó Maglomedov.

—Bien, ha tenido un par de retrasos por la distancia usted sabe, debemos criar los embriones en este clima austral y trasladarlos en barco hacia el Caribe, lleva tiempo, así que probaremos por tierra, tengo que calmar a mis inversores por la larga espera—explicó Scott.

—Bien, veré qué puedo enviarte para iniciar luego. Scott... eres un genio—encomió el ruso.

—Gracias señor y usted es un hombre muy generoso—expresó Scott y cortaron la llamada. Otra entrante, de Lark Enterprises, la secretaria del ruso contestó.

—Señor Maglomedov, mis hombres, tuvieron un problema en Australia, por favor le pido enviar a un equipo de rescate, un helicóptero—informó Ethan Lark.

—Sí, ya lo sé, pero tranquilo, podemos salir de esta, Scott tiene clones de otra especie, dice que no son tan grandes, pero que se pueden modificar a futuro, solo perdimos tiempo, tranquilo—calmó Maglomedov.

—Entiendo señor, pero mis hombres ¿qué pasará con ellos? Debo enviar a alguien para rescatarlos y ahora no cuento con esos medios, dependo de ustedes—pidió Lark.

—Scott está a cargo de ese tema, háblalo con él. Tranquilo Ethan, abriremos en sincronía, primero yo en Siberia, luego tú en California y después Scott en El Salvador, estamos listos, vamos viento en popa. Quedamos en contacto—Maglomedov cortó.

—Uy Scott aquí y Scott allá ¡cásate con él si quieres!—regañó para sí mismo Lark rabioso y llamó a Scott.

—Señor Scott, soy Ethan Lark y necesito enviar a un equipo de rescate para sacar a mis hombres en Australia, en el rancho Davies, Nueva Gales del Sur—solicitó Lark con franqueza.

—No puedo hacer eso—escupió Scott con frialdad y aires caprichosos.

—¡¿Ah sí?! ¡¿Y por qué no?!—demandó Lark encolerizado.

—Por el bien de la compañía, usted es el talón de Aquiles esta alianza... ya hemos pagado demasiadas indemnizaciones y su empleado el señor Planc se las ha dado de la madre Teresa, regalando de nuestros fondos a diestra y siniestra: a un venezolano, a una señora africana, a unos milicianos congoleños, etc... y a los jóvenes canadienses y ellos se han dedicado a difamarnos en canales de televisión de ese país, son enemigos. Planc es casi una especie de doble agente, no merece ninguna ayuda de nuestra parte, es un traidor y saboteador, se acabó nuestra sociedad con él y se le cancela el contrato... y usted agradezca que todavía sigue en su cargo, pedazo de incompetente—le reclamó William Jarvis Scott muy irritado.

—Correcto—se limitó a decir Lark y Scott cortó—¡Maldito!—gritó Ethan Lark y reventó el teléfono contra la pared, su secretaria saltó del susto.

—¡William Scott y la marrana infeliz que te parió! ¡Se quedó con mi puesto el muy malnacido!—ahulló Lark consumido por la ira y apoyó los puños en el escritorio y cerró los ojos para pensar, respiraba profundo.

—Señor... dígame ¿en qué le puedo ayudar?—preguntó la secretaria con mucha amabilidad y sumisión.

—No los dejaré morir, llama a la policía australiana, la de Nueva Gales y diles que 4 de mis empleados están extraviados en el rancho de Johnas Davies—le instruyó Ethan Lark de pronto.

—¿Desea involucrar a la policía en esto?—consultó la secretaria.

—Sí, ya no hay alternativa... son mis empleados, no los de ellos—se paró frente a la mampara de vidrio y vio el paisaje desde su elegante oficina. La secretaria dio aviso a la policía australiana y les dio todas las indicaciones, nombres y apellidos y las coordenadas... colgó la llamada.

—Listo señor, irán por ellos—informó la secretaria. Lark seguía mirando a través de la mampara.

—Bien hecho. Es verdad que Planc me ha visto la cara con el caso Larson, pero es su derecho hacer lo que quiera con el dinero de su salario, pagó la millonaria indemnización que yo no pagué... ha trabajado muy bien, es el mejor cazador que he conocido, ninguno es mejor que él, me duele perder a tan buen elemento... además, nosotros hicimos el trabajo sucio, los capturamos, mientras que ese par de holgazanes viven como ratas de laboratorio—se sentó en el suelo, sobre la alfombra—no les deseo la muerte ni al ruso ni a Scott, pero se la merecen... y cómo me gustaría quedarme con Kollozal y SGI, ellos carecen de visión... yo pondría un zoológico aquí en California, otro en la isla Guamblin de Chile, otro en Canadá o Europa, y otro en el sudeste asiático, en Tailandia o Singapur o en el archipiélago de las Marshall, la gente con visión se merece mucho más... Planc me pidió una fiesta y un homenaje para sus hombres, ahora lo recuerdo—expresaba Lark como ordenando sus pensamientos y recuerdos. Entró un fax y la mujer sacó la hoja.

—Jefe, esto es para usted—Lark le recibió la hoja... era una invitación a una fiesta de gala en Moscú:

 "Estimado señor Ethan Lark, compañías Kollozal Biotech tiene el placer de invitarle a usted y un acompañante, a la ceremonia de inauguración del Zoológico del Cenozoico, este 31 de diciembre a las 21 hrs en el Teatro Bolshói de Moscú. Los esperamos. No compartir con nadie más". Leyó Ethan con rostro de disgusto.

—Bien Kathe, elige tu ropa de invierno, iremos a Rusia—le anunció Ethan y Kathe tembló—lamento lo que hice con el teléfono Kathe, tú sabes que no soy así, bueno, sí, soy muy obsesivo e impulsivo, pero nunca he golpeado a nadie y nunca lo haré... estoy muy tenso por el futuro de esta compañía, hemos perdido mucho y queda mucho por hacer todavía y me siento muy culpable—lamentó y justificó Ethan afligido.

—Usted es el mejor señor y su padre estaría muy orgulloso—le felicitó Kathe.

—Y tú también eres la mejor, agradezco a Dios que mi padre te contrató, fue lo mejor que pudo haber hecho—le reconoció él y ella sonrió ruborizada—ven, vamos a cenar, tú eliges el restorán—le invitó Ethan y Kathe no dejaba de sonreír.

Timoteo Alvarez, el chofer de Lark, conducía la limusina y miraba de reojo a Kathe por el retrovisor, ella le vio y desvió la mirada ignorándolo.

—¿Qué pasa Tim?—le preguntó Ethan desafiante.

—Nada señor, nada—dijo él concentrado en el camino.

—Tim, sácame de una duda ¿por qué unos hombres quieren lo que tienen otros?—planteó Lark.

—No lo sé señor Lark—respondió escueto Tim.

—¿Por qué unos tienen mucho y otros no tienen nada? ¿Los ricos merecen ser ricos y los pobres merecen ser pobres?—persistió Lark.

—No lo sé señor Lark—evadió Tim.

—¿Te parece justo eso, Tim?—interrogó Ethan Lark, Kathe se sujetó las sienes con una mano, cubriéndose los ojos y con la cabeza agacha y avergonzada.

—No señor Lark, creo que se debe a una mera casualidad—supuso Timoteo.

—¿Supones que todo lo que tengo es por pura casualidad?—preguntó Ethan con acidez.

—No lo sé señor Lark, su padre trabajó mucho para conseguirlo... pero quizá, si su hermano estuviese vivo, tal vez la herencia se habría repartido de manera diferente, quizá su padre podría haber tenido un accidente antes de formar una familia, nunca lo sabré—contra planteó Tim y Lark quedó muy pensativo.

—Eres demasiado inteligente para ser un chofer de limusina Tim, muy inteligente—reconoció Ethan Lark.

—Gracias señor, aunque habría preferido que destacara una cualidad más noble—dijo Tim.

—¿Ah sí? ¿Y por qué?—inquirió Lark.

—Mucha gente mala es inteligente—evidenció Timoteo.

—Jajaja seguramente debes estar hablando de William Scott, es broma. Es que Tim... en este mundo es muy difícil ser una buena persona ¿cuántas personas buenas han alcanzado el éxito? Recuerdo un refrán griego "Aquel que mucho ama, lo pierde todo, y aquel que no ama mucho, lo gana todo"—cuestionó Lark.

—Depende del punto de vista sobre lo que es el éxito, yo entiendo que una persona alcanza el éxito cuando satisface las necesidades de muchos—replanteó Timoteo.

—¡Vaya! ¡Que verdad más certera! Dame un ejemplo—pidió Ethan Lark.

—Jesús de Nazaret por ejemplo: satisfizo las necesidades espirituales de casi todas las personas de su época y lo sigue haciendo—propuso Tim.

—Mal ejemplo, porque Jesús murió ejecutado al lado de dos ladrones Timoteo jajaja—se rió Ethan Lark.

—Porque ese era su objetivo señor Lark: ser el más grande de todos los mártires. Lo interesante es que la sociedad judía que lo rechazó, fue masacrada por Roma y el imperio romano desapareció por completo... pero el cristianismo sigue más vigente que nunca y mucha gente reverencia a Jesús y darían sus vidas por él hasta el día de hoy ¿no le gustaría que sus empleados dieran la vida por usted?—refutó Timoteo, Lark sonrió impresionado.

–Me has dejado sin palabras Tim, francamente no sé qué decir, sabes... pensaré en si puedo nombrarte mi consejero personal—meditó Ethan Lark.

—Gracias señor—expresó Timoteo y siguió conduciendo.

—Bueno... si ya se cansaron de filosofar, podrían poner algo de música—pidió Kathe.

—¡Sí! Tim, coloca música ¿alguna canción en particular?—preguntó Lark, Kathe negó—bien, entonces elegiré mi favorita "She is the one" de Robbie Williams—Timoteo colocó el CD en el reproductor y sonó la melodía.

—¿Te gusta esta canción Kathe?—consultó Ethan.

—Sí, es linda—aceptó la joven acomodando sus gafas.

—Pues te la dedico, porque tú eres la mejor cariño—le regaló Ethan y ella sonrió meneando la cabeza... Timoteo por su parte, apretó los labios adolorido, conteniendo su sufrimiento.

En el pantano del rancho Davies... Charles Planc seguía recostado en el barro y pensaba en una manera de cruzar el río sin ahogarse... "No tengo fuerzas para tirar un tronco, ni siquera para cruzar este río, la corriente me arrastraría y me lanzaría contra las rocas, los años no pasan en vano... me he vuelto tan viejo e inútil". Un zumbido lejano venía aproximándose... Planc miró al cielo... un helicóptero de la policía supuso "Diablos, necesito llamar su atención, pero ni siquiera me puedo parar", lamentó Planc. Del otro lado del pantano a 10 kilómetros, Davies hizo señas al piloto y disparó un tiro para llamar su atención, el helicóptero descendió progresivamente.

—¡Están allá, en el pantano, son cuatro!—les informó el viejo Davies y subió con ellos. El helicóptero sobrevoló el pantano cubierto por espesa vegetación y bosques, ningún signo de vida humana... cruzaron los diez kilómetros al otro lado...

—¡Ahí, abajo, en el río, es él!—les apresuró Davies y el piloto bajó.

Los rescatistas levantaron a Charles Planc y le recostaron en una camilla. Dentro de la cabina, le quitaron la ropa rasgada y le limpiaron y curaron sus heridas con suero.

—¡¿Y los otros, dónde están?!—le pidió explicaciones Davies, Planc negaba con la cabeza, estaba fatigado y sin fuerzas para hablar.

—Señor tome asiento y deje al paciente en paz—le regañó un rescatista.

El neurólogo tocó la puerta de la comisaría.

—Gracias por venir, está allá—le recibió Jones. El doctor Svenson realizó el test de Rorschach a Michael... y no halló nada raro o fuera de lo común.

—Está cuerdo, no tiene nada—dijo el neurólogo.

—Doctor ¿podríamos conversar un rato? Venga por favor—le invitó Wilson a su oficina y cerró la puerta.

En la sala del tribunal, Michael Kors estaba sentado en el banquillo de los acusados, Angela le observaba, porque dejó al bebé James con su madre en Darwin, inclusive Charles Planc estaba allí con sus vendajes y parches... era una audiencia preliminar, con poco público hasta qué... se colaron dos reporteros y dos fotógrafos.

—Es una audiencia privada, no pueden estar aquí, salgan—les expulsó un guardia.

—Michael Kors, el hombre que declaró haber perdido a su hijo a manos de un dinosaurio en un rancho de Nueva Gales del Sur. Por ser una audiencia privada, se nos pidió salir de la sala. Así que quedamos a la espera de un posible veredicto en las próximas semanas—informó la periodista ante la cámara.

—El señor Kors podría sufrir una especie de esquizofrenia paranoide o desapego de la realidad, es probable que el abuso del alcohol haya acelerado esta patología, pero necesitaría hacerle muchos más análisis—declaró el doctor Svenson.

—Objeción su señoría—interrumpió Kors.

—Denegada, continue—determinó el juez.

—¡Objeción su señoría, yo vi lo mismo que el señor Kors, mis amigos murieron igual que su hijo, el doctor miente!—exclamó Charles Planc en los asientos de los testigos.

—Si vuelve a interrumpir, lo declararé en desacato señor Planc—le dio advertencia el juez.

Cuando los guardias sacaban a Michael de la sala, Angela se les atravesó.

—Michael ¿estás bien?—pidió ella.

—Angela, algo salió mal, nos engañaron, la compañía que nos contrató nos mintió, Cris sufrió un accidente y quedó muy mal, traté de salvarlo, pero no pude, no pude—alcanzó a decir Michael.

—Señor Kors, en la comisaría podrá hablar con su esposa—le pidió el guardia o gendarme.

—¡Déjeme hablar con mi esposa!—les regañó Michael, los gendarmes rechazaron su demanda y lo sacaron a la fuerza y le subieron al furgón de la policía, trasladándolo a la comisaría. Una vez allí, en el calabozo, Angela pudo hablar con su esposo a través de los barrotes.

—Angela, nos dijeron que era un reptil nada más, pero era otra cosa, algo que nunca antes habíamos visto, no era un cocodrilo, nos atacó de la nada y lo maté, le disparé, pero Cris quedó muy mal herido y lo traje hasta aquí—resumió Michael Kors a su esposa, quien trataba de procesarlo todo...

Angela Hendricks fue a la morgue a reconocer a su hijo y pedir alguna explicación al médico legista... cuando descubrió la manta, Angela se impresionó y desvió la mirada rápidamente y rompió a llorar, recobró valor, tomó aire y se volteó para ver el cuerpo destrozado de su hijo... estaba desnudo, pálido y con el rostro menos desfigurado que antes, todo estaba en su lugar, pero tenía moretones y lasceraciones en el rostro y un gran corte de 10 cms en el abdomen.

—¿Qué le pasó?—preguntó al médico.

—Aún no lo sabemos, pero algo es seguro, fue el ataque de un animal y su esposo no miente, no está loco—respondió el médico y abrieron la puerta él teniente Wilson y el sargento Jones.

—Señora Kors, lamento todo esto y disculpe mi mala educación, pero necesito que nos deje solos con el médico—le pidió Wilson y ella se retiró extrañada y cruzó la puerta y la cerró.

—¿Y bien? ¿Qué es?—demandó Wilson.

—Fue el ataque de un animal, aunque no he conseguido determinar de cuál se trata, pensé que era un cocodrilo o un varano, pero ellos no tienen garras para causar esos cortes, supuse que fue un felino, pero las marcas de mordidas y la saliva en el rostro indicaban otra cosa... no son de mamífero, son de reptil—reveló en voz baja el médico legista.

—¿Qué tipo de reptil?—preguntó Wilson.

—Aún no lo sé, tomé tres muestras, una la guardé en el congelador y las otras dos las mandé a analizar a dos laboratorios distintos, uno en Sidney y otro en Nueva York, pero se lo digo, la saliva es de reptil y los dientes son planos y con bordes aserrados, no son como los de los cocodrilos ni los varanos ni los de un felino, investigué cómo eran los dientes de los dinosaurios y se parecen más a los de un terópodo, no sabría qué especie en específico, de hecho, mandé a pedir la réplica de un colmillo a un museo de aquí, en Winton Queensland, Australovenator es el más conocido, me llegó el resultado de la muestra del laboratorio local y dice esto:

Agua: Aproximadamente el 95%

Proteínas: La saliva contiene una variedad de proteínas, incluyendo enzimas digestivas.

Electrolitos: La saliva también contiene electrolitos como sodio, potasio, calcio y magnesio.

Otras sustancias:

La saliva también contiene moco, enzimas, inmunoglobulinas y otros compuestos.

En conclusión: 90% de compatibilidad con cocodrílido—leyó el informe el médico.

—Pero dices que los dientes no corresponden a los de un cocodrilo ¿verdad?—preguntó Wilson.

—Así es—confirmó el médico.

—Correcto, concluye en el informe que fue el ataque de un cocodrilo y que no se pudo determinar la causa de la herida abdominal, listo, eso es todo... le devolveremos el cuerpo a la familia y se cierra el caso—dictaminó el teniente Wilson... y eso fue lo que hizo el médico.

La fiscalía leyó el informe y determinó que Michael Kors era inocente y libre de todos los cargos, aunque el neurólogo no cambió su versión de que Kors podría sufrir una especie de patología psiquiátrica que le llevó a confundir a un cocodrilo con un dinosaurio. Kors fue liberado y recibido por su esposa que se alojaba en un hotel pequeño de la ciudad. En la mañana, recuperaron el cuerpo de Cris y viajaron con él hasta Darwin para su funeral, Planc tomó el vuelo siguiente para estar presente.

Los familiares de los Kors formaron una caravana de a pie para acompañar el féretro de Cristian hasta su tumba dentro del cementerio, Charles Planc les seguía a la distancia.

Una vez todos reunidos alrededor de la fosa en el jardín y bajo una lona grande, Michael Kors pidió la palabra, muchos temían lo que diría, porque pensaban que había enloquecido, Angela sostenía al pequeño James en sus brazos y se cubrió el cabello rubio con un sombrero negro que contrastaba con su abrigo negro también.

—Quiero dar las gracias a todos los presentes, todavía no he podido hacerme la idea, aun no entiendo bien qué fue lo que pasó, pero no retiro lo dicho, mi hijo y yo fuimos víctimas, víctimas de una mentira, tengo muchas preguntas sin contestar en mi mente y estoy dispuesto a resolverlas. La gente dice muchas cosas, pero cuento con el apoyo de mi esposa y eso es lo único importante para mí. Mi Cris era un chico bueno, de alma noble, de conciencia limpia, él no merecía morir así, él debía enamorarse, casarse, tener hijos y cumplir muchos sueños más y—Kors se rompió y lloró, se secó las lágrimas con un pañuelo y tomó aire—y él no solo era un hijo, era mi amigo, mi ayudante, mi mano derecha, mi sustento, mi cómplice y mi guía, te amo hijo mío, yo no te quité la vida como dicen los mal hablados, sabes que luché e hice todo lo humanamente posible por salvarte y te haré justicia, juro por Dios que dedicaré mi vida entera a encontrar a los malditos que te hicieron esto, a los que se suponía que debían rescatarnos y no quisieron contestar el teléfono cuando agonizabas, a William Jarvis Scott y Kollozal... y los haré pagar y los expondré ante el público para que todos los vean y si tengo que jugarme el cuello por eso, que así sea, juro teniendo a Dios como mi testigo y a todos los que están aquí—concluyó Michael Kors, pero nadie aplaudió, estaban confundidos y los que quisieron aplaudir, tenían miedo de que los otros familiares se enojaran, porque creían que Michael estaba loco y que debió quedarse en un psiquiátrico.

Angela dejó un ramo de rosas sobre el ataúd y las mujeres le imitaron, bajaron a Cris... y Angela lloró mucho y Michael trató de abrazarla, pero ella no lo dejó y muchos vieron esto y murmuraron.

Todos se retiraron, incluso Angela, menos Michael Kors que se quedó parado al lado de la tumba de su hijo, en silencio. Charles Planc que permaneció a 50 metros de ahí, se acercó a él por la espalda, a tres metros.

—Yo iré a buscar a los malditos que nos abandonaron y a exigir respuestas, si quieres puedes venir conmigo, tú decides Kors—le invitó Planc, Kors no se inmutó, sin embargo...

—Piensan que estoy loco. Mi esposa no me cree, nadie me cree, solo tú—se giró y se acercó a Planc—hice un juramento, no tengo otra opción—y ambos pidieron un taxi para el hotel donde se alojaba Planc.

Charles Planc llamó incesantemente por teléfono a Lark... este nunca más contestó. Enseguida, llamó a las familias de Corbett y Yamamoto y les contó toda la verdad, detalle por detalle, al principio no dieron crédito a las historias de Planc, creían que estaba loco. 

—No te creyeron ¿verdad?—comprendió Kors, Planc cortó el teléfono y negó—debo volver a mi casa para recoger unas cosas.

Por eso, Planc volvió furioso y desesperanzado a su domicilio en Alaska y Kors fue con él.

La vieja cabaña estaba al cuidado de su vecino Paul Brown y tío de Ralph... este lo vio y se sorprendió; el rostro de Planc ya no era igual que antes... estaba demacrado, arrugado y se le veía triste, con la mirada perdida.

—Charles ¿estás bien? Me alegro de verte ¡tantos años que han pasado! Volviste con un amigo ¿ah?—saludó Brown... Charles le hizo un gesto con la mano y al entrar, se echó sobre la cama y durmió... durmió y durmió. Paul Brown y Michael Kors se quedaron conversando afuera.

—Hay muchas cosas que contar señor Brown, cosas que nadie puede creer... y eso es lo que más nos frustra, tanto al señor Planc y como a mí—explicaba Kors inclinándo el vaso para que Brown le vertiera whisky.

—La ballena ¿verdad?—recordó Brown.

—La ballena y muchas cosas más—aseguró Kors chocando copas con él.

Cuando Planc se levantó... vio la estufa encendida, Brown había hecho fuego, Planc abrió un mueble donde solía guardar el whisky, sacó un vasito y la botella, llenó el vaso y se lo bebió al seco... recordó la canción de David Bowie "The man who sold the world"... la playa, las palmeras, las bombas, la pila de cadáveres de vietnamitas; hombres, mujeres y niños... otro vaso de whisky. Los cuerpos de Sako y Strasser... otro vaso de whisky. Corbett y Yamamoto gritando por ayuda y los burrunjors devorándolos... otro vaso de whisky. El padre agonizante de Aurora Larson... Planc tiró el vaso y chupó la botella, se la empinó y tragándose hasta el último concho, se cayó de espaldas en el suelo y se largó a llorar amargamente.

—¡Perdón! ¡Perdónenme! ¡Soy un maldito inútil! ¡Un asesino! ¡Un cínico! ¡Un hipócrita!—exclamó en su terrible llanto. Y tomó su viejo revólver y apretó el gatillo muchas veces... ninguna bala salió, estaba descargado... y se quedó en posición fetal.

Paul Brown y Michael Kors escucharon los gritos de Charles y corrieron a socorrerle... le vieron recostado en el piso sollozando.

—Charles... ¿Qué te pasó?—Paul Brown agarró el revólver y lo lanzó lejos... y con la cooperación de Kors, ayudó a Charles a sentarse en su viejo sofá y el cazador veterano le contó todas las vicisitudes y peripecias que sufrió... Paul lo miraba preocupado.

—¡De seguro crees que me volví loco!—le reclamó a Paul.

—No Charles, yo también vi a la ballena, yo vi a Lark, yo sí te creo—le apoyó Brown.

—Llamé al judío y nunca más contestó, las familias de mis hombres no me creyeron, nadie nunca los sepultará, a esos corporativos desgraciados no les importa recuperar sus cuerpos—lamentó Planc destruido. Fijó su mirada hacia la nada. Y una chispa brotó en sus ojos—Rusia... van a inaugurar el zoológico en Rusia, el ruso y Lark. Debo hacer una llamada—soltó Planc.


Capítulo 44.

"El que se humilla será ensalzado".


En la casa de los Brown, Aurora y Ralph almorzaban tranquilamente con Nikolay y Heather, Ralph levantó los platos y Aurora quiso lavar, él la detuvo.

—Pausa, usted está embarazada, debe cuidar al bebé—le acarició la barriga.

—¡Ay Ralph no estoy ni inválida ni enferma!—se quejó Aurora y se apartó de la cocina, Ralph se reía.

Tocaron el timbre, se miraron, Ralph se secó las manos y salió a mirar... al verlo, se quedó pasmado y sin saber qué hacer.

—¿Quién es mi amor?—preguntó Aurora, Ralph no respondía, estaba quieto. La mujer en cinta se asomó por la puerta y tuvo la misma reacción que su esposo, ninguno de los dos se movía, congelados. Se sumaron Nikolay y Heather.

Allí, en el ante jardín, estaba Charles Planc postrado en el suelo como cuando los musulmanes rezan hacia la Meca... y comenzó a arrastrarse por el césped igual que una cuncuna hasta la puerta... Michael Kors observaba desde la calle. Postrado a los pies de Ralph y Aurora, Charles Planc rompió en llanto, Ralph se puso delante de Aurora para protegerla y Charles Planc les besó los pies a ambos.

—Perdón, perdónenme, perdón, yo no soy digno de presentarme ante ustedes ni de besarles los pies, porque soy un asesino y no merezco nada de ustedes, hagan conmigo lo que a ustedes les parezca bien—les suplicó llorando Charles Planc, las lágrimas corrieron por las mejillas de Aurora.

—¿Por qué está aquí? ¿Qué es lo que quiere?—le interrogó Ralph con firmeza.

—He venido a enmendar mis errores—dijo Planc.

—Nosotros no necesitamos nada de usted, váyase—le rechazó Ralph empujándolo con el pie.

—Sí lo sé... pero necesito que ustedes me ayuden a exponer y ajusticiar a los enfermos que crearon a esos monstruos, sus testimonios son muy importantes, el señor Kors aquí detrás mío, perdió a su hijo de la misma manera en que murió el hermano del chico ruso, así también murieron mis amigos, nuestros jefes nos abandonaron—explicó Planc con la voz quebrada.

—Nosotros ya declaramos lo que teníamos que declarar, váyase de una vez—se restó Ralph.

—Pero esos tipos siguen creando monstruos ¿no lo entiendes? Seguirán muriendo más personas inocentes, decenas, cientos, miles... hombres, mujeres y niños... y nadie hará nada, porque nunca nadie ha hecho nada—persistió Charles.

—¿Y qué pretende hacer?—exigió Ralph algo irritado y con los labios apretados.

—Lo mismo que tú hiciste con la ballena, solo tú fuiste capaz de hacerlo—reconoció Planc.

—Estuve preso varios años por eso ¿Acaso no ve que ahora tengo una familia? A mí solo me importa una cosa: la seguridad de mi esposa y de mis hijos, nada más, ahora lárguese y vaya a reclutar gente a otra parte—le echó Brown. Aurora mantuvo silencio.

—¡Ya basta Planc, déjalos en paz, él tiene razón! Fue una perdida de tiempo venir aquí, solo estamos molestando—le aconsejó Kors desde la calle detrás del cerco de madera.

—Quieren abrir un zoológico en Rusia y pasará lo mismo que aquí o peor aún, ellos no tienen ni idea de las consecuencias, habrán más George Petrov y muchos cadáveres regados por las calles de Moscú, muchos más que los de la masacre de Beslán y a juzgar por cómo lo gestionó Putin, morirán muchos niños ¿eso no te importa Nikolay? ¿No te importa tu pueblo?—le confrontó Planc, Nikolay tragó saliva preocupado y Heather le abrazó.

—Váyase, por favor, antes de que llame a la policía—le advirtió Ralph aguantando su ira.

Charles Planc se puso de pie secándose las lágrimas y se fue en compañía de Kors, Ralph se aseguró de que se fueran y cerró la puerta.

—Ayuda quería ese tipo—castigó Ralph.

—A mí por lo menos no me pareció que mintiera—le justificó Aurora.

—Aurora... él mató a tu padre—le confrontó Ralph.

—Sí, lo sé, él obedeció las órdenes de Lark—dedujo ella.

—¿Cómo puedes saber eso?—indagó el joven esposo.

—No lo sé, pero supongo que así debió ser, porque las transferencias de dinero venían de la cuenta personal de Planc, no de Lark ni de su compañía, él no tenía ninguna obligación de hacerlo—analizó Aurora.

—Era lo menos que podía hacer—restringió Ralph—¿y tú qué? No me digas que quieres ir a matar ballenas de nuevo ¿o sí? Si quieres ir, hazlo, pero esta vez no te acompañaré—le recriminó a Nikolay.

—Nikolay tiene una casa, una familia y un futuro—le respondió Heather, el ruso no respondió y se quedó en silencio.

Planc y Kors caminaban sin rumbo por las calles de Kelowna.

—¿Qué más piensas hacer? ¿A quién más debemos visitar?—preguntó Kors cubriéndose el cuello con una bufanda.

—A nadie más, lárguemonos de aquí—escupió Charles Planc afligido.

—¿Y qué haremos entonces?—solicitaba Kors.

—Supuse que estos me dirían que no, pero aun así les di la oportunidad. Ahora quiero viajar a Texas, para despedirme de mi hija, Charlotte, por si algo sale mal. Pero quiero ir solo, no necesitas acompañarme, puedes esperarme aquí—decidió Charles Planc ansioso.

—Iré contigo, tú eres el único que me cree, nuestros enemigos son mucho más poderosos y numerosos... y debemos cubrirnos las espaldas, como un guerrero y su escudero, Cris siempre decía eso, yo era su escudero en los juegos de espaditas—citó Michael Kors con una sonrisa, Charles le abrazó y aprobó con un gesto de cabeza.

Así que compraron dos pasajes hacia Texas.

Charlotte regaba el jardín durante la mañana, cuando su padre bajó de un taxi con otro hombre vestido de negro. Estaba más viejo, canoso y arrugado, pero era ese mismo rostro que besó muchas veces de niña. Su hijita de 3 años se acercó a ella.

—¿Mamá quiénes son esos señores?—preguntó la pequeña. Cuando Charlotte les vio, quedó fría y quieta como el hielo, abrazó a su hija. Charles se quedó de pie viéndola y Kors un poco más allá.

—Hola hija, no quiero molestarte, solo vengo a despedirme—le saludó el padre con maravillosa serenidad y ternura.

—¿Despedirte?—preguntó Charlotte confundida.

—Que niña tan linda ¿Cómo se llama?—preguntó Charles.

—Adelaida—respondió la niña.

—¡Adelaida! ¡Qué lindo nombre, tu bisabuela se llamaba así, mi mamá!—exclamó emocionado Charles.

—¿Quién es ese hombre que viene contigo?—consultó Charlotte.

—Ah es un amigo, se llama Michael Kors, trabajamos juntos—contestó Charles—hija, tengo algo que entregarte—el padre sacó del bolsillo de su chaqueta una agendita, su diario de vida y se lo ofreció.

—¿Qué es eso?—preguntó Charlotte desconfiada.

—Es mi diario de vida, considero de que tú eres la persona indicada para tenerlo, sé que lo vas a cuidar bien, al final, en la última página hay una sorpresa para ti. Eso hija, te amo—Charles le estiró los brazos...

—No entiendo ¿por qué quieres despedirte?—insistió Charlotte.

—No puedo decírtelo ahora, pero después lo entenderás—dijo él.

—Me estás asustando, no me digas que... piensas acabar con tu vida—se preocupó ella.

—No, no, no nada de eso, solamente haré un trabajo que puede ser muy peligroso, pero no te lo puedo decir ahora, digamos que es para el gobierno—él mantuvo sus brazos en alto y ella le tomó las manos y se abrazaron por fin, después de 20 años... Charlotte lloró y también Charles.

—No entiendo por qué te fuiste tan lejos, yo pensaba que me odiabas—dijo ella llorando y aferrada a él.

—Era lo mejor para ustedes, para que estuvieran seguras, sabes cuál es mi enfermedad, nunca dejé la botella... y nunca dejé de amarte, mi niña—explicó Charles con el rostro empapado de lágrimas y le besó la frente a su hija.

—Te amo papá, pero me hiciste mucha falta, muchas veces—expresó Charlotte sin dejar de llorar.

—Yo también te amo hija, perdóname por eso—le devolvió su amor Charles y la pequeña Adelaida sujetaba el pantalón de su mamá y miraba hacia arriba sin entender muy bien.

—Ahora, debo irme—Charles le besó la frente a su hija.

—¿Por qué no te quedas a cenar?—le suplicó Charlotte.

—No puedo hija, ya no hay tiempo—rechazó Charles.

—Sí hay tiempo, yo no tengo prisa, adelante—permitió Michael Kors detrás de ellos y todos entraron a la casa y cenaron juntos.

Al otro día, Charlotte y su padre caminaban por Padre Island National Seashore, una conocida playa de Texas, muy hermosa, de arena y aguas claras. La pequeña Adelaida se quedó con su abuela Jessi, la ex esposa de Charles y Kors, que condujo el auto, esperaba más allá.

—Nunca me habías contado eso, lo de la guerra—enfrentó Charlotte.

—No hacía falta hija, no son recuerdos bonitos—lamentó el padre recogiendo una conchita.

—Si yo hubiese sabido, tal vez te habría entendido, haberte dado ayuda psicológica—meditó ella.

—Hija... esos recuerdos no se pueden borrar, la culpa tampoco—dijo avergonzado Charles tirando la conchita.

—Por eso bebías, para borrarlos, para castigarte... para destruirte—suponía Charlotte y abrazó a Charles, él cruzó sus brazos más arriba y le besó la cabeza.


Capítulo 45.

"Una reunión que determinará el futuro de la humanidad".

Durante la tarde del día anterior...

—¿Qué crees tú Nikolay? ¿Será tan grave como dice Planc?—preguntó Aurora a Nikolay.

—No lo sé, tendría que investigar más—respondió el invitado.

—¿Por qué quieres saber más?—le restringió Heather.

—Me dio miedo la cara de Planc, nunca había visto a una persona hacer eso, estar así de mal—confesó Nikolay muy serio.

—Sí, quedó igual que nosotros cuando murieron nuestros familiares... y les quiero pedir que no hablemos más de este tema, hoy supe que sería padre, no echen a perder este lindo momento, por favor—les solicitó Ralph con amabilidad, inclinaron la cabeza conformes.

—Heather ¿recuerdas cuando estabas enamorada de Ralph?—recordó Aurora risueña, Ralph soltó el aire escupiendo la comida, Aurora se tomó la frente avergonzada y Nikolay estalló en una carcajada.

—Jajajaja buen dato Aurora jajajaja—celebró Nikolay aprentándose el vientre.

—Aurora, a mí nunca me gustó Ralph, de hecho, a mí me gustaba Billy—mintió Heather ruborizada y nerviosa.

—Jajajaja que eres mentirosa jajajaja pero tranquila, si a mí no me importa, fue hace tantos años—expuso Aurora aguantando la risa.

—¿Cuántos años Aurora?—preguntó Nikolay intrigado y entretenido. Ralph lo miraba meneando la cabeza y sonriendo.

—Creo que seis o siete jajaja—hizo memoria Aurora y Nikolay hizo un saludo de manos especial con ella, como celebrando su dupla.

—Sigue Nikolay... hoy dormirás en el living—advirtió Heather y Ralph y Nikolay estallaron de risa, inclusive, Ralph se pegó en las rodillas.

Ya en su casa, Nikolay encendió el PC de Heather para investigar, tal como lo hizo hace 6 años... ingresó Lark Enterprises... la lista de resultados no ofreció nada interesante, más allá de lo que ya sabía... que era una inmobiliaria que había crecido rápidamente gracias al trato que cerró con Kollozal Biotech, que ahora era una empresa subsidiaria, etc. Que Kollozal anunciaba la resurrección del Mamut, que habían sufrido un atentado tenía la denuncia por experimentos con seres humanos—Heather se sentó detrás de él y le abrazó por la espalda.

—Planc decía la verdad—comprobó Nikolay.

—Aún así no podemos hacer nada—intervino Heather.

Planc y Kors usaban el PC de una biblioteca pública.

—¿Qué buscas?—preguntó Kors.

—Reviso mi bandeja de correos—dijo Planc y halló el correo, este decía:


"Buenas tardes señor Planc, agradezco su confianza, lamento mucho las terribles situaciones que ha tenido que sufrir y sus perdidas inconmensurables. Como compañía nos vemos obligados a denunciar las actividades ilegales y criminales de Kollozal Biotech, su testimonio será esencial para llevar a Vlodimir Maglomedov y su personal ante la justicia. Nos urge reunirnos con ustedes para ver qué podemos hacer con el fin de detenerlos. Nuestro informante nos ha advertido que Kollozal está organizando una fiesta de gala con las máximas autoridades rusas, para inaugurar su 'Cenozoic Zoo' y no podemos permitir que eso ocurra, no debemos permitir que ellos reciban la aprobación ni subvención del gobierno ruso y no podemos descartar que los tristes episodios que usted nos ha relatado, se repitan en ese evento o más adelante, a Kollozal no le interesa poner en peligro la vida de las personas ni pagar indemnizaciones. Tenemos un plan, debemos fijar hora y lugar para conversarlo".


Quedamos pendientes a su respuesta.


Richard Carter, CEO de "Carter & Charger Bioscience", sociedad farmacéutica cofundada por Richard Carter, John Charger y Alexei Ivanov.


Planc redactó un correo:


"Buenas tardes doctor Carter, agradezco su amabilidad y pésame, y sí, debemos reunirnos pronto y planificarnos. Que sea este sábado al medio día (12:00) aquí, a las afueras del aeropuerto de Texas, si es posible, confirmar".


Charles Planc.


Carter respondió:


"Buenas tardes señor Planc, correcto, que así sea. Nos vemos a esa hora y en ese lugar".


Richard Carter.


Al medio día en el aeropuerto de Texas, Richard Carter bajó por la escalinata del avión en compañía de los doctores John Charger, Alexei Ivanov y un guardaespaldas armado. Salieron por la puerta del complejo y se saludaron con Charles Planc y Michael Kors y tomaron un taxi hacia un hotel de la ciudad.

Medio día en la habitación del hotel, los hombres se pusieron cómodos y pidieron desayuno para los seis.

—¿Para cuándo piensan celebrar la gala?—preguntó Planc tomando café con waffles y sentado en un sofá con Kors.

—Nuestro informante dice que el 31 de diciembre—avisó Carter sentado en la cama con sus colegas.

—Para el Año Nuevo—dedujo Kors comiendo su pan con huevo.

—Sí, para la fiesta del Año Nuevo—confirmó Carter bebiendo su café.

—¿Qué cree que puede pasar?—pidió Michael Kors.

—Debemos estar preparados para lo peor—advirtió el dr Charger.

—¿Y qué es lo peor?—persistió Kors.

—Que durante la fiesta, uno de esos animales se asuste con los fuegos artificiales y escape y mate a muchas personas... a los asistentes, a gente que transite por las calles de Moscú, que causen un terrible accidente automovilístico, etc, muchas cosas malas—planteó Charger, Kors asintió.

—¿Qué planean?—apresuró Planc.

—Bien dicho... nuestro objetivo final es eliminar a esos animales, el método puede variar, pero no queremos que vuelvan a clonarlos, por ello consideramos que lo más apropiado es dispararles dardos con veneno y ácido para que actúen rápidamente a nivel molecular y destruyan las células del individuo y así imposibilitar su clonación. Eso retrasará por diez años los ingresos de Kollozal, frenando su desarrollo económico y nos dará el tiempo suficiente para asestarles el segundo golpe, demandarlos en la Corte Europea de los Derechos Humanos y que lleguemos a un veredicto antes de que se recuperen... y acabarlos de una vez. Los siguientes serían Scott Genomic Innovations y Lark Enterprises—explicó los detalles Carter.

—¿Y quién hará el trabajo sucio? Nosotros supongo—intervino Michael Kors, Carter suspiró.

—Sí señor Kors... ustedes harían el trabajo sucio mejor que nosotros. Por nuestro lado, los ayudaremos legalmente, en caso de que les arresten, haremos los trámites con la embajada y el consulado para sacarlos de Rusia y que los extraditen aquí—garantizó el doctor Carter, Kors accedió con un movimiento de cabeza.

—No quisieron participar—lamentó Planc.

—Mmm... y ese joven, Brown, el que mató a la ballena... ¿por qué no esta aquí? Es muy hábil, les sería de gran ayuda—consultó Charger después de beber de su taza.

—No quiso participar, él ya formó su familia y no quiere ir a la cárcel otra vez—justificó Charles Planc rascándose la barba.

—¿Tiene su contacto? Tal vez yo podría hablar con él—aseguró Carter.

—No lo tengo doctor y aun si lo tuviera, él no aceptará—descartó categóricamente Charles Planc meneando la cabeza.

—Pero usted sabe donde vive, enviaré a alguien para que hable con él y le haré una oferta que no podrá rechazar, sí eso servirá—imaginó Carter optimista, Kors y Planc se miraron y estiraron las bocas hacia abajo, como en gesto de incomprensión y burlándose del positivismo de Carter.

Una vez más, tocaron la puerta de la familia Brown Larson, Ralph salió para atender.

—Buen día ¿que necesitan?—saludó Brown.

—Señor Brown, soy Kevin Stein, empleado de Carter & Charger Biotechnology y tengo una oferta para usted—saludó y se presentó el abogado.

—Sí ¿y en qué puedo ayudarle yo?—preguntó Ralph desconfiado.

—Es un trabajo para usted, es para combatir a Kollozal Biotech—anunció Stein y se desfiguró el rostro de Ralph.

—Ay no, mire... no quiero saber nada de la tal Kollozal ni nada de esas cosas, váyase por favor—le rechazó Brown muy fastidiado y hastiado.

—Pero señor Brown, mi jefe le ofrece un cargo importante en su compañía, un muy buen empleo, con eso usted podrá mantener a su familia y asegurar la educación de sus hijos—ofertó Stein sonriente y cálido.

—No señor, váyase y déjeme en paz—Ralph cerró con un portazo. Aurora estaba parada al lado de la puerta y le dio un paipazo en la nuca.

—¡¿Tú eres tonto o te haces?!—le increpó Aurora con dureza y abrió la puerta y salió corriendo detrás del señor Stein que subía a la limusina.

—¡Señor, señor, espere, no se vaya, a mí sí me interesa!—le suplicó la mujer—pase a mi casa ¿le gustaría tomar un café?—le ofreció Aurora.

—Eh sí, sí, muchas gracias—aceptó el abogado y entraron a la casa. Cuando es esclarecieron bien las cosas y firmaron un contrato de trabajo entre Ralph Brown y Carter & Charger Biotechnology, Aurora se despidió de su esposo con un abrazo y un beso.

—Ahora me besas—bromeó Ralph, Aurora le acarició la nuca.

—Lo siento, lo hice por nuestro futuro—se disculpó Aurora.

—Espero que no me maten—dijo con ironía Ralph.

—No lo digas ni en broma, cuídate y haz caso en todo—se volvieron a besar.

Ralph Brown y Nikolay Petrov bajaron por la escalinata del avión en el aeropuerto de Texas y se reunieron con Charles Planc y Michael Kors y se dirigieron al hotel donde les esperaban los doctores Carter, Charger e Ivanov.

—De verdad me soprende que estén aquí—les expresó Charles Planc sin salir de su asombro.

—Planc, estamos aquí única y exclusivamente por un buen trabajo y por el futuro de nuestros hijos, no te pases de listo—Ralph le rayó la cancha desde el principio.

—Si es posible, agradecería que te refieras a mí como señor Planc—exigió Charles, Ralph le lanzó una mirada de desdén y se sentó con Nikolay en otro sofá, frente a Carter, Charger, Ivanov, el guardaespaldas, Planc y Kors.

—Correcto, a lo que nos convoca... antes de repasar el plan, debemos analizar con qué tipo de criminales estamos tratando, todos necesitan conocer esta información, por lo que les leeré brevemente el perfil del señor Maglomedov:

Nombre completo: Vladimir Aslanovich Maglomedov.

Nacimiento: Moscú, 1953.

Edad: 52 años.

Apariencia: 1.73, no se dejen llevar por su estatura, dicen que es imponente, robusto, bastante fuerte y buen peleador... cabello canoso corto, cicatriz en la mejilla izquierda. Siempre viste de forma elegante, pero con un aire militar en su postura y forma de hablar—Nikolay interrumpió al dr Carter—esa estatura está bien para un ruso, Putin mide 1.70—Carter le observó—sí y usted es alto para ser ruso de hecho—notó el dr Carter y Nikolay se sonrió—es que soy del sur, los rusos del sur tendemos a ser un poco más altos, sobre todo para los Urales y el Cáucaso, la gente de Georgia, Armenia y nuestros parientes, los eslavos de la antigua Yugoslavia, serbios y croatas, más todavía—aportó Petrov, Carter asintió.

—Bien, seguimos.

Ocupación: fundador de ZarGen Biotek, su primera farmacéutica, hoy CEO de Kollozal Biotech, empresa privada con sede en Moscú, especializada en ingeniería genética y biotecnología avanzada.

Pasado: Maglomedov fue soldado en el ejército soviético durante la invasión a Afganistán (1979–1989). Durante la guerra, aprendió a sobrevivir en entornos hostiles y a negociar con todo tipo de actores: desde militares corruptos hasta contrabandistas locales. Allí fue donde inició su red de tráfico de piedras preciosas, especialmente lapislázuli y esmeraldas afganas, lo que le permitió amasar su capital inicial en los años 90 durante el colapso de la URSS.

Después de la guerra, fue uno de los tantos veteranos olvidados por el Estado. Pero Vladimir no planeaba desaparecer. Vio en la biotecnología la próxima frontera del poder. Financiando laboratorios clandestinos en Asia Central y luego atrayendo a científicos occidentales con dinero negro, fundó ZarGen Biotek, como dije, su primera farmacéutica. Su proyecto estrella: devolver a la vida criaturas del pasado para atraer turismo, poder y monopolizar la ingeniería genética.

Motivación: Aunque públicamente se muestra como un mecenas de la ciencia, su interés real es el lucro sin límites y el control total del mercado biotecnológico. No le importan los riesgos ecológicos, éticos o sociales. Para él, los animales prehistóricos no son más que una inversión rentable. Si algo se descontrola, no dudará en silenciar a quienes interfieran, cosa que ya ha hecho antes. Es más, tengo a mi disposición una denuncia, de que su compañía ha realizado experimentos con seres humanos—Carter terminó de leer la ficha.

—¿Cómo así? ¿Qué hicieron?—preguntó Kors alarmado.

—Insertaron un chip en la glándula pituitaria de una persona con enanismo y la hicieron crecer hasta los 3 metros, el paciente quedó postrado de por vida y murió por una hemorragia cerebral, Fiodor Pankratov—explicó el doctor Carter.

—Hijos de perra... perdón doctor—se disculpó Michael Kors.

—Descuide, pienso lo mismo. Bien, repasemos el plan. Una semana antes, es decir, el día 24 de diciembre, viajarán a territorio ruso con pasaportes falsos y disfraces, como científicos irlandeses, por favor practiquen el acento. Llegarán al medio día aproximadamente. Al día siguiente, en la mañana, se reunirán con los cuatro voluntarios del Green Peace, contactados por el señor Planc previamente, en un hostal rentado cerca de la Plaza Roja. El día 31 de diciembre a las 8 de la noche, se vestirán con ropa de gala e irán en un taxi al Teatro Bolshói de Moscú. Dos de ustedes, Ralph y Nikolay y dos de ellos, vigilarán a la seguridad y los altos mandos del Kremlin y se comunicarán por audífonos, por otra parte y tras bambalinas, estarán los señores Planc y Kors y los otros dos voluntarios del Green Peace eliminando a los animales enjaulados con los dardos envenenados, su contenido consiste en agentes ácidos, alcalinos, oxidantes, reductores, disolventes orgánicos, y algunas toxinas. La idea es destruir la estructura molecular del ADN de esas especies para que no puedan clonarlos, en caso de quedar material genético ¿vamos bien?—repasó el doctor Carter.

—¿Y los del Green Peace estarán de acuerdo con matar a los animales?—preguntó Nikolay.

—Sí, porque son una amenaza para la flora y fauna—aseguró Carter—bueno, una vez cumplida la misión, los señores Planc y Kors deben avisar a sus compañeros y salir por la puerta trasera... se cambiarán de ropa, o sea, se quitarán la ropa de gala y se quedarán con la ropa informal que lleven debajo... y tomarán un taxi al aeropuerto de Moscú, donde el señor Stein los esperará y los sacará lo antes posible del país. Por favor, limítense a la misión y sean puntuales y no hablen más de la cuenta con los taxistas ni con nadie más—les enfatizó Carter—y aquí tengo copias de las invitaciones de Kollozal que nos envió esta mañana nuestro informante por fax, no las pierdan por favor, son su único pase para entrar al teatro—dijo entregándoles los sobres con invitaciones casi idénticas a la que recibió Ethan Lark.

—¿Cuántos animales son y cuáles?—tomaba notas Nikolay.

—Son cuatro: Mamut lanudo, Esmilodón populator o dientes de sable, Dinopitecus, es un babuino grande, Megistotherium, es como un león de cabeza grande y sin melena y Desmodus draculae, es un murciélago grande. Pero aún quedan más en el zoológico del señor Lark, ya le llegará su momento. Eso sería señores. Y nunca lo olviden: esto lo hacemos por el bien de la humanidad y por todas las víctimas de Kollozal, mucha gente inocente murió por culpa de ellos, nuestros familiares... y si no cumplimos esta misión, muchos más inocentes morirán—Carter inclinó la cabeza—y que Dios esté con nosotros y que guie nuestros pasos y nuestras manos, bendito seas para siempre, amén—concluyó el doctor y todos dijeron "Amén" y Kors se persginó, porque era católico. Carter les entregó una grabadora, Planc la tomó y se la entregó a Ralph.

—¿Y eso para qué?—preguntó Brown.

—Nunca se sabe, siempre es bueno registrar evidencia, puede serles muy útil—concluyó Carter.


Capítulo 46.

Bienvenidos a Cenozoic Zoo.

Los aspirantes a héroes, regresaron a sus respectivos domicilios a la espera de la fecha prevista, para reunirse en el hotel de Texas y despegar hacia Moscú a fin de año.

Durante aquel tiempo, Michael Kors se fue a vivir con Charles Planc a un departamento rentado en Texas, cerca de Charlotte, por lo que se veían regularmente. Charles y Charlotte solían conversar mientras caminaban por los bosques de Kerrville, recordando los tiempos pasados.

12.30. 24 de diciembre de 2005. Aeropuerto de Moscú, Rusia. Los científicos irlandeses salieron por la manga del avión al aeropuerto y presentaron sus pasaportes... la mujer del mesón les observó inquisitiva y frunciendo el ceño.

—¿De Irlanda?—preguntó ella en ruso con el timbre en la mano.

—Yo soy ruso, de Krashnodar, pero mis colegas son de Irlanda, venimos para una reunión científica importante—habló Nikolay por ellos.

—Viva Margaret Tacher—afirmó la mujer en inglés y con acento ruso, Kors hizo un gesto de disgusto y negó con la cabeza, la mujer sonrió y les timbró los pasaportes. *Muchos irlandeses detestan a Margaret Tacher, ex primera ministra de Inglaterra.

Pararon un taxi y los cuatro se alojaron en un hostal frente a la Plaza Roja, en la avenida C. Tverskaya.

—Dicen que ahí adentro tienen el cuerpo de Lenin, vaya culto al comunismo jaja—indicó Charles Planc hacia el palacio de la Plaza Roja y con un café en la mano.

—¿Cuándo nos reuniremos con los del Green Peace?—preguntó Ralph.

—Aquí, mañana, a las 10—dijo Planc.

—¿Tan tarde?—reclamó Ralph, Planc le miró de reojo sin decirle nada, Brown hizo una mueca y mascó su pan.

Después de almorzar, se recostaron cada quien en sus camas y se durmieron.

Otras vez en el pantano, Cris estaba allí apuntando a la laguna... y ese ser reptiloide le mordía "¡Cris, Cris, hijo!" Gritaba Kors sin parar y estirando los brazos sin poder alcanzarlo.

—¡Feliz Navidad!—gritaron algunos turistas de las otras habitaciones.

—¡Con un demonio!—ahulló Michael Kors despertando de su pesadilla y saltando en la cama de la habitación compartida.

—¡Feliz navidad!—gritó alguien más.

—¿Qué hora es?—demandó Kors refregándose la cara.

—Diez menos cuarto—dijo Charles Planc ojeando su reloj de pulsera y arreglándose.

—Pasamos de largo de las doce hasta ahora—dedujo Ralph levantándose de un salto y buscando algo para comer.

Tocaron la puerta, los "Científicos" se apresuraron en ordenar todo y Planc abrió la puerta. Cuatro hombres altos, con abrigos y gorros de lana, esperaban con rostros muy serios, parados sobre el tapiz rojo.

—Adelante—les invitó a pasar Planc y ellos entraron y se sentaron en las sillas de la cocina, al momento en que los extranjeros tomaban desayuno. Nikolay se sentó lejos y mantuvo la distancia desconfiado, notó algo extraño, pero no sabía qué.

—Nikolay, ven, tú serás nuestro traductor, habla con ellos—le ordenó Planc y el joven, aunque rehacio, aceptó.

—Bien ¿y qué haremos?—preguntó el líder de los voluntarios en un inglés algo raro.

—Ah, hablan inglés—respondió Planc algo sorprendido—bueno, a las ocho de la noche, iremos al Teatro Bolshoi y usaremos unos dardos venenosos, dos de ustedes, junto con dos de los nuestros matarán a los animales a escondidas, mientras dos parejas vigilan en el teatro—explicó.

—Bien, el teatro está a un par de cuadras al norte, tenemos una furgoneta afuera, iremos en ella—ofreció el líder.

—Genial. Espera ¿cómo te llamas?—le preguntó Planc intrigado.

—Kodu Volkova—dijo el líder. Nikolay tembló y caminó hacia el pasillo del baño y le hizo señas a Ralph para que viniera, el canadiense avanzó hasta él.

—Algo anda mal, algo no está bien—susurró Nikolay.

—¿Qué? ¿Por qué?—preguntó Ralph en voz baja.

—Míralos, ellos no son rusos, no son como yo, son más altos... son morenos, de cejas muy gruesas y ese acento no es ruso—le alertaba Nikolay con mucho nerviosismo.

—¿Y entonces qué son?—pidió Ralph.

—No lo sé, parecen de otro país, esto no me gusta, vámonos Ralph—suplicaba el ruso con mucha insistencia.

—¡¿Hay algún problema?!—les gritó Planc desde la cocina.

—¡No nada!—contestó Ralph. Salieron del pasillo y regresaron a la cocina.

Temblando de temor, Nikolay sujetó la manilla de la puerta que daba al pasillo principal del hostal.

—Nikolay, espera—le dijo Ralph. El joven abrió la puerta y salió corriendo por el pasillo, Ralph corrió detrás de su amigo, Planc miró a los voluntarios y salió tras ellos, Kors también.

—¡¿Qué se supone que están haciendo?!—les gritó Charles Planc preocupado y atajó a Ralph del brazo.

—Nikolay dice que ellos no son rusos—le justificó Ralph.

—¿Y eso qué importa?—exigía Planc, Kors se aproximó a ellos. Petrov se acercó a Charles Planc y Kors.

—Ellos no son rusos, son de otro país, del sur—dudaba Nikolay.

—¿Armenios, serbios, croatas, albaneses, búlgaros?—Planc tiraba gentilicios sobre la mesa, Kors se impacientaba al ver a los voluntarios que se asomaban por la puerta del pasillo principal.

—No, ninguno de esos, creo que son chechenios—identificó Nikolay Petrov.

—¿Es enserio?—Planc abrió los ojos muy grandes, como asustado. Y los empujó e instó para que salieran rápidamente del hostal.

—¡Los dardos!—recordó Planc cuando iban por la calle.

—¡No importa Planc, usaremos otro método!—le detuvo Kors.

—No Kors, los dardos tienen un sello, si la policía los encuentra, darán con Carter—previó Planc.

—¡Y a quién le importa la condenada compañía, Planc!—protestó Kors.

—Pueden romper relaciones diplomáticas con el Kremblin—le advirtió Charles Planc y apuró el paso, Nikolay lo asió de las ropas por detrás.

—Lo van a matar señor Planc, espere un poco, espere a que se vayan—le aconsejó Petrov.

—Si espero, se llevarán los dardos y nunca los recuperaremos—lamentó Charles.

—Tiene razón Charles, esperemos aquí afuera, ya sé nos ocurrirá algo—apoyó Kors y se parapetaron en la fachada de una casa aledaña.

Los chechenios salieron del hostal con una bolsa, la abrieron y sacaron la pistola de dardos y la metieron en un bote de basura y los dardos por la rejilla del drenaje, Planc refunfuñó furioso. Entonces, se subieron a una furgoneta blanca, marca Sanfu del 82, y se fueron.

—¡Al drenaje ahora!—anunció Charles y entre todos retiraron la reja de fierro del drenaje cerca de ellos, por donde discurrían las aguas dirección al sur, al río Oká. Planc metió ambos brazos hacia abajo y por sus dedos transitaron todos los desechos humanos que uno se podría imaginar, en una pequeña corriente líquida... los hombres se tapaban las narices... Charles sintió muchas cosas blandas y de pronto, cosas duras, metálicas y las retuvo.

—Toma—le pidió a Kors y este recibió un par de dardos y Planc sacó el otro par.

—La pistola—se acordó Ralph y con Nikolay la recuperaron del basurero.

Volvieron al hostal y todos se bañaron y perfumaron lo que más pudieron para quitarse el aroma nauseabundo de las cloacas. También lavaron los dardos.

—Así que eran chechenios—habló por fin Planc.

—Sí, así es—confirmó Nikolay Petrov.

—¿Terroristas?—preguntó Planc echándose más perfume en las manos.

—Me temo que sí, por eso están interesados en la ceremonia, irán muchas autoridades, tal vez el presidente. Odian a Putin, por la ocupación rusa en Chechenia y por haber acabado con sus camaradas en la masacre de Beslán el año pasado—explicó Petrov.

—Sí, sí, lo sé, vi la noticia. Maldición... esto se está complicando—analizó Planc.

—Planean un atentado en la ceremonia, tratarán de matar a Putin—suponía Nikolay con ambas manos en la boca.

—¿Cómo lo harían? No pueden pasar armas por la frontera ni el aeropuerto—dedujo Kors.

—Podrían conseguirse armas aquí, en algún mercado negro, revólveres viejos—planteó Nikolay, Ralph se quedó inmóvil... con la vista fija en el suelo, como imaginando una horrible catástrofe.

—Ralph... ¿estás bien?—le preguntó su amigo preocupado.

—Liberarán a los animales para causar un alboroto... y en el caos, le dispararán a Putin y a sus ministros, eso harán—previno Ralph sacando deducciones. Todos suspiraron afligidos por la situación.

—Fue mi culpa, yo los contacté—reconoció Planc.

—Cualquiera puede trabajar como voluntario en Green Peace, sea cuál sea la manera en cómo ingresaron, es obvio que también los engañaron a ellos, igual que a nosotros—le defendió Kors.

—Bien, aclaremos las cosas: nuestra misión no es evitar un atentado terrorista, sino acabar con los animales—decretó Planc, Nikolay le miró con incertidumbre—pero, si logramos matarlos antes de que los liberen y causen un caos, podríamos frustrar el atentado indirectamente—concluyó el cazador. Pasaron seis días... 31 de diciembre de 2005. Los contratados por Carter decidieron de común acuerdo no salir del hostal en todos esos días...

Vestidos con ropas muy elegantes... almorzaban y miraban el reloj de vez en cuando, esperando con abrumante ansiedad la hora de la verdad... bajó la luz del sol... y cayó la oscuridad de la noche... la manija horaria marcó las nueve de la noche y el minutero las nueve... un cuarto para las nueve de la noche y un pajarito salió del reloj para cantar el "¡Cucú, cucú!" Y todos temblaron.

—Bien señores... ha llegado la hora, tengan ánimo, todo saldrá bien, siempre y cuando se apeguen al plan. Ralph y Nikolay arriba y nosotros con Kors atrás, en las bodegas, de ahí, al aeropuerto con Stein. Todo sea por el futuro de la humanidad, por eso Dios estará con nosotros. Amén—anunció Charles Planc Patterson, "El mejor cazador de todos los cazadores".

Los cuatro cargaron todas sus cosas, dejando el dinero de la renta sobre el mesón de la recepción y salieron del hostal. Ya estaba oscuro y pararon un taxi.

—В Большой театр, пожалуйста (al teatro Bolshói, por favor)—pidió Nikolay Petrov al conductor.

Dentro del auto, Kors recordó a Angela y a su pequeño James, sentía un pequeño arrepentimiento por estar allí, estaba nervioso y comenzó a rezar, sus compañeros le miraron aún más nerviosos y el conductor le dio un vistazo al australiano por el retrovisor.

—Что не так с твоим другом? (¿Qué le pasa a su amigo?)—preguntó el taxista preocupado. Nikolay no sabía qué responder.

—Es que le avisaron que su hijo tuvo un accidente y que está grave—dijo Planc en inglés y le dio un codazo a Nikolay.

—Ему сообщили, что его сын попал в аварию и находится в тяжелом состоянии—le tradujo Nikolay, el local asintió.

—Надеюсь, ваш сын скоро поправится (espero que tu hijo se recupere pronto)—deseó el taxista.

—Спасибо (gracias)—dijo Nikolay.

Un par de cuadras más allá, pagaron y bajaron en la avenida Ulitsa Okhotnyy Ryad... antes del teatro... iban caminando muy bien, animándose, cuando Charles Planc advirtió una cara conocida saliendo de un hotel muy elegante...

—Con un carajo, es él—les avisó apuntando a Ethan Lark con su novia Kathe... se escondieron y les siguieron en silencio.

—Si ese canalla nos ve, nos podría delatar y al diablo la misión—les previno Planc.

—¿Qué haremos con él?—preguntó Ralph.

—No podemos dejar que lleguen al teatro. Tengo una idea, ustedes síganme la corriente, yo voy por él y ustedes por la chica—susurró Planc y apresuró el paso... atajó a Lark por la espalda y le tapó la boca, Kors lo sujetó de las piernas, Ralph y Nikolay hicieron lo mismo con Kathe... les cargaron hasta un callejón, en Ulitsa Bol'shaya Dmitrokva, una cuadra antes del teatro.

—Charles... oh tú, no, no otra vez—se asustó Lark al ver a Charles Planc acompañado de Ralph Brown, Nikolay Petrov y ahora Michael Kors.

—Me debes una explicación, graben esto—ordenó Charles y Ralph sacó una grabadora, presionó el botón REC y la puso cerca de Lark, mientras Nikolay sujetaba a Kathe.

—¡Nos traicionaste! ¡Nos abandonaste maldito! ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué lo hiciste?—le reclamaba y le zamarreaba de las ropas Charles Planc, al momento en que le descargaba algunas bofetadas y puñetazos.

—¡No Charles, escúchame!—le suplicaba Lark tratando de respirar y con sangre que le corría de la nariz.

—¡Corbett, Heikichi y el hijo de Kors! ¡Todos murieron! ¡¿Entiendes?! ¡Se murieron! ¡¿Qué harías tú si se muriera uno de tus hijos?!—le regañaba Charles furioso, Nikolay miraba a Ralph asustado y ansioso.

—Shh... tranquila, cálmate, no vamos a hacerte daño, no vinimos a eso—Nikolay le susurraba a la chica para que guardara silencio, pero sin quitarle la mano de la boca.

—¡Ya basta Planc! ¡Déjame hablar! Yo pedí un equipo de rescate para ir por ustedes, pero Scott me lo denegó, por eso llamé a la policía australiana para que fueran por ti—alcanzó a gritar Lark entre los zamarreos de Planc.

—¡¿Quién es Scott?!—demandó Planc confundido.

—William Jarvis Scott es el dueño de Scott Genomic Innovations, una compañía subsidiaria de Kollozal, igual que la mía. Kollozal compró la mayoría de las acciones de ambas, se las vendimos con la condición de que nos garantizara cargos en la nueva compañía, Maglomedov dejó a Scott como director financiero, el segundo cargo debajo del CEO, él toma decisiones sobre el manejo de sus fondos y operaciones, yo soy el tercer cargo... él me rechazó la solicitud de enviar a alguien a rescatarlos, yo no podía hacer nada—explicó y se excusó Lark, Kathe asintió apoyando a Ethan. Planc le miró con ojos desconfiados y pensaba.

—Planc debemos apurarnos, está por empezar—le avisó Ralph tomando la grabadora y mirando su reloj.

—¿Qué planean hacer?—pidió Lark preocupado.

—Eso no te incumbe. Los dejaremos amordazados a ambos—les ordenó Planc a sus ayudantes.

—Pero ¿por qué me haces esto? ¿Acaso no puedo ayudarte en nada?—suplicó Lark frustrado.

—No, ya demostraste que no puedes. Tú podrías arruinar nuestra misión. Agradece que les estamos salvando la vida, tómalo como una nueva oportunidad—Planc se despidió y les dejaron amarrados y amordazados en el callejón.

—¿Grabaste todo lo que dijo?—preguntó Planc a Ralph.

—Sí, cada palabra—respondió reproduciendo un fragmento de la cinta y guardando la grabadora en el bolsillo de su abrigo—aunque eso parecía un secuestro y nosotros no somos criminales—dijo Ralph caminando todos juntos por la avenida iluminada con postes y faroles.

—Ese hombre me ordenó que le disparara a tu suegro ¿ya lo olvidaste? No es una buena persona y es más peligroso de lo que tú imaginas, no le interesa la muerte de otros, está donde tiene que estar. De ser por mí, yo lo habría matado, pero no soy un asesino, ya Dios le fijará su hora—se justificó Charles Planc peinándose.

Afuera del teatro Bolshói, había mucha gente muy bien vestida, de trajes y vestidos caros, parecían políticos, empresarios, modelos femeninas y militares.

—Militares—susurró Kors.

—Bien, ¿todos tienen sus invitaciones?—revisó Planc, ellos las mostraron—correcto, todos entraremos por la principal, ustedes dos se quedan dentro del teatro y nosotros iremos al baño y bajaremos—estipuló Planc y se abrazaron, dándose ánimo y avanzaron. Dos guardias grandotes chequeaban las invitaciones de los centenares de asistentes en la larga fila, Planc se fijó mucho en cómo los demás presentaban sus invitaciones, cuando tocó el turno de ellos, Planc fue el primero en mostrar la suya, sus colegas el imitaron de igual forma.

—Откуда они взялись? (De dónde vienen?)—preguntó un guardia.

Мои коллеги — ученые из Ирландии, я из Краснодара и переводчик (mis colegas científicos son de Irlanda, yo soy de Krasnodar y soy traductor)—respondió Nikolay Petrov, el guardia examinó la invitación y la textura del papel... luego les miró de pies a cabeza...

—Irlanda... Krasnodar... bien, pasen—accedió el guardia y les hizo una seña, los "Científicos irlandeses" cruzaron la boletería y la puerta principal... en el interior, muy cálido y acogedor, habían cientos de personas que no paraban de hablar y reír, el suelo temblaba, se veían muy alegres y emocionados, quizá por la fecha. La plataforma del teatro estaba lista para un espectáculo, de baile al parecer... aunque algunos músicos ya tocaban folclore ruso, con la balalaica, que es sino el instrumento musical más famoso de Rusia, un laúd triangular de tres cuerdas, una cajita de resonancia y un mástil largo y estrecho. 

—Conozco esa canción, sale en el Tetris—reconoció Ralph.

—Koróbushka o Korobéiniki, es una canción rusa muy popular y está basada en el poema de Nikolay Nekrasov, antes de la revolución, que cuenta la historia de Korobéiniki, un joven mercader que se enamora de Katia, se terminan besando y desaparecen en un campo de centeno—citó Nikolay Petrov con una sonrisa, Ralph le hizo un gesto de mucha aprobación.

—¿Dónde está el baño?—pidió Charles a Nikolay, este le indicó un pasillo donde había un letrero en ruso pegado a la pared... y todos asintieron en concordancia y se separaron.

Planc y Kors caminaron por el pasillo y entraron al baño... ocuparon los urinarios y se lavaron las manos... salieron y buscaban una puerta de emergencias, esperaron a que pasaran otros al baño y empujaron la puerta al final del pasillo.

Dieron con la calle y a unos 15 metros, una pareja de guardias vigilando un gran portón.

—Ya deberían haber llegado—dijo Planc revisando su reloj.

Vlodimir Maglomedov y sus dos asistentes y amantes, salieron de un ostentoso hotel de Moscú y caminaron hasta una limusina donde esperaba el chofer, abrieron la puerta y se sentaron.

—Bien, vamos al teatro—dijo Maglomedov... silencio—¿Qué pasa? ¿Por qué no partimos?—exigió el magnate. Desde los asientos de atrás salieron tres tipos de negro que les taparon la boca a los tres nuevos pasajeros, Maglomedov reaccionó y agarrando a uno de la cabeza, se la giró y le partió el cuello, así que el chofer tuvo que intervenir y entre los tres lo amordazaron, de igual forma a las mujeres, cansados de la despreciable tarea, el chofer encendió el auto y partió.

Planc y Kors vieron llegar a cuatro camiones acoplados y detenerse frente al portón de las bodegas del teatro, esperaban ansiosos, los guardias les dieron pase libre y entraron.

—Debemos buscar otra vía hacia la bodega—dijo Kors. Así que buscaron un pasillo interno.

Un grupo de militares entró al escenario para bailar el Kazachok, se agachaban y saltaban y uno giraba sin parar como un trompo.

—¿Son bailarines o militares?—preguntó Ralph.

—Ambos, es un baile propio del ejército, se llama Kazachok, significa 'pequeño cosaco', es una danza folclórica. Al presidente Putin le gusta rescatar y promover la esencia militar rusa—explicó Nikolay. Chocó con ellos una pareja, un hombre y una mujer muy linda, con un abrigo de pelos, le vio y sonrió, ellos quedaron pensativos.

—Esta pobre gente ni se imagina lo que podría pasar—susurró Brown.

Kors y Planc esquivaban personas hasta otro pasillo... y empujaron con suavidad la puerta... por la la delgada línea de luz, vieron a los conductores de los camiones bajar y revisar papeles, también entró una limusina y de ella, bajaron cuatro hombres vestidos de negro... les dispararon a los conductores de los camiones.

—Demonios, tienen silenciadores—rechinó Kors y siguieron espiando. Los terroristas bajaron de la limusina a Vlodimir Maglomedov amordazado.

—Hicimos un trato y tú lo rompiste: nosotros te robamos los animales y los esparcimos por el mundo, tú cobrabas el seguro y nos debías pagar un cuarto de eso... y no lo hiciste, nadie se burla de nosotros, menos un ruso ¿tienes algo que decir?—le recriminó el líder de los terroristas, el mismo que les visitó en el hostal con sus amigos, le quitaron la cinta de la boca a Maglomedov.

—¡Ayuda!—gritó Vlodimir Maglomedov y le taparon la boca otra vez, le cargaron hasta la jaula del Magistotherium, quitaron la lona y abrieron la jaula y le metieron dentro... la bestia le hizo añicos, le partió todos los huesos y salpicó mucha sangre para todos lados.

—Ese era el magnate de Kollozal—dijo Planc.

—Debemos ingeniárnosla para dispararle a los animales—insistió Michael Kors. Los terroristas cubrieron otra vez la jaula del Megistotherium y limpiaron todo, dos tramoyas pasaron por el lado de Planc y Kors.

—Эй, вам нельзя здесь находиться, снаружи (Oigan, ustedes no pueden estar aquí, fuera)—les echó uno y ellos tuvieron que salir. Los tramoyas entraron a la bodega y... no salieron más. Kors y Planc se asomaron por la puerta, los terroristas arrastraron los cuerpos de los tramoyas y empujaron la jaula del mamut hacia el escenario y abandonaron la bodega.

—Ahora Kors—Planc le animó y entraron a la bodega. Caminaron hacia las jaulas y sacando la pistola de dardos, descubrieron parcialmente la jaula del Megistotherium y le dispararon un dardo... lo mismo hicieron con el dientes de sable y el murciélago grande.

—Misión cumplida, solo falta el mamut—celebró Kors viendo a los animales desplomarse envenenados.

Terminó el baile. Vadim Smirnov, el asistente de Maglomedov y representante de Kollozal Biotech, miró su reloj.

—Ya es hora—confirmó el director del teatro tocándole la espalda.

—Sí, pero mi jefe aún no llega—lamentó, pero se hizo ánimos y subió al escenario. Sacó un bosquejo y se paró detrás del atril.

—Damas y caballeros, les agradezco por asistir esta noche de Año Nuevo, a este evento único en la historia de la humanidad y de la Ciencia. En vista del cambio climático y la pérdida de nuestros ecosistemas, en una lucha científica sin precedentes, Kollozal Biotech, propiedad de Vlodimir Maglomedov, ha logrado traer de la muerte este animal maravilloso, para recrear y rescatar el ecosistema siberiano y retrasar las emisiones de gas Metano a la atmósfera. A todos los presentes hoy, dejo con ustedes al mamut lanudo. —discursó Vadim Smirnov.

La orquesta tocó una marcha de redoble de tambores... jalaron las grandes cortinas rojas y revelaron al enorme proboscídeo peludo y este gruñó y chocó sus grandes colmillos contra los barrotes. Los asistentes soltaron unos "Wow" impresionados y aplaudieron. El mamut soltó un poderoso barrito y todos se estremecieron. Vieron el reloj y siguieron la cuenta regresiva.

—Десять, девять, восемь, семь, шесть, пять, четыре, три, два, один... С Новым годом! (Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno... ¡Feliz Año Nuevo!)—estallaron serpentinas y papel picado por el aire y cerca del escenario... todos gritaron y aplaudieron y rieron, unos mozos abrieron botellas de champaña y les sirvieron en copas. Varios salieron al sentir los fuegos artificiales... fuera del teatro, abrian la boca mirando hacia el cielo nocturno las luces y destellos... pusieron música envasada, "Super Detka" o "Super bebé" de la banda rusa "Propaganda" y algunos temas de "Modern Talking" como "Brother Louie".

Dentro del teatro, Ralph y Nikolay recibieron un mensaje por el audífono.

—Ya estamos listos, solo nos falta el mamut ¿ven a los chechenios?—sonó la voz Planc.

—No—se limitó Ralph y entonces... los terroristas quitaron el pasador de la jaula y liberaron al mamut... este bajó del escenario y pateó a Vadim Smirnov que estaba en los primeros asientos y lo mandó a volar como a un muñeco de trapo... demás está decir que murió al aterrizar su cabeza contra una pared del teatro.

—¡Oh Dios mío, corran, salgan todos, salgan!—gritaron Ralph y Nikolay buscando la puerta, la gente a su alrededor percibió el peligro y les siguieron. Pasaron por encima de los asistentes que estaban en la entrada y miraban los fuegos y detrás de ellos, pasó el mamut arrasando con todos y pisoteándolos. La bestia del tamaño de un poste de alumbrado público, cruzó la avenida obstaculizando el tránsito, un taxi se detuvo ante él y un Lada que no alcanzó a frenar, chocó contra el taxi y pasó volando sobre él y se volcó más allá. El mamut pisoteó el taxi como quien pisa una caja de cartón, matando a todos los pasajeros, Ralph y Nikolay veían la catástrofe impotentes y entraron otra vez al teatro para buscar a sus colegas.

Muchos heridos eran atendidos por los policías, guardias y militares entre las butacas, tal vez unos 50 civiles, allí estaba el presidente ruso sentado y rodeado por sus ministros y guardaespaldas. Detrás del escenario, Planc y Kors espiaban... y al ver a uno de los terroristas saliendo en escena y blandiendo su pistola, Planc entró en acción para impedirselo.

—¡No Charles!—gritó Michael tirándolo de las ropas, Charles Planc forcejeó con el criminal y este consiguió percutar algunos tiros, los otros terroristas salieron a dispararle al presidente... los guardaespaldas y policías desenfundaron sus pistolas y desataron un tiroteo, baleando a los terroristas y a Charles Planc por defecto. Todos en el escenario cayeron abatidos, el presidente estaba sano y salvo y nadie en las butacas murió... Planc les salvó a todos ellos... Kors se arrastró hasta su amigo y le abrazó llorando.

—Oh Charles... ¿por qué? ¿por qué lo hiciste? Dios mío, por qué—se lamentaba Michael Kors aferrado a Charles Planc que agonizaba.

—Porque era lo correcto... amigo, quiero pedirte un favor... cuida a mi hija y a mi nieta—pidió con voz quebrajada, Kors asentía tembloroso.

—Lo haré, lo prometo amigo—garantizó el australiano y Charles Planc Patterson entró en el sueño de la muerte. Los policías subieron donde ellos y Kors no quería soltar a Planc. Ralph y Nikolay subieron también y se acercaron a Kors.

—No, él viene con nosotros, viene con nosotros—dijeron en inglés a los policías y mostrando sus invitaciones y credenciales científicas, así que les dejaron en paz. Ralph vio el cuerpo de Charles Planc y bajó la cabeza en signo de respeto y admiración.

—Michael... Michael, ayudanos, falta el mamut está afuera, matando a la gente—le suplicó Ralph sacudiéndolo para sacarle de su letargo.

—Charles...—se lamentó en voz baja, como en estado de shock.

—Michael por favor, haz que el sacrificio de Charles tenga sentido ¡por favor!—le imploró el joven Brown, Kors reaccionó y atinó a seguirles... salieron del teatro.

El gigante lanudo se hacía paso por la avenida, asustado por los fuegos artificiales, las luces de los focos de los autos, las bocinas y los gritos, se desvió a un costado y buscó una salida. Ralph, Nikolay y Kors que corrían por la calle semi nevada, se toparon con él.

—¿Crees que caerá con un solo dardo?—preguntó Brown a Kors.

—Sí, pero no caerá de inmediato, deberíamos estar más cerca—respondió... cuando se cruzó otro automóvil cuyo conductor, un padre con su familia, quiso esquivar el conjunto de autos estropeados en medio de la avenida y chocó con las patas gruesas y peludas, el mamut en su instinto, no comprendió la situación e interpretó aquello como un ataque y se dispuso a pisotear el automóvil, el pobre padre en su desesperación abrazó a su esposa y a sus dos hijos, al ver el inminente final que les esperaba...

—¡No!—gritó Ralph con todas sus fuerzas, viendo cómo el mamut le quitaba la vida a esos cuatro inocentes debajo de sus patas. Sumergido en la impotencia y la adrenalina, divisó un auto bus a unos metros, le quitó la pistola de dardos a Kors y corrió hasta la máquina detenida, sus compañeros trataron de seguirle el ritmo.

—¡Bájese, bájese ahora!—amenazó Ralph con la pistola de dardos al chofer del bus y este bajó con las manos arriba, Ralph Brown metió la primera marcha, Kors y Nikolay subieron de un salto, Ralph aceleró y pasó a segunda, tercera y cuarta, pisó todo el pedal del acelerador a fondo, el motor rugió a máxima potencia, Michael y Nikolay se abrazaron de los fierros... el mamut percibió la amenaza y levantó la trompa, antes de que el bus le atropellara a uno 90 km/h... los colmillos atravesaron el gran parabrisas rozando el hombro derecho de Ralph... y la cabeza del mamut quedó incrustada en la cabina... los pasajeros medio aturdidos, se tambaleaban. Los testigos que miraban curiosos, se acercaban para mirar. Ralph tenía la frente llena de sangre, pero estaba vivo, semi consciente... Nikolay que estaba más atrás, se paró y le sacó de entre los fierros chuecos... Kors abrió la puerta con el pie y salieron... cayendo boca arriba en el pavimento congelado. Una ambulancia frenó cerca y unos paramédicos bajaron y se agacharon para atenderles, Ralph abría y cerraba los ojos, no podía hablar, seguía aturdido y no podía oír nada, porque tenía un pito en la cabeza... Nikolay le hablaba, sin embargo, Ralph le veía mover la boca y no escuchaba nada. Michael Kors se levantó titubeante, los paramédicos intentaron impedírserlo inútilmente y este subió otra vez al bus... buscaba en el asiento del conductor... nada, buscaba entre los asientos y miles de fragmentos de cristales en el suelo, no estaba... perdió el equilibrio y se apoyó en un respaldo... se sentó en el suelo... un suspiro fue emitido por la gruesa trompa en la cabina... el mamut seguía vivo... algo extraño había debajo de Michael, metió la mano y allí estaba, la pistola de dardos, la cogió y salió... trastabilló y empuñó el arma y disparó... el dardo se clavó en el pelaje marrón rojizo, Michael Kors suspiró y se dejó caer.

—Misión cumplida—festejó el cazador de cocodrilos.

Ralph recuperó la audición y el equilibrio y se puso de pie oscilante... se quitó de encima a los paramédicos y caminó hasta el automóvil de la familia... sacó de los asientos traseros los cuerpos de los niños y los abrazó sentado en el suelo frío.

—Perdónenme, perdón por no llegar antes, perdónenme—lloraba Ralph Brown con infinita desdicha... las balizas iluminaban las fachadas de los edificios y las sirenas retumbaban. Kors agarró a Ralph.

—Hijo, viene la policía, tenemos que irnos—le apresuró, Ralph no atinaba, Nikolay se incorporó y se unió a ellos.

—Ralph, debemos irnos—le instó Nikolay y entre los dos levantaron a Ralph y se lo llevaron... el joven Brown miró por última vez de reojo a los niños y se dejó llevar...

Kors hizo parar un taxi y le pasó la pistola de dardos a Nikolay.

—Llévatelo tú, yo me quedaré con Planc—le ordenó Michael Kors a Petrov.

—¿Y tú qué harás?—le preguntó Nikolay preocupado.

—Yo me las arreglaré ¡Vete!—le echó Michael.

Nikolay y Ralph pararon en el aeropuerto de Moscú y allí estaba el señor Stein ansioso.

—Por fin, ya me estaba asustando, vengan ¿y los señores Planc y Kors?—les recibió el asistente, Nikolay negó... y les encaminó hacia el avión privado. El personal de Carter & Charger Biotechnology atendieron a los sobrevivientes arriba en la cabina y les curaron sus heridas y tomaron sus signos vitales. Despegaron.

Ya de mañana, Ralph Brown miraba el Atlántico por la ventanilla, melancólico, con vendajes y envuelto con una manta.

—¿Cómo sigues?—Nikolay se sentó a su lado, Ralph no profirió palabra alguna—lo lamento amigo, ojalá las cosas hubiesen sido distintas, pero hicimos lo que más pudimos, así es la guerra, muchos inocentes pagan sin merecerlo—quiso consolarlo.

—No era una guerra—contrarió Ralph.

—Sí lo es amigo, para los chechenios y los rusos sí lo es... esto que vivimos, solo fue una pisca de toda esa desgracia—sostuvo Nikolay, Ralph hizo una mueca de profunda tristeza.


Capítulo 47 y final.

Yo soy Charlotte Planc.

Aterrizaron en Canadá... y Ralph y Nikolay se reencontraron con sus esposas, que vieron las noticias del atentado... el vientre de Aurora estaba más grande y a punto de dar a luz. Sería un niño y decidieron bautizarle como "Billy", Billy Carl Brown Larson, los nombres de su tío y su abuelo maternos.

En Moscú, Michael Kors fue interrogado por la policía y este se mantuvo firme en la coartada e insistió en que Charles Planc era un héroe, en aquello sí concordaron los policías rusos y el presidente... Vladimir Putin condecoró con una medalla a Charles Planc Patterson... Charlotte lloró cuando se enteró de la noticia, aunque Charles ya le había contado lo que podría ocurrir... y el doctor Carter ayudó a Charlotte para repatriar el cuerpo de su padre y Michael Kors facilitó dicho proceso. El funeral de Charles Planc fue muy emotivo, donde estuvo presente toda su familia, su hija, su nieta, su amigo Michael Kors, Ralph y Aurora y el bebé Billy, Nikolay y Heather y hasta la ex esposa de Charles, Jessi y el alcalde de Texas con todo el personal del ayuntamiento y miles de ciudadanos. Michael Kors tomó el micrófono durante la ceremonia de funeral.

—Primero que todo, les doy infinitas gracias a todos los que vinieron aquí, señor alcalde, gracias... con el permiso de Charlotte, la hija de mi querido amigo, trataré de ser breve. Charles me enseñó algo... me enseñó que no estamos condenados a ser lo que el mundo cree de nosotros, tampoco por nuestro pasado... que podemos darle vuelta la mano a la vida y ser más de lo que alguna vez aspiramos. En su minuto, no entendí por qué Charles hizo lo que hizo, él me dijo antes de partir "Porque era lo correcto" y creo que de eso se trata la vida a veces: de hacer sacrificios, aquello que no nos gusta o que nos cuesta para salvarles la vida a otros, incluso a gente que no nos dará las gracias. Y me dijo "Prométeme que cuidarás a mi hija y a mi nieta"... y cumpliré el último deseo de mi amigo, del héroe por el que todos nos sentimos orgullosos. Y le doy infinitas gracias al Dios Todopoderoso por haber conocido a Charles Planc Patterson y a John Corbett y Yamamoto Heikichi, a quienes también van dirigidas estas palabras, porque ellos también son héroes que pelearon codo a codo con Charles, al igual que mi hijo Cris y espero que reciban el reconocimiento que se merecen y todas las personas inocentes que perdieron la vida y que quienes causaron todo este dolor, enfrenten a la justicia. Muchas gracias. —concluyó Michael Kors y todos los presentes aplaudieron, Jessi igual.

Charlotte alojó en su casa a Michael Kors y a los Brown Larson y los Petrov Vaz de Sousa... les contó que al terminar de leer el diario de vida de su padre, las notas decían que sus ahorros que sumaban una cifra de 100 millones de dólares, fuera dividida en cuatro: 25 millones para Charlotte, otros 25 para la familia de John Corbett, 25 para la familia de Yamamoto Heikichi y los últimos 25 para la familia Kors Hendricks. Y que Charles le pidió hacer una copia del diario y entregársela a Carter & Charger, (quienes harían más copias de respaldo) y ellos le compartirían una al FBI.

En consecuencia con esto, Charlotte hizo una copia para Carter & Charger y se quedó con el original, ellos compartieron otra copia para el FBI, estos a su vez reunieron la evidencia con una copia del diario de Fiodor Pankratov y el informe de la doctora Rachel Pomeran, además de la grabadora con la cinta de la declaración de Ethan Lark responsabilizando a William Jarvis Scott y el señor Maglomedov por negligencia y cuasidelito de homicidio, por las muertes de Cristian Kors, John Corbett, Yamamoto Heikichi y Matthew Smith... y con el respaldo del gobierno de Estados Unidos, la FDA (Food and Drug Administration/Administración de Alimentos y Medicamentos), y la OMS (Organización Mundial de la Salud), se querellaron contra Kollozal Biotech en la Corte Internacional del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, por "Experimentación ilegal o antiética con seres humanos", inspirados en parte en el Código Núremberg y los experimentos abusivos de los médicos nazis, porque cada vez que el pastor Yerik Sorokin y el abogado Edmon Dorofeyev leían las páginas del diario de Fiodor, los jueces se tapaban la boca con asombro y se sujetaban las sienes avergonzados... no hace falta decir que la corte falló en contra de Kollozal Biotech y que además, la compañía ya no contaba con ninguna dirección, porque tanto Maglomedov como Smirnov estaban muertos y William Jarvis Scott permanecía prófugo de la justicia y a sus abogados no les interesó defender lo indefendible... así que el tribunal decidió que Kollozal Biotech debía ser clausurada por completo y todos sus fondos distribuidos para indemnizar a todas las víctimas, en primer lugar a la familia de Fiodor Pankratov, 7,991,586,460 rublos, lo que equivale a 100 millones de dólares. Los otros 700 millones fueron repartidos a las otras víctimas en los distintos continentes, incluidas las víctimas en el incidente del Teatro Bolshói, a excepción de las familias de Smirnov y Maglomedov. Sobre Ethan Lark, aunque no fue a prisión, porque no se pudo demostrar su autoría intelectual en el homicidio del señor Larson, su zoológico en California fue clausurado y tuvo que pagar indemnizaciones a sus empleados, incluidas las familias Planc, Corbett y Heikichi.

El actual alcalde de Kelowna, Ernie Bourassa, mandó a construir un monumento a Carl y Billy Larson y George Petrov en la ciudad. Ralph, Aurora, Nikolay y Heather siempre pasan a dejarles flores en la ceremonia conmemorativa que se les hace todos los años, porque les consideran héroes. Todos en Kelowna tratan mis nuevos amigos como leyendas vivientes. Caso parecido aquí en Texas, donde el gobernador Rick Perry imitó dicho reconocimiento y mandó a erigir una estatua tanto para mi padre, como para John y Yamamoto y también se realiza una ceremonia conmemorativa todos los años, ellos son nuestros héroes y toda la gente de Texas y de Kerrville se siente orgullosa de ellos, tanto así, que ahora tres avenidas llevan sus nombres, a los pies de las estatuas dice "El escuadrón Kesagake", e incluye los nombres de Sakko, Strasser, Browning, Voere y Smith. Todo esto fue transmitido en las noticias del país, la semana que entra, iré con las familias de John y Yamamoto al salón oval para recibir la medalla del congreso, de parte del presidente de la nación, sí a Ralph y Nikolay también les darán una a cada uno.

Yo soy Charlotte Planc, hija de Charles Planc Patterson, el mejor cazador que el mundo haya conocido jamás, el más noble y honorable de todos... y este es mi testimonio escrito. Pido disculpas al lector si carezco de muchas habilidades narrativas o si omití muchos detalles sobre los países en los que estuvo mi querido padre, en los cuales yo no estuve, ni tampoco quienes me ayudaron a reconstruir la historia, a saber... el señor Kors, Ralph, Aurora, Nikolay, Heather y los doctores Carter, Charger e Ivanov, con quienes mantenemos una estrecha amistad hasta el día de hoy. Gran parte de este recopilado, está basado en el diario de vida de mi propio padre y las muchas charlas que tuvimos durante los meses previos al incidente en Rusia. Espero que este libro sirva como precedente histórico para que jamás se repitan los hechos aquí mencionados, para que nunca más se cobren vidas inocentes. Me siento muy orgullosa por el legado de mi padre y sé que este servirá a las próximas generaciones.

Antes de terminar, quisiera mencionar que tristemente perdí contacto con el señor Kors, quien ha decidido permanecer en el anonimato... por lo que le conozco, podría asegurar que sigue buscando al señor William Jarvis Scott en alguna parte remota del mundo, espero que para exponerlo ante la justicia y no para cobrar venganza. Sé que es un hombre muy creyente y confío en que sabrá hacer lo correcto.


FIN.


*Los sucesos posteriores a estos, son narrados en la novela "Raptores" escrita por Jonathan Rodríguez.

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